viernes, 27 de abril de 2012

El segundo aire



(En la primera foto tengo 31, en la segunda 40)

Tal vez de veras la vida empieza a los 40, pero la segunda vida. La noche antes de cumplir 39 todo se ve de una manera, te acuestas a dormir pensando “ay, no pasa nada, qué mentira”.

Pero no, nada más te despiertas, te sientes diferente. Para empezar, esta vez no brinqué de la cama emocionada gritando “!Hoy es mi cumple!”, esperando regalos y fiestas y desenfreno.  Esta vez me costó despertar a pesar de la serenata que me daba mi marido y mi hijo. Tener dos trabajos no es fácil y me mantiene permanentemente agotada.

Tengo que reportar esto para advertir a los que vienen atrás, a mi me hubiera gustado que me lo advirtieran. Es como cuando todas en el colegio éramos vírgenes, hicimos un pacto: la primera que dejara de serlo lo contaría con todos los detalles posibles, todito. La pionera en el sexo, que lo hizo unos días antes de cumplir 15 años, no reportó nada porque le dio vergüenza, más que todo porque había sido con un primo.

Tuvimos que esperar a que una chica a los 17 se animara a hacerlo con su novio desde la infancia.  Pues lo que contó de su primera vez fue lo más horrible que había escuchado en mi vida. Su relato, que en lugar de ser romántico o sensual era hasta escatológico (comparaba la penetración con el estreñimiento), me dejó literalmente una cara de “poker”. No lo creía, ¿entonces las telenovelas que miraba mi mamá mentían? Por mucho, esa experiencia ajena ayudó a que esperara bastante antes de intentarlo yo.

La gran mayoría de mis amigos actuales son menores que yo. ¿Por qué? No lo sé, como que los de mi edad o mayores no evolucionaron como yo y se quedaron en la guerra fría, además se casaron y “enseñoraron” muy rápido. Los que venían detrás me parecieron interesantes, más de la generación X como yo, en el  grunge me hicieron sentir en casa, aunque les llevara 4,6 u 8 años de delantera. Además, me hicieron sentir más joven de lo que soy.
A ellos les faltan algunos añitos y están muy lejos de verse viejos. ¿Yo? También, pero me gustaría reportar algunos hallazgos.

Empecemos por lo físico, que es lo de menos. No hay mucha diferencia entre lo que se sentía hace 10 años a lo que siento hoy (mire la foto, quizá cambié de estilo).
Estar en forma nunca ha sido mi fuerte, no hago ejercicios y mi dieta es “diversa”, nada estricto (lo único es que no consumo azúcar por mi glucosa pero de allí todo a lo que le pueda hincar el diente). Sin embargo, tengo buena salud dentro de lo que cabe.

Mi pequeño y blanquecino cuerpo ha dejado de ser heroicamente resistente y la gravedad ha empezado a notarse en lugares donde uno realmente quisiera ser firme. Aunque eso cambió desde que nació Manuel, hace 6 años y medio. Mis pechos siempre habían sido de mi agrado y cuando se llenaron de leche crecieron y me sentí realmente “chichuda”, era increíble cómo llamaban la atención, entendí por qué a algunas les gusta la idea de tenerlos grandes. Pero cuando Manuel cumplió 6 meses, corté la lactancia y, bueno, no solo volvieron a su tamaño normal sino que ya no se miraban igual.

Ya tengo más canas, las empecé a cultivar desde los 28, mi vista se siente cansada pero no tengo que usar los lentes permanentemente. Y aquí llego al cambio más grande que he encontrado: mi cara. No tengo arrugas ni manchas, pero todo se me nota más. Si me enojo, el ceño se me frunce de verdad, si estoy cansada se me nota de inmediato, igual que el desvelo.

De las resacas, ni hablar. Me embriago con menos, cosa que es hasta económica, pero amanezco peor, casi con un pie en la tumba, al punto de ver afectadas mis actividades normales (cuando antes parrandeaba hasta 4 veces por semana y al día siguiente nítida).

Sin embargo, es más allá de lo físico en donde está el verdadero cambio. La gente te percibe diferente y espera que seas más “maduro”, los chavitos creen que no entiendes nada de lo que hablan (y a veces es cierto), y los mayores ya te hablan como quien dice como a un “igual”.

Entonces tú dices: “un momento, hey, ¡soy joven! Me siento igual, me visto igual, oigo heavy metal, tengo vida nocturna y participo en las redes sociales, soy tan irreverente como hace 20 años”. Pero nadie te cree, tanto es así, que empiezas a dudar.

