martes, 22 de junio de 2010

Mi segundo nombre es controversia




A veces pienso que lo hago sin querer, pero muchas veces me he pillado buscando la controversia a propósito. En otras ocasiones es la consecuencia natural de decir exactamente lo que pienso, que no siempre es lo más aceptado (ser atea me ha traído problemas, así como mis ideas sobre las drogas, el suicidio, el aborto y otros asuntos por estilo).

Según una persona anónima nunca aprendí a decir “reviro”, lo que sea que eso signifique. ¿Cómo se aprenderá eso? ¿Será que a los 38 años puedo todavía? Y la verdad, no sé si me interesa. Me interesa solamente ser fiel a mí misma, así tal cual soy, quizá exagerada para algunos (“drama queen” a mucha honra). El riesgo siempre es provocar incomodidades y enojos.

Agradezco a quienes me apoyan y también a quienes tienen opiniones diferentes, los respeto a todos. Esto no es una guerra, ni un concurso de popularidad. No soy la mejor escritora, nunca dije que lo fuera ni es mi intención serlo. Tampoco soy la más sabia ni la más “cabrona”.

Solo quiero ser la más feliz de las mujeres y, debo confesar, la mayor parte del tiempo lo soy. La vida ha sido muy buena conmigo, aunque a veces parece que lo olvido.

Mi vida ha sido dura en muchas etapas, pero en la actualidad no me puedo quejar. Como dije en un post anterior, recientes acontecimientos me han hecho pensar que debo rectificar ciertas cosas. Siempre se aprende algo nuevo y siempre siempre se puede mejorar.

Ahora, a seguir en lo mío.

lunes, 14 de junio de 2010

Alux Nahual: ahora sinfónico


No sé cómo explicarlo, apenas me lo pude explicar a mí misma releyendo mis diarios de la adolescencia. La primera vez que vi a Alux Nahual en concierto (en el año del señor de 1988) fue un flechazo en todo sentido. La música, la mística, las letras y el guitarrista me embrujaron. Al más clásico estilo groupie, me dediqué a escucharlos y a perseguirlos lo más que mis 15 años me lo permitían. Supe que había tenido una epifanía de mi futuro al ver Ranferí, que simplemente me hipnotiza (hasta la fecha) cuando está arriba de un escenario.

No es mi intención analizar la importancia de Alux Nahual en la música de Guatemala, pues es de sobra conocida. Sus composiciones son un logro, son parte importante del rock nacional, así como de nuestra identidad. Su público abarca a personas de toda edad (de los 10 a los 60, sin mentir).

Su brillante carrera, que se dio por finalizada oficialmente en 1999, es lo que me propongo contar en un futuro en una publicación. Fueron 20 años de actividad constante, en los cuales fueron verdaderos rockstars regionales, que convocaban a multitudes y vendían como nadie lo había hecho antes (en mi comedor cuelga uno de sus discos de oro). Sus creaciones fueron evolucionando y con cada disco ofrecían algo nuevo y refrescante. Simplemente tienen una historia excepcional, muchos factores se conjugaron para que naciera una leyenda.

Supongo que después de separarse cada quien tenía la ilusión de hacer algo por su lado, atendiendo distintos llamados.

Sus reencuentros han sido muy exitosos y, debo decirlo, tal vez por eso cada vez más frecuentes. Esto hace que la gente se pregunte ¿han vuelto como banda? Ellos dicen que no, pero en la práctica pareciera que sí. Esto produce confusión y no faltan las críticas.

Yo quisiera que sacaran nuevo material, un disco para ver cómo 10 años separados los han cambiado y mejorado. Pero de eso, nada se habla.

Puedo dar fe que alrededor de los miembros de Alux Nahual hay una hermandad difícil de entender y penetrar. Como fan (y ahora más que eso) me gustaría opinar, pero no me atrevería jamás. Muchas personas que han estado con ellos por 30 años no pueden entrar en esa intimidad, menos yo. Yo solo espero, cruzo los dedos, para que sepan manejar esta época de reencuentros y presentaciones sin caer en exageraciones. Que no den razones para que sus críticos los pongan en entredicho.

