miércoles, 30 de diciembre de 2009

Adiós 2009


El año 2008 fue lo que podría describir como un “buen año” para mí, en cambio este 2009, no tanto. Además de que pasó muy rápido, muchos de sus días me hicieron sentir que me he quedado estancada, que no avanzo hacia lo que quiero.

Algo crucial fue que tuve la certeza de que moriría violentamente. Ya sé, debería superarlo y olvidarlo, pero me ha costado. La sensación de que hasta ese momento había llegado mi vida es algo demasiado intenso, sobre todo para alguien como yo.

En fin, casi me alegro de que este año termine, me gusta la sensación de poder hacer un borrón y empezar de nuevo. En este 2010 tal vez me gradúe de la U, tal vez me case, tal vez termine al fin una novela. Tal vez empiece a ser la persona que siempre he soñado y termine con este estancamiento. Tal vez.

Por lo pronto, este mundo me asquea. Muerte, violencia, maldad, corrupción son nuestro pan diario, algo a lo que tristemente nos estamos acostumbrando.

Supongo que para cada persona estos días significan diferentes cosas, veo gente ilusionada y feliz, otra triste y deprimida. ¿Yo? Simplemente estoy aquí esperando salir del trabajo y poder descansar un par de días.

Sin embargo, espero comer rico, tomarme una botella de un buen pinot noir y estar cerca de las personas más importantes de mi vida. Ojalá pudiera abrazar a todos mis amigos, pero me conformo con mandarles un gran abrazo desde aquí.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

De narcos y tetas


Hoy leí algo sobre la polémica de los libros, películas y telenovelas sobre narcos. Como tema para escribir, para hacer una película, para retratar este fenómeno, es riquísimo. Una verdadera obra de arte puede ayudar a la sociedad a ver desde un punto de vista más humano cualquier tema.

El primer libro que leí sobre el narco fue Noticia de un secuestro, de García Márquez. En ningún momento explota los detalles morbosos del narco y sus excesos. Sobrio, ameno y bien escrito. También me gustó mucho La virgen de los sicarios, libro maravilloso de Fernando Vallejo donde se presencia una orgía de muerte que raya en lo absurdo. Txto bello y terrible.

Pero la mayoría de estas “obras” sobre el narco no son joyas de la literatura. Esperaba más, por ejemplo, de La reina del sur de Pérez Reverte, que me pareció aburrida. Curiosamente, Sin tetas no hay paraíso de Gustavo Bolívar no es tan aburrida, pero tampoco llega a “clásico” de la literatura. Pero El cartel de los sapos de un tal Andrés López ni siquiera la puedo leer, está mal hecha, nada entretenida, es un bodrio. No entiendo cómo pudieron hacer una telenovela de esa cosa.

No me gustan las telenovelas, sobre todo las mexicanas. Las historias son previsibles y encima te las dan a cuentagotas. Más allá de lo mal hechas que están, me molesta la forma en que han influenciado el imaginario femenino, al continuar con el mito de la cenicienta. La mujer pobre pero bella y virtuosa que es rescatada por un príncipe. Por supuesto, hay excepciones. Mirada de mujer, de TV Azteca, hizo historia en los 90s al poner como protagonista a una mujer cincuentona y divorciada, enamorada de un hombre menor. Arrasó con rankings y premios. Otra que me gustó, por chistosa y poco convencional, fue la colombiana Betty la fea. Lo malo, es que en realidad Betty no era tan fea y al final quedó igual que las demás heroínas de las otras telenovelas.

Luego empezó la bulla de Sin tetas, que tiene 3 versiones y contando. A diferencia de las mencionadas, esta novela toca un tema oscuro y complicado. Debo decir que en libro, el autor se centra en el fenómeno del narcotráfico y sus consecuencias. Todo muy bien explicado y salpicado con las experiencias de las chicas “pre pago”. Nunca son heroínas, ni siquiera se perciben simpáticas.

En comunidades pobres de Colombia, donde no hay mucho a qué aspirar, las chicas bonitas deciden intercambiar sus encantos por esa vida que, según ellas, de otra manera no podrían tener. Esto a tan temprana edad como los 15 años.

Los narcos ahí descritos, en su mayoría hombres feos y sin educación, hacen paraísos artificiales en remotos lugares del interior de Colombia, para poder disfrutar de su vida sin riesgos. Así que reclutan a las chicas que llegan en buses repletos a dar sus cuerpos por dinero. Muchas veces, para sostener a una numerosa familia, lo cual hace que incluso a hermanos y padres a apoyen esta “profesión”.

El libro echa luz sobre algo horroroso y poco conocido, hasta entonces. Una triste secuela del narco. Niñas sin inocencia, convertidas en objetos y que por ser tan pobres, tan ignorantes, ni siquiera podían aspirar a ser esposa o siquiera amante del traficante, pues para viajar y para vivir en las grandes ciudades, prefieren a modelos y actrices, quienes aceptan ya sea por las buenas o por las malas.

Pero la telenovela tiene otros tintes provocando otras reacciones. Convierte a un narco machista y despiadado en galán, y a una joven prostituta desorientada e ignorante en role model. Los capítulos pasan y pasan sin que se vean las consecuencias de este estilo de vida. Si bien al final muere, como en el libro, para ese entonces el mensaje está más que claro: para qué estudiar si se puede obtener todo por medio del sexo.

Vi como gustaba a las jovencitas por las razones equivocadas. La empleada de mi casa en ese entonces no se la perdía nunca. Le encantaba, tanto que a mí me llamó la atención. Ella tenía 16 años y muchas ganas de vivir bien sin hacer ningún esfuerzo, igual que la protagonista de la telenovela.

A mí me pareció que nunca entendió la denuncia, lo negativo, lo peligroso. Ella solo veía que al ponerse tetas, el mundo cambiaba para las mujeres. Solo miraba que a cambio de sexo se podía obtener todas esas cosas que ella anhelaba. Le venía del norte todo lo demás.

A esa edad uno es influenciable. Es fácil identificarse con una “heroína”, verse en ella, pensar que lo que le pasa a ella es lo que le pasa una. El problema, es que en el caso de Ana, mi ex empleada, se trataba de una niña solitaria y sin mayor educación, con padres ausentes y problemáticos, que se veía forzada a trabajar para estudiar los fines de semana.

Ana empezó a asustarme cuando empezó a decir que su hermano era sicario, como los que salían en su amada telenovela. Creo que esa afirmación era resultado de su imaginación, su afán de parecerse a la protagonista de Sin tetas, que tenía un hermano sicario.

Ana dejó de estudiar los domingos y empezó a frecuentar a personas nuevas. Mentía a cada rato y se notaba que odiaba su trabajo. Un día se fue al doctor, o al menos eso dijo, y no regresó. Preocupada, la llamé unas 20 veces y no me contestó el celular. Tres días después, apareció con una nueva actitud solo para recoger sus cosas. Realmente no le importada un bledo su trabajo, solo quería salir a vivir. Ahí se fue…

miércoles, 25 de noviembre de 2009

El amor no duele


Ser mujer puede ser difícil en muchas formas. Sin embargo, jugársela en un mundo de hombres y lograr salir adelante, es una gran satisfacción.

Quien recibe golpes de quien se supone la ama está en una situación diferente. Conozco varias, son mujeres a quienes quiero pero no entiendo. Al principio me enojaba porque veo que han tenido oportunidad de huir, de escaparse, pero ahí se quedan. Ahora entiendo que es una codependencia, un círculo vicioso.

Cuando ocurre la crisis, puede que busquen ayuda y hablen con otras personas, pero después ellos las convencen de que las quieren. Algunos ni siquiera eso, sino que les dicen que sin ellos no valen nada, que no pueden hacer nada, que no tienen nada. Entonces ellas vuelven y todo vuelva empezar.

Trato de ponerme en sus zapatos, creyendo que aman a ese hombre y que él las ama, que sus hijos están mejor en un hogar “integrado” que en uno deshecho, que es más difícil la vida sin él. Pero no puedo comprenderlo.

Hoy mi corazón está con ellas con la esperanza que algo cambie. Además, crece mi admiración para esas otras mujeres, en su mayoría feministas, que no solo han visibilizado este flagelo, sino también han logrado cambios que se traducen en leyes y acciones.

Es alarmante además que los niños que son testigos de esta violencia crezcan creyendo que es de lo más normal y, tristemente, muy probablemente la reproduzcan.
Debemos enseñar tanto a niños como a niñas que la violencia no es una opción. Pero eso, en nuestras condiciones actuales, es todo un reto.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Por ellos


Ella no le había puesto mucha atención a la polémica por la Ley de Planificación Familiar hasta que oyó algo en el trabajo y me lo comentó. Una de las secretarias dijo que pretendían explicarles a los niños qué tipos de prácticas sexuales hay.

“Eso es bueno”, me dijo casi llorando. Si a ella le hubieran explicado qué era el sexo, no habrían abusado de ella desde los 6 años. Durante el resto de su niñez soportó lo que un muchacho le hacía sin ella supiera qué era eso. Para cuando se enteró, sintió mucha culpa. El abusador aprovechó esto, amenazándola de que iba a contar las cosas malas que ella hacía. “Por años, quizá hasta ahora, me he sentido sucia”, me dijo. Ahora comprende que esto es parte del estrés postraumático, algo que no la deja disfrutar plenamente de su vida, de su cuerpo.

Todo hubiera sido diferente si no hubiera crecido en una familia tan religiosa y conservadora, que miraba al sexo como algo secreto, de “adultos”. Si un niño se interesaba, era un niño malo. Lo que no imaginaban era que dentro de su misma casa había alguien que estaba dispuesto a aprovecharse de esa ignorancia.

“Tengo que ser diferente a mi mamá, tengo que explicarles a mis hijos que nadie puede tocarlos. Que el sexo es algo personal que cada quien debe descubrir por decisión propia, no por abuso”. Oírla hablar a esta joven mujer duele.

La educación sexual no es solamente anticonceptivos, embarazos, abortos. También es llamar las cosas por su nombre y quitarle todo lo “oscuro” a algo que debe verse como natural.

Quiero que mi hijo crezca no solamente sabiendo qué es el sexo, sino consciente de que su cuerpo es privado, que debe respetarse y respetar a los demás. Quiero que cuando las hormonas se le alboroten, tenga toda la información disponible para tomar buenas decisiones. Si bien es posible que se abstenga, lo más probable es que no. Sea cual sea su decisión, quiero apoyarlo, hacerlo sentir bien.