Me considero una adicta a la información (a algo tengo que serlo, tengo esa personalidad), por lo que estar “al día” es lo mío. Sin embargo, unos editores de un periódico que no mencionaré, consideraron que no era lo suficientemente joven para escribir sobre actualidad en la cultura y el espectáculo. Están totalmente equivocados, pero, claro, cómo convencerlos si al solo ver en mi currículo la fecha de mi nacimiento me tacharon de la lista de aspirantes. Si tan solo me hubieran entrevistado.

No me quejo, supongo que la vida me está llevando al lugar que pertenezco: a la literatura. Emprender el camino de regreso ha sido duro, pero me ha ayudado a conocerme mejor y a valorarme.

Tener 40 años me agarró como no lo había planeado, sin dinero, sin fiesta, sin boda, pero a la vez me está brindando la oportunidad de replantear muchas cosas. Estoy empezando a planificar cómo será esta nueva vida, que estoy construyendo a mi medida, no al revés.

Como lo he plasmado en este blog, mis primero 40 años, mi primera vida, ha sido intensa. Espero que este segundo aire lo sea aun más. Soy dueña de mí, me siento a gusto con mi piel.

Queda allanado el camino queridos amigos, como dijo Lester Burnham en American Beauty, “no tienen idea de lo que les hablo seguro, pero no se preocupen, algún día la tendrán”.

sábado, 24 de marzo de 2012

Me contaron de mí



Antes me enorgullecía de mi memoria, realmente creía que no olvidaba nada ni a nadie. Eso cambió hace unos años, pues hay muchas cosas que no recuerdo. Eso es embarazoso cuando alguien te lo trae a colación y te dice “te acordás aquella vez que hiciste y dijiste tal cosa?”, yo me siento realmente avergonzada por no tener la menor idea y termino asintiendo.

Ahora, resignada ante mi falta de registro, bromeo acerca de las veces que me he golpeado la cabeza, sobre las neuronas y el alcohol y cosas por el estilo. Secretamente, me he dicho a mi misma que he vivido tanto y he conocido a tantas personas, que es imposible recordarlo todo.

Pero, por qué recordamos algunas cosas y otras no? Yo creía, hasta hoy, que lo más importante, impactante, espeluznante, era lo que no se borraba y lo insignificante se iba sin remedio. Siempre he dicho que mi recuerdo más antiguo es el terremoto de 1976, ya que a pesar de tener solo 4 años tengo algunas imágenes en mi cabeza.

Eso también me hace sospechar de que algunos son, incluso, falsos recuerdos, cosas que otras personas te contaban y terminaste plantando en tu cabeza tomando forma de recuerdos. No sé.

Es que a veces dudo de ciertas memorias, pues algunas situaciones son hasta increíbles, tanto por ser demasiado hermosas o extremadamente estúpidas. De estas últimas, algunas quisiera no solamente que se borraran sino que no hubieran sucedido. Me puse en riesgo de maneras tan absurdas, que realmente no sé cómo estoy aquí.

Pero hoy sucedió algo realmente impresionante. Yo, la que soy a punto de cumplir 40 años, soy un resultado de tantas cosas, de una evolución. Encontrarme con las personas que convivieron con todas las demás que fui antes es como revisitarme a mi misma.

Todas esas Yo son como mis huellas, algunas torcidas, algunas firmes, algunas borrosas, algunas sutiles. Han sido 40 años tan ricos, tan duros, tan bellos, tan horribles, tan difíciles, tan alegres, tan decadentes, no sé cuántas yo ha habido.

Pero hoy me recordaron a una Yo que me hizo llorar. Una que andaba perdida, buscando algo desesperadamente en la calle, en las cervezas, en la gente. Una que salía a jugarse la vida en la oscuridad, en el peligro, a pesar de todavía estar en casa y en el yugo de mis padres.

La persona que me la recordó ha visto mi evolución por más de dos décadas, o sea, conoce muchas Yo. Me quedé fría cuando me contó, por que ella fue testigo, como mi Yo de hace unos 20 años fue vapuleada y golpeada, a patadas y en el piso, por mis padres y mi hermano.

Fue impactante, porque como no recordaba nada, nadita de esa ocasión, tuve que preguntar todo como si se tratara de la vida de alguien más. Fue realmente bizarro.

Tuve tanta lástima por esa mi Yo veinteañera, esa que nunca quiso hacer caso de las reglas, que nunca llenó los requisitos de ser una niña de su casa. La persona que me lo contó, mi cómplice de esa noche, me dijo que para ella el recuerdo era vívido por impresionante. Esa lejana noche, al bajarme de su carro, las personas que vivían conmigo, que debían amarme y protegerme, me golpearon como a un perro sarnoso.