Este 17 de junio habrá un concierto especial, muy justificado pues cristalizarán su acariciado proyecto de interpretar sus temas junto una orquesta sinfónica. Estoy segura que el resultado será espectacular, ojalá pudieran regalarle a sus seguidores la dicha de tener un disco que inmortalice esta hazaña.

Pero si no hay disco ni nada nuevo, tal vez deberían tomarse un descanso. A riesgo de que me jalen las orejas en mi propia casa, quiero que Alux mantenga esa distancia que caracteriza a las leyendas. Quiero que verlos en concierto sea una ocasión rara, anhelada, esperada.

Además, sus proyectos individuales son muy interesantes y necesitan atención y tiempo. En el caso de Ranferí, lo mantiene ocupado gran parte del año y necesita tiempo para crear más.

Sin embargo, solo ellos saben lo que harán.

viernes, 11 de junio de 2010

Las letras de mi país


Por timidez, cuando me preguntan a qué me dedico, digo que soy periodista. Luego me preguntan en dónde y digo Prensa Libre. Es fácil, agiliza las cosas. Pero en realidad no me siento periodista, me gustaría mucho decir: soy escritora. Sin embargo, la cosa allí se complica: me preguntan ¿cómo así? ¿eso da dinero? ¿qué has publicado? ¿qué tipo de libros son esos? ¿de qué tratan? ¿dónde lo venden? ¿cuánto cuestan? ¿son cuentos para niños? ¿qué publicarás ahora? ¿a quién lees? Son demasiadas preguntas juntas, me provoca ansiedad.

Lo malo es que planeo dejar el periodismo tan pronto como sea posible (mis planes son 3 años). Lo mío, creo, es la literatura. Me encantaría dar clases, charlas, talleres, pero sobre todo, leer y escribir sin límite. Sueña, Jessica, sueña.
El gremio periodístico es de lo más alegre y relajado. Hay de todo tipo de personas y cada día crece más. Hay mucha gente de quien aprender, pero también mucha que simplemente desespera. Me gusta frecuentarlo pero no termino de sentirme parte-de. Mi formación es otra, mi acercamiento al lenguaje es diferente, mi vocación va por otro lado. Cuando no encajo, cuando me siento alienada, cuando me asfixia, suspiro y pienso que mi gremio es otro.

Pero, siempre el pero, el gremio de escritores es no es para nada alegre ni para nada relajado. Hay muchas generaciones, posturas, estilos y “castas” en conflicto. Lo veo cada año que me uno al Consejo Asesor para las Letras para elegir al Premio Nacional de Literatura. Siendo la más joven, mis ideas son ignoradas, mi aporte es un pinche voto, que este año ni pude ejercer por culpa de mi trabajo como periodista (tenía que entregar una nota y no asistí a la reunión).

Que el artista sea único es bueno, que no sea cortado en serie, que pueda dar una visión personal. Pero eso precisamente hace que todos crean que tienen la razón. Es un caos.

Pero además, hay demasiadas personas supeditadas a compromisos extra literarios. De amistad, políticos, pasionales, económicos, incluso, de odio.

Cada quien le reza a su santo y mientras nos vamos quedando sin buenos escritores a quien premiar. La consigna es seguir dando el premio a quién sea, aunque no llene el perfil. Mientras la gente, el pueblo, ni se entera ni le importa.

Sábato tiene razón cuando habla que las capillas y grupos literarios son un peligro para el verdadero escritor. La soledad es mejor, la vida, la calle, las lágrimas, la sangre, la risa.