Me parte el alma pensar cuántas personas vivieron o viven lo que mi amiga, pero está en nuestras manos lograr cambios. Dejemos de oír a los que ya hicieron suficiente daño.

lunes, 16 de noviembre de 2009

Dance therapy


Creo que es la mejor terapia (la de compras te deja en la calle y la de guaro y drogas, pues, peor). Vos y la música, mejor si con luces hipnóticas. Antes, lo que más me gustaba era bailar canciones y ritmos conocidos. Cantar hasta desgañitarse mientras se baila con todo el cuerpo y el alma. En esos casos, se tienen hasta coreografías aprendidas y ensayadas quizá frente al espejo. Un goce del ego, hedonista, sensual.
Pero luego aprendí una gran lección con la música electrónica. Oír por primera vez determinado track, conocerlo con cada brinco, cada contorsión, con cada luz que te ciega. Amar esa música intensamente mientras atraviesa tu cuerpo como un rayo fulminante, para luego irse sin dejar rastro. Sin saber si la oirás otra vez.
Ambas formas son excelentes. La que descarto totalmente es bailar en una reunión social, como una boda o convivio. Ese trámite incómodo de que te saquen a bailar cuando justo están tocando El meneadito, La Macarena, o peor, El Venado. No poder decir que no y bailar muy consciente de tus movimientos mientras otros te miran.
No. Hablo de bailar sola, cómo te dé la gana, sin esperar a que te saquen ni tener que entablar ninguna conversación de cortesía. Esas horas bailando (que dejan el cuerpo molido, deliciosamente molido) pueden reconectarte con tus instintos, con tus entrañas. Tu cuerpo se vuelve una orquesta que actúa con precisión, usas esos músculos que olvidas que tenés. Instintivamente bailáss siguiendo el ritmo, como la tribu alrededor del fuego. El ritmo se vuelve el latido de todos.
Todos deberían intentarlo. Un par de zapatos cómodos, o descalzos. El volumen alto pero bien ecualizado. Luego, cerrar los ojos y dejarse llevar, como salga, como venga, como nazca. El tiempo se alterará, las cosas se verán diferentes. Hasta el más tronco se descubrirá como un bailarín natural. Lo prometo.

jueves, 12 de noviembre de 2009

Tal vez Maurice tenía razón


A mí me gusta escribir, pero debo tener una buena razón para hacerlo. Una historia, una causa, algo que me queme las entrañas luchando por salir, la necesidad de expresarme.
Escribir sin ganas, eso es lo que hago todos los días en el trabajo. Lo mío, lo que realmente me representa, no puede salir así nomás porque “tengo que”.
A veces todos se nubla y se tuerce, a veces pareciera que nada vale la pena, ni tu vida. A veces hasta las sonrisas más dulces se vuelven dagas al dar la espalda, a veces no sabés para qué estás en este mundo.
Y entonces, el amor propio, la autoestima, tambalea. Allá arriba en su frágil pedestal, casi resbala con cada lágrima, con cada escupitajo, con cada mirada de desdén. Entonces empiezas a pensar que al final no eres la gran cosa, que nunca lo fuiste y hasta te da vergüenza haberlo pensado alguna vez.
Entonces solo quieres huir, o mejor, enterrarte en las chamarras, o ahogarte en alcohol y drogas. Hacer de caso que estás demente, ida, catatónica. Así nadie podría herirte más.
Emo, eso soy soy, una pinche emo. Todo me afecta, todo me duele.
Como cuando fui a El Periódico (hace años) a que me entrevistaran. Yo ERA una promesa de la literatura. Un malhumorado Maurice E. me habló como haciéndome el favor. Yo, tonta, me sentí halagada y emocionada. Nunca salió publicado nada.
Meses después, me enteré de buena fuente que él había reportado que yo no tenía nada interesante que decir.
Tal vez tenía razón.

viernes, 23 de octubre de 2009

Conductor designado, que no resignado


En alguna época tuve la intención de hacer una campaña a favor de designar a uno del grupo para que no bebiera y luego manejara. Estaba inspirada por una campaña mexicana (en la que conductores designados eran agasajados con comida y bebidas sanas en bares, discotecas y restaurantes), así como por los accidentes de varios de mis amigos. Muchos están vivos para contarlo, con cicatrices y hasta impedimentos físicos, otros se fueron al más allá.

Un día de Halloween me salvé, cuando mi secuaz de esos años (con el que andaba en moto de arriba para abajo) tuvo un accidente. Como cosa muy rara yo no pude llegar a la fiesta porque me dolía el estómago, mientras que Carlitros se fracturó un brazo y algunas costillas. Si hubiera ido con él, atrás y sin casco, quizá no estuviera contando la anécdota. Luego, cuando ya tenía carro, irresponsablemente manejaba a deshoras después de las parrandas (muchas veces yendo a dejar a varias personas a sus casas) y no me pasó nada de pura suerte.

Quien no la tuvo fue mi querido amigo E. E. Cuando lo conocí, ya no bebía porque había tenido problemas con el alcohol y por eso lo había dejado. Un poco mayor que el resto, estaba casado y tenía dos hijas, algo muy remoto para el resto de nosotros, bohemios desatados. Entonces él era como un guía, nos aconsejaba y nos cuidaba. Era vendedor de día y político de noche. Excelente dirigente, con las ideas claras y sin ambición de poder. Lo admiraba por la paciencia que tenía al acompañarnos a maratónicas reuniones de charla y guaro. Junto a Ferquis tomaba gaseosa y nos seguía la corriente. Es triste reconocer que el alcohol está enquistado en nuestra cultura, tanto, que lo vemos como algo natural.

No olvidaré el día que llegué a mi Facultad y encontré a E. E. sentado en nuestro peladero totalmente bolo, y feliz. Había ido a Nicaragua a algún asunto político estudiantil y los nicas lo habían traído de vuelta a Baco. No me alegré, me sentí mal, triste. El autor del único boletín de la Huelga de Dolores sin palabras soeces, se miraba diferente, definitivamente perdía algo estando ebrio. La razón por la que no podía beber era porque le gustaba seguir la parranda por días y días.

Muchos pueden beber (o ingerir alguna otra sustancia) de vez en cuando, sin que eso afecte sus rutinas. Otros desafortunados se pican, se engazan, agarran furia. Para ellos es mejor no empezar porque no saben cuándo van a parar.

La última vez que vimos con vida a E. E. fue en una fiesta alegrísima en La Bodeguita del Centro. El no frecuentaba esos lugares, pero ahí estaba, saludando de mesa en mesa con sus ojos verdes perdidos y cansados. Me alegró verlo, pero extrañaba a mi amigo el sobrio, el que tenía siempre la cabeza en lo importante, que se sentaba conmigo por las tardes a hablar sobre marxismo. No imaginaba que unas horas después estaría muerto por culpa de un accidente.

Dicen que no iba manejando, que iba muy tomado en el asiento de atrás y por el choque salió disparado del carro. La verdad no es muy claro lo que pasó. Nadie sabía quienes eran los que le dieron jalón igual o más ebrios que él, ésos que al ver que estaba muerto lo dejaron abandonado. Fue una gran pérdida, fue horrible ver a sus pequeñas hijas llorando en el funeral. Supongo que a todos nos hizo pensar en lo que estábamos haciendo, en lo irresponsables que éramos. Sin embargo, no faltaron los brindis en su honor.

Esos años turbulentos me dejaron valiosas lecciones y nuevas manías. Ahora cuando salgo a trasnochar ya no manejo. Además, luego de un horrible incidente relacionado con el alcohol y la manejada (que conté en el post del 21 de julio), he convencido a mi media naranja de usar taxi si vamos a beber. Suponto que somos chistosos para los taxistas, pero prefiero que se rían a dejar huérfano a Manuelito.

Lamentablemente, todos los días hay gente conduciendo ebria. Quizá debería retomar mi vieja idea de la campaña del conductor designado, pero no estoy segura qué tanto éxito tendría. La mayoría de personas nos ponemos necias cuando estamos ebrias, además nadie cree tener un problema con la bebida y algunos hasta dicen que manejan mejor con traguitos.

Muchá, si beben no manejen, designen a alguien para hacerlo o, si la fiesta está muy alegre y todos se ponen bolos, regresen en taxi. Por favor.

lunes, 12 de octubre de 2009

Decepcionada

Defender los derechos de la mujer, de palabra obra y omisión, no es fácil. Porque hablar es sencillo, actuar no tanto. Es por eso que se aplaude las iniciativas de mujeres inquietas por hacer conciencia de la importancia de este tema, como las chicas de Naik Madera que andan haciendo bulla (literalmente) donde las dejan.

Aunque somos casi tantas como los hombres (7 millones vrs. 6.6), las mujeres somos minoría en la mayoría de campos. La música es uno de ellos. Aunque cantantes hay bastantes, músicas (quiero decir el equivalente femenino de músico) no tanto, o por lo menos no las conocemos.

Por eso me molesta que las pocas que hacen el intento de llenar ese vacío, no aprovechen la oportunidad. Me dio pena ajena ver a Naik Madera en concierto. No me malinterpreten, aplaudo el esfuerzo de hacer un festival de mujeres artistas. Es un inicio. Me contaron que la mayoría de actividades estuvieron muy bien (no pude asistir debido al trabajo y otros compromisos), en su mayoría con participación bastante joven.

Hace rato que quería ver tocar a Naik Madera, en vista de que ellas mismas se promueven tanto. Siempre pasaba algo y me perdía los conciertos. Por último, pude oír alguito en MySpace, pero para ser sincera no me sorprendieron, quizá era mucha la expectativa.

El sábado del festival Ixchel llegué al Paraninfo a la hora anunciada y ya estaban cantando, según me dijeron ya llevaban unas cuantas canciones. Se miraban cansadas y como incómodas en ese escenario pelado, tanto que las puertas que están atrás estaban visibles. Cero presupuesto para escenografía ni tramoya.

Pero eso es lo de menos. Cuando hay talento, un artista se planta sin nada y domina la escena. Pero este no era el caso. Para empeorar, una chica se subía a hacer algo, creo que era una especie de performance, pero no se entendía. Supongo que no era una artista profesional. Las integrantes del grupo lucían desarregladas y hasta desencajadas. Respeto a quienes creen que la mujer no debe arreglarse pero, por favor, se supone que son artistas que se desenvuelven en el escenario, deberían poner un poco de empeño. De ahí las críticas de que las feministas no nos arreglamos.

Todo lo anterior puede fallar, pero la música no, pues es lo que convoca al público. Sin ánimo de creerme crítico musical, quiero decir lo que me pareció como simple mortal. El sonido era fatal. Sonaban como si estuvieran ensayando, la batería escandalosa era lo que predominaba, las guitarras apenas se oían, las percusiones eran inexistentes. No se entendía cuando hablaban, mucho menos cuando cantaban. A mi parecer, todas las “canciones” sonaban igual. Ese ritmo entre reggae y banda de escuela, monótono y nada atractivo, parecía adormecer en lugar de emocionar a la audiencia, que se veía igual de cansada que ellas.

La voz de la cantante es linda, pero mal amplificada no sobresale. Además, la chica canta como para sí, no hay contacto visual con el público ni se mueve con seguridad. En general se ven chiviadas, parecen aficionadas. Da la impresión que son activistas que hacen el intento de hacer música para dar sus mensajes, no artistas profesionales.

Para ser un evento patrocinado por UNIFEM (el equivalente a la UNICEF en el tema de la mujer) y otras organizaciones, debieron ponerle más atención a todos los detalles.
El concepto sonaba tan genial, pero en la práctica me han decepcionado.

viernes, 9 de octubre de 2009

Drama, drama, drama


Ese cartel de advertencia que ven arriba lo encontré en una tienda de curiosidades, lo compré y lo puse en las gradas que conducen a mi dormitorio, mi boudoir.

Si buscan la frase “reina del drama” en el diccionario puede que encuentren una foto mía. Para combatir el aburrimiento (sí, el de siempre) vivo de emociones fuertes. Amo con pasión y locura, pero también odio (o pretendo odiar) con fuerza. Eso me hace sentir viva. Lo sé, estoy medio loca.

Abrazo mis causas ciegamente quizá, y las defiendo a morir. Por eso parezco radical, pero en realidad me gustan los extremos, la polémica, el enfrentamiento, el caos. Digo lo que pienso aunque no me lo pidan.

