martes, 26 de enero de 2010

Estallido contra los hombres "sabios"


Hace poco estaba en una galería de arte con mi pareja y se nos acercó un hombre, yo digo que mayor de 60 años. Sudamericano y, según él, artista.

La verdad, lo dejamos en nuestra mesa por cortesía porque no lo conocíamos bien. Lo cierto es que la plática se fue poniendo tensa, incómoda. Es uno de esos señores que creen que cuando hablan están dando misa, que todos deben callarse y asentir. Los dueños de la verdad. Yo intentaba hablar, decir mi opinión (de la situación nacional, del feminismo, del arte), pero el se reía (sí, ¡se reía!) de mis opiniones. Me hizo sentir mal, pero más que eso, me recordó otras amargas situaciones parecidas.

Entonces, estallé. El pobre no se imaginaba la furia que iba a desatar, ayudada por unos vinos y unos argumentos como los suyos. Le dije que era insoportable y que no me interesaba seguir platicando con él. Me paré y al tratar de alejarme él nos siguió y trató de remediar la situación.

Le aclaré que estaba harta de que ciertos hombres, mayores todos, crean que una mujer no tiene derecho a una opinión. Con todavía más cólera, le dije que ya no soy una jovencita y creo que algo he aprendido de la vida. Una de ellas, a no seguir aguantando a la gente “de antes”.

Se quedó frío, pero seguía siguiéndonos. Le dije que había tolerado alguna vez al cineasta padre de un buen amigo y a un Premio Nacional de Literatura, por razones de aprecio y admiración, pero no iba a tolerar a nadie más. A nadie.

Nuestro parnaso de artistas está lleno de hombres así, muchos ya han muerto y otros andan por allí todavía adoctrinando o peleándose con todo el mundo. Los respeto, pero ellos también deberían aceptar la opinión de otros y, sobre todo, de otras.

En especial, admiraba a uno. Me leí cada libro suyo varias veces, para mí era el modelo a seguir. Sin embargo, cuando lo conocí me trató como chancleta vieja. Era muy joven yo, no conocía a este tipo de hombres. No lo dejé de admirar como escritor, pero ya me daba cosa acercarme.

Con el paso del tiempo y por cuestiones de trabajo, nos fuimos conociendo un poco. Es una persona difícil, no ganaría un concurso de simpatía pero sí que sabe escribir. Según yo ya no le caía mal, éramos medio cuates, hasta me elogió un cuento (claro, uno que han dicho tiene alguna influencia suya). Sin embargo, unas semanas antes del incidente en la galería de arte, había tenido una situación fea con él. Me trató con dureza y bastante irrespeto en mi papel de periodista en una entrevista pública que le intenté hacer. Todo por cuestionarle el papel de la mujer en sus obras. Su berrinche fue visto en vivo tanto por espectadores de aquí como del otro lado del Atlántico.

Lo curioso es que en ese momento no me enojé. Lo interesante es que me di cuenta de lo cansada de esta situación hasta esa noche en la galería de arte, rematando con ese pobre desconocido.

Mi colega escritor (esssso!) a quien admiro intentó disculparse, creo que en las vísperas de año nuevo. No quise hablar con él. No es rencor, no sé qué decirle. Sin embargo, desde aquí lo disculpo, otros ya recibieron mi desahogo.

4 comentarios:

David Lepe dijo...

Te entiendo. Para que exista comunicación, se debe hablar y ESCUCHAR.

André dijo...

Bravo!

Nicté dijo...

usté que les hace caso y busca su aprobación, ni de mi padre busco yo la aprobación, ¿acaso no es escritora pues?

Leon dijo...

Abundan esos personajes, siempre son machistas y obtusos a morir. Si algo no resisten, es l ninguneo o no encontrar eco en otros para sus boutades.