lunes, 20 de diciembre de 2010

Chicas de hoy


Desde pequeña, me ha dado pereza oír cómo ciertas mujeres viven preocupadas porque les pueden robar al marido. Siendo una niña curiosa, me quedaba pensando ¿y eso cómo será? ¿viene una ladrona y mete al susodicho en un costal y se lo lleva?

Pero luego descubrí que esa institución llamada matrimonio está quedando un poco estrecha y caduca en tiempos modernos. Que por enamorados que estuvieran los contrayentes cuando se casaron, con los años podían cambiar de opinión, que el robo no era tal, ya que si alguien no quiere ser “robado” simplemente no se va. También aprendí que muchos hombres mujeriegos firman semejante contrato a sabiendas que nunca lo cumplirán, confiados en que la mujer debe aguantarse las infidelidades, si es que quiere permanecer casada.

Ver tantos matrimonios infernales y fracasados jamás me hizo pensar “el mío será diferente”, como muchos prefieren creer, sino me hizo huirle y temerle. No fuera a ser que luego anduviera temiendo que me robaran al preciado consorte. Muchas veces envidié, tengo que reconocer, la fiesta y la alegría del día de la boda, pero no las limitaciones que se le imponen a la mujer, solo a ella, luego de tan esplendoroso día. Para mí, simplemente no valía la pena.

Lo triste es que todavía hay mujeres que viven con pánico de que el hombre que se casó con ellas ponga los ojos en otra. Tienen pesadillas con eso, por lo que comparten consejos (los mismos que se daban en la década de los 50s) para evitar el desastre. Ser bellas, esbeltas y arregladas, perfumadas y sonrientes, recibir al rey del hogar con un trago y un elogio. No contrariarlo con sus “tonterías”, instruir a los niños para que no molesten al cansado e incomprendido hombre de la casa. Y, créanlo o no, encima se sienten feministas. Qué risa.

Una mujer debe ser como quiera ser por ella misma. No torturarse con los cánones de belleza impuestos por los medios, ni pretender que está feliz si no es así. Si el hombre se fija en una mujer más delgada y joven, quizá le conviene que se lo lleve, tal vez ya no tienen cosas en común, tal vez es un superficial que ve a la mujer como un trofeo.

Afortunadamente, muchas son las mujeres que no ponen toda su felicidad, toda su vida, en el amor de su hombre, es decir, no son las señoras de nadie. Tienen problemas existenciales más importantes que tener una pareja y cuidarla. Viven el amor y el sexo con más libertad, y si viene la convivencia y los hijos será porque ambos quieren y con las condiciones que a ambos les parezcan.

Es por eso que adoro a mis amigas, artistas e intelectuales. En lugar de acomodar su vida alrededor de un individuo, el susodicho individuo debe acomodarse a la vida que ambos quieren llevar. Es un alivio escucharlas hablar, son el orgullo del género.

No me alegra que se acaben los matrimonios y las uniones, sobre todo si hay hijos, pero sí me enorgullecen las mujeres que tienen un plan de vida propio, que saben tomar decisiones difíciles tomando en cuenta también lo que ellas necesitan.

Ellas ya no se aguantan abusos e infidelidades, si no las tratan bien se van aunque sea duro. Un buen abogado y un terapeuta comprensivo, así como las amigas incondicionales, pueden ayudarla a salir del bache.

Se siente que las cosas están cambiando y me gusta. Amar a alguien y casarse (o unirse) no significa pasar a ser propiedad de. Es compartir entre iguales.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Midiendo las palabras


La autocensura es como usar un corsé, queremos vernos bien, sin llantitas, sin redondeces. Queremos una cintura de avispa que provoque envidia. Pero algunos lo que escondemos son demasiadas carnes, demasiadas cicatrices, demasiadas vivencias. Aquella masa pugna por romper los lazos de seda, la estructura metálica, el delicado encaje. Quiere salir tal cual es, aquella piel pálida, que quiere disfrutar del sol que no le han dado.

Hay algo en nosotros que nos hace creer que lo que hacen y dicen otras personas de alguna manera nos afecta. Que la esposa representa a su esposo, que los hijos son el reflejo de sus padres, que los empleados son una extensión de las empresas, que los ciudadanos responden por el honor de la patria. ¿Por qué? Supongo que debemos ser muy seguros de nosotros mismos para no pedir que otros no nos hagan quedar mal.

Si mi marido fuera un chara que se quedara tirado, sentiría pena por él porque no querría que nada le pasara. Pero no sé si me daría vergüenza, si lo reprendería por hacerme quedar mal.

Si mi hijo, por aquello de la dialéctica, me saliera derechista daría un fuerte respiro y pensaría dos veces antes de sacarlo de mi vida o de querer hacerlo cambiar. Porque si es un derechista con argumentos bien planteados y que respeta a los demás, podría llegar a entenderme con él. Pero, ¿qué sentiría cuando los demás dijeran: vé, a la izquierdoza le salió el tiro por la culata?

Pero hay niveles y niveles de autocensura. Lo primero que sale de mi cabeza, oh sí mi gastada y golpeada cabeza*, no siempre es lo que realmente quiero decir. Supongo que mi pobre inconciente vomita cosas putrefactas que ni yo misma comparto. Por eso no debo compartirlas así tal cual son. Hay un filtro, un diálogo, entre mi yos. Luego convenimos las cosas que diremos. Claro, aquí todavía son barrabasadas que muchos no quisieran oír.

La literatura es magnífica para esto, pero aquí hay otro filtro, uno que me hace corregir lo mal escrito, los lugares comunes, las muladas (como diría Pérez Reverte, a quién le interesan mis aventuras de adolescencia y cosas parecidas).

Antes no me medía para nada, nunca. Eso me metió en problemas muchas veces. Ahora vivo en una cuerda floja todo el tiempo. Yo soy una buena persona, pero según quienes me quieren, también debo parecerlo. Lo que salga de mi boca, de mi teclado o de mi pluma debe hacerme quedar bien.

Pero me da la impresión que están pensando en ellos más que en mí. Es decir, mis opiniones no deben hacer pasar vergüenzas a nadie. Esto no es justo. Si a la gente temas como el aborto, las drogas, la homosexualidad, el ateísmo, el feminismo y el suicidio, por ejemplo, simplemente les choca, ¿qué culpa tengo yo?

No ha faltado quien me ha advertido que soy una persona pública, que debo pensar antes mis acciones (y palabras) por eso. Qué curioso. Nunca pedí ser una persona pública, yo solo quería escribir. Todo lo demás vino después.

Tal vez sería mejor que me atacara la temida locura, que borrara cualquier filtro. Que el corsé explotara, dejándome tal cual soy: excesiva, pálida y llena de rollos y cicatrices.


*mi cabeza es grande y algo cuadrada, muchos sombreros y gorras no me quedan, pero afortunadamente tengo un lindo cabello. Me he golpeado la cabeza creo que demasiadas veces, tantas que no sé cómo no me morí o quedé con problemas (bueno, de eso no estoy tan segura). Tres ejemplos. Una vez peleando una hamaca en un hotel de San Pedro la Laguna caí y me dí con el filo de una grada. Los presentes se quedaron por un segundo pensando que me había desnucado, cuando de pronto, como un resorte, me puse de pie y le gané la hamaca a mi amigo, que se quedó paralizado del susto. Meses después, en una noche de copas, un amigo quiso ayudarme a llegar al carro cargándome en su hombro, más no contaba que pesaría más que un muerto. Así que cuando le fallaron las fuerzas me dejó caer en el pavimento, donde mi cabeza rebotó dos veces. Perdí el conocimiento. Muchos creyeron que era mi fin, pero al día siguiente me reí mucho al ver las fotos (que tomó uno de los testigos), aunque en realidad no recordaba el evento.
Cuando mi hijo era un bebé que apenas se sentaba, estábamos solos y yo me preparaba para bañarlo. Sin darme cuenta, el baño se inundó y el agua llegó hasta donde estábamos. Cuando caminé rumbo a la cocina el agua me hizo trastabillar (como en las caricaturas), y caí estrepitosamente frente a mi bebé. Otra vez me desmayé, no sé por cuánto tiempo. Cuando desperté, Manuel lloraba desconsolado (deplano dijo mi mamá se rompió la madre).

martes, 7 de diciembre de 2010

De generaciones y escritores



Los escritores más o menos de mi edad, unos años más unos años menos, ahora son cuates. Pero en sus inicios, eran totalmente extraños para mí. Cuando a finales del siglo pasado se difundió el atrevido manifiesto de la Editorial X me dio un poco de ilusión ser escritora.

Pero luego me sentí ajena, sobre todo cuando dijeron (en una entrevista en el periódico) que no tenían nada que ver con la guerra y el conflicto que acababa de terminar, que eran totalmente ajenos a lo que ya se había escrito, sin padres literarios, una generación espontánea.

Sancarlista y militante, admiradora del Bolo Flores, de Otto René Castillo y de Francisco Morales Santos, ya no me sentí identificada.

Quise que los escritores como yo, sin recursos ni lecturas sofisticadas, también sacáramos un manifiesto. Que también nos escucharan como la otra cara de la moneda, los feos y mal vestidos. Pero mientras los X hacían sus performances y hacían lecturas donde hablaban de tirar bebés desde los edificios, la coyuntura política de la pos guerra a nosotros nos entristecía, nos ahogaba, nos borraba. ¿Quién tenía tiempo, recursos, ánimos?

Así nació mi cuento Razón del heroísmo (título robado de un poema de Morales Santos), con rabia, con desesperanza, con ganas de hacer otra guerra. Así, sin proponérmelo, me hice notar pues gané un concurso, luego otro, y todo empezó para mí. Tanto, que Maurice Echeverría fue mandado por su editor a hacerme una entrevista (ya conté antes esa desafortunada experiencia).

En medio del vendaval que era mi vida entonces, decidí que debía hacerme notar también, aunque fuera solita.

Cuando esperaba en la recepción de El Periódico a Maurice, porque ni siquiera fue a buscarme, salió una chava con pelo muy corto y cara muy linda, pero con una expresión dura. Era Lucía Escobar. Me dijo parca “¿vos sos Jessica Masaya?”, al asentir me dijo que su profesora Aída Toledo quería contactarme. Apenas me dijo cómo y se fue.

Luego Maurice me habló de él en un jardín, casi ni hablé yo. La entrevista nunca salió, como ya dije, según ellos no tenía nada que decir.

Esa tarde eligieron a Ana María Rodas Premio Nacional de Literatura 2000, prefiriéndola sobre Isabel de los Angeles Ruano, yo fui al cine con mis amigas de la USAC y horas después paré en el hospital con mi primera crisis nerviosa. Vaya recuerdos ¿no?

Prado y yo tuvimos luego algunos encuentros y me encantó su modo, nada pretencioso, muy bonachón el patojo, parecía un osito de peluche. Eso sí, los encuentros fueron en lugares oscuros y hasta peligrosos, en medio de inolvidables noches de locura.

Han pasado 10 años del mencionado manifiesto. Hoy algunos jóvenes, como Vania Vargas en Luna Park, están sacando a luz nuevamente los textos y escritores de Editorial X y me alegro, deben conocerse más. Pero así también muchos otros escritores, de todo tipo, de todo origen.