Lo malo, según me aconsejó mi gurú, es lo del odio. Quizá en el fondo no es odio, es más como que necesito descargar en alguien mis malas vibras. La mayoría de las víctimas de este tifón de desprecio son inocentes, algunas ni las conozco muy de cerca pero me caen gordas. Otras, han sido amistades que se me han rebelado. Muchas son pobres personas que estaban en la mirilla de mi furia en el momento equivocado.

Pero no les hago daño, lo juro. Critico sin piedad, las o los ridiculizo, me río de todo lo que hacen, pero nada más. Al rato se me pasa y hasta me caen bien.
La última víctima de mi ira fue una pobre principiante. Simplemente me cansó su egocentrismo y vanidad, su pueril forma de ver las cosas, su forma de autopromoverse, su ¡mírenme mírenme! Pero he decidido detener mi campaña. Al final de cuentas, después del desahogo, qué me importa lo que haga, diga o piense.

Espero poder controlar mis deseos de tener drama en mi vida. Herencia de los boleros que oía mi mamá (sin ti no podré vivir jamás), las telenovelas que miraba de pequeña cuando no había cable (incluidas Los ricos también lloran y Dallas), los dramas del barrio y los chambres de oficina.

lunes, 5 de octubre de 2009

Duerme, duerme Mercedes


Cuando entré a la universidad solamente conocía a Silvio Rodríguez y creía que era lo único que había que oír. Los jóvenes ilustres que conocí en mi amada AEH me enseñaron que había más, mucho más, que escuchar de la música Latinoamericana.
Con especial cariño, me presentaron a Mercedes Sosa, que ellos llamaban cariñosamente “la negra” como quien habla de una entrañable compañera.
Durante los largos años que caminé con ellos las peripecias del movimiento estudiantil y popular, su peculiar voz nos acompañó. Más de una vez nos dio aliento en el cansancio, o puso la esperanza en algún momento triste de muerte y balazos, o la dulzura cuando había hostilidades.
Me imagino a los millones de soñadores y luchadores que acompañó a lo largo de América Latina. Entonces solo puedo imaginar el dolor que embarga a tanta gente ahora que se fue “la negra”, que se apagó su luz.
Mi corazón está con esos muchachos al parecer duros e infalibles que al oírla se ablandaban y callaban. Para ellos el pésame. A ella, a la grande entre las grandes, un profundo agradecimiento por ponerle música y poesía a las luchas de nuestros pueblos en las horas más críticas.
Al igual que Alfonsina, con quien ha de estar dando vueltas entre las nubes del cielo, vivirá por siempre a través de su obra, de su creación. He ahí la grandeza del arte, de la poesía, de la sencillez.
Solo le pido a Dios, Mercedes, que tu canto siga vivo entre quienes necesitan sentirse humanos, solidarios, llenos de amor. Tu plegaria de que la reseca muerte no te encontrara vacía y sola sin haber hecho lo suficiente fue escuchada. Bravo, Mercedes.

viernes, 2 de octubre de 2009

Sobre las Fiestas de Octubre

En Guatemala hay muchos artistas valiosos, la mayoría formados con sus propios medios, desarrollándose como pueden cuando sus otros trabajos se lo permiten. Solamente si ganan algún premio o reconocimiento “importante” (que generalmente es internacional), se les hace la bulla. De lo contrario, jamás. Los artistas que tienen una larga trayectoria tienen la satisfacción de haberlo logrado por sí mismos.
Es muy largo de enumerar las razones y los matices de esta problemática, como larga es la historia de un país fallido como Guatemala.
Los festivales culturales son parte de estas tareas titánicas que algunos soñadores llevan a cabo. Admiro a Lucía Escobar por lo que ha hecho desde que se fue a Panajachel. Pero en esencia lo que más me gustaba era su independencia, su carácter “artesanal”, por llamarle de alguna manera. Ella y su esposo han construido alrededor de sus Festivalitos y sus Festivalotes una mística de colaboración, de solidaridad y de convivencia entre artistas, ajenos a cualquier filiación política o corriente ideológica.
Sin embargo, esta mística se ve amenazada ahora que se han involucrado en las Fiestas de Octubre. Les tengo verdadero afecto y he recibido apoyo de ellos tanto en lo personal como en lo profesional, pero no logro comprender cómo no se dieron cuenta que inmiscuirse con la gente de este gobierno no tendría ningún resultado positivo.
Cuando primero me enteré que Lucía convocaba a artistas para un festival, un poco a la carrera para mi gusto, no me sorprendió. Luego se empezó a hablar de los 7 millones y de ACUDE y de que el gobierno apoyaba, y hasta entonces conecté ambas cosas.
Los artistas más importantes tienen agendas llenas con sus propios proyectos, por lo que me pareció que convocar en agosto a un evento que se llevará a cabo en octubre hablaba ya mal de un evento que quiere venderse como lo más grande nunca antes visto.
Ahora, con toda la polémica de los 7 millones que en realidad no eran tales, mi pobre amiga está en medio de un problemón que se está tomando a pecho, quizá muy a pecho.
Me pongo en su lugar y veo que de buena fe ella quiso aportar en un algo que sonaba muy bien, un super festival que contaba con lo que otros no tienen: fondos. Los organizadores vieron la oportunidad de aprovechar su experiencia en la organización de festivales parecidos, pues gente como ella logra hacer posible lo imposible.
Sin embargo, no contemplaron el rechazo que tiene el público en general ante lo que hace este gobierno con lo que consideran su dinero. El panorama no podría haber sido más adverso, en medio de hambrunas y sequías. Todo lo que huele a escándalo “Colom” se pone en las primeras páginas de los periódicos, los columnistas lo empiezan a comentar, la gente empieza a opinar. Y así, de un plumazo, el trabajo y la buena intención de personas como Lucía se vieron afectados.
En lo particular, me choca la forma tan superficial que el gobierno ha querido reivindicar a los mártires de nuestro país, con mantas y homenajes. Me choca que se comparen con gobiernos realmente humanistas y solidarios. Por ende, veo oscuras intenciones en todo lo que hacen. A pesar de admirar tanto la Revolución de 1944, como izquierdista que soy, no me nace ir a nada de lo que ellos organicen. Prefiero ir a la marcha.
Lamento que Lucía y otras personas honorables hayan quedado atrapadas en esta polémica. Para hacer un festival de la magnitud que ofrecen, no se necesitan 16 horas diarias de trabajo por algunos meses, sino una entidad que trabaje todos los días por años. Mejor se hubieran reunido a pensar bien las cosas, a hacer alianzas y consensos y organizar algo para el 2010.
Por ejemplo, el Festival en el Centro Histórico de la Ciudad de México, que por 25 años ha hecho uno de los eventos más esperados de la región, tiene todo listo para el que realizarán en marzo 2010, y están empezando a planificar el del 2011.
Lucía, no te tomes a pecho una guerra que se libra a otros niveles, entre políticos y otros sectores de poder. La cultura seguirá adelante, como dices tú, con o sin dinero. Mejor si sin dinero del gobierno.

jueves, 1 de octubre de 2009

Mi niño


La primera vez que lo vi era un frijol con corazón, un minúsculo ser en forma de guisante que brincaba con cada latido en la pantalla de la clínica. Meses después, pude verlo en una impresión de ultrasonido, lo que para los demás era un montón de sombras, para mí era un rostro que me sonreía.
Cuando al fin vino al mundo, recuerdo que era moradito y al besarlo lo sentí tibiecito, lloraba desesperado en medio de aquella sala de partos. Inmediatamente se lo llevaron para pesarlo, limpiarlo, vestirlo, fue la primera vez que nos separábamos y yo me quedé preocupada y desconcertada. Me preguntaron si me quería dormir pero yo no quise, quería estar despierta para cuando regresara.
Mientras me recuperaba de la operación, no dejaba de preguntar dónde estaba mi bebé. Las enfermeras se miraban entre sí como preguntándose ¿y ésta por qué no está dormida? Una de ellas se compadeció y fue a traer a una cosita arrugadita enrollada como un taco y con los ojos hinchados, que me acercó apenas por unos segundos.
Creo que fue una crueldad hacerme esperar toda la noche (la cesárea terminó como a las 11) para reunirme con mi hijo. Como no había aceptado los medicamentos para dormir, no pude pegar un ojo, pasé toda la noche pensando y pensando y pensando. Fue una larga vigilia, contando cada segundo. El amanecer me encontró ojerosa y emocionada, luego llegó una enfermera con un carrito donde él iba dentro. Ya menos morado y no tan llorón, abrió los ojos lo más que pudo y no dejaba de mirarme, como reconociéndome. Yo, sencillamente, estaba en éxtasis.
Desde entonces, tengo un refugio en su mirada, en sus pequeños brazos, en su boquita que dice las cosas más divertidas (aprendió a decir “te keko” bien rápido). Tiene una forma de ser muy especial, en realidad es tranquilo, como su papá. Aún así, a veces me saca de quicio cuando quiere andar en triciclo por la casa, cuando quiere bailar mil veces la misma canción. Quizá no soy la mujer más maternal del mundo, quizá el papel de madre no es el más idóneo para mí, pero cómo amo a ese niño. Ese pequeño al que le encantan los carros, que gusta de “aplastarme” en el sillón, que tiene una hermana imaginaria (a quien llama “nena” pero es en realidad una vieja almohada) a quien corrige y enseña, que discute y juega con su amigo imaginario a quien llama “gunasito”. Ese niño que adora los chocolates, el yogourt y cualquier cosa con limón y sal.
Hoy quisiera regalarle un mundo mejor, quisiera prometerle que tendrá una larga y feliz vida, quisiera darle la mejor educación posible, quisiera, quisiera quisiera…
Sin embargo, él no pide nada. Solamente me recibe feliz en la puerta cada tarde, feliz de verme, feliz de que sea su madre. Su inocencia es el mejor antídoto para la locura de cada día, para el cansancio, para las preocupaciones adultas. Tenerlo en mi vida me ha cambiado, me ha humanizado, me ha enseñado mucho más de lo que yo podré enseñarle a él jamás.
Apenas va a cumplir 4 años, cuánto nos faltan por recorrer. Solo espero estar ahí en cada caída, en cada alegría, en cada corazón roto, en cada triunfo.
Feliz día del niño, mi amado Manuel.

