miércoles, 25 de enero de 2017

Aprender de la experiencia ajena


¿Cómo se llevan los escritores, o aspirantes a serlo, entre sí? Pues hay de todo, empezando con los solitarios que viven vidas muy discretas lejos de sus colegas.


Pero hay quienes prefieren pertenecer a un círculo para compartir ideas y proyectos, apoyándose unos a otros. En algunas ocasiones los reúnen el azar en algún curso o taller, otras son las inquietudes creativas e ideas afines, a veces es la amistad el pegamento que los une.


A lo largo de la historia esto ha propiciado generaciones literarias que han cambiado el rumbo de la escritura e incluso han fundado escuelas y movimientos, pero también han propiciado rivalidades acérrimas entre grupos opuestos.


En este tema quizá lo más sensato es hacer lo que sea más natural para uno, no forzar nada.
Otra historia es la relación con los autores ya “consagrados”, vivos, muertos o lejanos. Ellos ya han pasado por el camino que uno apenas está empezando. Mucha de su experiencia puede iluminar el trecho que tenemos enfrente y que pueda parecer oscuro.


Claro, esto no sustituye la formación académica, las lecturas de las obras y los ejercicios de escritura. Sin embargo, sus palabras pueden resultar no solo alentadoras sino reveladoras.


Muchos escritores han dejado sabios consejos acerca del oficio. Solo hay que confirmar muy bien la fuente donde se encuentran dichos tesoros, hoy hay muchas frases apócrifas atribuidas a personaje que nada tienen que ver. Es buena idea además buscar a aquellos que se han dedicado a escribir el género o estilo que nos interesa.


En estos textos no solo se tocan temas elevados o filosóficos, también se dan consejos bien específicos sobre cómo escribir, incluso recomiendan otras lecturas. Mi libro favorito sobre el tema es “El escritor y sus fantasmas” de Ernesto Sabato,


También de Sabato, me parece muy conmovedor el texto epistolar “Querido y remoto muchacho”, que es parte de la novela “Abadón el exterminador”. Entre otras cosas, le dice al aspirante a escritor, “necesitarás de otros atributos espirituales: el coraje para decir tu verdad, la tenacidad para seguir adelante, una curiosa mezcla de fe en lo que tenés que decir y de reiterado descreimiento en tus fuerzas, una combinación de modestia ante los gigantes y de arrogancia ante los imbéciles, una necesidad de afecto y una valentía para estar solo, para rehuir la tentación pero también el peligro de los grupitos, de las galerías de espejos”.


¿Para qué sirven los críticos?

En nuestro medio criticar al artista nacional es mal visto. Y es comprensible, a pesar de todos los obstáculos con los que se enfrentan ellos logran producir sus obras. En estas circunstancias, cuando uno lanza al mundo una obra literaria, o de cualquier otra disciplina, puede ponerse sensible ante lo que se diga de nuestra criatura.


Pero es de reconocer que aquí hay pocos profesionales que ejercen como críticos. Quizá porque personas que no lo son han ocupado su lugar. Porque hay una cosa es criticar con rigor un libro, y otra muy distinta reseñarlo o comentarlo superficialmente.


El trabajo del crítico va mucho más allá. Generalmente, es alguien que ha estudiado una carrera que le ayuda a manejar los métodos para analizar una obra, también tiene un amplio panorama histórico y estético con conocimientos de filología y literatura comparada.


Por terrorífico que pueda parecer, en realidad una valoración de parte de experto no es para destrozar una obra. A me daba pánico una revisión seria de mi obra, pero luego vi que ser analizada académicamente es una experiencia muy edificante. Estos estudios explican a los lectores, y a uno mismo, elementos importantes para la compresión de la tradición literaria.


Según el teórico Enrique Anderson Imbert, un crítico debe contestar preguntas como ¿cuál fue la intención del escritor? ¿logró expresarla? ¿Qué significado permanente tiene su obra en la historia de la literatura? Anderson considera que, al llegar a una vista más panorámica, el juicio es más comprensivo. Quizá no haya que temerles tanto.