Por qué borré ese recuerdo? Qué tan borracha llegué? Sentí los golpes? Cómo llegué a mi cuarto, a mi cama? Cómo amanecí el día siguiente? Quién me consoló y ayudó con las secuelas? Todo es un misterio, doloroso. Me imagino allí, pálida y sangrando, tratando de endurecer mi corazón. Con lágrimas en los ojos, estoy descubriendo que seguramente fue algo tan espantoso que preferí olvidarlo, o quizá allí empezaron los famosos golpes en la cabeza.

Lo que sí recuerdo de esos años es el vacío, el dolor, la necesidad de huir. Con episodios como este, seguramente se explican tantas cosas de mi Yo posterior, pues en esos años se incubaba la peor yo, la más monstruosa.

Cómo pude perdonarlos? Seguramente me convencieron, como solían hacerlo, que todo era mi culpa. ¡Qué daría ir a abrazar a esa pobre yo!, allí deseando morir pero no a manos de ellos.

martes, 14 de febrero de 2012

Voy a extrañar la sala de redacción


Mi mejor amiga del colegio soñaba con ser periodista, yo con ser escritora. Bromeábamos y soñábamos sobre nuestra vida como adultas. Éramos las dos formas de ver el mundo, lo tangible y lo fantasioso, cómo nos reíamos, cómo nos complementábamos...

La vida fue dura con mi amiga, hizo trizas sus sueños. Como muchos, le dijo adiós a sus planes con desilusión, yo? me aferré más que nunca a los míos. Pero no sé, quizá tomé su sueño con migo, lo cargué en mi equipaje.

Mientras estudiaba letras, por años escribí, releí y corregí con ahínco. Así hice relatos que me salían de las entrañas, de las tripas. Luego, gane unos concursos y de pronto el sueño estaba cumplido: publiqué un libro. Pero, luego ¿qué? La euforia duró poco, caí de la nube y descubrí que en Guatemala no se puede vivir de escribir ficción. Es mandatorio tomarlo como hobbie o segunda profesión.

¿Cómo paré de periodista, si nunca fue mi objetivo? Me acerqué a esta noble profesión porque un editor tuvo una idea: quería que se hiciera periodismo narrativo en su periódico. Nunca me había pasado por la mente ser periodista, pero el editor dijo: es más fácil que un escritor aprenda a reportear, a que un periodista aprenda a escribir.

De pronto estaba yo describiendo la realidad de una forma más humana, viéndola desde ángulos que para muchos son intrascendentes. Fue una buena época. Sin embargo, tengo que reconocer que lo hacía sin tener más orientación que unas charlas y fotocopias que me proporcionó el susodicho editor, y los excelentes ejemplos que leía en Gato Pardo y Etiqueta Negra. Lo demás lo aprendí haciendo, no fue fácil.

No pude desarrollarme más en el periodismo narrativo porque el experimento fracasó (mis sábanas de texto eran leídas por pocos, aunque ganaron un par de premios), y fui metida en las filas de los otros periodistas, los verdaderos. Sin darme cuenta, he trabajado en esto ya por casi 9 años, he cubierto de todo.

La creación literaria se quedó de lado, un poco bastante olvidada. Dejé de escribir cada pieza periodística como si fuera parte de mi obra, a falta de espacio y de tiempo. Últimamente, incluso, dejé de usar las palabras con cuidado, como joyas, para aporrear el teclado porque el reloj anunciaba implacable la hora de cierre de la nota diaria. Mis nervios, mi energía, mi paciencia, se han ido deteriorando.

¿Será que mi desasosiego tiene que ver con que este en realidad no es mi camino? Mi inconformismo puede ser que esté ligado a estar en el lugar equivocado.

Quienes estudiaron periodismo, no pueden decir “voy a dejarlo”, porque llevan esa profesión en la sangre. Creo que ellos supieron, desde el primer día de clases en la U, que esta es una profesión de entrega y sacrificio.

Pero yo no me siento así, tengo un problema de identidad. Estoy a un paso, más bien un pelo, de decirle adiós a la sala de redacción. Pero la verdad es que esta profesión es difícil de dejar. La adrenalina, la capacidad de comunicar cosas que de otra forma quizá no se sabrían, sentirse útil a la sociedad, estar en el ojo del huracán, es como un vicio.

Es de reconocer que uno se siente diferente a los demás, no superior, simplemente diferente. En estos años he aprendido tanto, he conocido a tanta gente, de todo tipo, he visto tantas cosas, buenas, malas y horripilantes, he encontrado la manera de siempre encontrar lo que busco y así sentir una gran satisfacción. A veces pienso que no podré vivir sin todo eso.