Dejando atrás nuestras tendencias de primera juventud, todos somos diferentes ahora. Yo sigo siendo rebelde pero me tengo que acomodar a mi situación, por lo que refunfuño todo el tiempo, trabajando demasiado y sin tiempo ni para leer ni para escribir.

A Prado lo he visto varias veces en Oakland Mall con su esposa y pequeño hijo, por supuesto que no me saluda. Los demás han evolucionado muy a su manera, Lucía Escobar es una de las mujeres a quien más admiro, su linda cara ya no es dura.
Javier, Julio, Paquito y Ronald son amigos muy queridos, ahora personas serias y amplios conocedores de la literatura, algunos profesores universitarios.

Maurice le acaba de aclarar, muy públicamente pues fue en el Facebook, a Vania Vargas que él no firmó el Manifiesto X, es más, que ese proyecto era el de una persona, que lo recuerda con cariño pero nada más. Asegura él que no hay que “reificar” (sic) (tal vez quizo decir deificar) en esceso a la Editorial X. Asegura que en realidad cada uno tenía su propio proyecto. ¡Qué tal!

Me preocupa que una década después se quiera hacer leyenda a escritores que apenas están alcanzo la madurez (algunos). ¿Qué sigue después? ¿darles el Premio Nacional de Literatura? (me consta que el año pasado estaba nominado uno de los X, de apenas 35 años).

Más pan para mi matate.

Posdata
Debo tomar la decisión, ¿renunciar o no al Consejo Asesor para las Letras el próximo 14 de diciembre? Se acerca la fecha y no me decido.

viernes, 26 de noviembre de 2010

La sexta


El tema de la sexta y su transformación está en el candelero. Lo curioso es que todos se creen con derecho a decidir qué debería ser esa legendaria arteria. El comercio informal, la municipalidad, los bohemios, los empresarios, los urbanistas, los aplanadores de calles, todos quieren dar su opinión. Que sí, que no, todos contra todos, siempre haciendo gala de nuestras divisiones.

El pasado miércoles 24 de noviembre cientos pusieron pie en esa calle. Aunque algunos vamos regularmente por allí, la vimos con otros ojos. No digamos los que tenían 5, 10, 15, 20 o 30 años de no ir por esos rumbos (o nunca habían ido).
Todos tenían algo que contar. Una amiga casi llora al ver que el Cairo todavía estaba allí, recordó su infancia cuando llegaba con su mamá a comprar bellas telas. Los más viejitos recordaron almacenes lujosos que ya no existen. Los ochentenos casi vieron otra vez sus actividades pubertas en la Plaza Vivar, sus citas en un Burger Shop que ya no existe. Otros más ociosos recordaron esas largas tardes jugando “maquinitas”.

¿Yo? Sentí que algo me faltaba en la cabeza, mi capucha. Por una década recorrí de cabo a rabo esa avenida, varias veces al año, a veces de norte a sur, a veces de sur a norte. La primera vez iba vestida con un hábito religioso acompañando al Rey Feo de mi Facultad. Un cura se asomó por la puerta de la iglesia que está en la 12 calle, me vio con ternura, debí haberle parecido una ishta que no sabía lo que hacía. Me echó la bendición justo antes de volver a cerrar la puerta.

Apenas unos metros después, luego de hacer pintas y gritar improperios en el palacio de la policía (que hedía a mierda), tuvimos que salir corriendo pues los tiras se enojaron. La sotana que llevaba tocaba el suelo y era pesada. Tuve que recogerla hasta la cintura, dejando ver mi coqueta pantaloneta de lona y mis blancas piernas, para poder salir corriendo junto a los demás. Lección aprendida y usada hasta hoy: no más atuendos que dificulten la huída y siempre siempre pero siempre depilarse la piernas.

Cada vez que enfilaba hacia la sexta avenida, ya sea por la 18 calle o por el portal del comercio, se dejaba ver larga y poderosa, brillante y bulliciosa. Poblada por seres maravillosos y auténticos, gente que trabaja duro, mendigos simpáticos, charas legendarios. Gente desamparada que todavía tenía para dar lo poco que tenía a esos patojos malcriados que salíamos a protestar por cualquier cosa.

Muchas muchas veces tuve que pedir permiso para ir el baño a medio desfile o manifestación y nunca me dijeron que no. Nos daban agua, comida, aliento, una carcajada de buena gana. Allí mismo, en esas calles, me enamoré de mi pueblo.
Además de la parada de rigor enfrente de la policía (que hedía a mierda), había que parar en el infame lugar donde acribillaron a Oliverio Castañeda de León, siempre. En medio habían bailes, gritos, abrazos, putazos, huídas y hasta balazos. Paradas técnicas y etílicas en Peñalba, en Bar Europa, en Fu lo sho, en el Portalito.

Llegar al final, deshidratada, insolada, muchas veces borracha, era como terminar una maratón, una carrera, el deporte del sancarlista, del bochinchero, del que está cultivando su conciencia.

Tengo que admitir que ahora, tan linda y aseada ella, me pareció un poco ajena. Claro, ya no la recorro más con el puño en alto, pero pienso en las nuevas generaciones. ¿Querrán pasar como un huracán de consignas y pintas en una calle tan bonita? No sé, hay que esperar a que llegue el desfile de la elección de Rey Feo del año que viene para saberlo.

Para mientras, no puedo dejar ir a visitar a mi vieja amiga. La había tenido abandonada y pasaba saludando de pasada, rumbo a mac o a sus bares aledaños. Ahora la estoy recorriendo de cabo a rabo otra vez. Creo que ella también se está preguntando cuál será su destino, pero mientras muestra su vestido nuevo y sus brillantes rulos.

miércoles, 13 de octubre de 2010

Se busca bar



Where everybody knows your name,
and they're always glad you came.
You wanna be where you can see,
our troubles are all the same
You wanna be where everybody knows
Your name

El anhelo del tema musical de la vieja serie de televisión Cheers es cierto: ir a un lugar donde todos sepan tu nombre, qué trago prefieres, te escuchen si así lo quieres y te dejen solo si lo necesitas. Las características de este lugar de ensueño no son precisamente las de un lugar de 5 estrellas, o 5 tenedores o 5 tarros. Son detalles, sutilezas.

Las discotecas y antros para bailar quedan descontados de entrada, pues allí simplemente no se puede hablar ni pensar con claridad entre tanta bulla y luces, por no hablar de la dificultad de encontrar una mesa y de los precios. También se descartan los restaurantes, donde beber es no solamente caro sino también aburrido. También quitaría cualquier chupadero de poca monta, por los pleitos, el mal servicio, los baños sucios (o ausencia de ellos) y las sillas incómodas.

Cuando era pequeña, la palabra “bar” la escuchaba con tono de desprecio, como asociándola con personas de mala reputación, pero según el DRAE, en su primera acepción, es un local en que se despachan bebidas que suelen tomarse de pie, ante el mostrador. Y la segunda dice: cierto tipo de cervecerías.

Para mí, es ese lugar donde olvidar la rutina del día, donde hablar de algo importante o simplemente chismear algo novedoso. Incluso puede servir para pensar o leer (cuando se va en horas de la tarde). Puede ser marco de citas amorosas, celebraciones, reencuentros, desengaños o para buscar amigos nuevos. Pueden cerrarse negocios, planearse revoluciones o tramar conspiraciones.

Tener uno al que siempre ir y sentirse a gusto es un raro privilegio. La mayoría andamos de bar en bar buscando gente y actividades, sin ser parroquiano asiduo de uno.

He visto de todo tipo y calaña, desde humildes casetas hasta extraños locales casi secretos. Como he contado antes, mis iniciadores en el mundo nocturno no eran muy melindrosos que digamos, y a falta de fondos iban a saciar su sed a cualquier lugar.
He tenido mis preferidos, a los que les agarrado verdadero amor, aunque yo para ellos haya sido solamente una escandalosa más. Algunos fueron trincheras por años, otros fueron amores fugaces.

En mis años locos salía menos (preferíamos el encierro alrededor de una mesa de juegos), pero había lugares perfectos para algunas escapadas por sus oscuridades. Además, era época de fiestas electrónicas y after parties en casas incluso desconocidas, pero eso es otra historia.

A lo largo de los años algunos amigos intentaron, sin éxito, que me enamorara de otros lugares, pero simplemente no hubo química. He ido a otros con mucha expectación, pero me han desilusionado. Desde los que piden 40% de propina (y tienen meseras en pantalonetas), pasando por los que me parecen deprimentes y sin gracia, hasta los que son simplemente sórdidos y sucios. Hay unos históricos a los que se va como de “excursión”, otros a donde uno termina yendo por compromiso.

Es una cuestión de gustos, supongo. Con el tiempo uno se vuelve más exigente en cuanto a las comodidades (parqueo, seguridad, baños limpios, comida). A esto hay que sumarle los gustos y preferencias de cada quien en cuanto a la música, ambiente y tipo de parroquianos.

Pero lo más importante es la atención de quienes atienden, no pretenden dejarte ni sordo ni pobre. Si llegas muy a menudo, es probable que te llaman por tu nombre y sepan qué es lo que te gusta. No faltan los que te cuidan para que llegues bien a casa, los que te alejan molestos intrusos, los que te obsequian una botella para tu cumpleaños. Incluso, alguna vez y en ocasiones desesperadas, hay quien da crédito.

En cambio, ahora abundan los lugares donde lo único que quieren es tu dinero, los meseros son groseros y presumidos, te avientan las cosas y todavía quieren buenas propinas. No te dan pero ni un par de tortrix de boquitas, te dicen que tu tarjeta no pasó para que pagues en efectivo y si les pides una factura se enojan.

Beber es todo un ritual, como dijo alguna vez el Bolo Flores. Los oficiantes y acólitos merecen un templo digno. ¡Qué viva la bohemia!

La búsqueda sigue…

lunes, 4 de octubre de 2010

El sabor de mis palabras



No tengo ningún problema en comerme mis palabras, lo he hecho antes, saben bien con limón y sal. Estas me las voy a comer con chirmol y chile chiltepe…

Sigo pensando que el pueblo indígena tiene limitaciones en todos los campos, incluido el artístico, debido a factores ancestrales de injusticia y opresión. Por eso admiro tanto a quienes logran destacar en un mundo adverso, a los que dan un paso adelante y combinan su rica cosmovisión con manifestaciones contemporáneas.

Me disculpo con Lisandro Guarcax por lo que dije alguna vez sobre su grupo. Pequé de ignorante, de pinche rata de ciudad, de celosa. Y no me disculpo a causa de su muerte, sino más bien porque a consecuencia de ella pude conocerlo mejor.

Mientras íbamos en camino a El Tablón, su lugar de origen, recordé cómo me entusiasmé cuando oí hablar de Sotz’il, creo que a finales del 2007. Fui a hacer un reportaje sobre las comunidades del lago de Atitlán y quería incluirlos, por lo que los llamé. Hablé con Lisandro pero no pudimos ponernos de acuerdo, estaban ocupados en otras actividades y la cosa quedó pendiente.

Tuvo que pasar algún tiempo, que hizo crecer la expectativa, para que pudiera ver a Sotz’il en acción. Fue en el Festival de Junio del 2008, en una noche fría y con mucho viento. Al final, tomé una bebida espirituosa y bailé con ellos. Sin embargo, su presentación no fue lo que yo esperaba, era muy diferente. ¿Qué sabía yo del enorme trabajo que había detrás? Nada, como la mayoría de periodistas que vemos todo con cierto cinismo, cierta indiferencia.

