martes, 15 de marzo de 2016

No quiero que mi hijo llore porque tu hijo lo insulta

Desde que nació mi hijo también nació una sensación nueva para mí, presente cada día, a cada momento. Diez años y cuatro meses de tener una mezcla de preocupación, miedo, ternura y amor (premieteamor). Es difícil de explicar, es la sensación de haber adquirido una responsabilidad descomunal para la cual no sabes si tienes lo que se necesita.

Quizá no todos los padres vivan así, tal vez depende de cada personalidad. En mi caso años y años de vivir para mí misma hicieron que pensar que no podría ni siquiera mantener con vida a una cosita tan pequeña y tan indefensa. Por eso pasé de ser despreocupada a tomarme muy en serio mi nuevo papel.

Por unos seis años, dormí con una oreja “encendida”, cualquier ruido en el monitor me hacía brincar como un resorte en una fracción de segundo. Los primeros años los retos fueron las enfermedades, la alimentación, las travesuras y los accidentes.

Cuando eso pasó llegó una etapa de la cual no tenía idea: la interacción con el mundo exterior. Los primeros años en el colegio se caracterizaron por el cariño y la sobreprotección que mi hijo despertaba en los demás, por ser tan dulce y pequeño. También tuve que soportar que otros niños le introdujeran a cosas que yo le había ocultado, como las chucherías y las gaseosas, e incluso le compartieran alguno que otro “animalito” en su cabeza.

Tener un hijo parecía una oportunidad de poner en práctica los ideales, de aportar en algo a este mundo. De enmendar los errores que habían cometido en nosotros, de corregir el rumbo. Así que nos hemos esmerado en inculcarle lo que creemos lograría ese cometido.

Pero conforme creció las cosas se complicaron pues los niños empezaron a dar a conocer sus personalidades, enriquecidas y también “contaminadas” por los adultos que los rodean. Así como llevan su alegría natural de niños, su curiosidad y compañerismo, también llevan sus prejuicios, la prepotencia y la violencia en la que han crecido. Resultado: como dice la gente, los niños pueden ser crueles, y vaya si no lo son.

Así que de repente, de la noche a la mañana Manuel empezó a ser blanco de burlas y chistes. Y, sí, empezó a retumbar en mi cabeza esa palabra tan mediática ahora, cual peste o epidemia que se quiere evitar: bullying.

Mi hijo, como todos los niños, es especial. Es creativo y se apasiona en extremo por un tema a la vez. Ama los videojuegos y le gusta expresarse con el cuerpo y bailar al ritmo de las canciones que él mismo inventa. No le gustan las actividades deportivas ni violentas. Pero su mayor “problema”, según los otros niños, es que no es tan alto como el promedio. Además, según nos han explicado, todavía es bastante fantasioso e infantil, cada niño crece de diferente manera. No dudo que a veces es difícil de manejar y de persuadir.

No me lo esperaba, en mi ingenua cabeza pensaba que el colegio era su oportunidad de divertirse, aprender y hacer amigos, pues al ser hijo único el resto del día se la pasa acompañado de adultos. Mi ilusión terminó cuando regresó triste y me preguntó por qué era “tan pequeño” que se burlaban de él. Me quedé fría. Busqué mis palabras con cuidado para explicarle la situación, pero no le sirvió de mucho consuelo. 

Me duele solo escribir que ese fue solo el principio, han sido al menos tres años de escucharle con un nudo en la garganta contar todo tipo de insultos e incluso ataques físicos del que ha sido víctima. Pero desde hace unos ocho meses la cosa se ha agravado.

Me toca ser comprensiva y darle un enorme abrazo y un beso, cuando lo único que quiero es llorar y romper algo. Hablamos y hablamos, parece sentirse mejor, cuando vuelve a sus solitarios juegos me escondo para lloriquear y maldecir.

Toca meditar y pedir opiniones a expertos, leer mucho y buscar orientación. Hablar en el colegio no ha dado mucho resultado, al parecer controlar este fenómeno está fuera de su alcance. Es más, insinúan que nosotros debemos hacer algo con respecto a nuestro hijo, dando a entender que él es quien tiene un problema.

Podría escribir miles de palabras para desahogarme acerca de lo inconforme que estoy, como todos, con el sistema escolar, pero no tengo energías. Lo tengo en ese colegio privado (Lehnsen) porque gente que estudió en otras épocas allí nos lo recomendó y porque nos queda frente al edificio pensando que así tendría calidad de vida, pero quizá hemos sacrificado la calidad educativa. 

Otros colegios quizá son mejores en cuanto a la academia pero son religiosos y exageradamente estrictos, dos cosas que no me gustan para nada. Me han hablado de colegios que son buenos pero que están muy lejos y los que realmente me gustan, por sus métodos educativos y por ser más humanísticos, son simplemente imposibles de pagar.

Me siento muy confundida y frustrada. Algunos me dicen que lo que le está pasando es normal, otros que le enseñe a ser igual a los demás incluso en cuanto a la violencia, otros que lo cambie de colegio. También me dicen que vaya a la PDH, a la DIACO y con especialistas. Claro, también hay momentos en que me pregunto a mí misma ¿qué he hecho mal?

La cita “It takes a whole village to raise a child” (yo lo traduzco como “toma un pueblo entero educar a un niño) es cierta, pero en la realidad los padres nos sentimos solos. Ni el sistema de salud, ni de educación funcionan bien, ni siquiera las calles son seguras y la indiferencia es generalizada.