Quién pudiera romper con todo y con todos, nada bueno puede venir de la conveniencia y de la condescendencia. Debo volver a mis orígenes, eso es imperativo. Quisiera renunciar del Consejo, pero eso también es ceder un espacio. Qué difícil decisión.
Por lo pronto, si alguien me pregunta a qué me dedico, creo que ahora diré: a veces existo, a veces escribo.

miércoles, 12 de mayo de 2010

De cómo conocí al Tecolote


Ah, el Tecolote, el famoso Arnoldo Ramírez Amaya, a veces me hace sentir incómoda con las cosas que me dice y cómo me trata. Supongo que no soy la única. Aquí les comparto la entrevista que le hice cuando lo conocí, hace unos 3 años.


“Quiero quitarme de encima la mala fama”

Por Jessica Masaya - Guatemala, 25 de febrero de 2007

Con renovada energía, el artista guatemalteco Arnoldo Ramírez Amaya inicia una nueva etapa luego de 20 años de aislamiento.

La reputación de Arnoldo Ramírez Amaya es la de un genio caprichoso que es huraño con la gente. O era. Porque el rumor dice que desde hace casi un año, Arnoldo Ramírez Amaya ha salido de un exilio autoimpuesto. Se comenta que atrás quedaron sus correrías (hoteles incendiados, visitas a las cárceles, etc.) “No puede ser tan terrible entrevistarlo”, pienso.

Agarro camino porque no he podido comunicarme por teléfono; la renuencia del artista ante la tecnología es también legendaria. El hotel donde vive (limpio, luminoso, bien atendido), de entrada denota que es el hogar del Tecolote, pues sus obras lo anuncian por doquier.

Nervios. ¿Cómo le hablo para pedirle la entrevista?¿Le digo ‘maestro’, lo llamo por su nombre o por su legendario apodo? Llego al final del último pasillo, que tiene una magnífica vista del centro histórico, y toco la puerta. Unos segundos después estoy frente a un hombre de más de 60 años, desnudo. Por alguna razón, los nervios se esfuman.

Los dominios del Tecolote
En el documental El pájaro sobreviviente, del guatemalteco Luis Urrutia, Ramírez Amaya explicó que su costumbre de andar desnudo es porque así se siente más limpio. Así es que no hay malicia ni maldad en su actitud, es un Tecolote en su hábitat natural.

Uno de los trabajadores del hotel donde vive el artista, don Ceferino, me cuenta que el inquilino más famoso ha cambiado. “Antes no nos dejaba dormir porque salía a cada rato todas las noches. Ahora se dedica a trabajar”, afirma. También me comenta que ya no se niega a recibir visitas.

A pesar de las cosas negativas que se han regado por ahí acerca de Ramírez Amaya, es un imán para muchos. Don Ceferino recuerda que cuando sucedió el incendio del hotel donde vivía antes, del cual salió desnudo, apenas cubierto por una sábana, el pintor lo perdió todo. “Pero ese mismo día el dueño de este hotel lo trajo y le compró ropa. Luego, la gente que lo quiere le trajo de todo en cajas que se amontonaban”.

En la segunda visita al santuario del Tecolote, su puerta está abierta. Adentro, el Tecolote da los últimos toques a su arreglo. No, no es un fantasma ni un cadáver como lo han descrito. Recién bañado, se ha puesto unos jeans amplios con tirantes de colores. Luego de amarrar sus botas estilo militar, nos saluda con aparente formalidad, mientras sus ojos brincan de un lado a otro. Hay cierta galantería en sus maneras. Tiene ganas de hablar.

Honestidad; ante todo
En realidad es de madrugada para él, pues suele despertar a eso de las 3 ó 4 de la tarde. Luego de platicar con nosotros, irá a desayunar. Enciende un cigarrillo y me menciona su crisis de 20 años, pero luego parece repensar lo que dijo.

“Bueno, en realidad fue una larga parranda; no sé cómo la aguanté”, dice más para sí mismo. Apenas hace un año era diferente su vida. Entregado a la cocaína y el crack, el mundo parecía no importar para él.