Cuando se armó lo del viaje a Noruega, hace apenas unos 4 meses, ya lo conocí mejor. Su evolución y la del grupo eran evidentes, todo sonaba mucho mejor. Sin embargo, sin saber todavía las interioridades del trabajo de estos jóvenes mayas, otra vez fui dura.

Pero empecé a comprender el sábado pasado, al bajarme del microbus, caminando torpemente con mis estúpidos tacones corridos, en la oscuridad de los maizales. La sede del grupo Sotz’il queda convenientemente alejada de la carretera. Me imaginé cuántas veces y con qué energía Lisandro caminó ese sendero, seguro de sí, no como yo que iba trastabillando y metiéndome en cada charco.

Al llegar, sentí un calor de hogar, como cuando una casa te abraza. Pero esta casa estaba triste, echaba de menos a su mejor hijo.

El padre de Lisandro, que le habló al grupo reunido junto al fuego, confirmó mis imaginaciones: Lisandro iba a este lugar en busca de paz, de aire puro, de inspiración. Fue imposible no llorar al escuchar a este maravilloso hombre, sencillo y sabio, hablar de su hijo. Entendí que mucho de lo valioso del artista venía de él, que fue su inspiración, su motor. Su voz se entrecortó al verlo en su memoria sentado en medio de la naturaleza, mientras el fuego chisporroteaba y los presentes queríamos salir a esa naturaleza y buscar a Lisandro en el viento, en las nubes, en el rocío… Nos tuvimos que conformar con verlo en fotografías, escuchar sus palabras en boca de sus compañeros.

Al salir de nuevo a la fría y oscura noche, había algo diferente en todos nosotros. El camino fue más amigable, pero yo con cada paso quería también desandar lo dicho. Con cada nuevo detalle que conocía, con cada cosa sorprendente que vi en las actividades de este movimiento maya, me sentí cada vez más pequeñita e injusta.

Sotz’il no necesita hacer música o teatro sofisticado. Es un grupo de jóvenes en búsqueda de su identidad, no para pasearla por el mundo sino para sentirse orgullosos de ella, para no dejar que muera, para hacer propuestas en una sociedad que los quiere acallar. No quieren confrontación, pero quieren ser oídos y respetados, por los que los han oprimido por siglos, por los que los han ignorado, y por los prepotentes como yo que hablan sin conocer primero.

Espero de todo corazón que el trabajo de este grupo no se detenga jamás, que ese entusiasmo, organización y pasión que vimos en el Festival Tu Corazón Florecerá siga adelante. Y por lo que vi, es seguro que así será pues la vida de Lisandro marcó de manera determinante a quienes pudieron convivir con él.

Quisiera que hubiera un grupo Sotz’il en cada comunidad guatemalteca, no hay nada peor que ir por allí sin saber quiénes somos. Los capitalinos estamos inmersos en un mundo tan artificial, tan impuesto, tan superfluo, no nos caería mal buscarnos debajo de todo esto que nos sepulta.

viernes, 1 de octubre de 2010

Ese círculo no se quiere cerrar



Es un hecho, ando de bajón. No había querido sondear que tan profundo era, hasta que anoche al terminar de ver una película (Crazy Heart para más señas), lloré como un bebé.

Así soy, ya lo he dicho. Emo, bipolar, ciclotímica, inconforme, malagradecida, loca pisada, you name it.


The weary kind

Your heart’s on the loose
You rolled them seven’s with nothing to lose
And this ain’t no place for the weary kind

You called all your shots
Shooting 8 ball at the corner truck stop
Somehow this don’t feel like home anymore

And this ain’t no place for the weary kind
And this ain’t no place to lose your mind
And this ain’t no place to fall behind
Pick up your crazy heart and give it one more try

Your body aches…
Playing your guitar and sweating out the hate
The days and the nights all feel the same

Whiskey has been a thorn in your side
and it doesn’t forget
the highway that calls for your heart inside

And this ain’t no place for the weary kind
And this ain’t no place to lose your mind
And this ain’t no place to fall behind
Pick up your crazy heart and give it one more try

Your lover's won't kiss…
It’s too damn far from your fingertips
You are the man that ruined her world

Your heart’s on the loose
You rolled them seven’s with nothing to lose
And this ain’t no place for the weary kind

martes, 28 de septiembre de 2010

Sobre EPA y la USAC


Me había resistido a escribir sobre EPA y la toma de la USAC, no quería caer en el error de los que hablan a la ligera sobre un tema complejo que les es ajeno. Pero no me resisto más.

Me importa mucho lo que le sucede a la USAC, además de educarme en todo sentido, me dio de comer por 10 años cuando fui parte de su personal administrativo. Era, espero que siga siendo, un excelente patrono, como los que ya no se encuentran ni en otras instituciones educativas. (Además de la jornada corta –de lunes a viernes de 7:30 a 15:00- y el mes y medio de vacaciones, estudiar fue más fácil pues por supuesto que las condiciones eran las mejores).

Eso que se llama vida universitaria es mucho más que ir a clases y ganar cursos para graduarse lo más pronto posible. Yo sé yo sé, padres y maestros es lo que quieren: se va a la universidad a estudiar, punto. Pero todo lo extra curricular es valioso también. Cuando salimos del colegio sin mayor experiencia en la vida, sabemos mucha teoría acerca de vivir pero no lo hemos hecho. Es por eso que estoy en contra de que las universidades sean una extensión del colegio, pero muchos difieren conmigo, sobre todo los patrocinadores de esos años de estudio. Eso lo comprendo.

Dentro de esas valiosas clases donde no se ganan puntos, está la experiencia de hacer política en el mejor sentido de la palabra. Elegir y ser electos para puestos que deben beneficiar a todos deja muchas enseñanzas que se trasladan a la vida adulta posterior.

Un amigo gringo quería conocer la USAC por su legendaria fama de rojilla y revolucionaria, pero se quedó con la boca abierta al presenciar sus elecciones. Los más extremistas, me dijo, eligiendo a sus autoridades y representantes de la manera más democrática que había visto. Yo le dije, no te creas todo lo que dicen de la USAC.

Nuestra universidad estatal es un país pequeño, es una réplica hecha a escala de Guatemala. No esperemos que sea una comunidad diferente a la que pertenecemos. Ha pasado por tantas etapas, como nuestra propia historia. Cada sancarlista vio un alma máter diferente según la década que le tocó vivir.

En la mía había estudiantes que se interesaban no solamente en su propio bienestar, sino que eran solidarios no solamente con sus compañeros sino con el pueblo en general. Éramos otra generación, no cabe duda. En esos tiempos, no había un solo EPA, había muchos, en cada Facultad. Por eso las cosas no se hacían de un plumazo, se escuchaba antes a los estudiantes y se llegaban a acuerdos.

Ahora me cuentan que la cosa está muy diferente. Ante la indiferencia de los estudiantes promedios, que son la razón de ser de toda la institución, los puestos de decisión los han ocupado personas no muy honorables. Sino vean la AEU de ahora, con los Gatos en la dirigencia dándole todo el apoyo al rector. Esos “estudiantes” (yo calculo que llevan unos 18 años en la USAC) no representan a nadie más que así mismos. Empezaron con el negocio de las fotocopias y ahora se están adueñando de muchas otras cosas. Pero no quiero ahondar en eso.

EPA es como un vestigio de lo que un día fue, como ese tizoncito que se resiste a apagarse pero que puede prender cualquier mecha. Yo sé, sus métodos y discursos parecerán trasnochados y extremistas para muchos, pero es gente que quiere hacer algo por su universidad. No quiero decir que tienen toda la razón, pero son los únicos que vieron algo que no convenía a la mayoría y decidieron actuar. Eso requiere valor.

La Universidad de San Carlos no debe estar en manos de políticos partidistas y profesores prepotentes, no se deben perder los espacios que a tantas generaciones de valientes estudiantes les costó ganar. El embrollo legal es complejo, lo sé, y muchos se sienten afectados en sus intereses, también lo sé.

Pero es el precio que se paga por pasar por las aulas con total indiferencia acerca del futuro de la USAC, pensando solamente en ese cartoncito que adorna oficinas y consultorios y no en la universidad que estamos heredando.

Tratando de ser optimista, me doy cuenta que si algo ha logrado este movimiento es que el tema se ponga en el candelero. Que se hable acerca del asunto, aunque los medios de comunicación hayan criminalizado de entradita a los inconformes, poniendo como los buenos de la película a los que se mueren por recibir sus clases.

Es interesante que ahora muchos estudiantes que ni siquiera sabían qué es una junta directiva y quiénes la conforman, ahora se han dado a la tarea de tratar de entender el asunto. Eso ya es una ganancia.

No sé cómo va a terminar el problema, yo espero que pacíficamente y con soluciones positivas para todos. Nuestra querida alma Mater se lo merece.

sábado, 25 de septiembre de 2010

Una triste historia con final feliz y epílogo

(En la foto, el autógrafo que me dio Ranferí en 1988)

Ser adolescente fue duro, pero aprendí mucho. Me tocó una época más polarizada que hoy. Cada quien con su gente, con su clase, en su rollo. Había una forma de ser caquero más agresiva que ahora, eran los burgueses. Muchos de ellos se reunían solamente para humillar, y muchas veces agredir, a los que para ellos eran “choleros”. En medio, quedábamos el resto, sin saber si tomar partido o no. Muchos lo hacían, oh sí, y adoptaban códigos y poses que no eran propios.

En realidad, esta es una historia nada agradable de contar, es más como un desahogo, para sacarlo de mi organismo.

Yo estaba a punto de cumplir 16 años cuando fui al concierto de las Flans, en febrero 1988. Allí vi por primera vez a Ranferí, ya lo he contado, había algo irresistible en él para mí, una ingenua adolescente de flequillo “atizado” y hombreras anchas. Ya conocía su música, sobre todo porque mi hermano la escuchaba a todo volumen.

Después de ese concierto, mis amigas y yo nos olvidamos para siempre de Flans y nos declaramos fans de Alux Nahual. Pero en la pubertad eso no bastaba, ya saben. Uno quiere acercarse, sin sabe muy bien para qué.

Entonces nosotras decidimos salir a buscarlos. Después del colegio, con uniforme y mochilas, buscábamos a dónde podíamos ir a espiarlos. Luego de arduas investigaciones, dimos con su estudio, lugar de ensayo, centro de operaciones en el sótano de un céntrico hotel.

Era un sueño, los habíamos encontrado. Sin embargo, no nos atrevíamos a entrar, estábamos como tontas allí en el parqueo pensando, cuando ellos fueron llegando uno por uno. Si tengo que describirlos de alguna manera, diré que eran serios. Ni destrabados, ni creídos, pero tampoco accesibles. Ya estaban en la cumbre de su éxito, sonaban en todas las radios, salían en la tele y sus conciertos se llenaban a reventar a donde quiera que fueran. Pero ellos llegaban como quien llega al trabajo, sin aspavientos.

Supongo que nos veían allí agazapadas, disimulando la emoción, pero no nos decían nada tampoco. Quizá ya estaban acostumbrados. Vimos que otros músicos también llegaban a ese estudio, solo que éstos eran diferentes, no tan serios y sí más creídos. Eran de otro grupo que estaba surgiendo.

