viernes, 12 de agosto de 2011

Party Monster II, los orígenes


(La obra es de Ariel Schmidt, de su serie Tiny vices, Party Monster

De pequeña, no daba muestras de que la monstruosidad fiestera afloraría en ella. A sus padres sí que les gustaba la parranda, no se perdían la ocasión para bailar y beber con vecinos y compadres. Era una barriada popular en donde nadie dejaba a sus hijos en casa, nadie tenía niñeras ni empleadas domésticas, por lo que salían con sus tres hijos a donde les invitaran, a cualquier hora.

Así que en su memoria más tierna guarda el recuerdo de haber ido a muchísimas bodas, 15 años, bautizos, graduaciones y cumpleaños. Algunos tenían lugar en grandes salones, pero otros en salas y hasta patios de vecindad. Los adultos bailaban al compás de la marimba, combo tropical o radiola, los niños iban y venían inventando juegos. Recuerda Las brisas del valle, La traicionera y Carmen como música de infancia.

(Una vez la fiesta tuvo lugar en el patio de una casa que colindaba con la de evangélicos rematados que odiaban las fiestas y el ruido, pero los frenéticos bailarines no paraban en su relajo. Entonces de repente, sin decir agua va, fueron bañados con agua fría por los enojados vecinos. En lugar de darle fin a la bulla, como querían los mojigatos, los fiesteros rompieron en carcajadas y agradecieron la catarata que refrescó el calor que sentían por la bailada. Mandaron a comprar más ron a la abarrotería y la fiesta continuó).

Pero esto no era una parte de una feliz infancia, para nada. Ocultaba muchas cosas que se engendran en la pobreza, el machismo, la ignorancia. Esos alegres fiesteros padecían de alcoholismo, violencia doméstica, abusos, deudas, adulterios, enfermedades y hasta problemas legales. Allí mismo le pareció a ella que esos paréntesis que se abrían con cada fiesta servían como un oasis, una transparente alucinación que los hacía olvidarse de todo.

Aunque se aburría y le daba sueño temprano, teniendo que dormir en sillones o incluso sillas, tenía la oportunidad de espiar a otros, algo que se le hacía fascinante. Las mujeres y sus peinados altos y sus joyas falsas y sus labios pintados. Los hombres con sus corbatas apretadas y sus cabellos con gomina y sus cigarrillos. Vivir otras vidas se volvió una obsesión para ella. Gracias a su febril imaginación, reconvertía en la delgada quinceañera que ya tenía pechos y enamorados, o en la novia ilusionada que lloraba cuando le ponían el anillo. O el graduando que salía lleno de ilusiones a saludar a sus emocionados padres luego de recibir un papel enrollado y en blanco. Muchos se sentían incómodos al ver a esa pequeña niña, pálida e introvertida, observándolos como si viera una película o una puesta en escena.

Con los años, hubo consecuencias graves de esa vida desenfrenada de los padres del barrio. Adicciones, adulterios, divorcios, embarazos no deseados, enfermedades como enfisemas y cirrosis, embargos de casas y carros, niños y esposas abandonados a su suerte. La cara fea de la fiesta también se le mostró tal cual era, la conoció desde allí. Ver a su padre sufriendo de resaca, mientras su madre tronaba los dedos al no tener para ir al mercado, indiferentes ante lo que les sucedía a sus hijos.

(Siempre ha odiado los domingos lluviosos y la música de Credence. Un domingo que llovía y ella ansiaba con toda su alma que aclarara y que la llevaran a pasear, su padre llevaba varios días bebiendo. Ponía una y otra vez ese maldito disco de Credence, Bayou Country, mientras su madre le increpaba su irresponsabilidad, su indolencia, su machismo. Justo cuando empezó a sonar I put a spell on you, el padre levantó la mirada y la posó en su madre. Como si un demonio poderoso se apoderada de él, se levantó y empezó ahorcar la pobre mujer. La niña sintió mucho miedo. Lloraba quedito mientras su madre se ponía azul, los ojos se le desorbitaban. De pronto la mano aflojó y ella cayó al piso.
Pero el demonio no descansó. Cuando empezó The graveyard train, la canción favorita de su roncarrolero padre, nuevamente lo poseyó el odio, la ira. Mientras la lluvia persistía sobre la lámina como un furioso coro de tragedia griega, el padre decidió que la madre se debía ir. Ella aceptó con calma, lo que lo enfureció todavía más. Entonces sentenció que debía irse en ese momento y sin nada, ni siquiera la ropa que llevaba puesta, por lo que se dispuso a desnudarla. La idea de ver a su madre caminar bajo la lluvia desnuda sacó de quicio a nuestra pálida niña, que se escondía detrás de un mueble deseando tener fuerzas poderosas, o poder hacer magia, o evadirse con un trago como lo hacían los adultos.
La pelea fue intervenida por los vecinos, que ni cuenta se dieron que ella estaba acurrucada en un rincón.
Hasta el día de hoy, se le revuelve el estómago cuando oye a Creedence Clearwater Revival. Si alguien quisiera torturarla, solo tendría que ponerle ese disco en acetato, en un domingo lluvioso).

2 comentarios:

David Lepe dijo...

nuestro país ha crecido siempre junto a la violencia, hay que ser cuidadosos con los que vienen.

Vanessa Núñez Handal dijo...

Hola. Gracias por compartirme tu blog! Por aquí estaré pasando a visitarte. Un abrazo!