Los enemigos de los críticos piensan que alguien que nunca ha escrito nada no puede criticar a un escritor. Creo que son cosas diferentes, dos profesiones que se complementan. Es más, considero que no es conveniente que un artista que produce sus propias obras analice o critique a un colega.  Por muy académico y preparado que sea, lo hará desde su propia postura estética, incluso podría desdeñar los estilos que son diferentes u opuestos al suyo.


Hay quienes acercan la labor del crítico a la del periodista, pues debe cuidar mucho su integridad y ética. A la primera mentira o favoritismo, pierden su credibilidad y lo que sea que diga después ya no es tomado en serio.


Estudiantes y profesionales de Letras: necesitamos más críticos profesionales que le quiten el mal nombre que a la profesión en nuestro país.
 

Larga vida a los buenos editores

La relación del escritor con su editor debería ser estrecha pues es crucial. Sin embargo, en la práctica, al literato muchas veces le falta esa importante figura. Apenas hay quienes leen la obra y hacen apuntes al margen, o alguien que le revisa la redacción y la ortografía.


El papel del editor literario va mucho más allá. Para empezar, es un amante de la literatura y conoce lo mejor que ha dado. Gracias a ese gran conocimiento, es capaz de reconocer un diamante en bruto en un costal lleno de carbón. Aunque esté sucio y todavía sin brillo, reconoce su inmenso valor y logra que sea reconocido por todos.


No se trata de volver a escribir la obra que edita, sino de entender qué es lo que el escritor quiere decir y guiarlo para que pueda lograrlo de la mejor manera. Sucede que después de mucho tiempo trabajando un texto, a veces años, se pierde de vista cosas obvias y también de fondo que solo alguien con ojos frescos puede ver.


Es un oficio complicado, se necesitan requisitos bastante específicos para desempeñar este papel a veces tan poco reconocido. No obstante, muchas obras no hubieran sido posibles sin los buenos oficios de estos maestros de la edición.


La relación con el escritor es importante, porque a veces también intervienen antes que la obra esté terminada. A veces el editor es el único confidente del autor bloqueado o del que no sabe qué rumbo darle a la historia y cómo terminarla.

Para ejemplificar lo anterior, está la historia editorial de El Gran Gatsby, novela inmortal de Francis Scott Fitzgerald. Fuentes fidedignas cuentan que Maxwell Perkins (1884-1947), conocido como el príncipe de los editores estadounidenses del siglo pasado, tuvo mucho que ver para que este libro cuajara como la conocemos.

La anécdota dice que Fitzgerald quería hacer algo parecido a Ulises de James Joyce pero en versión norteamericana, aunque su estilo era opuesto. Perkins se dio a la tarea de convencerlo que no lo hiciera y lo alentó a apegarse a su verdadera forma de escribir. El manuscrito cambió casi por completo y así nació esta famosa novela totalmente original.

No faltan quienes critican a los editores como este, por inmiscuirse tanto en la tarea del escritor. Pero el mismo Perkins explicaba que el editor no debe imponer, sino ofrecer ayuda experta para guiar al escritor hasta llegar exactamente al libro que está buscando crear. 




Escribir no es juntar palabras

Es natural pensar con ilusión en convertirse en escritor, es una de esas profesiones idealizadas en el imaginario popular. Los aspirantes quizá secretamente hasta sueñen con ser ricos y famosos como los escritores que admiran.


Yo era más modesta. De jovencita mi sueño dorado era simplemente entrar en una librería y ver un libro mío en los estantes. Pensaba que en ese momento algo en el universo se alinearía para mí.


Sí fue emocionante, pero no cambió mi vida. Aunque muchos adoren esa sensación de ser el centro de la atención, de firmar libros y dar entrevistas, creo que la esencia del trabajo del escritor es otra.


Publicar es un acto ajeno a la literatura, está más ligado al marketing. Como alguna vez dijo el escritor argentino Julio Cortázar, al terminar de escribir se debe guardar la pluma e irse a beber vino con los amigos. Que otros se encarguen de lo que sigue. Que el libro se venda y sea un éxito la mayoría de veces no está en nuestras manos. No debería estarlo.

Nuestra obra literaria sale al mundo y debe defenderse sola. Ya no hay nada que se pueda hacer. Creo que también Cortázar dijo que el escritor tratando de hacer que la obra triunfe es como que luego de tirar una flecha nos vayamos tras ella tratando de modificar su rumbo. Algo ilógico. El tiro está hecho y dará en el blanco o no.