Esta dura etapa empezó cuando secuestraron a sus hijos que criaba solo, a mediados de los años 80. “Pensé que era la represión que me daba donde más me dolía, pero luego descubrí que la mamá de los niños se los había llevado, ayudada por su marido”, recuerda con rastros de amargura.

En esa misma época le descubrieron un tumor en la cabeza y le daban poco tiempo de vida; además, murió su papá y una gran amiga se suicidó, sin mencionar una gran pérdida económica.

“Lo peor que uno puede hacer en la vida es el ridículo”, dice para justificar lo que dirá después. “Estar senil o gravemente enfermo es ridículo. Yo me voy a morir el día que yo quiera”, afirma.

Así es que decidió acabar con todo; empezó a ingerir mucha droga, esperando el momento más indicado para darse un tiro. Pero en lugar de matarlo, ahora cree que la cocaína le ayudó a aguantar la situación; además, el tumor desapareció como por arte de magia cuando sus hijos aparecieron, 10 años después, en Suiza.

No se arrepiente
Ya recuperado y feliz de saber que sus hijos estaban vivos, Ramírez Amaya se dedicó a vivir de fiesta. “Estuvo alegre”, comenta divertido. “No he visto a nadie salir de esto con vida”, asegura. A pesar de la autodestrucción y el aislamiento, nunca dejó de trabajar. Tristemente, mucha de la obra que hizo se quemó en el hotel anterior. A pesar de los problemas, el Tecolote afirma que estos 20 años fueron un viaje muy importante en su vida.

Ver el documental El pájaro sobreviviente y volver a ver a sus hijos lo cambió. “También el enfrentamiento con el pasado a través de la filmación de Urrutia me ayudó a tomar la decisión de salir del encierro. La gran conclusión a la que llegué es que todavía tengo más que hacer en este mundo”, explica con seriedad. Ramírez Amaya es un hombre lúcido que habla deprisa, pero es un buen conversador. Su mirada, a veces más exaltada por el tema, acapara de inmediato al interlocutor.

Pero este cambio no ha vuelto conservador al Tecolote, para nada. “Lo malo de las drogas es que están en manos de criminales y no de intelectuales”, dice seguro. “Los artistas viven de manera diferente. Uno no elige ser artista, sino que se nace y luego se acepta dicho destino”, explica. “El laboratorio del artista, su conejillo de Indias, es él mismo. Así logra hacer experimentaciones importantes, en su cabeza”, señala, refiriéndose a la experimentación con sustancias ilícitas.

Nuevo plumaje
Ramírez Amaya se dio cuenta, quizá de la manera más difícil, de que no es nada sencillo salir de las drogas. No tuvo problema para moderar la bebida años atrás, cuando decidió aprender a beber para no hacer pasar malos momentos a su ex esposa, la escritora Ana María Rodas. “Pensé que podía hacer lo mismo con las drogas, pero no fue así”, afirma.

Con mucho esfuerzo logró rehabilitarse, pero no por medio de los métodos tradicionales. “No tengo un pelo de tonto”, asegura. “No me veo metido en reuniones ni respetando reglas. Ahora no me hacen consumir por nada del mundo”, declara convencido.

Advierte que en este resurgimiento, su círculo será el mismo que cuando estaba confinado. “No cualquiera entra aquí, mi círculo es muy cerrado, mi círculo soy yo”, dice, y nos hace sentir honrados. “La soledad no me molesta”, confiesa, mientras prende otro cigarro.
No obstante su inclinación solitaria, la gente lo busca, incluidos muchos jóvenes, quienes lo entusiasman. “Para mí es muy importante que ellos entiendan mi obra; eso quiere decir que no fallé”.

Además de una nueva energía, de esta ida y vuelta a la locura durante 20 años, le quedó un hijo que ahora tiene 3 años. Sin embargo, nuevamente, por azares del destino, le fue quitado de su lado. El tema de la paternidad parece ser algo inconcluso en su vida. “Me encantan los niños”, afirma con disimulada tristeza.