jueves, 24 de septiembre de 2009

Sobre divas y modas




Cuando para otras mujeres la moda y la belleza son cosas para momentos de ocio, que muchas no se permiten, últimamente para mí se ha vuelto parte de mi trabajo. No lo planeé así, creí que siempre iba a trabajar en periodismo “serio”, pero aquí estoy. Al fin tantas lecturas de revistas, las visitas a las tiendas y las horas y horas en frente al espejo han servido de algo.
Mis revistas favoritas siguen siendo Vanity Fair y Vogue (en papel e inglés por supuesto), las cuales empecé a leer a finales de los 80s (no es que sea tan vieja, sino que empecé cuando era una quinceañera). Para mí era lo máximo leer y de paso practicar my reading, perderme en páginas y páginas de bellas fotos, que encima olían tan bien por las muestras de perfume. Pero lo mejor, aunque no lo crean, era el contexto en el que aparecían aquellos trapos, pues los artículos de ambas publicaciones suelen ser muy buenos y bastante extensos.
Últimamente leo cada mes también InStyle, que no tendrá tanto contenido editorial pero está en lo último. No es tanto para mujeres elegantes, sino para entusiastas de la moda y fashion victims que andan tras el último grito o artículo “it”.
Creo que ambos tipos de acercamiento a la moda ejemplifican muy bien a sus seguidores. Unos solo quieren estar “in”, quieren sobresalir gracias a lo que se ponen sin importar el costo, que no les quede bien o no tengan nada más que enseñar al mundo. Por el contrario, mujeres como Ana Wintour, editora de Vogue, tratan de integrar la moda a la vida de una persona interesante. Luego de ver a una mujer que tiene estilo propio no recuerdas lo que tenía puesto, solamente que se miraba fabulosa. En cambio, cuando se trata de una pobre víctima de la moda solo recuerdas, “ah, la chica de botas, o de bufanda, o de mala combinación”.
Aunque la moda suele asociarse con lujo, no tiene que ser precisamente cuestión de dinero, sino de buen gusto. He visto gente adinerada que se viste fatal y hippies o artistas que con poca inversión y mucha creatividad se ven geniales. Pero hay de todo. Por supuesto que muchas otras mujeres pudientes son elegantísimas y muchas chicas trabajadoras se ven ridículas con su ropa de paca. No hay una receta exacta. Tampoco es cuestión de belleza, suele pasar que mujeres bonitas tienen un gusto fatal, convencidas de que todo se les ve bien. Otras, son como la recordada italiana Marella Agnelli, que por años fue la mejor vestida del mundo, que afirmaba que al no sentirse agraciada se vio en la tarea de buscarse un estilo único.
En las revistas suelen preguntarles a los fashionistas famosos (últimamente casi instantáneos gracias a la ropa gratis y los estilistas) quiénes son sus style icons, aquellos que realmente han sido trend setters y que no serán jamás olvidados.
Siempre he proclamado que el mío es Jackeline Kennedy Onassis, pero no tanto en su etapa de primera dama, con sus sombreros pill box y colores pastel, más bien en su etapa de editora en Nueva York. Viuda y libre, se paseaba por la ciudad relajada y cómoda pero siempre chic. Ahora he incluido algunos otros íconos como Diana Vreeland (predecesora de la Wintour en Vogue) señora medio rara pero con bastante joie de vivre, y Vivienne Westwood por revolucionaria. Además, tengo un apartado para las más jóvenes en las que incluyo a Kate Moss (nadie como ella para hacer lucir un vestido de noche cool gracias a los accesorios), Karla Bruni, Vanessa Paradis, Bjork.
No es que uno quiera copiar, sino que estas mujeres inspiran al demostrar que también por medio de lo que se ponen expresan quiénes son, le dan un toque diferente a un mismo trapo que otros lucen. Cuando nos gusta cualquier forma de expresión o arte debemos conocer y entender sus componentes básicos para poder apreciar mejor. De lo contrario, daremos palos de ciego y creeremos que inventamos el agua azucarada.
En Guate tengo algunas personas admiradas. Nunca olvidaré la primera vez que vi a Regina José Galindo (que ahora tiene otro estilo), iba con una gabardina de muy buen corte, maquillaje claro y labios rojos. Chic sin esforzarse demasiado. A otra que he admirado (aunque ahora no la veo mucho) es a Claudia Armas, buen gusto, elegante y cool a la vez. Entre los hombres, me encanta cómo se viste Emiliano Valdés, un dandy muy de por aquí, flaco el dichoso todo se le ve bien. Una pareja bien estilizada es Emilio Méndez y su esposa, siempre elegantes. Otros que me han sorprendido por su porte y originalidad han sido Rosa Chávez, el famoso Verde, Darío Escobar.
El Estilo y la Moda no son lo mismo, en todo caso, el primero puede beneficiarse de la segunda, o no. La industria de la moda se aprovecha de los ilusos que creen que la personalidad se puede comprar.

lunes, 21 de septiembre de 2009

Todas mis locas






Uno de mis miedos es totalmente irracional: a la locura. Miedo a de repente perder la razón, salirme de mí, ser otra, una Jessica demencial, fuera de control, absolutamente loca.
Por ese miedo, creo, es que debo hacer que personajes tomen vida y hagan todo eso por mí. Los saco de mi lado más oscuro, engendrados y alimentados con mis más sombríos pensamientos. Atropellar al perro de la vecina, empujar el carruaje de un bebé calle abajo, envenenar la comida que serviré en la cena, entrar a una iglesia repleta completamente desnuda, vomitar en el restaurante más elegante de la ciudad.
Ellos hacen todo eso y más, endemoniados, riendo como dementes que son, para luego matarlos, exorcizarlos, y seguir adelante. No me malinterpreten, no soy sicópata, soy muy feliz, adoro mi vida, pero temo que esa locura de un golpe puede arrebatarme todo.
También admiro a las locas de otros, esas mujeres que en novelas y películas cometen actos de locura (que no de maldad). Se me ocurren Yocasta, Madame Bovary, Mrs. Dalloway, la Maga, Alejandra (de Sabato) en literatura. En el cine hay más, muchas de las chicas Almodóvar representan una manera divertida y hasta chic de ser loca (como la de Atame), de Buñuel adoro a su Bella de día y la chava de Ese oscuro objeto del deseo (que literalmente tiene dos caras).
Pero hay tres que últimamente me fascinan. Carolyn Burnham, la supuestamente perfecta esposa en American Beauty de Sam Mendes, que desencantada recurre al adulterio y al asesinato; Laura Brown, otra ama de casa pero de The hours (basada en la novela de Michael Cuningham) más joven y embarazada, que en los años 50s no encuentra otra salida a su aburrida vida que intentar suicidarse con todo y el bebé en su vientre. La tercera es nueva: April Wheeler de Revolutionary Road, también de Sam Mendes. No daré detalles para no arruinarle la historia a quienes no la han visto, pero es una mujer que ve poco a poco derrumbarse sus sueños, enclaustrada en su linda casa de suburbio. Su caída ocurre poco a poco, entre las supuestamente normales discusiones entre esposos.
Todas ellas me inspiran. El problema es que cuando no escribo, cuando no exorcizo todas esas ideas, pues mi miedo aumenta, ¿es que un día tendré ese ataque de locura? Espero que no. Tengo que terminar ese cuento de la pobre mujer que vive temiendo su locura, tanto que se vuelve loca de tanto pensar.

lunes, 14 de septiembre de 2009

Te estoy besando


Qué envidia me da la música, en dos segundos nos ponen en el tono y ambiente que necesitamos. Para escribir estoy oyendo "I´m kising you de Des’ree" y me remonta a una tarde como hoy, con viento…


Todo para poder hablar del beso más largo de la historia. ¿Han besado a alguien y han sentido que todo se detiene alrededor? ¿Que ese tierno y hambriento contacto de alguna manera abre insospechadas posibilidades, como si una ventana se abriera para dejar entrar fresca brisa y luz a una habitación oscura?


Así fue ese beso, que empezó hace 5 años y no ha terminado. En el tiempo de los que no están besando seguramente duró apenas unos segundos, pero yo estaba, estoy, ahí pensando “te estoy besando, te estoy besando, no puedo creerlo”.


Esperar, ansiar ese beso por 16 años fue mi gran hazaña, recibirlo mi salvación. En el momento justo, a un paso del abismo, ocurrió. La redención no es exclusividad de los religiosos, les ocurre también a personas como yo. Pasa, no muy seguido pero pasa, que un alma atormentada e inestable, se topa con una llena de luz, de paz, de amor, y entonces la problemática, el almasola, se aferra a esa luz corriendo el riesgo de quedar ciega, de quemarse, de no poder aguantar tan intenso sentimiento, pero feliz.

Desde ese entonces, cuando empezó ese beso, no he dejado de dar gracias. Soy demasiado afortunada, tanto que a veces no sé cómo manejar mi dicha. Solo espero estar a la altura de lo que este regalo, este beso, requiere de mí.

Y yo que pensaba que el amor era una tontería, que el mundo era oscuro y gris, heme aquí llorando de dicha mientras pienso, canto, “I’m kissing you I’m kissing you”. Feliz aniversario.

viernes, 21 de agosto de 2009

¿Por qué todo lo quieren hacer película?


Hoy leí que van a hacer una película basada en Brave new World de Huxley y tuve emociones encontradas. El libro me impresionó de tal manera que recuerdo exactamente donde estaba cuando lo terminé de leer. Cuando la facultad de Medicina de la USAC estaba todavía en el campus de la zona 12, quedaba desierta después de las 4 de la tarde. Sus pasillos eran ideales para sentarse a leer en silencio en bancas de madera viejas y bellísimas. Ahí estaba sentadita cuando cerré el libro maravillada.
Hay algo único en la relación entre la literatura y el lector. Una comunicación íntima de uno a uno. Abres el libro y abres la mente creadora de algún genial ser humano.
No todas las adaptaciones de los libros a las películas son malas (Trainspotting por ejemplo), incluso hay un par que los superan (ejemplo es The Godfather). Pero ambas formas de narrar son totalmente diferentes. Sabato (oh sí, mi venerado Sabato), decía que entre una novela y una película existe la diferencia que hay entre un avión y un submarino. El avión ofrece bellas imágenes panorámicas, en un momento nos muestra todo el paisaje. En cambio, el submarino va a las profundidades que son oscuras pero no menos fascinantes. Hecho para ir despacio, el submarino va echando luz sobre lugares quizá inexplorados. Según el escritor, un novelista que quiere comparar su obra on la narrativa del cine es como ver a ese submarino queriendo salir a la superficie y dar pequeños saltos fuera del agua. O sea, patético. El pensador argentino incluso llega a afirmar que muchos escriben libros ya con la idea de que se vuelven películas, solo con la ambición de obtener más dinero que con la poco lucrativa literatura.
Estas palabras me confundieron la primera vez que las leí. Mucho de lo que escribo es una película en mi cabeza. Pero también entiendo que algunas cosas (esos benditos monólogos interiores) no veo cómo podrían representarse. Son dos artes diferentes. El cine, arte relativamente joven, es ágil y puede con una imagen, como dice el cliché, decir mil palabras. En cambio, la literatura, arte tan viejo como el mismo hombre, nos permite meternos en el personaje y saber qué piensa, qué dice, que le pasó antes y que puede pasarle después.
En suma: cada forma de arte, cine y novela, tiene sus propias razones de ser y responde a sus propias características.
Cuando leí La virgen de los sicarios, de Vallejo, como muchos tuve una relación de odio amor con el libro. Bello y a la vez, horrendo, como la realidad misma. Una oda la muerte, un dulce canto de destrucción. Mis respetos.
Luego, conseguí la película. No soporté ni 5 minutos. De un golpe (de mala actuación y estética de telenovela) me mató el cuadro. No quise seguirla viendo, no quería cambiar mi opinión acerca del genial texto del colombiano.
Solo un exquisito puede hacer una película exquisita, mejor si basándose en un exquisito texto. Pero en la industria del cine lo que abundan son los productores ambiciosos que con tal de que le guste a la mayor cantidad de gente posible, hacen películas uniformadas y predecibles.
Lo mejor, creo, es leerse los libros y luego ver la película. Bien hechas, cada uno puede ser un acercamiento diferente a la misma historia.
En mi particular forma de pensar, al masificar cualquier cosa se va vulgarizando, trivializando. En lugar de ser un personal ejercicio intelectual, se vuelve un producto más del mercado.
Para mi sería triste si una persona que tiene como película favorita 50 First dates, por ejemplo, vea Brave new World y se dé el lujo de despreciarla, o peor, creer que así se acerca a los textos de Huxley.

martes, 18 de agosto de 2009

Así soy...