Tampoco es conveniente escribir pensando en el posible éxito que podamos tener. Ernesto Sabato dijo que el principal problema del escritor tal vez sea evitar la tentación de juntar palabras para hacer una obra. Según él, no fueron las palabras las que hicieron la Odisea, sino al revés.

Aunque hay muchas posturas al respecto, la mayoría de creadores piensan que antes de sentarse a escribir hay que llenar el “pozo” de la creatividad viviendo. Así de simple. Acumulando experiencias, lecturas, sensaciones, música, lágrimas, éxtasis. Hay que salir a buscar triunfos pero también a darse contra el piso, a oler flores, a bailar dando brincos, a dar besos en la madrugada, a llorar como un niño.

Y así un día uno se encuentra con muchas cosas qué decir, un cúmulo atorado en la mente y en los dedos que luego encontrarán cómo salir para darle forma a la obra.
Luego de esta etapa casi mágica, viene un largo trabajo de edición, de “orfebrería”, de revisión y luego más edición. La ayuda de un buen editor es crucial en la vida de un escritor. Lo malo es que no abundan.



jueves, 15 de septiembre de 2016

Me daba miedo tu corazón

Imaginaba tu corazón así de grande, poderoso e incansable, pero nunca sospeché lo que me turbaría sentirlo tan cerca. Sentirlo bombear con tanta energía como si de él dependiera la vida en todo el mundo.


Nunca había pensado que pudiera existir un corazón así, que aun en reposo lata como conteniendo la lava caliente de un volcán. Por eso cuando ya lo vi en ebullición, haciendo erupción violenta, pensé que se rompería, que quedaría sin vida luego de dar tanto. Y te lo dije, ¿recuerdas? Te pregunté si estabas bien, te dije que me daba miedo tu corazón.


Pero tu sonreíste como nunca vi a nadie, como solo puede hacerlo alguien después de procrear un milagro, exhausto e iluminado. Y entonces vi cómo en lugar de matarte, esta explosión te eleva a un estado donde tu corazón se vuelve cósmico e inmortal, late al ritmo de todo lo bueno que hay en este mundo y que se resiste a desaparecer.


Y su compás tan poderoso y místico me invitó a sincronizarme. Mi pequeño corazón encontró el ritmo que estaba buscando, luego de andar tan errático, a veces como ausente, a veces colérico. Alterado por el dolor y las sustancias.


Tu corazón es un campeón mundial, un atleta de alto rendimiento. El mío un emo desnutrido. Pero igual iniciaron una carrera juntos que a veces se vuelve caminata, a veces un baile descontrolado, a veces manifestación. Con mucho ejercicio y horas bajo el sol, mi remendado corazón recuperó su olvidada vitalidad, pudo seguir.


Pero el recorrido ya se ha hecho largo y a veces va cuesta arriba, parece carrera de obstáculos. En especial en estos últimos meses mi corazón ha vuelto a renegar, a resistirse. Tratando de disimular sufre a veces de arritmia, de taquicardia, de ansiedad. 


Tu bello, tu hermoso, tu heroico corazón no lo ha dejado allí tirado en la lluvia, lo ha sacado del lodo y se lo ha echado a cuestas, muchas veces. ¿Cómo agradecerte esas transfusiones de sangre fresca, esa resucitación salvadora? No podría ni en diez vidas, solo puedo entregarme entera.


Pronto muy pronto encontraremos una planicie, una pradera, donde podremos descansar y volveremos a latir despreocupados. Lo sé, estoy segura. Mientras tanto sigamos dándonos uno al otro respiración de boca a boca, ese soplo de vida que nos damos en cada beso cada día, cada noche.


Acostarse junto a tu corazón es como dormir mientras se oye el mar rugir, inmenso y poderoso pero a la vez bello e infinito. Su oleaje me lleva a lugares y estados que nunca pensé visitar. Me arrulla entera, me hace sentir ligera y libre nadando desnuda bajo la luz de la luna.