Basta de mala fama
Usted podría pasarse escuchando pasajes de la vida de Ramírez Amaya por horas y horas. La historia de sus 62 años de vida a veces, en algunos episodios, parece más una increíble película. Sus viajes, sus aventuras, sus parrandas, sus desgracias, sus batallas, le han dado una sabiduría “buena nota”, como diría él.

Además de convivir con los más grandes intelectuales y gente de sociedad, ha tenido nexos con todo tipo de personas, incluidos personajes del hampa y el bajo mundo. Todo ha sido una escuela que lo hace la leyenda que es hoy. El pintor no quiere romper con el pasado, pues lo recuerda como si fue ayer, y con cariño. Acepta, sí, que ya era un cadáver que casi nadie veía, pues se encerraba. En cambio ahora tiene ganas de salir, de exponer, de publicar, de vivir.

Olvidando que vivimos en horarios diferentes, Ramírez Amaya nos invita a desayunar a las 5 de la tarde; pero debemos declinar. Para finalizar, nos dice: “También quiero quitarme de encima la mala fama”, mientras que en sus ojos brilla ese genio que pocos poseen. Cual ave fénix, este Tecolote quiere resurgir de sus cenizas.

En pocas palabras
Don dinero
“Nunca he tenido problemas de dinero. Pago la renta y la comida usando dibujos, ¿por qué no? No me cuesta, me gusta, me salen bien y me pagan bien…”

Exageraciones
“Nunca me engañé; la gente tiene una mala imagen de mí. Sin embargo, las cosas han sido corregidas y aumentadas por los mismos artistas. En realidad, yo nunca perdí la dignidad”.

Sobre los vicios
“No niego que soy vicioso: del arte, de la vida, del amor, de mi trabajo, de la revolución. Si su vida, su trabajo no es un vicio, mejor búsquese otro. Ahora mi parranda es mi trabajo”.

De su gremio
“En la literatura sí tengo amigos, pues no me junto con mis colegas porque los pintores son muy tontos. Creo que la razón podría ser que en la plástica se puede tener éxito muy joven”.

Más de treinta años después
El próximo 28 de febrero la Editorial Del Pensativo presentará la primera edición guatemalteca de Sobre la libertad, el dictador y sus perros fieles, prologado por Gabriel García Márquez, que originalmente se imprimió en México.

Según Ramírez Amaya, eventos mundiales como la invasión a Iraq, por ejemplo, hacen que este libro siga vigente. Otros textos que ha publicado el artista son El cantar del tecolote y El pájaro sobreviviente; los tres mencionados con su estilo único, conocido como poesía gráfica.

martes, 4 de mayo de 2010

Si quieres ser madre


Ahora todo es sobre las mamás aquí, las mamás allá, claro, con fines consumistas (hoy vi un anuncio de ¡botes de basura! para mamá, si me regalaran uno haría una rabieta...) Pero ¿por qué todo tiene que ser tan cursi? ¿Por qué dan por hecho que todas las mamás somos como Tuti Furlán? (que es simpática y buena en lo que hace pero empalaga con su rollo de mamá).

Este post es para mis amigas solteras, treintonas en su mayoría, que me han dicho que quieren tener un hijo. Quiero que mi humilde opinión contraste con todas esas otras que les pintan un paraíso lleno de arcoiris y olor a flores frescas.

Definitivamente, algo cambia en uno cuando se es mamá, uno tiene los sentimientos a flor de piel. Debe ser algo hormonal, algo que le asegura a la naturaleza que la mujer no será indiferente ante los llantos de la cría hambrienta. Pero hay que controlarse un poco, por favor.

A diferencia de épocas pasadas, nadie nos obliga a tener hijos. Es más, no tenerlos se está volviendo una tendencia cada vez más aceptada. Para tomar tal decisión, traer a un hijo al mundo, hay que tener mucha información por adelantado, creo que eso puede ayudar.