Yo escribo desde que tengo memoria. Al principio era el escape de una niña solitaria, luego la evasión de la adolescente confundida. Ahora es un ejercicio diario, es más, escribiendo me gano la vida.
La ficción me ocupa mucho tiempo, pero también mis vivencias y pensamientos. La primera la doy a conocer solo cuando publico, lo otro lo comparto últimamente más que todo en este blog.
Nunca esperé agradar a todos, pues es imposible. No es como me dijo un anónimo (que además de llamarme popo me dijo que deplano no tenía amigos o algo así), escribo porque necesito hacerlo, nada más. Hablar con la gente es fascinante, pero cansa. En esas charlas suelo aprender muchas cosas que luego puede que me sirvan para seguir escribiendo.
Se siente raro cuando alguien te dice algo feo. Me lo han dicho otras veces (aunque los elogios me han abundado más que los insultos), pero no deja de intrigar, sobre todo cuando es un anónimo.
También recibí el reclamo de otra persona que se sintió afectada personalmente por algo que escribí. Lamento que mi forma de ver las cosas no le parezca, pero tampoco voy a disculparme ni justificarme.
Creo que lo que les da miedo a las otras personas de escribir, de expresarse, precisamente es enfrentarse al qué dirán. Como lo he dicho antes, yo estoy acostumbrada y seguiré haciéndolo le pese a quien le pese.
La autocensura es un fantasma que siempre nos ronda. Entre lo que realmente queremos decir y lo que finalmente expresamos, no debería haber diferencia. Lástima que no todos puedan entenderlo.
Así que a pesar de los insultos y los malos tratos, aquí seguiré diciendo lo que me plazca. Supongo que escribiré hasta que muera.

jueves, 13 de agosto de 2009

Para los que patean con la izquierda...

Hace poco compre un cuchillo multiusos, de esos que ofrecen hasta cortar latas y zapatos. Cuando al fin me lo entregaron (lo compré por catálogo) descubrí que no lo podía usar. No hay manera de que un zurdo pueda, por ejemplo, pelar con esa cosa.
Me enfadé mucho y recordé todas las peripecias que he enfrentado por ser zurda. Cuando era pequeña, mi mamá me llevaba a clases de bordado con unas dulces ancianas. En cuanto se iba, las adultas mayores empezaban a decirme que usar la mano izquierda era malo, que debía usar la derecha. Yo era una niña de 7 años que ni siquiera le gustaba bordar, así que no les ponía coco a las viejitas. Pero llegó el día en que ellas quisieron hacer un experimento: me amarraron la mano izquierda a la silla. Luego me dieron una tijera para que cortara con la derecha, lo cual intenté sin ganas y ellas se enojaron. Bastó contarle a mi mamá la experiencia para que se acabaran las clases.
Solo los zurdos saben lo que se siente tener que acomodarse en un mundo de derechos. Nunca me he sentado en un escritorio para zurdos. En la primaria y la secundaria ni los conocían, en la universidad había un par que siempre estaban ocupados. Esa tablita que sirve para apoyar el codo ha de ser cómoda, porque yo siempre terminaba cansada de tener el brazo en el aire al escribir.
Los deportes son otro tema. Cuando era pequeña era fanática del baseball, pero no tenía guante de zurda, entonces tenía que usar uno de derecho y era un desastre. No duré mucho como segunda base, los doble plays nunca salían bien porque se me salía la bola del guante. Además, los profesores de física pretendían que hiciera los saques de boleyball y que rebotara la pelota de basket con la derecha.
Y qué decir de las computadoras, hasta la fecha no he visto en persona un Mouse para zurdos, y mi pobre y débil mano derecha vuelve todos los días adolorida a casa.
Si bien tal vez hubiera sido una buena deportista, o bordadora profesional, hoy leí que todos esos obstáculos hacen más capaz al zurdo. Aprendemos a hacer las cosas de las dos maneras, usando ambos lados del cerebro. Al igual que los chaparros desarrollan (bueno, desarrollamos) un carácter fuerte para no dejarse de los grandulones, los zurdos encontramos soluciones creativas para todo.
Y lo mejor, es que uno se siente especial. Solo el 10% de la población es zurda.
¡Feliz día de los zurdos! Yo soy zurda para todo, ¡qué viva la izquierda!

martes, 11 de agosto de 2009

Just breathe

Hoy es uno de esos días en los que necesito hablar con alguien sobre las grandes angustias existenciales. En cambio, estoy sentada en mi escritorio haciendo como si hago.
El iPod me aísla, así que lo prendí, le puse volumen y DJ Aleatorio me recetó una excelente canción: Just breath. Me remontó a una granja en San Lucas, creo, a una conversación de toda la noche (en la que nos reímos por horas de un jamón, Chimex para más señas), una fría madrugada en la grama y un espectacular amanecer circunvalando del Lago de Amatitlán.
¿Alguna vez se han ido a la cama las 8 de la mañana? Sin quitarse la ropa, sin lavarse los dientes, apenas aflojando los zapatos y todo lo que apriete… Una necesidad imperiosa de cerrar los ojos, que a esas alturas ya pican como si tuvieran chile.
A lo lejos se oyen los ruidos del día que avanza, conversaciones, prisas, gente que durmió toda la noche. Pero no importa, vas durmiéndote con una sonrisa en los labios, mientras un fríito se va apoderando de ti. Jalas una sábana o algo y sigues sonriendo. No importa la claridad que entra por la ventana, no importa que no fuiste a trabajar, no importa que gastaste hasta tu último centavo, no importa que ese teléfono siga sonando sin parar.
El resto del día transcurre enrarecido. El calor del medio día te hace levantar, pero sigues con sueño. Tomas una sopa de vaso, te quemas la lengua, unos cuantos vasos de agua y sigues durmiendo. Pierdes la noción del tiempo, cae la tarde, la gente regresa a sus casas, oyes sus carros entrar a los garajes, a sus chuchos ladrarles la bienvenida, se oyen las puertas y cerrojos de los negocios aledaños que cierran, entonces empiezas moverte mejor, tuviste goma y ni cuenta te diste. Se te apetece comer de verdad, abres la refri pero no hay nada que se pueda comer ya.
Bañarse de noche tiene su encanto, se hace sin prisas. Hueles tu champú, que es de fresa salvaje o algo así. Te secas el pelo con esmero, te da tiempo de elegir con cuidado lo que te pondrás. Ya repuesto, con una apariencia casi normal, suena el celular con la llamada esperada. Te invitan a una fiesta, esta vez en el medio de la nada, allá por Santa Catarina Pinula. Dudas unos segundos, mientras palpas la billetera, entonces te aclaran que no hay que llevar nada, habrá de todo, hasta jamón Chimex, ríes de buena gana y cuelgas.
Todo vuelve a empezar.

martes, 4 de agosto de 2009

Cuba


Para empezar y no dejar dudas, desde un principio digo que no creo en la democracia y que soy una humanista atea. Dicho esto, prosigo diciendo que en especial nuestra democracia me parece un fantoche. Las leyes y la constitución dicen una cosa, y lo que vemos en la calle son otra. Derecho a la salud y educación, a la vida, ¿para quiénes? Para quienes pueden pagarla. El resto, se muere esperando ayuda médica, se educa en escuelas que se están cayendo y son atacadas por maras, y día a día salen a la calle con la esperanza de no morir a manos de un delincuente, quien se cansó de esperar por alguna oportunidad y se decidió por el crimen. Matan, roban, secuestran y violan sabiendo que en el 98% de los casos no habrá castigo.
Algún democrático lector dirá: no todo es perfecto en la democracia. Claro, porque los guatemaltecos agobiados pueden quejarse y quejarse hasta quedar sin voz, pueden rezarle a quién quieran en la religión que elijan, y cada 4 años acudir a las urnas para decidir quién seguirá incumpliéndoles sus derechos.
Entre esto y una sociedad como Cuba, prefiero a la isla. Aunque no pueden comprar perfumes franceses ni comer comida chatarra, pueden caminar por la calle sin riesgo incluso de noche disfrutando de las estrellas y la compañía de sus amigos. Aunque no pueden pasar horas enfrente de la computadora en la internet, no hay analfabetismo y la mayoría va a la universidad. Aunque no pueden cambiar a sus autoridades cada 4 años (y no tienen que soportar a la clase politiquera), no hay niños de la calle ni desnutridos, ni mucho menos muertos a balazos.
Algún enemigo del socialismo dirá: pero no tienen libertad. Está bien, acepto que no son libres de la manera que nosotros lo concebimos, pero no todo es perfecto en la revolución.
Si Cuba está como está a pesar del bloqueo que ha sufrido por décadas (lo vi con mis propios ojos), me emociono al pensar cómo le irá cuando ese bloqueo desaparezca. Viven muy bien a pesar de todo, mucho mejor que nosotros que nos creemos muy afortunados por vivir en democracia.
Algo que empecé a pensar luego de hablar con los cubanos, es que en algún momento en los años 80 Fidel empezó a equivocarse al pensar en quedarse de por vida en el poder. A pesar de que me creía muy sabionda en cuanto a Cuba, en el Museo de la Revolución descubrí que luego del triunfo en 1959 hubo un presidente civil, Manuel Hurrutia, mientras que Fidel era Primer Ministro. Sin embargo, apenas unos meses después el tal Hurrutia traicionó a la Revolución y fue destituido. El pueblo, todavía con la euforia de la revuelta popular (recordemos que Cuba estaba muy atrasada y pobre, necesitada de un cambio) pidieron que Fidel fuera el único líder del cambio. Y ahí se fue quedando, se me ocurre que pensaba que no podía confiar en nadie la Revolución que tanto les había costado. Así han pasado ya 50 años. Claro, no es un dictador como Bastista con palacios y lujos y chicas y casinos y excesos, pero como dice el viejo adagio, está empezando a parecerse un poco a quienes tanto criticó.
Aunque se dice que sigue gobernando desde su cama, Raúl Castro ha sido un cambio para los cubanos. A quienes les pregunté, me dijeron que les parecía que hablaba menos y actuaba más. Creo que eso lo dicen porque ellos tenían que escuchar a Fidel por 8 horas consecutivas en la Plaza de la Revolución.
Cuba necesita un cambio sin dejar de lado su revolución, y mucho me temo que no ocurrirá hasta que el bloqueo desaparezca. Este pueblo ha desafiado al mundo por 50 años, ha vivido de otra manera y se mantiene firme aún. Ahora admiro más al pueblo cubano (su ingenio no tiene límites)que a su dirigencia.
También pienso que Guatemala necesita empezar de cero, luchar por cambios estructurales, educativos y culturales, pero las revoluciones armadas están mal vistas y pasadas de moda, se quedaron en los siglos pasados. Los gobiernos populistas latinoamericanos me dan un poco de ñáñaras y desconfianza. ¿Cuál es el camino?
Confío en que las nuevas generaciones se las ingeniarán para cambiar nuestras tristes realidades. Siendo muy joven abracé una causa que creí justa pero que no rindió frutos y costó miles de vidas.
Creeré en la democracia cuando la ejerza un pueblo educado, sano y en paz, cuando los políticos sean verdaderos líderes e intelectuales, cuando a los representantes en el congreso realmente les interese nuestros problemas, cuando la transparencia y honradez permita que el dinero se use adecuadamente y nadie se robe un centavo.
No creo que la vida me alcance para ver todo esto. Soy un caso perdido.