‘I CARRY YOUR HEART’ BY E.E. CUMMINGS

 i carry your heart with me (i carry it in 

my heart) i am never without it (anywhere

i go you go, my dear; and whatever is done

by only me is your doing, my darling)

i fear

no fate (for you are my fate, my sweet) i want

no world (for beautiful you are my world, my true)

and it’s you are whatever a moon has always meant

and whatever a sun will always sing is you

here is the deepest secret nobody knows

(here is the root of the root and the bud of the bud

and the sky of the sky of a tree called life; which grows

higher than the soul can hope or mind can hide)

and this is the wonder that’s keeping the stars apart

i carry your heart (i carry it in my heart)


martes, 30 de agosto de 2016

Su majestad: la lengua española


(Columna publicada en el Diario de Centroamérica el 22 de agosto 2016 en el espacio Leitmotiv).

El título es de Miguel de Unamuno, data de 1908 cuando defendía “su augusta majestad” en un texto. Hoy más que nunca estoy de acuerdo.

Hace poco tomé un curso de escritura creativa en inglés. Todo hubiera estado bien si no fuera porque las tareas debían hacerse redactando textos en inglés.

Qué bochorno. Aunque soy un hablante funcional de ese idioma, al tratar de escribir creativamente sentí que perdí todo “mi poder” para expresar lo que realmente quería. Era como tener un chaleco de fuerza cuando lo que yo quería era bailar La Macarena.

La novelista estadounidense Amity Gaige, precisamente en ese curso, explica que escribir es como contarle un sueño a alguien. Ya saben, los sueños son medio locos y enredados, pero la mayoría de veces son fantásticos e incluyen todo tipo de sensaciones y saltos en el tiempo y cambios de locación. Requiere un esfuerzo muy creativo poder plasmar con palabras esa visión para que los demás “sueñen” igual que nosotros.

En el caso de nuestro idioma, las herramientas son maravillosas y nos otorga extensas posibilidades para trasladar al lector a ese lugar en nuestra cabeza. Tratando de escribir en inglés comprobé la frustración de tener muchas ideas, pero no saber cómo plasmarlas.

El idioma es pensamiento, también es identidad y es cultura. No hay unos mejores que otros, cada uno tiene características propias que las personas creativas saben explotar y lograr así tremendas obras.

En el mencionado texto de Unamuno, acerca de los defectos que se le achacan al castellano él decía que son “tonterías de pedantes, que en ninguna parte faltan, y de literatos condenados a no ser cosa alguna ni a encontrar aplauso y eco sino expresándose en la lengua casera, la del comedor y la alcoba”.

Sé que los tiempos han cambiado y con ellos el uso del idioma. Esto no es malo, las lenguas son entes vivos que van evolucionando según las necesidades de quienes los hablan. No soy purista, amo la lengua que hablo pero tampoco creo que debe reducirse a un sinfín de reglas y acepciones.

Sin embargo, es un desperdicio que no se aproveche el potencial que tiene el español. Hay que estudiarlo, sí, pero más que todo conocerlo, poder ver su inmensidad e intentar navegar lo más posible en sus aguas. Amarlo, vivirlo, saborearlo en nuestra propia boca y en la de los demás, dominarlo hasta donde se pueda y después desarmarlo, armarlo otra vez, creando algo nuevo.

¿Duda si tiene talento?

(Columna publicada el 8 de Agosto 2016 en el Diario de Centroamérica en el espacio Letimotiv).

Cuando queremos elogiar a alguien es común decirle que es talentoso, como queriendo decir que tiene un don especial. Tristemente, cuando a alguien a pesar de su entusiasmo no le suena la flauta, se suele decir que “no tiene talento”.

Ante esa lapidaria palabra, no es raro que el escritor, o aspirante a serlo, se pregunte seriamente ¿tengo talento? La noción de esta virtud ha ido cambiando con los tiempos. Aunque se puede resumir como la capacidad para el desempeño de algo, hay mucho más involucrado.

Rosina Cazali, crítica y curadora con especialización en arte contemporáneo, señala que la palabra talento mide habilidades. “Tradicionalmente con ella se asumía que solo algunas personas tienen talento y muchas otras no. Ese ha sido, por muchos siglos, la base del entrenamiento artístico clásico”, dice la experta. Por siglos, este talento de unos cuantos supuso la capacidad de desarrollar y controlar habilidades técnicas que le permitieran alcanzar la maestría e incluso la perfección.