Considero esta experiencia, no buscada, lo mejor que me ha pasado en mi vida. Hallé amistad y amor, aprendí humildad y valentía, un amor propio que nace no de la vanidad, sino del trabajo bien hecho, de la jornada larga pero productiva. He sido testigo de tantas cosas, y he madurado tanto, he comprendido que no soy el centro del universo pero que puedo aportar mucho.

Gracias a esta travesía, soy quien soy hoy. Cada entrevista, cada cobertura, cada lectura, cada investigación, cada aventura, dejó algo en mí. De otra manera, me hubiera quedado como ratona de biblioteca, snob y presumida, que no sabía ni la mitad de lo que es la vida. Tengo mucha gratitud por aquella oportunidad que se me dio.

Y es que un periodista con experiencia sabe un poco de todo, conoce a alguien en todos lados, entiende globalmente lo que pasa. No es especialista en nada, pero sabe a quién buscar para entender el mundo. Puede parecer arrogante por tanta información acumulada, pero es un excelente conversador.

Mañana será mi último día en esta sala de redacción, está decidido. No encontré cómo cuadrar mi vida personal y literaria con este oficio. Cómo quisiera poder seguir echando mano de tanto aprendizaje, pero no hay opciones. Nunca digo nunca, quién sabe lo que traerá este misterioso 2012.

Pero por el momento, cuelgo el gafete, la grabadora, la libreta y el lapicero. Mi amiga de la adolescencia, Karina, estaría tan orgullosa de mí.

martes, 17 de enero de 2012

La decisión de Patzy


Ojalá todas las mujeres tuviéramos la oportunidad de rechazar un empleo que no nos permite cumplir a cabalidad con los deberes familiares y proyectos personales, aunque sea bien remunerado. Quizá, se me ocurre, entonces las empresas y corporaciones replantearían sus horarios, sus exigencias, sus sueldos, con tal de tener entre sus filas a tan valiosas mujeres.

Pero en la mayoría de los casos, lo que prima es la necesidad de, precisamente, darle lo necesario a esa familia que tanto se ama, aun a costa de no verla. Aunque se tenga que salir al amanecer con hambre y desvelo, para regresar de noche con hambre y cansancio.

Yo? me doy por vencida. El sistema es perverso, está diseñado para elegir dos modelos de mujer: el ama de casa que renuncia a su faceta profesional y a tener un ingreso propio con tal de atender bien a su familia, o ser la trabajadora que puede proveer pero que está ausente de su casa, incluso los fines de semana y días festivos.

No hay intermedios en el panorama. Maldita sea.

La admito, lo confieso: este sistema me venció. Soy un fracaso más, simplemente un cliché. Yo que me creía diferente por tener sueños y metas, ahora me doy cuenta que de seguro todas las mujeres que veo pasar todos los días los tuvieron alguna vez, pero debieron renunciar a ellos. Así de simple.

¿Mi descabellada petición? ¿mi pecado? ¿mi delito? Querer un trabajo que remunere decentemente lo que soy capaz de hacer, lo que he aprendido, con un horario y unas prestaciones que cumplan con lo que dice la ley. Uno en donde no me hagan sentir inferior o estúpida por querer tener una vida plena afuera de la oficina.
Qué tonta, qué ilusa, que desquiciada soy al pedir esto, retar al todopoderoso sistema, cuando soy proletaria, pinche asalariada.

Las cosas a veces me suceden al revés. Cuando era jovencita tenía un trabajo que me daba mucho tiempo para mí, el cual por cierto desperdicié de muchas maneras, hasta tenía tiempo para aburrirme. Ahora, que necesito desesperadamente tiempo, solo encuentro trabajos que me dicen “tome estas 10 o 12 horas diarias de trabajo o déjelo, así es la vida. Siguiente!”.

¿Seguir así? No tener tiempo ni para ir al médico o tramitar mi DPI, muchos menos para hacerme un pedicure o leer un buen libro o terminar mi novela, no poder jamás hacer las tareas con mi hijo en una hora razonable y luego ir al parque, pero poder pagar las deudas y los compromisos. Poder sentirme parte productiva de la sociedad, seguir tratando de demostrar que puedo con todas las bolas en el aire.

¿O cambiar de escenario? Asumir el fracaso y renunciar, aceptar que este mundo está hecho para que solo soñemos con una vida mejor que nunca viene. Acarrearme problemas legales con las deudas sin pagar, perder la casa con la que soñé desde niña, depender de otros hasta para comprarme las toallas sanitarias, pero disponer de mi tiempo para desayunar con mi hijo, vestirlo y llevarlo al colegio, para luego dedicarme a leer y a escribir...