martes, 28 de julio de 2009

Perder un hijo


La primera mujer que conocí que había perdido un hijo fue mi mamá. No conocí a mi hermano Manuel y no entendía su tristeza, una que le ha durado toda la vida. Las fotos que atesora mientras se van desvaneciendo no tenían sentido para mí. Ese niño con zapatitos blancos no me hacía llorar como a ella, pero había algo en su mirada tan familiar, algo que ahora veo en mi propio hijo, Manuel.
Mi mamá siempre me lo decía (cuando llegaba de madrugada, no me ponía suéter, no comía comida sana) como una profecía: “Cuando seas madre me vas a entender”.
Yo era una chica dura.
Con el tiempo, cada una de mis amigas, mis antiguas compinches, fueron teniendo sus bebés. Curiosamente, al preguntárseles qué se sentía, no podían explicarlo.
Finalmente, el turno me llegó a mí. Aunque me cayó el veinte poco a poco, pude entender un misterio único: de ser el centro del universo y sus alrededores, me volví humilde testigo del surgimiento de una vida.
Por ahí anda un pedacito de mi corazón corriendo y sonriendo. Cuando se golpea, me duele a mí. Cuando brinca de felicidad y ríe a carcajadas, mi corazón parece hincharse hasta querer estallar.
Sólo mi mamá sabe que ahora por dentro soy un mashmellow que llora fácilmente, que no duermo si a mi hijo le duele algo, que no comprendo cómo pude ser tan dichosa de haber dado la vida. Sencillamente, ahora comprendo a mi complicada madre.
Por ahí alguien comentaba que antes la gente tenía tantos hijos, hasta 10 o más, porque de seguro la mitad se le morirían. La ciencia no tenía cura para muchos males infantiles, tampoco faltaban mortales accidentes. Pero ahora podemos suponer que tenemos todo para proteger a nuestros hijos, por lo que tenemos menos hijos e incluso, como yo, decidimos tener solo uno.
Perder a uno de esos tesoros que hemos amado y cuidado desde su concepción simplemente debe ser horrible. Todas las madres nos conmovemos ante cualquier colega que tenga que pasar por ese momento.
En los últimos tiempos lamentablemente he visto algunos casos. Confortar a los padres es imposible. No puedo evitar ponerme en sus zapatos. Creo que yo simplemente me volvería loca y ya no querría seguir viviendo. Es así. Es muy raro, todos hemos amado a alguien sin medida, pero el amor por un hijo va más allá, es sobrenatural. Es tan intenso que a veces no lo soporto.
Estoy escuchando una canción dedicada a Paula, la hija de Isabel Allende que murió, y no puedo dejar de pensar en la bella Manuela y el pequeño Diego Pablo. Me imagino sus cunas vacías y las lágrimas vienen sin querer.
Esas madres, como mi mamá, irán por la vida acunando a un hijo ausente, soñando con el día de su muerte para poder reencontrarse con él, como lo hace mi mamá cada día de su vida.

martes, 21 de julio de 2009

Soy como el perro coraje


Me gustaba mucho esa caricatura, ahora creo entender por qué. Un cobarde confeso se sobrepone a las peores situaciones con una valentía que tiene más mérito que si viniera de un valiente.
Yo creía que antes era más valerosa, pero no. Lo que pasa es que antes no valoraba la vida, mi vida, y tenía menos que perder. Ahora las cosas son diferentes en mi vida.
Tirarme de un taxi no fue nada comparado con lo que viví el sábado 11 de julio 2009, que pudo haber sido el último día de mi vida. No puedo contar detalles (lo prometí), pero fue como la suma de todos mis miedos. Balazos, persecución, golpes, amenazas, la noche oscura y nadie para ayudarme.
Cuando al fin llegué a mi casa, con el carro maltrecho y manchado con sangre, tuve miedo de mí misma. He estado sufriendo problemas nerviosos desde hace ya algunos meses (desde lo del taxi). Por eso pensé que me daría un shock nervioso, que me daría un ataque o algo así. Pero no. Miraba todo en conjunto como algo irreal.
Cuando se lo conté a mi terapeuta, ella me hizo ver lo valiente que había sido. Hasta ese momento me di cuenta que había reaccionado de tal manera que había resuelto la situación. Yo, la susceptible y enfermiza, en lugar de huir y acurrucarme aterrorizada, me había enfrentado a mis peores miedos, ofreciendo el pecho si era la hora de morirme.
Claro, he estado teniendo malos ratos y un poco de estrés pos traumático (no quería subirme a mi carro cuando lo fui a traer al taller), pero no estoy tan mal como pensaba.
Pude haber muerto, pero no fue así. Eso es lo que cuenta.
Pero me están pasando otros fenómenos. Para empezar, me siento un poco menos vulnerable. Es decir, si en esas horribles circunstancias salí ilesa, creo que puedo ir por la calle a la luz del día entre la gente y no pasará nada malo.
Pero, por otro lado, mi pesimismo ha crecido. Para colmo, fui al funeral de un bello bebé, hijo de una compañera de trabajo, y otra vez me enfrenté a la mortalidad, a lo frágil de la vida. Ver a un padre besar y besar a su hijo antes de enterrarlo fue algo que todavía me tiene con una actitud sombría.
En estas circunstancias, no tengo paciencia, no tengo humor para nada ni para nadie. Me di cuenta de eso el sábado, cuando asistí a una fiesta de disfraces. Me encanta disfrazarme, entrar en personaje, ser otra. Y ahí estaba tratando de sentirme otra hasta que me cambiaron el soundtrack y, de pronto, una furia se apoderó de mí. Rematé con mis queridos amigos de siempre (lo siento mucho), quienes solamente estaban pasándola bien.
Me doy cuenta que no estoy bien, todavía no. ¿Es que algún día lo estaré?

jueves, 9 de julio de 2009

A propósito del 25 de junio


A principios de los 90s para un hombre decir que era gay en la USAC era algo impensable (ojalá que la cosa haya cambiado actualmente).
En esos años, andaba yo en la flor de la juventud como quien dice (no llegaba a los 21), activa en la política, en la huelga, en la academia y de novio en novio. Uno de mis amigos más queridos era F, flaquillo él, siempre de jeans y tenis, peludo y oloroso a pachulí. En esa locura que era mi vida, él me miraba divertido, hasta cierto punto fascinado. El y R. eran los mejores bailarines de la Facultad, así que me daba gusto bailando con ambos. Éramos un grupo alegre, alocado y metido en babosadas, pero en realidad nos cuidábamos entre nosotros y llegamos a querernos un montón.
Por eso, cuando el flaco bailarín me dijo que estaba enamorado de mí, fue algo bien tierno. Yo estaba entre un corazón roto y un nuevo romance, por lo que simplemente le agradecí y seguimos de amigos. Entonces, los demás pensaban: “pobre F. no tiene novia porque Jessica no le hace caso”, y así pasaron los meses.
Cansada de patojos insensibles y egoístas, un día me puse en buscar cuál era mi problema. Decidí que el error era involucrarme con chavos que apenas conocía. En cambio F. me escuchaba, me llevaba a casa, me consentía, nos divertíamos juntos. Así que, jubilosa, decidí darle una oportunidad para ser mi novio. Cuando se lo comuniqué se quedó frío. Yo pensé que se había emocionado demasiado, pero no era eso. Me dio el beso más raro que me han dado y empezamos a ser novios.
Cambió totalmente, de repente siempre tenía clases y cosas que hacer, y cuando al fin nos encontrábamos nunca estábamos solos. Yo no sabía qué pensar, pasó un poco más de una semana y le reclamé su cambio.
Recuerdo que era sábado, nos encerramos en la sala de ping pong para hablar. Pensé, “éste tiene otra”. Entonces me dijo “¿te recuerdas que te dije que había estado casado?”, me preguntó, yo pensé inmediatamente que había regresado con la esposa. Pero no. “Sí estuve unido a alguien, pero era un hombre”, me dijo con mucha delicadeza. De golpe todo tuvo sentido. Los cosméticos en su baño, su casa tan bien decorada, la ropa siempre limpia y olorosa, la forma de bailar sensual pero a la vez distante. No era amanerado, pero sí era más sensible que los otros machotes rudos.
Todos esos años, llevaba mínimo unos 5 años en la Facultad, había estado ocultando su verdad. Para que no le preguntaran por qué andaba solo después de los 30, decía que era divorciado. Luego empezó a decir que estaba enamorado de una mujer imposible, de mí por ejemplo, para que no le trataran de conectar a nadie.
Me quedé pasmada. No puedo negar que por los siguiente días traté de hacerlo cambiar de parecer (todavía no sabía que es imposible), me puse terca como cada vez que algo se me pone difícil.
No pude pelearme con él, lo quería demasiado, así que empezamos a ser más amigos todavía. Fueron unos años inolvidables. Entre otras cosas, me enseñó la escena gay guatemalteca de aquel tiempo. Fui a las mejores parrandas de mi vida, bailé y canté como loca, tanto en discotecas como en casas particulares.
Lo ayudé a seguir protegiendo su identidad un tiempo más, hasta que ocurrió algo bien feo. Una parte del grupo original se separó y formó su propio partido político, enfrentándonos en las siguientes elecciones. Los del otro bando eran los más conservadores y criticaban asuntos personales de nosotros (que si tomábamos, que si parrandeábamos, que si fulana resultó embarazada) como parte de la campaña. De pronto llegaron a sus manos unas fotografías de mi amigo F. representando a Guatemala, con banda y todo, en el desfile de orgullo gay de San Francisco. Se dieron la grande criticándolo y la cosa estalló.
No recuerdo quién ganó (Ferquis tal vez se acuerda), pero a partir de ahí mi amigo salió del clóset con orgullo. Además, se dedicó a defender los derechos de los homosexuales hasta en la revolución (cosa bastante utópica aun dentro de la utopía) y es uno de los pioneros de las organizaciones tipo Oasis. Lamentablemente le perdí la pista, soy una pésima amiga, cómo quisiera tenerlo todavía para platicar.
Muchos me han preguntado por qué apoyo tanto y tan apasionadamente la causa de los homosexuales, muchos creen que deplano yo soy una de ellos (como diría una amiga: a lo mucho, soy una bisexual reprimida).
Como muchos, cuando era niña y vivía rodeada de un ambiente bastante conservador, pensaba que ser homosexual estaba mal. Pero ya en la universidad, pues fui abriendo mi mente acerca de muchas cosas. Puedo decir sin temor a equivocarme que, luego de la experiencia con F, muchos otros compañeros homosexuales fueron fundamentales en mi formación. Las feministas y activistas más aguerridas, eran lesbianas. Aprendí mucho de ellos, así como a respetarlos.
La solidaridad que tienen la mayoría de ellos, no todos claro, raya en la complicidad. Todos deberíamos tener al menos un amigo gay. Ser homosexual es difícil en nuestra sociedad, no creo que sea justo ponerles más obstáculos. Es difícil romper con lo que nos han enseñado, pero haciendo un esfuerzo se puede.
Aunque tarde ¡feliz día de orgullo gay! F. te extraño…

lunes, 6 de julio de 2009

Siguen los reclamos...