Pero los tiempos han cambiado y el arte ha evolucionado por lo que hoy se enuncia desde dimensiones menos reglamentadas. Basándonos en esto podemos decir que la disciplina, la observación y el pensamiento creativo pueden alcanzar resultados brillantes y no precisamente basados solamente en el talento.

Por esa razón, ahora la producción artística estimula las dudas, la experimentación, la investigación e incluso los errores. Ya no hay artistas infalibles ni perfectos, sino dinámicos y que retan al público.

Ya aterrizando en la literatura, específicamente en el campo de la narrativa que es lo que más conozco, hay narradores naturales que tienen una imaginación desbordada y que pueden inventar mundos con facilidad. Podríamos decir que tienen talento para eso.

Pero a la hora de poner esas historias por escrito algo suele “faltar”. Ha de ser esa falta de disciplina y dedicación para aprender a trabajar con el idioma como lo hace el escultor con el mármol o el bronce, y luego experimentar creativamente con él.

El talento además del deseo y la habilidad de narrar, o hacer poesía, tiene un componente técnico que debe ser dominado para que la obra quede plasmada como la pensamos, como la soñamos, como la adivinamos. El lenguaje es la materia prima, es como un barco mágico que puede llevarnos a donde queramos en el tiempo y en el espacio, pero solo si sabemos tomar el timón.

¿Qué se necesita para ser escritor?

(columna publicada en el Diario de Centroamérica el 1 de Agosto 2016, en el espacio Leitmotiv)

Todos hemos tenido un affair con un libro alguna vez. Leemos la última línea, cerramos el libro y ya no somos los mismos y nos encanta. Pero además algunos, unos cuantos, deciden que quieren llegar a crear algún día esa misma magia.

Aspirantes a escritores, de cualquier edad, se preguntan cómo se logra eso. Por supuesto, existen muchísimas posturas al respecto. Como antes de columnista soy periodista, he decidido que en este espacio incluiré la opinión de expertos y escritores para que no sea un monólogo.

El escritor guatemalteco Javier Payeras le recomienda a los que quieran descubrir qué se necesita para ser escritor que lean con atención los ensayos de Jorge Luis Borges, los poemas de Alejandra Pizarnik y Roberto Juarroz, así como la novela de Juan Rulfo.

Payeras también recomienda estudiar los textos de Ezra Pound y de John Gardner acerca del tema, así como los relatos de Raymond Carver y artículos de Susan Sontag, mejor si en inglés.

Para unos podría llevar años entender el oficio, pero para otros podría ser una epifanía repentina. La mayoría de conocedores del tema están de acuerdo en que antes de escribir hay que leer, leer y volver a leer. Ver qué han hecho los grandes escritores, por dónde han caminado, cómo han sido sus pasos. Nada peor que alguien que cree que está inventando el agua azucarada. Leer a esos monstruos además va construyendo en nuestra mente un vocabulario amplio y nos acerca al uso más exquisito del lenguaje.

Pero luego, claro, llega la hora de escribir y así darnos cuenta si este es realmente nuestro camino. Payeras aconseja escribir claramente y sin arrogancia, hay que pensar más de lo que se escribe. Estoy de acuerdo y opino que la obra en realidad es la punta de un iceberg que tiene profundidades insondables.

Un buen consejo que nos da Javier es que escribir bonito no es hacer arte. “Tu trabajo no es un tendedero de palabras vacías sino de ideas e imágenes escritas”, dice. Yo agregaría que no hay que buscar lo escandaloso, lo complicado, lo oscuro o lo fácil a propósito solo para escandalizar o gustar.


En lo personal opino que hay personas que tienen una “habilidad” natural para escribir. Y hay otros que estudian y se forman para lograr hacerlo “decentemente”. El prodigio ocurre cuando quien tiene el don además se dedica con disciplina a desarrollar su escritura, allí es cuando podría empezar una carrera.

Los desafíos del escritor en Guatemala



(Desde el 25 de julio 2016 inicié una nueva etapa como columnista en el Diario de Centroamérica en el espacio que nombré Leitmotiv, estaré publicando aquí las columnas, aquí la primera columna publicada).