Oh Patzy, de seguro que tú tienes muchas más opciones que yo.

miércoles, 5 de octubre de 2011

Atrapada en los Tiempos modernos...




Yo era la autora que escribía sobre el personaje atormentando, aquel que está en medio de una interesante pero terrible encrucijada. Con la pluma, con el teclado, movía los hilos y le daba vida, lo llevaba a situaciones maravillosas o espantosas, para verlo sonreír, amar, odiar, llorar, gritar, todo en una alucinante y compleja historia que finalmente llegaría a un desenlace. Yo era…
Pero hoy el personaje soy yo. Estoy aquí a punto de volverme loca, en la dis que encrucijada donde no hay caminos, hay apenas rastros, veredas, escarpadas subidas, tenebrosas bajadas, miro como loca de arriba para abajo, de izquierda a derecha, mi cabeza quiere dar vueltas. Trato de adivinar hacia dónde va la trama, qué es lo que pasará en el siguiente capítulo. Pero el autor, el que me lleva de la mano, parece estar endemoniado, me enseña el abismo, el pantano, la desesperanza …


La primera vez que trabajé tenía 18 años, era una secretaria bilingüe recién graduada que no sabía nada de la vida, solo sabía que quería ser escritora. Al recibir mi primer pago, de Q450, me sentí rica, nunca había tenido tanto dinero en la mano.

Entre ese primer cheque que recibí y el último, 20 años después, parece que he envejecido tanto. Parecen dos mujeres diferentes: La patoja rebelde que creía poder cambiar el mundo se compadecería de esta mujer, a la que al parecer el mundo ha cambiado a puro trancazo y desilusión.

Infinitamente cansada, me siento insignificante ante la máquina horrenda e inhumana que es el sistema. No soy ni siquiera la proverbial tuerca o tornillo, no, qué va, al parecer soy apenas un chisguete de aceite, una tachuela…

Afortunadamente, tengo tantas otras cosas en mi vida, tanta riqueza no monetaria, si no, no sé a dónde iría a parar. Ante este mundo colapsado e insensible, es imprescindible aprender a ser feliz con lo realmente importante que no tiene precio ni valor en la bolsa, porque eso no nos lo pueden quitar.

Así que a tomar la pluma, el teclado, y volver a ser una escritora pobre pero libre y feliz...

viernes, 12 de agosto de 2011

Party Monster II, los orígenes


(La obra es de Ariel Schmidt, de su serie Tiny vices, Party Monster

De pequeña, no daba muestras de que la monstruosidad fiestera afloraría en ella. A sus padres sí que les gustaba la parranda, no se perdían la ocasión para bailar y beber con vecinos y compadres. Era una barriada popular en donde nadie dejaba a sus hijos en casa, nadie tenía niñeras ni empleadas domésticas, por lo que salían con sus tres hijos a donde les invitaran, a cualquier hora.

Así que en su memoria más tierna guarda el recuerdo de haber ido a muchísimas bodas, 15 años, bautizos, graduaciones y cumpleaños. Algunos tenían lugar en grandes salones, pero otros en salas y hasta patios de vecindad. Los adultos bailaban al compás de la marimba, combo tropical o radiola, los niños iban y venían inventando juegos. Recuerda Las brisas del valle, La traicionera y Carmen como música de infancia.

(Una vez la fiesta tuvo lugar en el patio de una casa que colindaba con la de evangélicos rematados que odiaban las fiestas y el ruido, pero los frenéticos bailarines no paraban en su relajo. Entonces de repente, sin decir agua va, fueron bañados con agua fría por los enojados vecinos. En lugar de darle fin a la bulla, como querían los mojigatos, los fiesteros rompieron en carcajadas y agradecieron la catarata que refrescó el calor que sentían por la bailada. Mandaron a comprar más ron a la abarrotería y la fiesta continuó).

Pero esto no era una parte de una feliz infancia, para nada. Ocultaba muchas cosas que se engendran en la pobreza, el machismo, la ignorancia. Esos alegres fiesteros padecían de alcoholismo, violencia doméstica, abusos, deudas, adulterios, enfermedades y hasta problemas legales. Allí mismo le pareció a ella que esos paréntesis que se abrían con cada fiesta servían como un oasis, una transparente alucinación que los hacía olvidarse de todo.

