lunes, 18 de enero de 2010

Te extraño


La primera vez que nos vimos creo que no nos caímos bien. No podía haber dos mujeres más diferentes entre sí. Ella era una de esas mujeres morenas y “frondosas” (con curvas por todos lados), alta y alegre. Divorciada y terminando los 30s, sin vicios ni vida nocturna.
¿Yo? Una veinteañera solitaria, enojada con el mundo y que no le gustaba hablar. Eso sí, bohemia escandalosa. Ella era la trabajadora social de la facultad y yo una reservada secretaria. Pero las circunstancias nos unieron sin querer. Creo que le provoqué curiosidad, quizá no entendía mis ansias de estar sola, de meterme en mi cuchitril a sufrir y a escribir.
Quería ser como Daria, en todo sentido. Las convenciones sociales y las pláticas superfluas me caían mal. Era los 90s, la época del grunge, de usar maquillaje pálido y camisas grandes. Quería vivir en mi encierro escribiendo nada más, lejos de todo.
Sin embargo, ella se esforzó por sacarme de mi hoyo. Ella que vivía rodeada de gente y tenía amigos por montón, tal vez pensó que yo necesitaba ayuda. Me fue ganando con su gran corazón, y sus chistes subidos de tono.
Le agarré tanto cariño. Admiraba su facilidad de relacionarse con los demás, su gran corazón para ayudar a los otros, su forma de ver la vida con tanto optimismo.
Ella se reía más alto y más frecuentemente que yo, pero su vida no era fácil. Tenía que sacar adelante sola a tres hijos, la menor con una enfermedad muy seria. Aún así vivía plenamente, sin lamentarse, y todavía les alegraba la vida a otros, a mí. Yo tenía más problemas imaginarios que reales (lo más un corazón roto cada tanto).
Antes de ella, yo era definitivamente tímida, antisocial, rara. Era incapaz de entrar con soltura a un lugar y saludar a todos. Ella me enseñó eso y más, a tomar la iniciativa, a preocuparme por los demás, a acercarme a ellos genuinamente. Muchas veces, ahora que soy periodista, me sorprendo usando sus “técnicas” para tratar con la gente. Las técnicas de una verdadera trabajadora social.
Y mi vida nunca más fue igual. Conocí de cerca de toda esta gente que miraba pasar a diario y a quienes no les prestaba atención, a pesar de participar en marchas y manifestaciones donde aseguraba estar de lado “del pueblo”.
Me acerqué a todo tipo de personas. Conocí sus sueños, sus inquietudes, sus problemas, sus retos diarios. Hijos enfermos, esposos infieles o ausentes, enfermedades, dramas, deudas interminables, sus corazones solitarios, su inocencia y también algunos de sus vicios. La gente se sorprendía de ver a esa pálida presumida de pronto en sus cumpleaños, baby showers, despedidas de solteras, bodas, funerales, graduaciones, convivios. Al principio lo hacía por ella, pero luego me gustó. Dejé de ser tan hermética y pude conocer mejor al mundo, a la vida.
Ella realmente me escuchaba. Me tuvo tanta paciencia y me aguantó largos lamentos, así como historias de felicidad y éxtasis. Quizá ella así también pudo conocer otro mundo, más oscuro, el mío. Fue mi segunda mejor amiga, la última. Lo más parecido a tener una hermana. O más, una mamá postiza que era mucho más comprensiva que la propia. Durante casi 10 años fue mi consuelo en horas difíciles (literalmente me dio de comer cuando no tuve), mi compañía, mi alegría (es super chistosa), mi escuela para ser más normal, más social.
Me enseñó a ser menos pudorosa (antes de ella yo no hablaba de ciertos temas ni me desnudaba delante de nadie ni en el sauna), a llamar a las cosas por su nombre.
Cuando me fui de la facultad para irme a Siglo Veintiuno me hizo una despedida donde lloré como niña. Sabía que, conociéndome, ya con la distancia sería la peor amiga del mundo. Dos años después, cuando quedé embarazada me dio un gran apoyo (que no me dio mi mamá) y me organizó un baby shower, mi propio baby shower. A partir de allí, todo lo que había aprendido junto a ella acerca de la vida real, empezó a significar tanto, a tener tanto sentido.
Hoy, más de 4 años después, casi no sé de ella. La llamé y hablamos un buen rato hace como dos meses, prometimos más llamadas, correos electrónicos, fotos, pero nada.
Quizá ya la perdí, quizá fue mucho tiempo de abandono. Quizá está muy ocupada. Quizá tiene a otra amiga con quién compartir largas horas.
Es que hemos cambiado tanto, nuestros horarios son tan diferentes. Pero, igual, me dio nostalgia hoy. Silvita linda, te extraño.

2 comentarios:

Ana dijo...

Que lindo mensaje. Qué bueno que le hayas expresado a tu amiga lo que sientes. Denota que eres un ser humano sensible. Te comento que cuando lei tu mensaje de megapaca pensé que eras muy diferente (fría) pero ahora que he leido varios de tus mensajes como en donde hablas de tu hijo y de tu pareja veo que eres muy diferente a la primera impresión que tuve de ti. Eres un buen ser humano.

J M dijo...

Gracias!!!! qué bonito regalo me has dado hoy, ojalá vuelvas por acá más seguido. Un abrazo!!!