Hace poco una madre preocupada me escribió, quería que le diera ideas a su hija para encaminar su carrera. “¿A qué se dedica?” pregunté, “es escritora” me contestó orgullosa. Ella quiere que su hija de 23 años realice en su sueño literario, pero también que se pueda ganar la vida con las letras. Tratar de contestarle fue complicado, ser escritor no se parece a las otras profesiones.

Sí, quien escribe es especial de muchas maneras, con y sin comillas. En este espacio hablaremos acerca de la peculiar vida del escritor. Esta profesión es grandiosa, pero suele ser solitaria y casi siempre se debe tomar como una segunda ocupación, la mayoría de las veces no remunerada.

Pero aun así, siempre hay gente escribiendo. Además de quienes publican sus obras, dictan conferencias y participan en conversatorios, hay miles de escritores que trabajan a la sombra, enfrentando día a día la página en blanco a solas.

Para los lectores también puede ser interesante adentrarse en el trabajo creativo que conlleva la narrativa y la poesía, ellos son parte importante de la literatura. Así que también están invitados a leer esta columna, quizá descubran que detrás de su irresistible atracción hay deseos de crear.

Desde la sola palabra ‘escritor’ empiezan los retos. ¿Cómo, cuándo y por qué alguien puede ser llamado escritor? Este dilema ocurre en la mayoría de ramas del arte y no es cuestión de formación académica. Eruditos puede que no creen nada, y puede que autodidactas tengan obras de calidad.

Ya que aquí hablaremos de aquellos que escriben literatura, podríamos decir entonces que quien crea una obra literaria es escritor, pero ¿quién decide que su obra es literatura? ¿las editoriales? ¿otros escritores? ¿críticos? Y aún cuando alguien es un escritor con futuro, ¿existen las condiciones para que se dedique a eso? Ahondaremos en todos esos temas.

A la amiga que me pidió consejo para su hija le dije que los escritores aquí deben crear sus propias oportunidades. En nuestros países, donde se lee poco y no hay industria editorial, es más bien un apostolado como diría el escritor argentino Ernesto Sabato. “Porque si en cualquier lugar del mundo es duro sufrir el destino del escritor, aquí es doblemente duro, porque además sufrimos el angustioso destino del hombre latinoamericano”, escribió alguna vez.

jueves, 21 de julio de 2016

Lo logré, tengo un diploma virtual

Hace rato que tenía la curiosidad de probar los cursos en línea. Tenía conocidos que hace años tomaban cursos de e-learning que, al parecer, eran bastante rígidos y difíciles. Allí los miraba haciendo tareas y exámenes en la madrugada para cumplir con los requerimientos y fechas, además, debían hacen tele conferencias e incluso acudir a lugares físicos para hacer exámenes.


Recuerdo en especial a mi amiga Ericka, con la que hice un viaje a Bélgica. Debido al drástico cambio de horarios, mientras el resto dormíamos para descansar de las caminatas diarias, ella debía pasar gran parte de la noche recibiendo clases de su diplomado que no podían aplazarse.


Otro factor que me detuvo alguna vez de entrar a uno de estos diplomados fue el costo, era bastante elevado. Sin embargo, era muy apetecible tener un diploma de alguna universidad prestigiosa del mundo, así que me quedó siempre la espinita.


No es que no me guste ir a un salón de clases real, actualmente me encuentro trabajando mi tesis y eso es otro tipo de actividad académica. Lo que pasa es que ahora mi vida tiene muchos otros aspectos que debo manejar por lo que el tiempo es un recurso vital, sin mencionar el tráfico y el costo del combustible. El diplomado que hice el año pasado de la UNIS e Inguat fue agotador físicamente, recordé lo que implica la logística de los traslados y las levantadas temprano.


Así que estudiar en línea se vuelve entonces una excelente opción.


Mi primer intento fue con un curso gratis del a UNAM el año pasado. Me apunté pero nada pasó, no me avisaron nunca qué debía hacer ni recibí ningún material ni links, no sé si mi dirección de correo no fue incluida en la lista de alumnos. Lo cierto es que solo recibía notificaciones acerca las tareas y exámenes que no había hecho. Nunca supe qué pasó, en ese momento pensé que ese era el problema de un curso gratis: muchas personas han de tomarlo desde muchos países y se vuelve difícil el control.