Aunque se aburría y le daba sueño temprano, teniendo que dormir en sillones o incluso sillas, tenía la oportunidad de espiar a otros, algo que se le hacía fascinante. Las mujeres y sus peinados altos y sus joyas falsas y sus labios pintados. Los hombres con sus corbatas apretadas y sus cabellos con gomina y sus cigarrillos. Vivir otras vidas se volvió una obsesión para ella. Gracias a su febril imaginación, reconvertía en la delgada quinceañera que ya tenía pechos y enamorados, o en la novia ilusionada que lloraba cuando le ponían el anillo. O el graduando que salía lleno de ilusiones a saludar a sus emocionados padres luego de recibir un papel enrollado y en blanco. Muchos se sentían incómodos al ver a esa pequeña niña, pálida e introvertida, observándolos como si viera una película o una puesta en escena.

Con los años, hubo consecuencias graves de esa vida desenfrenada de los padres del barrio. Adicciones, adulterios, divorcios, embarazos no deseados, enfermedades como enfisemas y cirrosis, embargos de casas y carros, niños y esposas abandonados a su suerte. La cara fea de la fiesta también se le mostró tal cual era, la conoció desde allí. Ver a su padre sufriendo de resaca, mientras su madre tronaba los dedos al no tener para ir al mercado, indiferentes ante lo que les sucedía a sus hijos.

(Siempre ha odiado los domingos lluviosos y la música de Credence. Un domingo que llovía y ella ansiaba con toda su alma que aclarara y que la llevaran a pasear, su padre llevaba varios días bebiendo. Ponía una y otra vez ese maldito disco de Credence, Bayou Country, mientras su madre le increpaba su irresponsabilidad, su indolencia, su machismo. Justo cuando empezó a sonar I put a spell on you, el padre levantó la mirada y la posó en su madre. Como si un demonio poderoso se apoderada de él, se levantó y empezó ahorcar la pobre mujer. La niña sintió mucho miedo. Lloraba quedito mientras su madre se ponía azul, los ojos se le desorbitaban. De pronto la mano aflojó y ella cayó al piso.
Pero el demonio no descansó. Cuando empezó The graveyard train, la canción favorita de su roncarrolero padre, nuevamente lo poseyó el odio, la ira. Mientras la lluvia persistía sobre la lámina como un furioso coro de tragedia griega, el padre decidió que la madre se debía ir. Ella aceptó con calma, lo que lo enfureció todavía más. Entonces sentenció que debía irse en ese momento y sin nada, ni siquiera la ropa que llevaba puesta, por lo que se dispuso a desnudarla. La idea de ver a su madre caminar bajo la lluvia desnuda sacó de quicio a nuestra pálida niña, que se escondía detrás de un mueble deseando tener fuerzas poderosas, o poder hacer magia, o evadirse con un trago como lo hacían los adultos.
La pelea fue intervenida por los vecinos, que ni cuenta se dieron que ella estaba acurrucada en un rincón.
Hasta el día de hoy, se le revuelve el estómago cuando oye a Creedence Clearwater Revival. Si alguien quisiera torturarla, solo tendría que ponerle ese disco en acetato, en un domingo lluvioso).

miércoles, 27 de julio de 2011

Tu y yo en el espejo


Eras todo lo que yo soñaba, tenías todo lo que yo quería. Yo me arrastraba por el fango mientras tú flotabas entre plumas y mimos.
Con el tiempo las cosas dieron un giro, oh sí, como en un extraño show de títeres de pronto tus hilos se entrecruzaron con los míos, ¡qué agilidad de manos, que experto titiritero! En la confusión, las cosas cambiaron de su lugar, se cambiaron los papeles, como en una cursi película de Disney. Aunque no lo parezca, aunque todo me acuse, yo no quise robarte nada, simplemente pasó. A pesar de las miradas inquisidoras, a pesar de tu dolor, no era lo que yo quería.
Me di cuenta así que lo que tenías no era tan bueno, y que lo yo vivía no era tan malo. Yo me despedí sin ganas de la locura, del desenfreno, de la libertad. Mientras yo me acostumbraba a las plumas y a los mimos, nuevamente la puesta en escena de este libreto dio una sorpresa: empezaste a caminar por mis antiguos caminos. Sí, tú, la que no salía de casa nunca, empezaste a transitar por los laberintos de la perdición, mientras yo me reformaba.
Para ambas fue difícil, para mí dejar el tenis y subirme al tacón, para ti enfrentar la rudeza de bares de mala muerte. Pero se hizo la magia, se hizo el prodigio. Volviste a nacer de mis cenizas, empezaste a vivir una vida que no sospechaste que existía, tuviste una nueva oportunidad. De tu antes enjoyada garganta, salieron gritos desnudos y puros que embellecieron antros de mierda.
En mi cuerpo que se resistía a madurar, en una tierra tan seca, de pronto hubo un poco de humedad y la semilla pudo entrar. Luego de estar tan muerta, me volví vida y di la vida. Gracias a un bello y pequeño fruto, al fin pude echar raíces en este mundo envenenado. Del ser el centro del universo me volví un humilde testigo del nacimiento de la pureza.
Las dos ya adaptadas, ya intercambiadas, ya diferentes, nos hemos visto más de cerca. No sé que piensas tú, pero te veo mucho mejor que antes. ¿Yo? Quiero creer que me veo envejecida pero más sabia.
Un día viernes al atardecer, pasé frente a tu casa, y allí estabas tú, despreocupada y tranquila, bebiendo junto a los que antes eran mis amigos. ¿Acaso era mi imaginación? Fue una sorpresa, no lo niego, pero sonreí y suspiré, retrocedí y volví al confort de mi tranquila vida.
Creo que el titiritero quería hacernos reaccionar sacudiendo los hilos, supongo que eso es la vida. Gracias a esto pude sumergirme en la vida sin aspavientos, sin melindres, desnuda y sensible.