Yo no tenía idea a lo que me metía. Mi caso era difícil porque además de ser una persona poco hogareña, adoraba la soledad, ésa que sirve para escribir, para leer, para llorar, para ver las estrellas, para rascarse el ombligo.

Opino que la vida se trata de una etapa tras otra. Cada una hay que vivirla, disfrutarla, agotarla y seguir adelante. Muchos llegan a los 30 y no tienen idea de qué se trata la siguiente etapa. ¿Casarse, tener hijos, enganchar casa propia, viajar, sacar maestrías, tener independencia económica poniendo un negocio, abrazar una causa, unirse a un culto?

Para quienes deciden que lo lógico es reproducirse, casadas o no, puede ser un aterrizaje forzoso en la realidad y, a veces, catastrófico. Y no hablo del aumento de peso, las estrías y los pechos caídos (pura vanidad), hablo de un cambio drástico en tu vida.

Yo no era precisamente una persona responsable ni organizada. Al terminar la universidad, después de las obligaciones laborales era ¡libre! Ese tiempo propio es el tesoro invaluable de una mujer profesional y soltera. Puede tomar clases de salsa o mécanica, puede ir a degustar vinos o pasteles, puede ir al cine con las chicas o a ver un partido con los amigotes, puede ir a las tiendas a comprar su nuevo sexy outfit ó a una conferencia sobre el calentamiento global. O simplemente, sentarse en un parque a ver pasar a la gente (por ejemplo a despeinadas madres que corren tras sus traviesos hijos) o ir a pasar una velada romántica y tranquila con su hombre.

Muchas, yo no tanto, invierten una importante cantidad de tiempo y dinero acicalarse en salones y otros lugares para ese fin. No les miento cuando les digo que hay mujeres que nunca se cortan las uñas ellas mismas, y no pueden vivir tranquilas si el vello púbico está más crecido de medio centímetro. Otras son clientas habituales de salones de belleza donde las cepillan o planchan dos o tres veces por semana.

Las menos vanidosas y más intelectuales, también invierten su dinero y su tiempo en placeres envidiables, viajes, restaurantes, obras de arte, libros, conciertos, teatro.

Su vida es cómoda, ganan para ellas mismas, tienen comodidades y libertad.
Pueden hacer planes de un minuto para otro, gastar en algo inesperado pero que siempre han deseado. No le piden permiso a nadie, son el orgullo del género.

¿Por qué tan dichosa criatura desearía “sentar cabeza”? Yo culpo al reloj biológico y a la publicidad (y a Tuti Furlán). De pronto se emocionan cada vez que están cerca de una mujer embarazada o ven un anuncio de Huggies en la tele. Y es que el tic tac es coreado por los medios de comunicación y nuestra cultura tradicional que piensa que hay algo malo en una mujer que no desea un hogar e hijos.

Muchas de ellas deberían desoír esos cantos de sirena y tomarse las cosas con calma. Un hijo no es la cereza en el pastel de una vida perfecta, por el contrario, puede poner de cabeza ese mundo que tanto les costó.

Haber tenido una o cincuenta mascotas no cuenta como experiencia previa para ser madre, para nada. Sobre todo los dueños de gatos, como yo, que son tan independientes y egocéntricos. Supongo que aquellos amos de perros que van al doctor cada 6 meses y al grooming cada fin de semana tal vez tienen más experiencia en eso de cuidar a otro ser vivo, pero no se puede comparar. Jamás.

Las candidatas a mamá tal vez deberían pedir que les den uno de esos muñecos que tratan de desmoralizar a las adolescentes de meter las patas, pero tampoco sería suficiente. Mejor sería tal vez visitar a una amiga o familiar que acaba de tener un bebé, quedarse unos cuantos días. Estar allí en los desvelos de la madre y los vómitos, cólicos y fiebres del niño, ayudar a sacarle el aire. Pero aún esto no se compara porque esos fluidos, gases y llantos vendrán de alguien que no es carne de su carne, pero al menos se asomará un poco al prodigio de estar al servicio de un tirano en miniatura que babea todo el tiempo, pero que al reír hace llorar de emoción a la ojerosa mamá.