Pero no me di por vencida, era obvio que con el avance de toda la tecnología y las herramientas que giran alrededor de la web habría cambios importantes. Los cursos que se conocen como MOOC (Massive Open Online Courses), han evolucionado lo cual hace todo mucho más sencillo.


Aunque muchas universidades ofrecen sus propios MOOCs, existen plataformas como Coursera y Edx que en un solo sitio web reúnen a cientos de Universidades y ofrecen cientos de cursos. Estan diseñados para que todo sea mucho más flexible y fácil desde cualquier lugar en cualquier momento, todo es en línea y sin horarios. Uno de sus principios es, además de ser masivo, que el acceso al material del curso es gratis, lo que se debe pagar es el diploma, y en algunos casos las evaluaciones.


Lo no tan bueno


Siempre hay pros y contras en todo. En estos cursos el proceso enseñanza-aprendizaje no se cumple a cabalidad, pues todo está basado en lo que dicen los profesores que están lejos, con los que no se puede interactuar. Está claro que en la vida real en muchas clases lo más enriquecedor sucede cuando participan todos y se intercambian ideas.


Además no hay verdadera interacción entre estudiantes, no surgen esas amistades basadas en una pasión en común y que suelen durar toda la vida.


Todos los estudiantes son tratados iguales, lo cual perjudica tanto a los que tienen ciertas desventajas como los que van más adelantados. Además, si algo no está claro es difícil resolver dudas de inmediato, se puede pero lleva su tiempo.


En realidad es una educación solitaria, no suceden todas esas actividades “extra aula” que son tan importantes en la vida de un estudiante. Por eso quizá es más recomendable para quienes ya pasaron por las aulas universitarias y quieren explorar temas específicos y actuales, y no para los jóvenes que deben tener toda la experiencia educativa en sus 20s. Claro, también es muy recomendable para quienes por alguna razón no pueden salir de sus casas.


Lo que sí me gustó


Pero por supuesto que tiene sus cosas positivas. A diferencia de los cursos en línea tradicionales, los MOOCs son más accesibles pues, en principio, cualquier persona puede aprender sin tener que pagar porque las lecciones son gratis. Y aún los diplomas son más baratos y se pueden pagar por curso ($79). Es decir, hay “especializaciones” que constan de varios cursos, pero uno los toma y los paga de acuerdo a su tiempo y conveniencia. Y si no le interesa el diploma no paga y solo aprende.


Yo estoy sacando la especialización de Creative writing, sí, en inglés porque no encontré uno parecido en español. Es impartido por la Weslayan University por excelentes profesores y escritores. Ha sido un reto escribir creativamente en otro idioma que no es el mío, pero lo importante son las herramientas que estoy adquiriendo y puliendo, en el caso de las que ya tenía.


Me encanta que pueda ver las lecciones cuantas veces quiera, incluso en mi iPhone o iPad, pues la aplicación es genial. No se cómo serán los otros cursos, pero me gusta que no se vayan por las ramas, no es un curso introductorio, nos tratan como si ya todos fuéramos escritores. Claro, esto podría afectar a quienes nunca han escrito, pero supongo que por eso uno debe elegir cuidadosamente los cursos.


También me agrada que las tareas sean escribir textos aplicando específicamente lo que se aprendió.  Al principio me dio miedo, nunca había escrito relatos en inglés, pero cuando te obligan a hacerlo no queda de otra. Afortunadamente, los comentarios han sido mucho más positivos de lo que esperaba (tengo 100 de nota final). Y la verdad, no estoy allí para lucirme, realmente quiero aprender, lo cual me lleva al último punto.


De cierta manera, me gusta el anonimato con el que se toman los cursos. Mis compañeros son personas de las que nunca había oído hablar, igual para ellos soy una latina que escribe tímidamente en inglés. No soy muy aficionada a los talleres que se organizan en “vivo” (algunos bastante caros), a veces la gente no llega precisamente a aprender sino a lucirse o a ser escuchada, y por eso a veces se pierde valioso tiempo.


Lo cierto es que ya tengo mi primer diploma (that baby goes straight to my CV), y voy por más!