Entonces decidimos, qué vergüenza, mejor hacerles unas tarjetitas y cartitas, más niñas no podíamos ser. Para nosotros era algo importante. Las dejamos bajo la puerta y esperamos que así se enteraran que existíamos.

La próxima vez vimos un cambio, nos saludaron. Aquí me falla un poco la memoria, creo que ellos nos invitaron a entrar, o tal vez nosotras ya nos animamos. La cosa es que entramos, con nuestras calcetas altas y chonguitos. Según Ranferí, nos vieron literalmente como a unas niñas. Sin embargo, yo juraba que estaba enamorada.

Firmaron nuestras libretas y portadas de discos de acetato, nos hicieron unas cuantas preguntas (me preguntaron cuál era mi canción favorita, yo de los nervios me equivoqué y por decir Hombre de maíz dije “Vida”, que es lo que dicen en el coro, se rieron de mí, pero no con mala onda, quizá más con ternura). Mi corazón daba mil vueltas al ver de cerca a Ranferí, quien se portó más bien tímido.

Nuestra visita fue corta, tenían que ensayar. Fueron amables pero nos sacaron, nosotros íbamos con un tesoro en las mochilas, impacientes porque las del colegio se enteraran.

Seguíamos llegando, a veces oíamos el ensayo desde afuera. Alguna vez nos invitaron a oír un par de canciones, que no habían salido todavía, lo cual fue todo un honor. Qué inocencia. Seguimos haciendo tarjetitas y cartas. Lejos estábamos de ser unas verdaderas gruppies.

Los otros músicos que llegaban al estudio estaban al tanto de todo esto. Ellos sí tenían miradas burlonas, pero curiosamente empezaron a hablarnos si los Aluxes no estaban. Parecían de esos que se meten a la música no por amor al arte, sino para sentirse cool y ser populares. Su grupo de rock medio andaba sonando por aquí y allá, era de covers. Sus seguidoras eran de colegios muy exclusivos, rubios y de ojos claros, no parecían de acá, a diferencia de Alux a quienes seguían todo tipo de personas.

Creemos que esos patojos presumidos interceptaron las cartas y las tarjetas. Luego, llamaron a la casa mi amiga H., que había puesto su número en una de sus cartas, haciéndose pasar por Paulo Alvarado. Mi amiga no cabía en su felicidad al escuchar que los Aluxes nos invitaban a salir… sí, cómo no.
Muriendo de la emoción, nos dio las buenas noticias en el colegio. El siguiente sábado tendríamos la cita de nuestras vidas. No me explico cómo me la puede creer, además me pregunto qué pretendía yo con la supuesta cita, mi primera cita.

Cuatro adolescentes ingenuas e ilusionadas llegaron el sábado arregladas a más no poder (cero chongos y calcetas), creo que no pudimos dormir una noche antes, me dolía el estómago de los nervios. ¿A dónde iríamos? ¿qué debía decir para parecer mayor? ¿será que esta vez no me equivocaría con el nombre de las canciones?

Pasaban los minutos, y nada. Llegaron esos otros músicos, nos saludaron supuestamente como si nada, y seguímos esperando, allí en un oscuro y húmedo parqueo.

Cuando al fin llegaron los Aluxes, fue un momento primero emocionante (¡llegaron! ¡no nos dejaron plantadas!), luego desconcertante pues nos saludaron de prisa y entraron a su estudio.

Nos costó asimilar el momento. ¿Qué diablos acababa de pasar? Agarramos nuestras ilusiones y nuestras carteras prestadas a nuestras mamás y nos fuimos a la casa de una de nosotras. Lloramos por horas sin pudor. No comprendíamos, ¿cómo unas personas a las que admirábamos tanto podían hacernos esto?

Para mí era personal, la primera vez que mi corazoncito creía estar enamorado, mi primera ilusión rota de esa cruel manera.

Fue hasta unos días después que una de nosotras, más intuitiva supongo, empezó a sospechar de esos otros atarantados. Entonces caímos en la cuenta, empezamos a imaginar lo que se habrán burlado de nuestras cartas y tarjetas, lo que se habrán reído luego de la llamada y al vernos llegar todas emperifolladas.

De cualquier manera, mandamos otra sentida carta a los aluxes donde les preguntábamos qué había pasado. Aquí otro lapsus, tendría que buscar mi diario de entonces pero ha de estar sepultado en algún recóndito lugar de mi casa. Creo que ahora sí uno de ellos se comunicó con H, esta vez para disculparse y dejar claro que ellos no tuvieron nada que ver.

Ahora que los conozco a todos mucho mejor, me doy cuenta que en realidad no hubieran sido capaces. Al cabo de unas semanas, decidimos perdonarlos y regresamos al estudio. La puerta estaba abierta y en el interior no había nada más que un piano. En la pared había una carta que decía que se habían mudado a la zona 10.
Nos robamos la carta y decidimos dar por concluidas nuestra aventura con rockeros chapines. La vida prosiguió y todo terminó en anécdota. Alux Nahual se convirtió en una leyenda y a esos otros musiquillos nadie los recuerda.

Me volví a encontrar a Ranferí muchos años después, nos enamoramos de verdad (como adultos) y somos muy felices junto a nuestro hijo. Por lo menos para una de nosotras, el sueño se hizo realidad.

Epílogo
Como quien dice nada, 22 años después hoy nos volveremos a ver las caras. Resultó que uno de los susodichos músicos esos trabaja con Alux Nahual hasta la fecha, así que lo he frecuentado unas cuantas veces sin saber quién era y, por supuesto, sin que él supiera quién soy.
Hoy celebrará su cumpleaños y hará un reencuentro con sus compinches, en su casa de La Cañada. Iré con Ranferí y será gracioso volver a ver a toda esa gente junta, ahora como una mujer adulta pero con demasiada memoria.
Escribir esto me ha hecho bien, pero también ha dejado a flor de piel los sentimientos que en su momento provocó el incidente. Quisiera justicia poética para mí y mis amigas. ¿Y si arruinará su fiesta? Mmmmmmm, al mejor estilo de Paquito Méndez, debería dejar salir a su mascota para que lo atropellara un carro, luego aprovechando el drama saquearía su bar llevándome sus mejores botellas…

viernes, 3 de septiembre de 2010

El portal místico


Cada mañana te dejo frente a una gran pared azul que en medio tiene una pequeña puerta que te traga. Parece un gigante devora niños, que van llegando uno por uno. Tú apenas puedes con tu mochila de Lazy Town de rueditas y siempre vas arrastrando tu lonchera. Te dejo al inicio de los tres escalones que te llevan a dentro.

Con una sonrisa nerviosa, me subo a mi carro mientras tú me dices adiós de lejos. Luego te subes a tu vida de niño preescolar, te enfrentas a 4 horas lejos de tus papás, de tu casa, de tus cosas. No vas precisamente feliz, sino inquieto, curioso.

Nunca lloraste para ir al colegio. Yo sí me conmoví la primera vez que te entregué, no tenías ni 3 años. Ese día de octubre, viste un segundo hacia tras y luego entraste seguro. Todavía no ibas al baño pero me pareciste realmente un hombrecito en miniatura enfrentando lo inevitable, el curso de la vida.

A veces creo que soy la peor mamá del mundo. Me imagino que las maestras me tienen por distraída y algo indiferente, que las otras madres me miran sin poder comprender por qué no me quedó más tiempo en el colegio para ver cómo entras, para darle indicaciones a la miss, como ellas. Siempre falto (faltamos) a las actividades por culpa de mi trabajo. Apenas me conocen en el colegio, solo saben que soy la que no mandó las plumas de colores a tiempo para el día de Tecún Uman, la que no logra ponerse al día con la colegiatura, la que no manda regalitos para los otros niños y mamás en ocasiones especiales.

Pero tú, oh sí, tú me amas sin ninguna condición. A pesar de que demasiadas veces llego con cara de pocos amigos y encima me pongo a teclear en la “tototota” (así le dices a mi computadora) mientras tú me explicas con tus divertidas palabras y muchos gestos lo que has jugado, lo que has aprendido. Tú me amas sin importar que a veces te duermas esperándome.

Hace poco estuve segura, cuando al irte a dejar, decidí entrar al colegio para hablar con tu maestra sobre un cartel que hicimos. Tú no lo podías creer, tu carita estaba radiante, con una sonrisa luminosa. Cuando entramos a tu clase, me enseñaste dónde dejas tus cosas y dónde te sientas. Y mientras yo hablaba con la miss, me mirabas orgulloso, como diciéndoles a tus pequeños compañeritos “hey, miren, ¡es mi mami!”.

Nadie me había amado así jamás, a pesar de mis defectos, de mis metidas de pata, siempre, siempre, pero siempre estás feliz de estar conmigo. Tomado de mi mano eres capaz de ir a cualquier lugar sin miedo.

Yo solo espero llenar tus expectativas, hacer un decoroso papel. Gracias a ti, Manu, mi principito, la vida, el mundo, tienen un futuro. A través de tus ojos traviesos todo se ve mejor, nuevo.

miércoles, 25 de agosto de 2010

Yo no a+


Esas campañas de “cambiemos actitudes para mejorar el país” no me gustan. Los cambios verdaderos y a largo plazo son mucho más complejos. Para heredar un mejor país hay que hacer cambios estructurales, es obvio. Pero eso requiere más que una campaña de mupis y correos electrónicos.

La puntualidad, limpieza, orden, cortesía y excelencia en el trabajo (que parecen cosas tan elementales) son cosas deseables, sobre todo para los empleadores y autoridades, pues tendrán una población mucho más productiva y obediente. Es como plantar flores y hacer pasos a desnivel, pura apariencia.

Yo preferiría una campaña para que leamos más, para que tengamos una opinión propia, para que exijamos nuestros derechos, que no nos dejemos engañar cada 4 años. Una campaña para dejar el miedo y el servilismo de lado, para no dejar las decisiones importantes en manos de otros.

Si el guatemalteco es impuntual, sucio, desordenado, descortés y no rinde en el trabajo (no da “la milla extra” como dicen los preppies de esta campaña), es porque está desnutrido, extorsionado, vapuleado, asaltado, mal educado y mal informado. Es tratado como ganado en el transporte público, le pagan un sueldo de hambre, las autoridades que eligió le roban el dinero para la salud y la seguridad. Lo último que tiene en su mente es quedar bien y verse bonito.

!Revolución!

You have to figth for your right to party

La vida nocturna es parte de toda cultura. No es algo negativo, es algo que simplemente ocurre en todas las urbes. En muchas de ellas se puede salir a beber, comer, bailar o simplemente platicar todas las noches incluso hasta que sale el sol.

Pero aquí… somos un país conservador a todo nivel. Salir de noche es mal visto por muchos, que sueñan con un país que se acueste y se levante temprano, que vaya como borrego a la iglesia y al trabajo.

Me pregunto por qué relacionan la noche y la fiesta con el crimen y la violencia. Creo que con más diversión, esparcimiento, recreación, seríamos un país más relajado.

Es que hay gente noctámbula, gente a la que la noche los embruja, que funciona mejor luego de las horas hábiles. Así se cultivan amistades, se comparten ideas, se planean proyectos, se conciben obras de arte.