Ahora resulta que para elegir al Premio Nacional de Literatura votamos por un escritor para quedar bien con el Gobierno, resulta que todo estaba listo y preparado para que ganara el que quedó. Me duele la cabeza, me vuelven las palpitaciones, la náusea está a la vuelta de la esquina.
Como lo dije en un post del año pasado, el Premio Nacional de Literatura necesita una revisión, necesita cambios, necesita un replantamiento. Nunca he dicho que es perfecto, ni que lo que decidimos en el Consejo Asesor para las Letras es lo mejor.
Lo que sí digo es que la gente no debería acusar sin antes estar segura de lo que dice. Todo esto del premio ya me está hartando, una decepción más...
Es imposible que todo el mundo quede satisfecho con el escritor que se elige, sobre todo si no es santo de su devoción o su favorito no fue el favorecido.
Ya ni siquiera dan ganas de seguir escribiendo…

jueves, 2 de julio de 2009

La Necia apaleada



Hoy me siendo algo achicopalada, tengo tres pensamientos en mi cabeza:

1. Pobre mi hijo, le tocó una mamá peleonera. Como diría la mía, empieza Cristo a padecer. Resulta que en colegio al que asiste nos cobran actividades como kermesse y día de la familia OBLIGATORIAMENTE. Los dos eventos pasaron y no asistimos, así que por eso no pagamos. Sin embargo, al querer ir a recoger las notas, me dijeron que estaba morosa a pesar de haber pagado la colegiatura. Eso es ilegal. Es como pagar por un servicio o producto que no recibiste. Pero nadie se queja, como bien dice el lic Garavito, el guatemalteco le tiene miedo al qué dirán, sobre todo de que los demás piensen que no tiene dinero, así que se dejan robar. Pero eso no es nada, hay colegios que cobran “bonos” de hasta Q30 mil por el derecho a a asistir a sus aulas, sin mencionar pagos por uniformes, fiestas, viajes y un montón de otras tonterías. Definitivamente, estamos jodidos porque la educación pública es tan mala, que tenemos que morir en un colegio privado. Aunque debo reconocer que hay buenos que no son un negocio, pero suelen ser muy religiosos, del tipo de los que piden que los padres estén casados por la iglesia y que tengan todos los sacramentos. El colegio de Manuel no está tan mal, y queda a una cuadra de la casa, por lo que me gusta que estudie ahí. Pero he decidido hacer valer mis derechos y no pagar más que lo justo, y si es necesario me quejaré en la DIACO, aunque las maestras y padres de familia me vean de reojo cuando llegue en las mañanas a dejar a mi niño. Lo bueno es que él todavía no se averguenza de lo que hace su mamá. El problema va a ser cuando sea un poco más grande. Ya me imagino…
2. Desde que otros empezaron a leer lo que escribo, en la secundaria, me he metido en problemas. Muchos se sienten ofendidos, tengo esa cualidad, o defecto. Hace poco mis hijastras encontraron este blog y lo leen (hola niñas), pero solamente para tener armas contra mí. Al parecer, mi familia política no se imaginaba que yo era, digamos, tan “radical”. El feminismo, el ateismo, el comunismo, el borrachismo, son cosas que para ellos son “malas” y punto. Ah! par de niñas chispudas, supieron cómo hacer la cosa. Me dolió, pero no me averguenzo de lo que soy. Ahora la cosa es un poco incómoda, yo ni abro el pico para no provocar polémicas, pero nada es igual. Por otro lado, una persona que se vio reflejada en uno de mis posts, me escribió exigiéndome que lo borrara. No decía su nombre y solamente ella sabía que era ella, pero estaba furiosa. Otra vez, sin retractarme de lo que escribí, mejor opté por quitar el post. Entiendo que no es fácil ver tu vida, o parte de ella, reflejada en un texto. Lo siento mucho, te lo digo a ti si estás leyendo. Y por último, resulta que me tocó escribir un texto sobre sexo oral. Una tarea más, investigué, interpreté y redacté. Ayer salió en Revista Amiga y ha sido un escándalo. Han estado llamando y escribiendo para pedir mi quema en la hoguera. ¡Pero si es sexo oral! Algo tan común en nuestros tiempos. Hoy atendí a una de esas señoras molestas. Sin dejarme hablar, me sermoneó y me culpó por todo lo malo que hay en el mundo. Como ya he tenido malas experiencias tratando de defenderme de lectores enojados, no dije nada. ¿Para qué? La oí y al final le dije OK.
3. Ayer salí exhausta del Palacio Nacional, luego de que eligiéramos el Premio Nacional de Literatura. Desde que el año pasado expresé, sin censura alguna, mi opinión en un artículo de Siglo Veintiuno, mi posición en el Consejo Asesor para las Letras no es la misma. También ahí soy paria por decir lo que pienso, me siento como ignorada. No pueden echarme por lo que dije, pero en la práctica, solo les sirvo para votar. Tal vez es mi imaginación, ojalá. Fue una ardua elección, pero al final estoy satisfecha con haber votado por el ganador. En una complicada elección (eran 5 candidatos que luego quedaron reducidos a 2), con dos rondas de votación, mi voto, el de la exiliada, fue el decisivo. Ah verdad, no que no me necesitan…

jueves, 25 de junio de 2009

La lección cubana


El día había llegado: tenía todo listo para ir a Cuba.
Cuántas veces soñé ir en los 90s, cuando esa isla era el paraíso para los izquierdistas militantes y admiraba como nadie su revolución. En 1996, creo, como encargada de la carroza de mi facultad para la Huelga de Dolores, todo un honor entonces, diseñé una en contra del bloqueo a Cuba. Sobre una isla hecha de madera y pintada con los colores de su bandera, íbamos varios vestidos como “cubanos” (ahora entiendo que se trataba de un ofensivo cliché: yo era una negrita de pollera larga y nalgas y pechos grandes hechos con globos que a cada rato se reventaban, por lo que cuando se nos acabaron fueron reemplazados por condones inflados que otros compañeros iban regalando en otra carroza. Se pueden imaginar la forma de mis atributos al final…). La isla estaba rodeada de alambre de púas, representando al bloqueo, por lo que quienes nos querían ayudar no podían, mientras el Tío Sam se reía de la escena y ponía más púas y obstáculos. Lo sé, era una idea pueril. Pero la cosa se complicó porque el día de la Huelga apareció un patojo vestido del Ché/Rambo/Comandante Marcos para pelear contra el Tío Sam, y también una especie de Moisés bíblico que al parecer había sobrado de alguna comparsa o carroza, por lo que dispuso que también sería guía para el pueblo, algo así. Quien ha estado en la Huelga sabe que por más que se preparen las cosas, no siempre salen como se planean, pero por eso mismo es algo espontáneo y caótico y maravilloso. El tío Sam terminó borracho y abrazado al Ché/Rambo/Comandante Marcos, mientras que el Moisés lucía el sombrero del tío y bailaba con las supuestas cubanas sobre el mapa que, al paso de las horas, había perdido forma y color y, creo que por la borrachera, la insolación y la irritación por el maquillaje negro, me empezó a parecer una balsa. No obstante el caos, varios verdaderos cubanos se nos acercaron para agradecer el apoyo hacia su país.
Pero de eso hace más de 10 años, el mundo ha cambiado y yo con él. A diferencia de mis compas de antes, no me preparaba para ir a Cuba a una reunión de la Juventud, ni de socialistas, ni de artistas. Iba egoístamente como turista en plan lunamielero. Y no solo eso, en mi afán de pasarla bien, hice un encargo a los Estados Unidos (sí, los mismos del bloqueo) de puros cosméticos y tonterías. Para terminarla, osé comprarme un traje de baño, un tankini para ser exacta, que me costó lo que gana un cubano en tres meses de trabajo.
Como cuando los gringos iban a Cuba a descocarse, allá iba yo, olvidando mi formación socialista. Tanto así que me tomé mi primer trago, gratis y puro, y a las 7 de la mañana en el aeropuerto La Aurora, apenas salía el sol. Tal conducta no podía quedarse sin castigo, no señores.
Dejando suelo guatemalteco la cosa se fue poniendo fea. En Costa Rica quisimos repetir la hazaña de los tragos gratis, pero una tica mal encarada nos trató muy mal. Nos dio un par de gotas y nos mando a escupir a otro lado. Luego el vuelo hacia La Habana se atrasó, el cielo empezó a nublarse. Mis nervios empezaron a querer alborotarse, la cosa se estaba descarrilando.
Llovía en Cuba cuando llegué a conocerla. El aeropuerto, no tan subdesarrollado como esperaba, era una confusión. Al pasar por migración me interrogaron como a todos, pero no me dejaron pasar. Me mandaron a hablar con unos señores muy serios, no sabía qué pasaba. El problema era mi profesión. Ser periodista me valió mi primer jalón de orejas. Que no podía hacer ningún reportaje sin la autorización de Raúl y Fidel. Por supuesto que lo sé, compañero, vengo de vacaciones nada más. Lo que menos me interesa es trabajar. Me vieron con desconfianza, sobre todo porque en el momento en el que puse un pie en la isla (que en realidad es un archipiélago) me puse a sudar como si estuviera bajo la regadera.
Ya un poco retrasados, fuimos a recoger las maletas. La de Ranferí salió pronto, pero la mía no salía de la cortina de plástico. Apenas acostumbrándome a la sensación de estar literalmente bañada en sudor, vi pasar todas las maletas del vuelo, varias veces, y mi maleta (nueva por supuesto) color lila y rosa con maripositas, no aparecía. Afuera nos esperaban para llevarnos al hotel, pero no podía irme sin mi maleta y su precioso contenido (cosméticos, ropa y zapatos a granel). Cuando uno de los compañeros de migración me vieron echándole el ojo a una maleta parecida, sin las maripositas claro, me regañaron y me dijeron que buscara la mía. Les dije que no aparecía y ellos me dijeron: sigue esperando. La banda sin fin rechinaba y daba vueltas lentamente sin acercarme mi equipaje. Quise denunciar el hecho, pero unas cubanas uniformadas me dijeron “sigue esperando chica, ya va a salir”, y el reloj seguían tictaqueando.
Cuando finalmente se convencieron que mi maleta no había llegado, me pidieron que fuera a una oficinita que quedaba entre los trabajos a medio terminar de lo que parece ser una remodelación. Sentía todo empapado, de la cabeza a los pies sudaba, el maquillaje de la madrugada se había esfumado hacía horas. Mientras esperaba mi turno para informar acerca de la maleta secuestrada, tomé conciencia de que no podía bañarme, cambiarme, perfumarme y maquillarme como tenía planeado. Si la maleta no aparecía, no podría desplegar el guardarropa que había sido planificado en cada detalle, según hora y ocasión. Ranferí, y Cuba, me verían días enteros con la sucia y sudada ropa que tenía puesta. En mi cabeza hueca, eso era un desastre. Cuando fue mi turno de reportar el hecho, la señora me pidió que describiera mi maleta. Como niña de primaria, le dije entre sollozos y pucheros que era lila y rosa con maripositas. En ese momento no pude comprender las risas disimuladas de las personas presentes, porque para mí se había acabado el mundo.
Hecha la denuncia, perdimos la noción del tiempo. En hora cubana, eran casi las 6 de la tarde. Salimos para descubrir que quien nos llevaría al hotel ya no estaba. En medio de una multitud que esperaba a otras personas, buscamos y buscamos, con hambre, calor, cansancio, desesperación. Algo fue evidente desde ese momento, en Cuba no conocen lo que es el estrés y los ataques de nervios. Compramos una tarjeta que nos costó unos Q50 para hablar por teléfono público para preguntar por nuestro jalón. Al entrar a la cabina, no pudimos usar anticuado aparato de pulsos. Era como si habláramos otro idioma, nadie podía ayudarnos. Unos decían una cosa, otros otra, y no lográbamos llamar al hotel.
Ya sin ánimos de seguir intentándolo, nos dimos por vencidos. Tomamos un taxi que nos cobró Q300 que no estaban presupuestados. Al subirnos, seguí sollozando, ahora también por el dinero que no iba a alcanzar. Entre lágrimas pude ver las primeas imágenes de Cuba, que seguía con el cielo nublado y todavía lloviznando. En nuestra mentalidad consumista, pensábamos cobrarle a alguien (al hotel, a la agencia de viajes, a Fidel) el gasto imprevisto, por lo que le pedimos una factura. El taxista nos vio como si estuviéramos pidiéndole un milagro. Empecinados en tener un comprobante del viaje, no les íbamos a pagar hasta que materializara una factura. Casi teníamos nuestro primer altercado cubanoguatemalteco ahí mismo, con un taxista negro y alto, que no hubiera aguantado la furia que yo andaba buscando con quién desquitar. Afortunadamente, ante la posibilidad de quedarse sin su pago, luego de revisar a conciencia los recovecos de su taxi, el conductor nos dio un arrugado recibo. Le pagamos y entramos sin el júbilo que pensé que iba tener en ese momento.
Al llegar a la habitación, sentí que me iba a dar el shukake, ya saben, mis nervios andan locos todavía. Y lo peor era tener conciencia que en mi maleta, además de las maravillas de la cosmética del mundo capitalista, estaban mis ansiolíticos. Así, por un segundo me imaginé como la noticia de última hora en el noticiero revolucionario: “extraña mujer extranjera, cubierta en sudor y con la ropa sucia, enloquece pidiendo a gritos maquillaje, sandalias y calmantes”. Me desplomé en la cama. Eran casi las 7 de la noche pero el sol se resistía a irse. Lloriquié otro rato, mientras Ranferí, que podría ser cubano por lo calmado que es, estrenaba su cámara de video.
Creo que empecé a alucinar por el cambio de temperatura, pues en la habitación pusimos el aire acondicionador a todo lo que daba. Sentí como si al dejarme a solas con lo que soy, con lo puesto, con la cara tal y como nací, con el pelo sin cepillar o planchar, sin drogas que me hagan sentir artificialmente bien, algo o alguien me estaba enfrentando a mi misma, la de antes, la que tenía ideales. Fueron minutos que parecieron horas para mí, revolviendo la cama sin usar, pensando cómo había llegado a tal punto de dependencia y superficialidad, mientras tantas personas viven sin todo aquello y muchas cosas más.
Para cuando regresé de mi trance, Ranferí tuvo el valor de tratar de filmarme. Lo que le pude decir al ver a la cámara fue: “sabés qué, creo que Fidel me castigó por ser tan consumista”. Supongo que a esas alturas mi amado estaba pensando si debía llamar a médico de la esquina, pero empecé a sentirme mejor. Luego de hacer lo que podía para sentirme menos chaparrastrosa, le dije que saliéramos a la noche cubana.
En cuanto sentí la agradable frescura del viento, luego de un día lluvioso, me hizo sentir mejor. Sin que Ranferí se diera cuenta, para que no me fuera dejar al psiquiátrico más cercano, me repuse diciendo “Bueno, compañeros revolucionarios, ya entendí la lección”. A falta de pan, tortillas. Comprobé, en las siguientes horas, que el mejor ansiolítico es el alcohol, mucho mejor en su presentación de auténticos mojitos cubanos.
Ps. La maleta apareció 24 horas después, sana y salva. Nosotros pudimos hacer la visita relámpago (en 6 días) más maravillosa a la capital del país que admiré tanto en mis idealistas años. Fue como cuando un católico va a Roma o a Tierra Santa, conocía muy bien la historia, los lugares, los personajes. Ahora admiro más a ese pueblo. Haré otro post al respecto.

