viernes, 29 de enero de 2010

Sin final feliz


Sin haber sido nunca una fanática de las bodas, ahora me toca escribir sobre cómo organizarlas y también sobre consejos de cómo hacer funcionar un matrimonio. Pero lo que veo es que la mayoría de mujeres se fijan solo en lo primero. En el vestido, el peinado, los zapatos, las flores, los anillos, la fiesta, el banquete, la luna de miel, el ajuar, entre muchísimos detalles más. Para ayudarlas, hay toda una industria dispuesta a complacer todos sus caprichos y así tener una boda de “ensueño”. Eso estaría muy bien si la convivencia también fuera de ensueño, pero no siempre lo es.

He visto a personas esforzarse por tener la mejor boda de la familia o de la colonia para deslumbrar a los invitados. Las gorditas se ponen a dieta y pasan de mal humor y achaques por meses, mientras los hombres solo ruegan a dios que todo termine pronto. Es difícil saber si realmente están disfrutando el fiestón, o están estresados porque todo salga bien, como un show.

Pero la cosa se pone triste cuando regresan de la luna de miel a una realidad llena de deudas y penurias, que le añaden de entrada estrés a una situación nueva. He visto a esas radiantes y flacas novias llorar de desencanto, porque simplemente no contemplaron lo que venía después: para la mayoría una doble jornada de trabajo, pues en esta “transacción” casi siempre el hombre sale ganando (no lo digo yo, lo dicen los sociólogos).

Antes la responsabilidad de la mujer era la casa y los hijos, y los hombres se iban a ganar el pan. Ahora la mujer no solo quiere sino que debe trabajar para poder aspirar a una mejor vida, pero se ve forzada a seguir encargándose de la casa y los hijos. Es decir, el hombre se quitó un peso de encima, pero no está educado para que también comparta las otras responsabilidades.

No es nada gracioso levantarse a las 5 de la mañana a hacer loncheras y desayunos, ir a dejar a los niños, ir a trabajar, regresar a casa cansada a preparar comida, a lavar y planchar ropa, a hacer tareas y esperar a su esposo para “atenderlo”, eso si no le toca hacer el super o mercado, con lo cual todo se le complica aún más.

La flaca y linda novia se va olvidando del gimnasio, del salón, del cafecito al atardecer, de sus planes y sueños. Si encima tuvo la mala suerte de elegir a un machista, verá cómo él sigue teniendo vida social porque, bueno, es hombre. El “ensueño” se sustituye por resignación. “Ni modo, para esto se casa uno”, dicen algunas.

Es por eso que se me ocurre que las bodas deberían coincidir con la vida que tendrá cada mujer casada. Entre más modesta y complicada vaya a ser su vida, más sencillita la celebración para no caer de tan alto. Mejor invertir el dinero (una boda promedio puede costar por lo menos Q50 mil) en algo más útil.

En lugar de poner tanto empeño en el show, mejor deberían elegir más cuidadosamente a la pareja, buscar a un verdadero compañero y tener una relación sana y equitativa.
Casarse entonces sería una fiesta para dos, una cita en donde la pareja se sienta totalmente feliz y a gusto. Firmar ese contratico sin el afán de complacer ni apantallar a nadie.

4 comentarios:

Leon dijo...

Muy de acuerdo vos, vivimos en una sociedad, sobre todo la clasemediera para arriba, que viva inmersa en la forma y para nada le interesa el fondo, o lo que realmente vale de la vida.

...engler dijo...

o mucho mas simple aun.... no casarse.

Xander dijo...

Un amigo me dijo hace tiempo -y yo estoy cada vez más de acuerdo-, que lo mejor no sería celebrar la boda, pues cualquiera puede casarse. En cambio, habría que esperar a ver si la pareja llega al décimo aniversario y entonces tirar la casa por la ventana.

Andrea dijo...

Uno debería elegir a su medio-limón como los buzos eligen a sus "buddies": alguien que sepan que no los va a dejar perdidos cuando cambie la marea.