A los extranjeros les cuesta acostumbrarse a esta característica nuestra. Con el tiempo aprenden que hay que salir temprano o hacer las fiestas en casa. Todos, toditos, los extranjeros que he conocido a lo largo de mi vida han sido personas muy educadas, no vienen con la idea de darse en la madre, sino a conocer nuestra cultura. Si eso quisieran, se irían a ciudades más proclives a eso.

En nuestra desafortunada situación actual, en lugar de que la cosa mejore (y quiten la ley seca) la han emprendido contra los trasnochadores, tanto locales como extranjeros, en La Antigua y en San Pedro la Laguna que, después de todo, tampoco eran la gran cosa. Quieren hacer creer que por culpa de los parranderos había venta de drogas en cada esquina, que era una Sodoma y Gomorra. Nada que ver. Comparar un pequeño pueblo con Ámsterdam es una exageración, ya quisieran. La acciones ahuyentarán a los visitantes y afectarán a la economía. Todo sea por la voluntad de dios y las buenas costumbres.

A este paso, Guatemala será considerada un destino para ancianos, jubilados y religiosos (y mojigatos).

Un respiro es viajar

Cuando un guatemalteco va a un país más civilizado, le sorprenden muchas cosas. Por ejemplo, que la gente no solo pueda caminar por las calles, sino que disfruten hacerlo. Deambular por Barcelona para mí fue increíble, ver familias enteras por las calles disfrutando de un día martes soleado. Mientras yo abría la bocota, casi me atropella una niña que venía a toda velocidad por la ciclovía. Para ellos ha de ser lo más normal, son dueños de sus calles, plazas, jardines, que usan para convivir. Qué envidia. En lugar de encerrarse en condominios con garitas, tienen una vida más allá de su casa y el centro comercial.

En Bruselas me asombró cómo los conductores, tan pálidos y serios, detenían sus carros cuando veían a un peatón en la esquina, aunque tuvieran verde en el semáforo. Causé gracia por andar cuidando mi mac como si me la fueran a robar, mientras los demás sacaban sus laptops en el tren que nos llevó a Brujas sin ninguna pena para aprovechar el tiempo.

Y no es cuestión solamente de Europa. En la primera noche en Cuba nos enfrentamos a los cortes de luz por economía. Fue todo un reto caminar por una calle oscura por la noche, yo miraba para todos lados y casi corría para llegar más rápido. En cambio, los lugareños disfrutaban la noche caribeña con tranquilidad y sin temor.

Por eso viajar constituye también un descanso de las restricciones en las que vivimos, del miedo, de la desconfianza y, por qué no decirlo, de la ley seca. Países como Colombia y República Dominicana me enseñaron que no hay mal día y tampoco mala hora para la fiesta. Si tu vuelo sale muy temprano en la mañana y tienes que levantarte digamos a las 3 de la mañana para llegar a tiempo al aeropuerto, mejor no te acuestas y pasas toda la noche en la rumba. Malaya...

miércoles, 18 de agosto de 2010

Una historia de amor-odio



Encontré este texto por allí, lo escribí para participar en un conversatorio sobre la diversidad sexual en el Centro de Formación de la Cooperación Española en Antigua, organizado por la Fundación Marco Antonio y Rednads (Red Nacional de la Diversidad Sexual). Debía hablar sobre lo que me inspiraba esta fotografía que tomó Andrea Aragón.

Ese día, 3 de octubre 2002, Gwen se puso la blusa campesina de su madre, de esas que estaban tan de moda, para ir a una fiesta. Según testigos, lucía muy sexy con una falda corta, también prestada. Sin embargo su mamá le advirtió que no le gustaba que saliera vestida así. En lugar de confiar en el instinto maternal, Gwen se enojó pensando que su propia madre le tenía envidia. Pero Silvia Guerrero, una latina entre millones que trabajan y viven en Estados Unidos, no había sido más que una madre comprensiva que la apoyaba sin dudarlo.

Ella era la más linda del grupo. Sus rasgos latinos la hacían más deseable y exótica a los ojos de los chicos. Además, tenía una forma de ser mujer que resaltaba entre sus amigas, emos y rockeras. Coqueta, femenina hasta el último detalle. Dos chicos que estaban en la fiesta a la que asistió ese 3 de octubre alardeaban que ya habían tenido relaciones sexuales con Gwen, lo cual provocó celos en la novia de uno de ellos. La joven celosa, luego de espiar a Gwen en el baño, regresó a la sala y declaró en voz alta algo que dejó fríos a todos. Temblando de la cólera dijo que Gwen era en realidad un hombre, un travestido.

Solo puedo imaginar la cara de los que minutos antes alardeaban de haber tenido a Gwen entre sus brazos. Supongo que pasó de una mueca presumida, a una incredulidad muda, que poco a poco se fue transformando en ira incontrolable.

Uno de ellos fue a buscarla y comenzó a estrangularla, en este momento se fueron varios invitados de la fiesta, pero dos se quedaron para ayudar a golpear a Gwen. Uno le pegó en la cabeza con una sartén y luego otra vez con una lata de tomates, causando una herida profunda, otro le pegó con una mancuerna. Además recibió un rodillazo en la cabeza contra la pared. El golpe fue tan fuerte que causó una abolladura en el muro de yeso. Después fue llevada al garaje de la casa, donde fue estrangulada con una cuerda. Luego le ataron los pies y las piernas, la envolvieron en una manta y la subieron en la parte trasera de una camioneta. Los tres agresores llevaron su cuerpo a un parque donde fue finalmente enterrada en una sepultura muy poco profunda. No está claro en qué punto durante los sucesos ocurrió la muerte de Araujo.

¿Cuántos jóvenes estaban en esa fiesta y vieron el ataque? ¿por qué nadie la ayudó? ¿por qué optaron por irse y callar? Así Gwen se unió otros que han sido asesinados por ser diferentes, asesinados por odio.

De entrada, la fotografía me hizo pensar en dos cosas. La primera era que la foto no era como yo me la imaginaba. No era una foto de fotorreportaje, que retratara el entorno real de quien es fotografiado (siguiendo el estilo de las fotos que ha hecho Andrea sobre las sexoservidoras). No era la típica fotografía cliché del travesti en la calle. Es una foto estilizada de estudio, digna de una revista de moda. Una mujer sonríe mientras posa coqueta.

La segunda idea que tuve fue que la modelo se parece, en mi opinión, bastante a Gwen Araujo, travesti de 17 años que fue asesinada en esa fiesta del 2002 en Estados Unidos.
Desde pequeña dio indicios de que se consideraba una niña, a pesar de haber nacido con aparato reproductor masculino y ser bautizado como Eduardo. Siguiendo la idea de que nuestra identidad es la que elegimos, Eduardo se convirtió en Gwen y apenas empezaba a vivir una vida normal de adolescente, la cual fue truncada demasiado pronto.

Este crimen de odio, que al final no fue ni juzgado ni sancionado como tal, se sumó muchos otros que han conmovido a la opinión pública. Llamó mi atención porque ella no dudó en participar de los rituales y costumbres heterosexuales de su edad, convencida, erróneamente, de que quienes la invitaban eran tolerantes. Quizá por su juventud, quizá por pertenecer a una nueva generación que ha visto a gays famosos pasear su homosexualidad por el mundo, no había desarrollado ni desconfianza ni mecanismos de defensa. En su cabeza, no cabía el miedo hacia los otros.

Se habla del pánico gay o de estado de emoción violenta cuando se quiere justificar este tipo de ataques. Eso fue lo que alegaron los asesinos de Gwen, buscando reducir sus penas en la cárcel, dijeron que la reacción se debía más al engaño que al mismo hecho de que ella era hombre.

Si los asesinos, por cierto mayores que ella, tuvieron o no relaciones sexuales con Gwen, es todavía algo no muy claro. Es posible que se haya tratado de la clásica fanfarronería del hombre machista y que no era cierto. Otra posibilidad es que sí tuvieron sexo pero increíblemente no se dieron cuenta que en realidad era biológicamente un hombre.

Otra posibilidad surge. Sin mucho esfuerzo se deduce que al contacto íntimo ciertas cosas no pueden ocultarse. Quizá en realidad los atacantes sabían que Gwen era hombre, tuvieron sexo con ella y luego perdieron el control cuando otras personas se enteraron. Es decir, el típico comportamiento del hombre de doble moral, ése que se burla y rechaza a los gays, cuando por la noche los busca y disfruta su compañía. Al odiar a los homosexuales, se odian a sí mismos, al agredirlos, se están negando por completo, matándolos quizá quieren desaparecer su propia naturaleza, que tanto odian.

En países como el nuestro, estos prejuicios son considerados hasta normales. Muchos han sido las muertes similares a las de Gwen que ni siquiera son investigadas, mucho menos llevadas a juicio (recuerdo una chica que vivía en un hotel de la zona 1, a cuyo velorio asistí, asesinada para robarle sus ahorros, muy probablemente por alguien que ella conocía).

Que los homosexuales guatemaltecos tuvieran que salir a la calle el pasado 25 de junio no tanto a celebrar su orgullo sino a denunciar las cosas que les aquejan, como la violencia y la falta de empleos, es desmoralizador.

Además de denunciar los hechos, repudiarlos y exigir justicia, creo que es labor de todos apoyar campañas contra los crímenes de odio de todo tipo. La educación en casa es fundamental, debemos criar niños que no solamente toleren al otro, sino que lo acepten y respeten como igual.

martes, 10 de agosto de 2010

Pixar hace su tarea


Me había resistido a escribir sobre estema porque no me considero experta en cine. Sin embargo, la escribo desde el punto de vista de mamá. (A veces pienso agregar en mi currículum, luego de 4 años de arduo entrenamiento, "experta en películas infantiles).

De jovencita, cuando miraba las películas que les tocaba ver a mis sobrinos y otros niños cercanos, me preocupaba. Princesas, príncipes, reyes, sirenitas, magos, brujas y otros personajes aparentemente inocentes parecían sembrar en ellos ideas desafortunadas. Que la belleza física es muy importante, que la felicidad estaba en un palacio y una vida sin esfuerzo y en el amor de pareja, que la magia y los amuletos podrían arreglar cualquier situación, que las mujeres siempre tenían que ser rescatadas, entre muchas otras cosas.

En el caso de mi sobrinita, me preocupaba que pensara que ser mujer tenía que ver con su rol de dama en apuros y que el amor, mágico e intenso, se obtenía instantáneamente al encontrar a un apuesto príncipe. Porque en esas historias el amor surge así nomás, de la nada, mirándose a los ojos por unos segundos se llega a la conclusión de que es el hombre con quien vivirán felices para siempre.

Sabiendo que los niños ven una y otra vez las películas que les gustan, rogaba por que el panorama cambiara para cuando tuviera un hijo. Y para mi suerte, cambió. Películas como Shrek lograron incluso burlarse de ese esquema anticuado, celebrando la fealdad y el amor que surge cuando hay cosas en común. Me encantan esos gordos ogros que viven felices, que en lugar de cantar melosamente a las criaturas del bosque escuchan música pop y eructan sin pudor.