Por otro lado, al ver ciertas conductas me imagino a los niños recibiendo insultos, golpes y indiferencia en sus casas, o presenciándola, por lo que acumulan toda esa energía negativa que luego van a descargar al colegio. Al final son el reflejo de sus familias y de su sociedad. Entonces me doy cuenta que es un problema mucho más complejo que en la práctica es manejado por maestras y personal sin capacitación ni motivación, pues los hacen trabajar largas horas por un sueldo bajo ya que la educación en los colegios es un negocio. Está hechos para rendir ganancias a los dueños principalmente, no para ayudar a formar a seres humanos felices. Porque, eso sí, aunque mi hijo prefiera no salir al recreo para que no lo molesten y tenga temor de ir al baño debemos pagarles hasta el último centavo, incluyendo colegiaturas y otras cosas no precisamente necesarias, como un show de talentos en un teatro alquilado y una cuota para empresarios juveniles.

Duele la impotencia que se siente al darse cuenta que aunque pensemos diferente y queramos educar de otra manera a los hijos, es inevitable estar inmersos en una sociedad problemática donde la calidad de la educación no es una prioridad, menos la felicidad de los niños.
Entiendo que debo dejar que crezca y madure, y que en ese camino son necesarios los golpes y cierta frustración. Sé que hay cosas que no puedo ni debo controlar pero me aterra que se cruce la línea y se llegue a un abuso que traiga consecuencias irreparables.

Lo cierto es que cada tarde lo espero con los nervios de punta, con temor de oír lo que le han dicho o hecho esta vez. No quiero que responda igual, no quiero que sea como ellos, sino que exija respeto y el sistema lo apoye. Pero también quiero que esto termine, que sea feliz. ¿Es mucho pedir?

7 comentarios:

Anónimo dijo...

Me identifico miles con su problema, a mi hija le hacían bulling por tener sobre peso, el colegio no fue capaz de ayudar y a las maestras les podía importar menos que nada. Yo estoy 100% en contra de la violencia y mi primera estrategia fue hablar directo con las mamas de los agresores, algunos ayudaron y otros no, luego hable con el colegio y el resultado fue casi nulo. Por ultimo decidí cambiarla de colegio y ha sido un cambio en la vida de mi hija, es feliz, esta animada y sus notas han subido muchísimo.

J M dijo...

Gracias por comentar y compartir su experiencia, es triste que a pesar que el tema está de "moda" en realidad todo queda en discursos. Me alegra que su hija esté bien ahora, para nosotros cada momento suena más y más como solución cambiar a nuestro hijo de colegio. Le mando un abrazo! :)

Ingrid Reyes (Chapolita) dijo...

Saludos Jessica. Imagino por aquello que pasa tu corazón y el de Manuel. En lo personal ha sido difícil afrontar muchas cosas de la niñez, algunas más fuertes que otras y siendo mujer me parece que la adolescencia fue la etapa más complicada. Te felicito porque te estás preparando y me parece Manuel muy afortunado de tener unos padres que están luchando porque se respeten sus derechos y le muestren cómo defenderse. El paso de los años traerá sus frutos y estos van a ser mostrarte a un hombre íntegro y fuerte. Sigue adelante haciéndote escuchar. Si de alguna manera se te puede apoyar con mucho gusto, cuenta conmigo. Un gran abrazo para ti. (Llévalo a ver Zootopia)

Sonia Flores dijo...

Tiene muchísimo que ver el como los niños son criados en casa, muchas veces los papás los hacen ser crueles, egoístas, les alimentan tanto el ego, que dejan de lado enseñarles a ser humanos, respetuosos y que amen al prójimo, en algunos casos los padres ausentes y no porque no estén sino porque su prioridad es otra, llámese trabajo, u otra cosa, pretenden llenaranja esas carencias con cosas materiales que los confunden y los hacen creerse superiores al resto de la humanidad, por eso insisto que es deber de los padres educarlos, formarlos para que al salir de su bola de cristal acepten que hay chicos diferentes pero igual de humanos, tiene toda la razón al decir que los niños son crueles, y vaya que lo son. Lo que no debiera ser importante ellos lo hacen exageradamente importante, el color de piel, la figura física. Es lamentable que los colegios sean sólo observadores y no estén profesionalmente preparados para enfrentar esta que hoy por hoy es una cruel realidad.

J M dijo...

Es tan extraño, Chapolita Ingrid Reyes con mensajes como el tuyo vuelvo a llorar no de tristeza ni impotencia sino de emoción al sentir el apoyo y el amor. Gracias amiga! es bueno saber que uno no está solo. Te mandamos un gran abrazo! aquí estamos en pie de lucha ;)

J M dijo...

Sonia Flores, gracias por comentar. Sí, es triste que los padres no le pongan atención a esto. Es su responsabilidad contribuir en mejorar este mundo al formar mejores seres humanos. Ojalá gracias a las voces de los inconformes haya cambios, realmente lo espero para beneficio de las futuras generaciones.

Anónimo dijo...

Hay que crear hijos fuertes tanto muujeres como hombres, porque la vida no siempre va a ser como uno la espera. Pero es bueno preparar a los hijos ante cualquier situacion porque nosotros como padres no siempre estamos ahi para defenderlos. Debe de aprender a defenderse solo y no ser tan vulnerable ante cualquier ataque. Porque a quien no lo han molestado en el colegio, esto tampoco es un asunto de muerte. Asi es como se aprende a formar un caracter y una personalidad.