martes, 22 de julio de 2008

La historia de mi vida

Cuando incursioné en el feminismo, mis mentoras desconfiaban de mi apariencia. Ya saben, las feministas no se tiñen el pelo, ni se maquillan, ni se rasuran las piernas ni las axilas, mucho menos se depilan el bigote. Ellas esperaban quitarme todas esas malas costumbres. No lo lograron, pero aprendí de ellas lo importante: soy la dueña de mi vida y nadie se mete conmigo.
En el otro lado, las mujeres que sí se preocupan por su aspecto, se asustan (e incluso se ofenden) por mis pensamientos radicales. Recibo mucho comentarios del tipo de “quién te mira”, “nunca lo pensé de ti”, “mosquita muerta” cuando descubren lo que leo, lo que escribo, lo que pienso, lo que hago. No sé si ofenderme, quizá mi apariencia y mis modales debería ir más acorde con mi interior. Pero adoro los tacones, plancharme el pelo, hacerme las uñas, maquillarme por horas frente el espejo. Así soy, ni modo.
Cuando empecé a trabajar como secretaria, siendo muy jovencita, por muchos años me sentí atrapada entre gente tradicional y políticamente correcta, aunque con doble moral. Debía, porque me lo exigían, vestirme para verme mayor y así inspirar respeto. Hastiada, me dediqué coleccionar amistades con gente más “cool”, de esa que cambia el mundo pero en el proceso escandaliza su entorno. De día oficinista correcta, de noche aprendiz de filósofa y artista.
Fue un alivio ir a trabajar a S21, pero tuve que cambiar todo mi guardarropa de “vieja”. Mis nuevos compañeros eran ésos a quienes frecuentaba de noche en actividades culturales (y etílicas). Ir a trabajar era como juntarse con los amigos. Tiemposh aquellosh. Siempre estábamos en algo nuevo y compartiendo interesantes puntos de vista. Siempre estábamos evolucionando, experimentando y, ciertamente, ir de fiesta con ellos es cosa seria. Claro, en el otro extremo, debo decir que son irreverentes y hasta groseros, aún con sus amigos. Además, no son puntuales ni cumplidos, y la sensibilidad no es precisamente su fuerte.
El problema vino cuando me embaracé y empecé una vida familiar. Ya no podía llevarles el ritmo, y la vida siguió, sin mí. Los supermercados, consultorios pediátricos, visitas familiares y juegos infantiles ocuparon mi vida. No me quejo, es una buena forma de dejar de ser egoísta.
Luego, me cambié de trabajo, y de universo. Ahora solo me queda la apariencia de mamá de mediana edad, y nadie con quien hablar. Al parecer en este periódico eligen a los empleados pensando en el público que lo lee: personas tradicionales. Aquellos que solo quieren vivir tranquilos, hacer bien su trabajo, cumplir con sus creencias religiosas y, quizá, encontrar el amor. Son fabulosos compañeros, son amables, sonrientes, siempre están de buen humor. Si te pasa algo, te apoyan sin pensarlo, te ofrecen todo tipo de ayuda. Eso sí, se van derechito a sus casas luego de un gratificante día de trabajo. Son muy prácticos, dan interesantes ideas para la casa, para la pareja, para los niños, para la cocina.
Sin embargo, no puedo evitar sentirme como una farsante, al ser tan diferente a ellos, y frustrada, al no poder expresar lo que realmente pienso.
Ambos mundos no pueden convivir, sino miren lo que pasó en los comentarios de mi post anterior.

4 comentarios:

Villacinda_ dijo...

Los pasos no se dan en vano, todo y todos cambiamos, lo que no cambia es nuestra esencia.

Es como la ropa que te pones durante todos los días de la semana, al final únicamente sirve para cubrir lo que llevamos dentro, para guarecer nuestro corazón...

Bien tenerte de vuelta, tus letras nos acercan

Bien por eso!!!
Seguimos siendo amigos de bajo mantenimiento. :)

André Gribble dijo...

Lo que pasa es que a la mayoría de la gente le disgusta lo que no puede categorizar fácilmente. Les incomoda. A mí me basta con leer un par de tus relatos y siento que conozco a Jessica Masaya, con todo y sus "contradicciones", o quizas debido a ellas.
Me gusta mucho tu blog, qué bueno que estás escribiendo más. Creo que nunca había comentado, pero ya sabes que soy silencioso. Saludos.

Wendy García Ortiz dijo...

Vos te vas, un día decidís visitar, y en transcurso de la conversación, es como si nunca te hubieras ido.
Yo te entiendo. A mí también me pasó cuando me fui de Siglo 21.
Pero ya ves. Los cambios exteriores que hemos decidido dar, no han modificado lo que realmente somos por dentro.
Con que lo tengás presente y no te dejés envolver en otras chamarras, suficiente!
Un abrazo fuerte.

Claudia Navas Dangel dijo...

te entiendo y me encanta leer tu blog, un abrazo