El factor asco también es importante. Si alguien no soporta ver de cerca la diarrea acuosa y los vómitos en chorro, debe pensarlo bien. Además hay que perderle el miedo a procedimientos nunca antes considerados, como poner supositorios o sacar un pedazo de alimento de la garganta de un niño que se ahoga.

De pronto, todo debe ser funcional y seguro para el pequeño. El carro debe tener un asiento especial y en la casa hay que desaparecer cualquier cosa que pueda parecer peligrosa, así como todo lo que pueda ser alcanzado y destrozado (que puede ser tu posesión más preciada y valiosa). Además todos enseres deben ser de colores oscuros y de fácil limpieza. Tu adorado apartamento de soltera se transforma completamente.

Otra mala noticia: no más tiempo libre. Una mamá no descansa, aunque tenga a una au pair a su disposición (aunque lo más común es que esté sola), su mente estará alerta siempre, aún dormida. Además, los niños no saben de estrés ni de horas inhábiles ni de fines de semana largos. Levantarse tarde se vuelve un recuerdo lejano, así como tirarse en el sofá por horas a leer o a no hacer nada. Aunque uno regrese a casa arrastrándose del cansancio, el pequeño brincará de felicidad porque mami viene a jugar con él. Punto.

Si hay suerte y una pareja (o mamá) comprensiva, podrá salir con amigas o ir al salón o al gimnasio, pero estará siempre con la sensación de que algo se le ha olvidado, que no le darán bien la medicina al niño, que no le sacarán bien los gases y entonces llorará en la noche, desvelándola … así que no estará tranquila.

Si no hay quien cuide a la criatura, simplemente no podrá salir. Punto. (No faltan las que andan llevando a sus hijos a todos lados y a deshoras de la noche a pasar penas, pero eso no es para nada aconsejable).

Y qué decir de los lugares no aptos para bebés o niños en general. Adiós a restaurantes sofisticados, cafés literarios, galerías de arte y más lugares exclusivos para adultos. No es raro que si uno se aparece en esos lugares con hijo y pañalera al hombro, lo vean a una como maleducada troglodita, y si el niño vomita o hace berrinche, las miradas de reproche no faltarán.

Entonces las salidas se vuelven hazañas para encontrar lugares donde estén contentos los niños, aunque los padres tengan que compadecerse unos a otros por el ruido, las cancioncitas y la mala comida.

Algo que no deja de sorprenderme nunca es cómo los niños pueden cambiar los planes de los adultos en un segundo, con un berrinche, con 39 grados de fiebre, con una diarrea imparable o vómitos a repetición. Las reservaciones, vuelos, comidas y fiestas planificadas deberán ser pospuestos hasta nueva orden.

Y hablo solamente de los primeros años. Luego vienen muchos otros retos nuevos, uno tras otro. A mí todo esto me llena de ansiedad, de miedo, me hace pensar en lo peligroso y feo que es el mundo, en lo poco que puedo hacer para cambiarlo. Me hace cuestionarme todo el tiempo si lo estoy haciendo bien, o si estoy metiendo la pata.

Este viaje que parece insoportable es, irónicamente, un recorrido asombroso por el mundo real. De alguna manera una noche en vela procurando que un niño no se deshidrate y le baje la fiebre te hace ver las cosas desde otra perspectiva. Quienes buscan este nuevo matiz de la vida, que quieren dejar egos y egoísmos afuera de su existencia, lo encontrarán maravilloso. A muchos les sienta muy bien ser padre o madre, les realza su potencial humano, a otros, esto puede volverlos locos.

Pasan los años y uno va disfrutando la vida por medio de ojos nuevos y limpios. Aun con las uñas desastrosas (carcomidas en mi caso), el pelo sin cepillar, sin depilación con cera y con unas buenas libras de más, hay una satisfacción muy íntima al acompañar a una personita en su desarrollo. Una satisfacción, un orgullo.