Y así, mi retoño tiene un abanico más amplio de opciones en películas, las cuales, claro, he visto junto a él. Por ejemplo, Dreamworks ofrece un montón de alocados y mucho más entretenidos personajes que a él le encantan. El primer flechazo fue con Kung Fu Panda, la vio más de 20 veces, hasta que el disco se arruinó. Este gordito no me caía mal, pero me chocaba un poco el hecho de que fuera “el elegido” para salvar un pueblo solo porque sí, porque era su destino. Dejando atrás a quienes habían entrenado por años para ser “maestros”, el panda pasado de libras estuvo listo en un par de días. Ok, entiendo, es bueno decirles a los niños que pueden ser lo que quieran, pero también es bueno dejarles claro que todo requiere un arduo esfuerzo.

Luego mi pequeño Manuel encontró las películas Madagascar 1 y 2, sin tener un personaje favorito en especial le encanta verlas y yo las disfruto mucho. A veces creo que está más dirigida a los adultos por ciertos chistes, pero también me parece que eso es un esfuerzo para que las historias sean más familiares que infantiles.

Muchas otras películas le han gustado a mi hijo, por un rato. Hemos visto casi todas, incluso clásicas como Pinocho, Dumbo y Bambi, que le aburrieron un poco. Dos muy recomendables, fuera del circuito de Hollywood, son El viaje de Chihiro y La leyenda de la nahuala.

Pero el verdadero flechazo ha ido con las películas de Pixar. Ambos, mi hijo y yo, somos fans. Yo lloro cada vez que veo Buscando a Nemo, Up y Toy Story 3. Manuel simplemente no puede dejar de ver las 3 de Toy Story y Cars (ya casi me las sé de memoria).

Hay algo especial en las películas de este estudio. Supongo que es el talento combinado de muchos artistas. No son cursis pero emocionan, las historias son más humanas aunque se traten de carros, juguetes, robots o peces. Algo que agradezco es que cuiden todos los detalles, que no confundan a los niños. Por ejemplo, la película Las locuras del emperador (de Disney) me divirtió, pero también me molestó esa actitud tan gringa que en sus películas buscan uniformar a todos los latinoamericanos, cuando nuestras culturas y costumbres son tan diversas. Aquí los incas oían música más bien caribeñan y quebraban piñatas, entre otras cosas.

Up en muchos sentidos me parece una joya del cine, siendo crucial la manera en que fue desarrollada. A diferencia de los creadores de las Locuras del emperador, los de Up investigaron exhaustivamente el lugar al cual querían llegar los protagonistas: las Cataratas Del Paraíso.

Y no me refiero por medio de libros o películas, sino a que hicieron un largo y accidentado viaje hasta ese apartado lugar. Papel y lápiz en mano, los artistas contemplaron de cerca la exuberante belleza de esa geografía venezolana. Así nacieron esos escenarios, esos personajes, esos colores. Ellos afirman que estar tan lejos de todo los inspiró mucho más.

El resultado se nota al ver la película, una oda al amor, a la solidaridad y a la persistencia. Tiene todo lo que quiero que mi hijo vea en una película, sin estereotipos. Los protagonistas son un adulto mayor, pocas veces tomados en cuenta como héroes, y un niño con padres divorciados, un tema muy actual y necesario.

Es por eso que ver La princesa y el sapo (de Disney) me pareció un retroceso, con sus clichés y sus numerosas cancioncitas. Además, aunque al principio se podría creer que la chica negra (aunque con los rasgos de muñeca barbie) era diferente (pensaba obtener su sueño trabajando), al final tiene su final feliz casándose con un tonto y superficial príncipe, convirtiéndose en princesa y obteniendo el dinero de sus suegros...

Afortunadamente no le gustó a Manuel. Larga vida a Pixar.

martes, 3 de agosto de 2010

Yo no tengo ese chip



Hace poco dos compañeras casadas estaban conversando sobre sus problemas domésticos. Señalaban lo complicado que era cumplir con que la comida de sus hogares estuviera lista a tiempo y que fuera del agrado de todos.

Cuando yo hice ojos de “no las entiendo”, una de ellas, cinco años más joven que yo, dijo “es que uno siempre está pendiente de eso, es como un chip que le metieron a uno de niña”. Por unos segundos, hice un examen de conciencia y luego les dije “yo no lo tengo”.

Quizá lo tuve, pero me las ingenié para deshacerme de él. Desde muy joven me caía muy mal que las mujeres tuvieran que “servir” solo porque así debía ser, mientras los demás se dedicaban a disfrutar de la vida.

Antes las cosas eran muy diferentes. El hombre sostenía a todos y la esposa se dedicaba a su casa, se preocupaba de que todos en la familia estuvieran bien, comieran bien, tuvieran ropa limpia y planchada, ése era su chance. Un trabajo sin remuneración económica, pero que era visto como el de una “buena mujer”, abnegada y madre ejemplar.

Ahora que casi todas las mujeres trabajamos, el chip sigue funcionando para deleite de esposos y suegras. Pareciera que a la mujer se le permite trabajar toda vez cumpla también su otro papel, el de esposa. El resultado son mujeres exhaustas con dos jornadas de trabajo. Profesionales que aportan dinero al hogar y trabajan tanto o más que sus esposos, pero se levantan de madrugada para velar que todo quede en orden, durante el día hacen mandados escapándose de su trabajo (para pagar la luz, ir a recoger a los niños, para conseguir un disfraz), y al salir no solo deben hacer compras sino llegar a casa a cocinar, a hacer tareas, a bañar niños, a tener listos los atuendos de todos e incluso a limpiar si no alcanza para una empleada doméstica.

Muchos hombres, debo admitir, ayudan por lo menos en algo. Otros ni se meten, se hacen los ocupados, cansados y preocupados. Está como implícito para ellos que la casa y todo lo que ocurre en ella es responsabilidad de la mujer. Aunque sea joven, si tuvo una mamá con chip muy probablemente le enseñó que la mujer para eso se casa.

Si para una mujer tener una casa perfecta, unos hijos perfectos y un esposo bien atendido es su forma de ser feliz, me alegro, porque no extrañará para nada los libros que no puede leer, las películas de las que todos hablan pero no ha visto, los tragos (o capuchinos) en compañía de amigos, escapadas al spa o a la playa. Ah, porque cada minuto libre debe ser aprovechado para seguir construyendo su castillo encantado de princesa encantada. Cada centavo extra debe ser usado para comprar más adornos y accesorios para esta casa Barbie.

El trabajo para muchas de estas mujeres controladas por el chip es solamente un medio, lo hacen por necesidad económica. No están “casadas” con su profesión, por lo que se desempeñan a medias o de mala gana, cansadas, desveladas.

El problema es para el otro tipo de mujeres, que no tienen chip y realmente quiere destacar en su vida pública y profesional. Para ellas quizá un matrimonio tradicional no es la mejor opción, la sociedad y su familia tratarán de hacerla sentir culpable por llegar tarde, por llevar trabajo a casa, por salir un par de días a la semana para cultivar sus intereses, por no cocinar como lo hacía su mamá. Terminará frustrada ó muy probablemente divorciada.

Por eso, chicas solteras, piénsenlo bien. Si el trabajo o los estudios son solamente un entretenimiento mientras se casan y sueñan con activar su chip y seguir con la tradición, perfecto, vayan derecho al altar. La sociedad conservadora en la que vivimos, y los hombres machistas criados por sus mamis para ser atendidos, las necesitan.

Pero si tienen grandes metas en la vida, fíjense bien cómo es ese candidato a marido. Discretamente hay que averiguar qué piensa, cuáles son sus ideas sobre una buena esposa, luego hay que compararlas con las propias. Puede haber sorpresas, puede que ahora le encante que su novia sea sexy, pero piense que una esposa debe lucir “decente”, por ejemplo. Pueden aparecer ideas como que las esposas no salen solas, no tienen amigos, no deben hacer cosas buenas que parezcan malas. Muchos de ellos serán de los que luego del trabajo llegan cansados, ensimismados, malhumorados, a tirarse en el sofá a ver la televisión mientras esperan a que la cena esté lista. Sus trabajos y problemas serán siempre más importantes que “las tonterías femeninas”. En el peor de los casos, según el modelo de matrimonio de sus padres, pueden incluso creer que el hombre puede ser infiel.

En cambio, si es un muchacho educado por una mujer independiente y fuerte, sin chip, probablemente no solo sepa hacer cosas en la casa (cocinar, lavar ropa, hacer la cama, sembrar flores), sino que apoyará a su mujer para que llegue tan lejos como ella quiera. La animará a que siga con sus intereses propios para tener una compañera estimulante, siempre en desarrollo.

Si la casa está desordenada y la ropa no está planchada, no será el fin del mundo, agarrará la plancha o contratará a alguien. Juntos velarán porque haya comida, y si no hay, tendrá una lista de restaurantes que reparten a domicilio pegada cerca del teléfono y le preguntará a su esposita ¿qué se te antoja hoy?

jueves, 29 de julio de 2010

Sobre la reputación


Cada día vamos evolucionando, sin estar muy concientes de ello. Me he encontrado a dos personas del “ayer”, una de los 90s y otra de los 2000. Ambas me dijeron que he cambiado mucho. No quise preguntar exactamente por qué lo decían, no quería que hablaran de arrugas y libras de más. Esto me puso a pensar. Como me miro cada día (bueno, a cada rato) en el espejo, no me doy cuenta lo diferente que luzco comparada con mi aspecto de antes y, sobretodo, mi comportamiento de antes.

Yo fui terrible, muy muy terrible, y me la pasé muy bien. Quien lo sabe y me mira ahora con marido e hijo y trabajo serio puede que dude antes de reconocerme. Quienes apenas me conocen, no se imaginan lo rebelde que fui en el colegio, lo alocada que fui en mis primeros años universitarios, lo intensa (es un eufemismo) que fui en la segunda mitad y lo oscura que me volví al llegar a los 30.

La que soy, fue naciendo allá por el 2004. Como he dicho antes, me salvé del abismo justo a tiempo, llegué al mismísimo precipicio y en el momento justo de caer pude volver.

No me arrepiento de nada, aunque hay un par de detalles que borraría. Ahora tengo una visión más amplia. Aunque quisiera seguir el mismo ritmo, los años no pasan por gusto, las parrandas diarias y hasta altas horas de la madrugada ya no se aguantan, me he vuelto exigente en cuanto a lugares y horarios, y muchas muchas veces prefiero irme a casa en lugar de ir a ver y que me vean. Es el curso natural de la vida.

Lo que queda es mi reputación. Recuerdo que hace un par de años en Pana, a donde fui con la familia, al entrar en un bar una chava a quien conozco de lejos y que pulula por los vericuetos de la noche (me cae bien, tiene rollo), algo desesperada se acercó pidiéndome sustancias ilegales. Me sorprendí, pero más se sorprendió ella cuando le dije que no tenía. Algo molesta me dijo: “me extraña Masaya, tu reputación te precede”.
La verdad, no me molestó que me dijera eso, al contrario. Prefiero que digan eso al verme entrar, a que digan ¿quién invitó a esta doñita?

lunes, 19 de julio de 2010

En busca de mi jessiquidad


Me pediste que aprovechara estos días que estaré sola.

Cuando no estás, vuelvo a ser un poco como era antes. Curiosamente, retomo mis rituales como si fuera ayer cuando vivía sola. Vi mucha tv, programas sobre asesinos en serie y sobre la independencia de América.

Leí mucho tiempo en el baño, escuché música mientras me desmaquillaba. Me hice un laaaaaaargo pedicure mientras lucía una horrible mascarilla color verde.
Luego vi todo el noticiero de la noche en lugar de solamente los titulares y, sabés qué, tenés razón, no vale la pena hacerlo.