miércoles, 29 de junio de 2011

PARTY MONSTER (primera parte)


La obra es de Aurel Schmidt: "Vomit Comet" pencil, colored pencil, acrylic, beer, coffee, dirt on paper, 18" x 15", 2008

Ah, los que bailan para conectar y para lucirse nunca lo entenderán. Critican el punchis punchis de letras raras o sin letra. Recuerdo cuando totalmente fuera de mí bailaba en un cuarto repleto o vacío, en la grama, en el lodo, con los ojos cerrados, como bien lo dice el género, en trance.
No era un baile de felicidad, ni de amor, ni de sensualidad. Era un baile maníaco, estimulado, demencial. Apretaba los dientes y el pum pum se iba apoderando de mi cuerpo, de arriba abajo. Mi corazón no estaba dentro de mi, estaba en esa bocina que iba creciendo hasta volverse una especie de portal místico.
Olvidaba dónde estaba, con quién, qué día u hora era. No había otra verdad que mover cada rincón de mi cuerpo al ritmo de un track que nunca había escuchado y muy probablemente nunca volvería a oír.
Mucho tiempo así, horas, me metía en un estado curioso. El cuerpo trabajaba ya por inercia, adelantándose a mis pensamientos. Quedaba molido, sí , llegaba al límite de su constitución blanda y sedentaria. Calambres y dolor para el día siguiente. Pero no importaba, estaba en mi tribu, bailando alrededor del fuego, sacando demonios pero al mismo tiempo volviéndome un demonio más terrible.
Comer, dormir, hablar con coherencia eran cosas que solo recordaba y las sentía lejanas.
Una sesión así servía para estar bien por un tiempo, porque siempre debía volver. Aunque nunca era el mismo lugar, sentía que volvía a casa, a la congregación.
Pero ¿ahora qué hago que estoy limpia y sin tiempo libre? El iPod y los audífonos a todo volumen ayudan solo un poquito…
El monstruo quiere despertar.

martes, 28 de junio de 2011

(,,,,)


Maldita época lluviosa, las defensas y el ánimo bajan, igual que la temperatura. Si en la época soleada uno se siente un poco vivo, un poco normal, un poco gente mezclándose con gente, en estos días todo se va al carajo, por los tragantes llenos de basura.
Vuelve la melancolía y esa cara decadente en el espejo. La necesidad de refugiarse en interiores artificiales tras ventanas que chorrean, de enfrentarse a uno mismo, a la hoja vacía que se resiste a llenarse.
Por lo menos antes era una deprimida joven con sueños grandes, de esas que salen en las películas y que son raras y malvestidas pero chic, que dicen las frases inteligentes y hacen que los guapos se enamoren.
Ahora solo soy una deprimida que se acerca a los 40 y no ha logrado sus sueños, que ya no puede ponerse sudaderos y cargos sin verse ridícula.
Y la lluvia me lo recuerda, con cada gota casi puedo escuchar que dice: lo-ser, lo-ser. Si cae granizo es LO-SER, y luego el trueno, el rayo sobre mi cabeza.
Cómo me dan de ternura esas chavitas que andan por allí queriendo cambiar el mundo, veo tanto de mí (mi yo de antes) en ellas. Me caen tan bien que me da pena decirles que el mundo mierda no quiere cambiar, que tarde o temprano ellas también sucumbirán. Que luego solo quedan recuerdos y algo de historia… para luego convertirse en un engranaje más, esclavas del sistema que maldecirán su suerte mientras ven a pasar a su lado a otras más chavitas con sus alegres alharacas y ganas de cambiar el mundo…
Prefiero apoyarlas, que sigan haciendo sus cositas. Tal vez ellas si lo lograrán, sí se sentirán satisfechas con su vida en este mundo estúpido. Tal vez no necesitarán acomodarse en un trabajo para llevar el tocino a casa. No tendrán que ajustarse al mundo sino que el mundo se ajustará a ellas.
Tal vez no es el mundo, tal vez soy yo. Debo buscarme un amigo que me ayuda comprender que no todo está perdido, que de estas manos y de esta cabezota todavía puede salir algo.
ps. cómo quisiera tiempo para leer, para escribir, para ordenar mi closet y mi cabeza, pero tristemente, no soy dueña de mi tiempo...

