viernes, 3 de septiembre de 2010

El portal místico


Cada mañana te dejo frente a una gran pared azul que en medio tiene una pequeña puerta que te traga. Parece un gigante devora niños, que van llegando uno por uno. Tú apenas puedes con tu mochila de Lazy Town de rueditas y siempre vas arrastrando tu lonchera. Te dejo al inicio de los tres escalones que te llevan a dentro.

Con una sonrisa nerviosa, me subo a mi carro mientras tú me dices adiós de lejos. Luego te subes a tu vida de niño preescolar, te enfrentas a 4 horas lejos de tus papás, de tu casa, de tus cosas. No vas precisamente feliz, sino inquieto, curioso.

Nunca lloraste para ir al colegio. Yo sí me conmoví la primera vez que te entregué, no tenías ni 3 años. Ese día de octubre, viste un segundo hacia tras y luego entraste seguro. Todavía no ibas al baño pero me pareciste realmente un hombrecito en miniatura enfrentando lo inevitable, el curso de la vida.

A veces creo que soy la peor mamá del mundo. Me imagino que las maestras me tienen por distraída y algo indiferente, que las otras madres me miran sin poder comprender por qué no me quedó más tiempo en el colegio para ver cómo entras, para darle indicaciones a la miss, como ellas. Siempre falto (faltamos) a las actividades por culpa de mi trabajo. Apenas me conocen en el colegio, solo saben que soy la que no mandó las plumas de colores a tiempo para el día de Tecún Uman, la que no logra ponerse al día con la colegiatura, la que no manda regalitos para los otros niños y mamás en ocasiones especiales.

Pero tú, oh sí, tú me amas sin ninguna condición. A pesar de que demasiadas veces llego con cara de pocos amigos y encima me pongo a teclear en la “tototota” (así le dices a mi computadora) mientras tú me explicas con tus divertidas palabras y muchos gestos lo que has jugado, lo que has aprendido. Tú me amas sin importar que a veces te duermas esperándome.

Hace poco estuve segura, cuando al irte a dejar, decidí entrar al colegio para hablar con tu maestra sobre un cartel que hicimos. Tú no lo podías creer, tu carita estaba radiante, con una sonrisa luminosa. Cuando entramos a tu clase, me enseñaste dónde dejas tus cosas y dónde te sientas. Y mientras yo hablaba con la miss, me mirabas orgulloso, como diciéndoles a tus pequeños compañeritos “hey, miren, ¡es mi mami!”.

Nadie me había amado así jamás, a pesar de mis defectos, de mis metidas de pata, siempre, siempre, pero siempre estás feliz de estar conmigo. Tomado de mi mano eres capaz de ir a cualquier lugar sin miedo.

Yo solo espero llenar tus expectativas, hacer un decoroso papel. Gracias a ti, Manu, mi principito, la vida, el mundo, tienen un futuro. A través de tus ojos traviesos todo se ve mejor, nuevo.

6 comentarios:

Wendy García Ortiz dijo...

No te digo que "no te preocupés" porque te malaconsejaría... pero sí te puedo recordar que a nuestras madres, a pesar de tantas cosas, las amamos con locura :o)

Qué linda carta. Ojalá la lea cuando esté grandecito.

David Lepe dijo...

qué precioso.

Engler dijo...

Precioso! Precioso! Precioso!

tototota! genial!

André dijo...

Como papá, me siento identificado. Y también me regresa a mi infancia. Qué lindo Jessica.

Villacinda_ dijo...

A veces uno tarda en darle valor a ciertas cosas. Así funciona, lo inevitable es que todo lo que hagamos o dejemos de hacer tiene sus consecuencias.

Sin embargo aún hay tiempo... (espero)

TATIS dijo...

HOy si me hiciste llorar... mi admiracion Masaya.. aun sigues alli. (clau)