Organizando mi ropa de la semana, me topé con los últimos calcetines que dejaste tirados en tus carreras por empacar. En lugar de enojarme, como suelo hacer, me dio ternura tu resistencia pacífica.

Ocupé toda la cama mientras dormía inquieta. Extrañé tu tibio cuerpo junto a mí. Me levanté tarde porque tú eres mi despertador de lujo, con ese beso que apenas puedo responder. Me cuesta tanto levantarme, no como tú, que te levantás lleno de energía y feliz.

Soy un poco como era antes, pero ya no sé si me gusto. Tú me decís que aproveche estos momentos a solas, pero creo que ya no me hallo, literalmente.

Para empezar, creo que no soy tan simpática sin ti, tú me ayudas a sonreír y a sentirme bien. Tu paz es contagiosa, todo es más sencillo si tú estás.

Hace años no me gustaba la idea de ser la pareja de alguien, de ser la mitad de algo, pero no podemos negar que al amar, al vivir juntos, ocurre un curioso prodigio. Nuestras rutinas están enlazadas, tus gestos y palabras se complementan con las mías. Eres el mejor confidente que he tenido en toda mi vida, me gusta cómo estamos de acuerdo en tantas cosas y cómo me llevas la corriente cuando aparezco con ideas locas y difíciles. Siempre estás de mi lado.

Antes vivía sola y pensaba que estaba bien, que podía hacer lo que me diera la gana siempre. Pensé que al unirnos estaba cediendo, que estaba perdiendo un poco de mi jessiquidad, que había entrado al rebaño.

Pero nada es más alejado de la realidad, porque tú eres una persona fuera de lo común. He ganado tanto, he aprendido tantas cosas, he vivido momentos que no se pueden comparar con la vida gris y monótona que llevaba antes. Eres un gran artista e inundas nuestra casa con tu creatividad y energía. Ahora soy tan feliz.

Es definitivo, no quiero volver a ser como era antes, gracias a ti quiero ser mejor.

viernes, 9 de julio de 2010

si eres fresa, no leas esto


El mundo es un espanto, está acabado. Busco exilio, asilo emocional. Veo una burbuja brillante, aislada, flotante, no se comprende cómo su fragilidad logra sostener tantos productos, tanto plástico, tanto cemento. Me acerco, me deslumbro, la luz me llama, me encandilo.
Llueve, truena, graniza. Veo por la ventana de una casa de suburbio. Mis sucias manos ensucian el vidrio, mi aliento lo empaña. Tiemblo. Adentro, todos sonríen, están bien vestidos, tienen aparatitos para entretenerse, se mandan mensajes, se toman fotos. Me descubren, me asusto, me invitan a entrar. Una vez cruzo la puerta, que parece de madera pero no lo es, todo es demasiado bueno para ser realidad.


(De las tribus urbanas, los fresas o prepies, son los que aspiran a conquistar y regir el mundo tal cual está, sin cambiarlo, quizá, solamente para empeorarlo. Son conservadores, temen al cambio y quizá por eso se quedan en la apariencia, en lo superficial. Son el sueño dorado del marketing y de los centros comerciales. Carecen de manifestación cultural propia, son victimas de cualquier cosa que salga a la venta, lo cual los hace sentir que están de última. Su peor defecto es que discriminan a todas las demás tribus amparados en que ellos son políticamente correctos y son mayoría. Su mejor atributo, son sus buenos modales y su facilidad para vivir en sociedad).

A veces envidio a los fresas, a veces quiero ser fresa. Sus casas con acabados que parecen de lujo, su decoración sacada de De Museo, sus carros del año a plazos, la ropa cuidadosamente seleccionada pero que luce igual en todos. Su forma de expresarse cariño desmedido y la forma en que todo para ellos es relindo y cool. Yo, luciendo un disfraz que ni me queda bien (sufriendo para no ahogarme con la faja), trato de llevar el ritmo, de sonreír hasta que me duelen los músculos de la cara, de aprender sus ritos y símbolos que van cambiando a cada momento. Trato de creer, pero no se trata del dios de mis mayores, sino del dios del sistema, trato de ir llena de gozo a su templo más cercano, o mejor, al templo mayor: Oakland Mall.

Pero todo me sale mal. Mi naturaleza se va revelando y rebelando poco a poco, esa forma maldita de ser. Todo vuela a la mierda, la faja explota. Me veo al espejo desnuda y me asusto, pero me quiero como a un monstruo encerrado en el ático, en mi cabeza.
El caos empieza como un dolor de estómago, luego sube, sube, sube, el diafragma se oprime, los pulmones se desinflan, el corazón se aplasta. El grito está listo para salir, el vómito en la puerta de la garganta para mancharlo todo.
Las paredes blancas, los sillones relucientes, los pisos encerados son el lienzo de mi furia. Quiebro lozas, porcelanas, vidrios y cristales. Mientras un grito ensordecedor sale de mí, me libera. Muerdo, río y lloro a la vez, enloquecida.
Llega seguridad, vestidos de traje oscuro y con discretos radios disimulados, tratan de sacarme sin que nadie se asuste. Me arrastran mientras yo hundo mis uñas, ahora crecidas, deformes, afiladas, en cualquier superficie.
Me lanzan de la burbuja, caigo en el lodo. Me siento mejor, ha parado de llover y observo una pequeña flor silvestre que sale tímida entre piedras.

sábado, 3 de julio de 2010

Alemania por siempre


Para una niña pobre, con terrores nocturnos (imaginarios y también reales), la calle puede ser la salvación. Salir del laberinto fatal, de la oscuridad y del dolor por un rato, tratar de ser normal, de ser feliz, de ser. (Por eso el éxito de la maras y pandillas, a mí me salvó la literatura).

Crecer entre hombres me hizo un poco “marimacho”. Jugaba fut, beis y todos los juegos rudos de los niños. Claro, hasta que llegó la pubertad y con ella el encierro y todas las reglas aplicadas únicamente a las “nenas”. La doble moral que me hizo, y me hace, tanto daño.

Pero antes de eso, me enamoré de la Copa Mundial de Fútbol. No recuerdo todos los partidos de España 82, cuando yo tenía 10 años, pero sí los de la Alemania de Rummenigge (que para mí era igualito a Sting). No soy una fanática del fut en general, pero me gusta la Copa Mundial y tengo 28 años de irle a Alemania. La gente me pregunta qué onda con eso, y no sé, para mí es algo natural. No me hacen ir a un estadio nacional ni seguir a las ligas famosas de América y Europa, pero cuando empieza la Copa me late una vena escondida pero furiosa y caliente.

Esta empezó a hincharse con fuerza el caluroso 8 de julio de 1982 en la casa de una tía en Villa Nueva. En ese entonces era todo un viaje ir allí, era ir a otro pueblo, se sentía lejísimos. Los primos, tíos y hermanos, todos hombres gritones y al tope de la emoción, estaba extasiados frente al televisor viendo la semifinal Alemania contra Francia, mientras mi mamá y mis tías (no tenía primas en ese entonces) se distraían platicando en la cocina y el jardín.

Definitivamente, la emoción estaba en la sala, con el fut, y no en la cháchara de mujeres. Aprendí a vivir el juego, a sufrirlo, a gritarlo, a celebrarlo.
Quisiera creer, como he bromeado con más de alguien, que en mi vida anterior fui alemana (pero no nazi). Pero lo más seguro es que esta tradición me remonte a una época cuando decidí ser ruda, combativa, cuando por medio de las victorias, derrotas y glorias de un poderoso equipo podía evadirme de mi triste infancia.

viernes, 2 de julio de 2010

El arte de amar


Antes quería ser casamentera. Pensaba yo que en este mundo, donde hay tanta gente que sufre por estar sola, sería bueno dedicarse a engancharlos con sus medias naranjas.

Lo intenté en el colegio, con resultados desastrosos. No solamente me convertí en una especie de correo, sino que para las parejas que les fue mal yo era la culpable de todo.

Por experiencia, propia y ajena, ahora me doy cuenta que es mala idea conectar a la gente. Es como recomendar a alguien en un chance, si no cumple, si se porta mal, si no le pagan, si lo explotan, uno termina sintiéndose un poco culpable.

Estar solo está bien si es lo que uno desea. Pero para quienes habían soñado con compartir su vida con su alma gemela, si ésta no aparece por ningún lado puede que sufran mucho. Era un misterio para mí cómo algunas amigas (lindas, inteligentes, exitosas y sensibles) pueden estar solas a pesar de morirse de ganas de casarse.

Ya antes lo sospechaba, pero al hacer un artículo sobre el tema los expertos me confirmaron que nadie nos educa en el arte de amar. Por eso cuentos de hadas, películas, telenovelas y canciones nos dan pautas bastante equivocadas.

Con suerte, a prueba y error aprendemos a vivir en pareja. Con la madurez y la experiencia, nos vamos dando cuenta qué es lo que realmente importa a la hora de amar. En lo personal, me alegro mucho de haber fallado una y otra vez, pues así aprendí muchas cosas y al final pude encontrar el verdadero amor (diría Fiona).

Ahora muchos me consultan por sus males de amores. De casamentera a consejera de parejas, sin tener ningún título en el ramo. Esto es complicado y delicado, pues como dice el dicho, entre casados y hermanos no hay que meter las manos, o algo así.
Uno de mis amigos más queridos tuvo un problema en una red social porque la gente se metió en un asunto bastante personal con consecuencias muy tristes.

Otra cosa que no nos enseñan es el tacto, no el que nos sirve para tocar, sino ese sentido común que no nos deja meter las patotas a la hora de hablar o actuar. Entre amigos muchas veces se dicen las más feas groserías porque “hay confianza”. Pero hay momentos en los que hay que pensar bien en lo que se dice para no herir a nadie. Lo que para otros es una broma, puede ser una daga para quien está pasando un duro momento.

Por experiencia propia, sé que es difícil manejar situaciones donde hay niños de por medio, donde una familia vive un drama mientras una nueva pareja trata de salir adelante. He vivido en carne propia la forma en que se forman bandos, cómo alguien puede ser la bruja malvada y otra la "víctima". Esto es ya bastante complicado como para lidiar con las opiniones de otras personas.

Veo que esta historia se repite, aunque con significativas diferencias, en otras personas. Las decisiones que tomamos son nuestra responsabilidad. A veces uno sabe que habrá dolor si uno toma determinado camino, pero también sabe que solo ese camino se puede tomar.

Es por eso que es mejor no inmiscuirse, no opinar, no tomar bandos y, claro, no bromear con el drama de otros. Quizá la posición más sabia es tomar distancia y ofrecer buena vibra. Hay cosas que solo los involucrados pueden resolver. Simplemente deseémosles lo mejor.

jueves, 24 de junio de 2010

Los rebeldes ¿en el gobierno?

En la universidad eran los críticos, los que protestaban por todo lo malo que hacían “ellos”, los del gobierno. Exigían cambios, respuestas, acción, parecían entender lo que hacía falta para cambiar este país.

Ahora, muchos de esos contestatarios están del otro lado. Desde que empezó el gobierno de la UNE empecé a ver a varios amigos y conocidos convertidos en funcionarios. Aquéllos jóvenes aguerridos y hasta temerarios, ahora forman parte de un gobierno por demás polémico. Se han cambiado los papeles, lo cual me parece bizarro.