jueves, 5 de mayo de 2011

The bucket list


(escrito un día después de mi cumple, hace 3 semanas...)

Ya tengo 39 años. La verdad, cuando cumplí 30 no me dio ninguna crisis, estaba muy ocupada viviendo una vida de soltera, parrandera y despreocupada.

Pero acercarse a los 40 sí que es para ponerse a pensar. Mis amigos mayores (por una década trabajé con un grupo de profesionales unos 20 años mayores que yo) me contaban lo que iba sucediendo cada vez que cumplían años. “Todo se empieza a descomponer”, me aseguraba mi querida C. F.

La vista se deteriora, la comida empieza a caer pesada, las resacas no se aguantan como antes, el desvelo simplemente te mata, las canas invaden el cabello (o en el caso de los hombres empieza a escasear), la celulitis se instala sin intención de irse y adelgazar se vuelve un reto imposible. Eso es en lo físico.

El carácter y los gustos también cambian. Ya no soportas a los ignorantes, ingenuos o incultos, las bromas tontas te hacen rabiar, la paciencia ya no abunda como antes. Ya se lo piensa uno antes de irse a meter a un bar de mala muerte o comer en una carreta de shucos. Pero se disfruta comiendo hongos shitake, carne cruda ó baguette con aceite de oliva y sal.

Por otro lado, según mis mismos amigos, uno ha vivido lo suficiente como para comprender que nunca será una Angelina Jolie o un Brad Pitt. ¿Han visto a esas señoras embutidas en trajes de baño a punto de reventar? Las jovencitas casi se mueren de la pena ajena, pero ellas seguramente tienen otras prioridades.

El sexo ya es un arte dominado, ya no una explosión de hormonas. Hay más seguridad en uno mismo, más disposición para experimentar y más consideración con la pareja. La experiencia adquirida rinde frutos…

En el chance, muchos están ya en puestos medios o altos, ganan más y la mayoría trabaja en lo que le gusta. Eso está muy bien pues se desea estabilidad y fondos para viajar y otras delicias.

Qué bueno que tuve tales maestros en mi vida, porque sino iría ahorita rumbo al despeñadero sin saber a qué atenerme. Ellos me enseñaron tantas cosas en la vida, como tomar buen café, a educar mi oído y a ser más discreta con los accesorios, que me encantaría hacer lo mismo por alguna veinteañera algún día…

Lo bueno es que ahora dicen, oh sí, que los 40 son los nuevos 30. Ya no se les considera unos rucos inútiles y pasados de moda, sino personas maduras y cool (la mujer más bella del mundo de este año tiene 41).

Pero, eso sí, hay cosas que no se ven bien en una persona mayor de 40 años, como los pantalones skinny y escuchar a Justin Bieber. Aunque sé que nunca es tarde para nada, sí hay cosas que me gustaría hacer antes de cumplir 40. Aquí algunas:

1.Casarme (lo sé lo sé, no suena como si fuera yo, pero si alguna vez lo haría sería antes de las 4 décadas)
2.Hacerme un tatuaje (tengo el diseño elegido desde hace años)
3.Aprender a nadar y a manejar bicicleta (esto sí que me da vergüenza)
4.Subir a un volcán (por aquello que después no pueda con la altura por la edad)
5.Plantar un árbol (es que ya escribí algunos libros y tuve un hijo)
6.Perder 25 libras (bueno, lo dejo en 18, pero la idea es aprovechar antes de que el metabolismo se ponga lento)
7.Vencer el pánico escénico y dar un discurso memorable
8.Probar el ácido
9.Have a threesome (en inglés por el pudor)
10.Arreglar la relación con mis papás

Sé que son demasiadas cosas para hacer en 12 meses, pero será divertido ver a cuántas me da tiempo y a cuántas me animo (claro, las tres últimas podrían quedarse en el tintero…)