miércoles, 16 de julio de 2008

Epílogo


(la foto es de Edgar Quisquinay y estamos en la Asociación de Estudiantes de Humanidades por los años 90s).Hoy tuve un extraño despertar. Me resistía a abrir los ojos, cuando el hombre que duerme a mi lado me preguntó si conocía al que salía en el telenoticiero. Enfocando con dificultad la mirada, me di cuenta que habían asesinado al decano de mi querida Facultad de Humanidades, Mario Calderón.
Me levanté de inmediato, e innumerables recuerdos vinieron de golpe a mí con sentimientos enocontrados. Recordé mis años en dicha casa de estudios, que fue mi “hogar” por toda la década del 90. En su mayoría, en esos años pertenecí a un fuerte movimiento estudiantil que ha dado frutos, pues muchos de ellos son los intelectuales que rigen o analizan nuestro país en la actualidad. Pero eso lo contaré otro día.
El hecho es que a mediados de los noventa, años antes de la firma la paz, mi agrupación política tenía la dictadura perfecta: teníamos la asociación de estudiantes, teníamos un representante en la junta directiva de la facultad, uno en el Consejo Superior Universitario y en importantes secretarías de la Asociación de Estudiantes Universitarios, not to mention que la huelga de dolores era cosa nostra. Todo funcionaba como un reloj. Todo menos la decanatura humanista.
El decano, señor obeso que más parecía inspector de camionetas que intelectual, era un verdadero obstáculo con sus ideas oscurantistas. En esos años, el profesor más popular era el pedagogo y defensor de los derechos humanos, Carlos Aldana. Uno realmente deseaba que llegara la hora de su clase, y una vez empezaba a hablar, todos callaban.
Aldana salía en la tele como cara de la ODHA, daba charlas, escribía libros, era puntual, realmente te enseñaba. Cuando se le propuso lanzarse como candidato, aceptó para más felicidad de la muchachada que de él. Era una responsabilidad más, pero la asumía con entusiasmo.
Todo iba bien, hasta que Mario Calderón se lanzó también. Profesor de pedagogía, era famoso por otras razones. Se decía en los pasillos que era muy enamorado, cosa que escuché de labios de dos patojas que vivieron en carne propia sus “cortejos”, a pesar de ser casado. Más de una logró ganar sus cursos luego de salir con él. Yo, que andaba también en amores ilícitos, me lo topé una vez en esos lugares oscuros donde van las parejas que necesitan esconderse. El chaparrito, que bailaba apechugado con su “novia”, solo alcanzó a guiñarme el ojo al ver que mi acompañante era mucho mayor que yo. Luego, en los pasillos de la facultad, me dijo que él no había visto nada si yo tampoco. Me enojé pero tuve que morderme los labios.
Una vez iniciada la campaña para la decanatura, como políticos responsables que representaban a todo el cuerpo de estudiantes, decidimos citar a los dos candidatos para que nos explicaran sus planes de trabajo, para luego decidir a quién apoyaríamos oficialmente. Era obvia nuestra preferencia, pero había que darle el beneficio de la duda.
Carlos Aldana llegó con un documento bien gordo, de muchísimas de páginas, donde explicaba su visión de la Facultad de Humanidades. Nos convenció y hasta conmovió con su entrega, sus ideas hasta quijotescas, su visión de lo que un verdadero humanista es.
Luego llegó Mario Calderón con las manos vacías. El llegó a negociar nuestro apoyo. Nos dijo que si lo apoyábamos tendríamos más recursos para la asociación, becas, viajes, abastos, permisos, casas, carros, sueldos, puntos. Pero y ¿el plan de trabajo? Sin inmutarse dijo que no tenía, que debía saber quiénes lo apoyaban, quiénes estarían de su lado, para luego decidir cosas. Fue un insulto a nuestra inteligencia y a la facultad, así que nos fuimos con Aldana.
Días después empezó una memorable campaña electoral. Trabajamos duro, nuestro grupo se lució y Carlos Aldana hacía malabares para tener tiempo y cumplir con la agenda. Mientras, Mario nos miraba como diciendo “ya van a ver”.
El día de la elección fue triste. No recuerdo los detalles, pero estábamos seguros del fruto que rendiría nuestro trabajo, hasta que…
El parqueo se empezó a llenar de camionetas extraurbanas que traían gente de las extensiones departamentales de la facultad. En la sede central éramos poquitos, pero en el interior había muchísima más gente. Misteriosamente, llegaban, votaban, se les daba de comer y se iban. Así, todo el día.
Mario Calderón ganó y nosotros lloramos. Aunque hubiéramos previsto esta jugarreta, ¿quién tenía tanto dinero para ir a cada extensión y “convencer” a tanta gente y luego traerla? Ni los estudiantes de la sede central, ni el claustro de profesores, ni los profesionales pudieron contra tanta gente.
Claro, nosotros seguimos en la lucha, como la oposición bien clara. Pronto, empezaron los cambios sospechosos, vimos a estudiantes mediocres llegar a auxiliares, y a otros no muy aplicados graduándose gracias a tesis que surgían de la nada.
Pero lo más triste fue cuando, alegando que había muy pocos estudiantes, Mario quiso cerrar la carrera de filosofía. Los 20 pelones filósofos y la asociación tomamos el edificio e hicimos una gran bulla. Nuestras pancartas decían “la filosofía es la cabeza de la universidad, Mario sacó la guillotina”, o algo así. Además, algunos se atrevieron a señalar sus acosos y corrupción. Fue memorable, hicimos que diera vuelta atrás.
Sin embargo, Mario nos sentenció. Dijo que ninguno de nosotros nos graduaríamos mientras él fuera decano. Por algún tiempo lo cumplió, uno de nosotros tuvo que apelar al Consejo Superior Universitario, del cual era miembro, para que se investigara por qué el trámite de aprobación de su tesis era siempre detenido o rechazado.
Con los años las cosas se calmaron y Mario se acomodó. Además, con la firma de la paz las asociaciones y grupos dejaron de tener ideales tan radicales y Mario fue electo dos veces más (no me consta si hizo el truco de los buses), siendo el más antiguo de la Universidad.
Nosotros, los de entonces, maduramos y salimos al mundo real donde aplicamos lo aprendido. Carlos Aldana es uno de los pedagogos más respetados del área, actual vice ministro de Educación y tío de Carlos Peña.
Por eso parece el final de una historia inconclusa, o su epílogo, ver que ayer asesinaron a Mario cuando iba en un carro agrícola con placas oficiales.

3 comentarios:

Leon dijo...

Duro final para una vida que buscó la escalada fácil, el atajo, la jugada de vuelta, el chanchuyo. Lo interesante, la guinda del pastel, es que se haya dado en un ambiente intelectual o intelectualoide. Es increíble pero si uno es largo, es largo donde sea y allí saca raja.

Patricia Cortez dijo...

me hiciste recordar, ya se donde te conoci, una vez que llevaron las latas de cuba libre... que tiempos

Julio Serrano dijo...

Jessica! qué bueno encontrar tu blog!! A mí me tocó la facultad post y2k, y ahi adentro panorama desolador y un tango amargo me tocó, gente linda que conocí, eso fijo, pero la facultad seguro es más q ue un espacio para hacer buenas amistades (el facebook es bastante más efectivo), la muerte de este señor revolvió varias reflexiones alrespecto...

un abrazo