Uno de los primeros fue Carlos Barreda, a quien recuerdo como uno de los más inteligentes de la AEU de los noventa. Barreda, Manolo Vela, Ronald Mijangos y Víctor Ayala conformaban un secretariado bien integrado y trabajador. Educados, bien planchados y buenos estudiantes, se les podía vislumbrar un brillante futuro. No eran ni borrachos ni vagos, sino se tomaban en serio su trabajo. Definitivamente, eran otros tiempos (ya parezco viejita, pero es que había disciplina).

En el caso de Barreda pensé que era lógico pensar que gracias a sus conocimientos en su campo trabajara en el Ministerio de Finanzas, luego de hacerlo para organizaciones sociales. Creo que empezó en el gobierno anterior, pero se quedó con el actual llegando a altos puestos, como el de vice ministro.

Pero ahora hay más de aquellos soñadores en el gobierno actual. Esto me produce sentimientos encontrados. No me gusta este gobierno, para nada. Me da rabia que se piense que su populismo es de izquierda. Pero cuando pienso en mis conocidos que están allí creo que quizá están haciendo lo mejor que pueden. ¿Por qué quisieron involucrarse precisamente con este gobierno? ¿por qué incluso algunos de ellos lo defienden a capa y espada? Quizá es el primero que los toma en cuenta, que en lugar de buscar en las filas del empresariado se dio a la tarea de ir con los peludos, con los rebeldes, con los que siempre han estado con ganas de hacer algo.

El caso de los Blanco Lapola es singular. Eran años difíciles cuando los conocí, no se había firmado la paz pero estaba muy cerca. El enfrentamiento era ideológico. Entonces la policía nacional (a secas) y todos los entes de “seguridad” eran nuestros enemigos naturales, habían perseguido y matado a innumerables compañeros, era de tenerles miedo. Ni Orlando ni Gustavo (a quien conocí bien de cerca) dijeron públicamente que su hermana Marlene era parte de dicha institución.

Recuerdo en especial una vez que andábamos con delirio de persecución, creo que había habido ataques, no estoy segura. Entonces cuando aparecieron en la AEU fotografías de actos oficiales de la policía, cundió el pánico. Todos estaban seguros que había infiltrados, orejas, que habían olvidado sus fotografías por un descuido o para asustarnos. Ahora se me hace que eran fotos familiares de los hermanos Blanco.

Lejos estábamos de saber que, según ha declarado la misma Marlene, dicha familia tenía a sus hijos en bandos diferentes, lo cual, asegura, les provocaba más de un conflicto.

Lo cierto es que en tiempos de paz hubo reconciliación entre ellos y ahora trabajan para el mismo gobierno, que al parecer en eso sí son democráticos, acogiendo a todos por igual.

Quizá algunos de estos rebeldes de antes piensan que es mejor estar adentro que afuera para hacer cambios, o quizá cambiaron su forma de pensar. Tal vez fueron sus circunstancias actuales las que les hizo imposible negarse antes una buena plaza y un buen sueldo. Ojalá no tengan que arrepentirse.

¿Dónde quedó todo lo que soñamos?

El plan era hacer una revolución, cambiar todo desde las estructuras y luego desde una sociedad más justa buscar el progreso. Era un sueño, nada más. Qué duro despertar y tener que conformarse con un Gobierno Solidario sin transparencia, que se equivoca una y otra vez, que quiere perpetuarse en el poder haciendo campaña desde ya con el dinero de todos.

Qué desesperanza.

martes, 22 de junio de 2010

Mi segundo nombre es controversia




A veces pienso que lo hago sin querer, pero muchas veces me he pillado buscando la controversia a propósito. En otras ocasiones es la consecuencia natural de decir exactamente lo que pienso, que no siempre es lo más aceptado (ser atea me ha traído problemas, así como mis ideas sobre las drogas, el suicidio, el aborto y otros asuntos por estilo).

Según una persona anónima nunca aprendí a decir “reviro”, lo que sea que eso signifique. ¿Cómo se aprenderá eso? ¿Será que a los 38 años puedo todavía? Y la verdad, no sé si me interesa. Me interesa solamente ser fiel a mí misma, así tal cual soy, quizá exagerada para algunos (“drama queen” a mucha honra). El riesgo siempre es provocar incomodidades y enojos.

Agradezco a quienes me apoyan y también a quienes tienen opiniones diferentes, los respeto a todos. Esto no es una guerra, ni un concurso de popularidad. No soy la mejor escritora, nunca dije que lo fuera ni es mi intención serlo. Tampoco soy la más sabia ni la más “cabrona”.

Solo quiero ser la más feliz de las mujeres y, debo confesar, la mayor parte del tiempo lo soy. La vida ha sido muy buena conmigo, aunque a veces parece que lo olvido.

Mi vida ha sido dura en muchas etapas, pero en la actualidad no me puedo quejar. Como dije en un post anterior, recientes acontecimientos me han hecho pensar que debo rectificar ciertas cosas. Siempre se aprende algo nuevo y siempre siempre se puede mejorar.

Ahora, a seguir en lo mío.

lunes, 14 de junio de 2010

Alux Nahual: ahora sinfónico


No sé cómo explicarlo, apenas me lo pude explicar a mí misma releyendo mis diarios de la adolescencia. La primera vez que vi a Alux Nahual en concierto (en el año del señor de 1988) fue un flechazo en todo sentido. La música, la mística, las letras y el guitarrista me embrujaron. Al más clásico estilo groupie, me dediqué a escucharlos y a perseguirlos lo más que mis 15 años me lo permitían. Supe que había tenido una epifanía de mi futuro al ver Ranferí, que simplemente me hipnotiza (hasta la fecha) cuando está arriba de un escenario.

No es mi intención analizar la importancia de Alux Nahual en la música de Guatemala, pues es de sobra conocida. Sus composiciones son un logro, son parte importante del rock nacional, así como de nuestra identidad. Su público abarca a personas de toda edad (de los 10 a los 60, sin mentir).

Su brillante carrera, que se dio por finalizada oficialmente en 1999, es lo que me propongo contar en un futuro en una publicación. Fueron 20 años de actividad constante, en los cuales fueron verdaderos rockstars regionales, que convocaban a multitudes y vendían como nadie lo había hecho antes (en mi comedor cuelga uno de sus discos de oro). Sus creaciones fueron evolucionando y con cada disco ofrecían algo nuevo y refrescante. Simplemente tienen una historia excepcional, muchos factores se conjugaron para que naciera una leyenda.

Supongo que después de separarse cada quien tenía la ilusión de hacer algo por su lado, atendiendo distintos llamados.

Sus reencuentros han sido muy exitosos y, debo decirlo, tal vez por eso cada vez más frecuentes. Esto hace que la gente se pregunte ¿han vuelto como banda? Ellos dicen que no, pero en la práctica pareciera que sí. Esto produce confusión y no faltan las críticas.

Yo quisiera que sacaran nuevo material, un disco para ver cómo 10 años separados los han cambiado y mejorado. Pero de eso, nada se habla.

Puedo dar fe que alrededor de los miembros de Alux Nahual hay una hermandad difícil de entender y penetrar. Como fan (y ahora más que eso) me gustaría opinar, pero no me atrevería jamás. Muchas personas que han estado con ellos por 30 años no pueden entrar en esa intimidad, menos yo. Yo solo espero, cruzo los dedos, para que sepan manejar esta época de reencuentros y presentaciones sin caer en exageraciones. Que no den razones para que sus críticos los pongan en entredicho.

Este 17 de junio habrá un concierto especial, muy justificado pues cristalizarán su acariciado proyecto de interpretar sus temas junto una orquesta sinfónica. Estoy segura que el resultado será espectacular, ojalá pudieran regalarle a sus seguidores la dicha de tener un disco que inmortalice esta hazaña.

Pero si no hay disco ni nada nuevo, tal vez deberían tomarse un descanso. A riesgo de que me jalen las orejas en mi propia casa, quiero que Alux mantenga esa distancia que caracteriza a las leyendas. Quiero que verlos en concierto sea una ocasión rara, anhelada, esperada.

Además, sus proyectos individuales son muy interesantes y necesitan atención y tiempo. En el caso de Ranferí, lo mantiene ocupado gran parte del año y necesita tiempo para crear más.

Sin embargo, solo ellos saben lo que harán.

viernes, 11 de junio de 2010

Las letras de mi país


Por timidez, cuando me preguntan a qué me dedico, digo que soy periodista. Luego me preguntan en dónde y digo Prensa Libre. Es fácil, agiliza las cosas. Pero en realidad no me siento periodista, me gustaría mucho decir: soy escritora. Sin embargo, la cosa allí se complica: me preguntan ¿cómo así? ¿eso da dinero? ¿qué has publicado? ¿qué tipo de libros son esos? ¿de qué tratan? ¿dónde lo venden? ¿cuánto cuestan? ¿son cuentos para niños? ¿qué publicarás ahora? ¿a quién lees? Son demasiadas preguntas juntas, me provoca ansiedad.

Lo malo es que planeo dejar el periodismo tan pronto como sea posible (mis planes son 3 años). Lo mío, creo, es la literatura. Me encantaría dar clases, charlas, talleres, pero sobre todo, leer y escribir sin límite. Sueña, Jessica, sueña.
El gremio periodístico es de lo más alegre y relajado. Hay de todo tipo de personas y cada día crece más. Hay mucha gente de quien aprender, pero también mucha que simplemente desespera. Me gusta frecuentarlo pero no termino de sentirme parte-de. Mi formación es otra, mi acercamiento al lenguaje es diferente, mi vocación va por otro lado. Cuando no encajo, cuando me siento alienada, cuando me asfixia, suspiro y pienso que mi gremio es otro.

Pero, siempre el pero, el gremio de escritores es no es para nada alegre ni para nada relajado. Hay muchas generaciones, posturas, estilos y “castas” en conflicto. Lo veo cada año que me uno al Consejo Asesor para las Letras para elegir al Premio Nacional de Literatura. Siendo la más joven, mis ideas son ignoradas, mi aporte es un pinche voto, que este año ni pude ejercer por culpa de mi trabajo como periodista (tenía que entregar una nota y no asistí a la reunión).

Que el artista sea único es bueno, que no sea cortado en serie, que pueda dar una visión personal. Pero eso precisamente hace que todos crean que tienen la razón. Es un caos.

Pero además, hay demasiadas personas supeditadas a compromisos extra literarios. De amistad, políticos, pasionales, económicos, incluso, de odio.

Cada quien le reza a su santo y mientras nos vamos quedando sin buenos escritores a quien premiar. La consigna es seguir dando el premio a quién sea, aunque no llene el perfil. Mientras la gente, el pueblo, ni se entera ni le importa.

Sábato tiene razón cuando habla que las capillas y grupos literarios son un peligro para el verdadero escritor. La soledad es mejor, la vida, la calle, las lágrimas, la sangre, la risa.

Quién pudiera romper con todo y con todos, nada bueno puede venir de la conveniencia y de la condescendencia. Debo volver a mis orígenes, eso es imperativo. Quisiera renunciar del Consejo, pero eso también es ceder un espacio. Qué difícil decisión.
Por lo pronto, si alguien me pregunta a qué me dedico, creo que ahora diré: a veces existo, a veces escribo.