lunes, 6 de abril de 2009

Un blog no es un diario


Qué razón tiene Andrea, y qué equivocados los que hemos cambiado a ese fiel amigo de papel por este medio masivo y democrático de comunicación.
Quisiera poder escribir “odio mi trabajo, odio mi vida, me odio” como cuando escribía mi diario antes, y hacer un dibujo mío con la frente fruncida cayendo por un precipicio. Luego al día siguiente escribiría, “no es tan malo mi trabajo, mi vida tiene cosas buenas, me amo” y haría florecitas rosadas al margen de la página. Todo esto sin que nadie se enterara.
Quisiera poder decirle a mi diario que mi vida no es como la había imaginado. ¿Dónde están todas esas obras que iba a escribir antes de los 35? ¿cómo he ayudado a cambiar el mundo? ¿por qué me sigo comiendo las uñas?
Podría echarle la culpa al sistema, a mi madre, al machismo, a la falta de recursos, a la crisis, para luego hacer un garabato que representara la tumba de todos mis sueños y esperanzas.
En cambio, me da vergüenza que otros lean mis rollos. Que sepan que tengo un bloqueo creativo que no me dejar descargar de mi cabeza todas esas historias que pugnan por salir. Que ir al supermercado, pagar las deudas, acostarme temprano, cultivar la sobriedad y el encierro me están volviendo loca.
En cambio, tengo un blog donde quiero parecer interesante y cool sin lograrlo, donde opino, sin que nadie me lo pida acerca de la “realidad”, ésa que pasa allá afuera.
Ok, ok, necesito mi tranquilizante…

miércoles, 1 de abril de 2009

De cómo me lancé de un carro en movimiento

Debo escribir esto, me sirve de desahogo. Todavía no estoy muy segura cómo pasó, todo pasó rápido, es como una pesadilla. Va a sonar a uno de esos correos electrónicos que le mandan a uno, pero ni modo.
Fui a Telgua a hacer un trámite (al fin me despido de las tarjetas pre pago). Terminé a las 6 en punto de la tarde, pero tenía que esperar a Ranferí unos 40 minutos para ir a casa.
No andaba en carro porque con tal de adelantar en el trabajo, me propuse entrar a las 7 menos 15. El problema es que el parqueo lo abren a las 8 y 10 más o menos. Así que me vienen a dejar y a traer.
Con una gran tos, no soportaba el aire acondicionado de Telgua. Así que pensé dos posibilidades: ir a Campero a tomar un café, o irme a casa. Parada en la séptima avenida, decidí irme a mi casa a tomarme un chocolate caliente.
Había tráfico, el primer taxi que pasó enfrente paró. El hombre, lo único que recuerdo es que era moreno, me dijo que me llevaba por Q30 sin preguntarme más detalles de la dirección a dónde iba. Ya adentro, en el asiento del copiloto, traté de darle indicaciones de dónde quedaba mi casa, pero sentí que no me ponía atención. Recuerdo perfectamente que le dije que se fuera por la 11 avenida.
Cada vez que me subo a un taxi, no le pongo seguro a la puerta, es una manía que siempre he tenido “por si las moscas”. Otra medida para sentirme más segura es conversar con ellos, leí por ahí que es bueno verlos a los ojos. Sin embargo, con éste no tuve que hacerlo porque él me platicaba a mí. Mientras se iba por la 7ma avenida, algo despacio, me empezó a contar lo mal que le iba en el negocio, que solo pérdidas tenía. Yo le dije que quizá habían muchos taxis, pero él me contesto que se debía más a la mala fama que le han dado algunos taxistas “malucos”.
Como eran vidrios eléctricos, cerró el de mi lado sin que yo se lo pidiera. Por un momento pensé que era un gesto amable porque yo tenía tos.
Empecé a sentir una sensación extraña. No desagradable al principio, sino como cuando uno se ha tomado los tragos y se relaja. Los brazos me pesaban, también los párpados. Recuerdo que le dije “por favor váyase por la 11 avenida”, pero él me contestó que él sabía por dónde se metía para evitar los semáforos. Ya no reconocía por dónde íbamos, y empecé a sentir que me desmayaba, que me dormía. Seguí hablando para mantenerme despierta. Balbuceé que debía haber esperado a mi esposo porque él me iba ir a recoger, pero mis palabras salían como cuando uno está extremadamente borracho.
Cada vez que parpadeaba, sentía que me iba a dormir. En un segundo, tomé la decisión. Llegamos a un tope, luego me di cuenta que era un callejón, y él cruzo. Entonces abrí la puerta y me tiré a la calle. Como si fuera un doble de Hollywood, me levante de inmediato, empecé a correr y a pedir auxilio a unas personas que estaban en la esquina, que resultaron ser niños. El taxista huyó rápidamente con la puerta abierta.
Cuando llegué a donde estaban jugando pelota, me quedé como inmóvil. Ellos me miraban y me preguntaban cosas, pero yo estaba como atontada. Tanto, que no me había dado cuenta que tenía un pie fuera del zapato. Medio les explicaba que me habían drogado, pero ellos no sabían qué decir. Lo único que se me ocurrió fue llamar a Ranferí, mi idea era que si me desmayaba, él supiera dónde estaba. Ahora pienso que debí llamar también a los bomberos, a mis amigos que viven cerca, a los compañeros de trabajo y a tantas otras personas.
No sé cuánto tiempo estuve ahí llorando, me dieron un vaso de agua y me senté en la banqueta. Ranferí me llamaba pero me decía que había mucho tráfico. El pobre estaba angustiado, yo solo lloraba.
Un señor que estaba parqueado ahí trató de conseguirme un taxi de confianza, pero todos estaban ocupados. La noche estaba cayendo, la gente me miraba desde sus ventanas, yo hubiera querido que me dejaran entrar para esperar, pero nadie se ofreció y lo entiendo por el tiempo que estamos viviendo.
Al final, una mujer joven se ofreció llevarme a mi casa en su carro, el cual guardaba a una cuadra de su casa, encima tuvo que caminar para ir a traerlo. Me parece que alguien me llevó a ese parqueo, pero no estoy segura. Luego de darle las gracias cientos de veces, llegué a mi casa donde seguí llorando, sobre todo cuando llegó Ranferí. Solo ahí descubrí que tenía golpes y raspones, los cuales me dolieron hasta el día siguiente.
La idea de que estuve muy cerca de que me llevaran con rumbo desconocido me daba como vértigo. Solo pensar que la vi cerca me hacía llorar y llorar.
El médico que me vio en el hospital, un par de horas después, no podía creer que me había tirado de un carro y que no tuviera algo roto.
Si bien hay cosas que recuerdo como confusas, estoy segura que la motivación de volver a ver a mi hijo me dio el valor de lanzarme del carro. No quiero ni pensar qué hubiera pensado si no lo hubiera hecho.

viernes, 27 de marzo de 2009

Todo se derrumba


Hay días, muchos últimamente, que dan ganas de apagar la realidad como se apaga la televisión, o aunque sea cambiarle a un canal de comedia, y no de terror.
Hay días, más de los que quisiera, en que todo carece de sentido y sientes que te ahogas, que te intoxicas con el mismo aire, que todo está infecto con alguna extraña peste.
Hoy es uno de esos días. Afuera, adentro, alrededor, todo es horrible. Tanto, que lo bueno, lo poco, lo más bello que uno tiene, parece también querer derrumbarse. ¿Por qué? Si detrás de esas pocas maravillas que tenemos deberíamos cubrirnos de tanta porquería. Sin embargo, el suelo se convierte en un pantano, te traga, te lleva, y todo lo demás contigo.
Comprendo a ese señor que paró su carro, un bonito carro, en medio del puente del Incienso. Hacía un buen día, soleado pero no caluroso. Imagino lo fresco que sintió el viento rozando su cara y despeinándolo, el cielo azul encima de su cabeza, y el vacío llamando allá bajo.
Anoche me dormí llorando pensando que muchas veces pensé que terminaría así, haciendo una caída libre hacia el dulce vacío. No quiero volver a ese lugar de antes, pero a veces es imposible. Hoy es imposible.