Y así, procurando que coma bien, que haga sus tareas, que no se resfríe y vaya a todas las piñatas a las que lo inviten, pasarán los años sin que te des cuenta. Entonces estaremos listas para la siguiente estación: los 40 (pero sin canción de Ricardo Ajona ¡por favor!).

Feliz día de la madre en potencia, si te atreves…

viernes, 30 de abril de 2010

De los egocéntricos


Me gusta practicar la empatía, supongo que así me criaron. Soy “amable” hasta con los extraños, me gusta escuchar las historias de los otros. Me interesan sus problemas, ayudo o aconsejo si puedo y me lo piden. A quienes elijo como amigos, los amo a morir y sus problemas se vuelven míos.
Pero la amistad es una calle de doble vía. Ambas personas deben estar interesadas la una en la otra. Es así. Pero me ha pasado demasiado frecuentemente que me topo con personas para las cuales no existe otra existencia más importante que la de ellas.
Ya saben, de esas que empiezan todas sus intervenciones con la palabra “Yo” o con frases como “En cambio yo…”. Siempre encuentran una manera de llevar la plática hacia ellos. SIEMPRE. Esta bien, hay gente que es más egocéntrica que otra, pero, por favor, debe haber reciprocidad. De lo contrario, no es amistad.
He pasado cientos de horas, miles horas escuchando acerca de novios malos y buenos, trabajos interesantes y horribles, viajes, encuentros sexuales, detalles de compras, sueños, aspiraciones, frustraciones, alegrías, problemas de salud, familiares y legales, hasta sobre la vida y milagros de mascotas.
¿Es que siempre las conversaciones deben ser un confesionario? ¿es que una amistad debe ser como la relación entre paciente y terapeuta? No lo creo, no quiero creerlo. Adoro las conversaciones entre personas adultas, cultas, sofisticadas, donde las cosas fluyen espontáneamente, donde nadie monopoliza la charla, donde uno se nutre, intercambia, se siente escuchado.
Basta ya de esas personas que pueden obsesionarse consigo mismos y sus problemas por días, y cuando uno quiere contar algo (bueno, malo, emocionante, importante), pierden la mirada en el horizonte y simplemente dejar de oír. Se desconectan y ¡hasta bostezan!
No pido mucho, soy más receptora que emisora de verborrea. Quizá por eso he atraído a muchas personas de este tipo. Recuero a uno que tuvo la desfachatez de llamarme para “desahogarse” conmigo el día que murió una de mis amigas más cercanas. Cuando le conté, me preguntó detalles y se despidió. Cuando lo vi llegar al velorio me alegré, pero el muy egoísta en realidad llegó para contarme por ¡horas! que se había peleado por enésima vez con su novia. ¿Y mi dolor, y mi duelo? Todavía se despidió como quien me hizo un favor.
Y así podría contar muchas anécdotas más.
Es por eso que hoy me han dado ganas de volver a ser como fui antes antes antes. Cuando me encerraba por horas a leer y a escribir, cuando salía a caminar a solas, cuando cultivaba más mi interior.

viernes, 23 de abril de 2010

Mis respetos a los poetas


¿Quién no ha leído un verso que casi le para el corazón? Ese que de un golpe de tres o cuatro palabras le pone un mundo en la mente…

Para mí es un como un género mágico y misterioso, al que le tengo respeto y hasta miedo. Escribir narrativa y cualquier tipo de prosa (como esta que publico aquí) es relativamente fácil, natural. En cambio la poesía exige un alma especial, una forma diferente de ver la vida, la capacidad de pasar la realidad por un crisol (a veces sublime, a veces sicodélico, a veces criminal) y traducirla en palabras contundentes.

Aunque pareciera un juego de palabras ingeniosas, no lo es. Ese es, por ejemplo, el triste caso de Ricardo Arjono y otros armadores de frases para las masas. Daría todo el cuerpo de palabras en prosa que he escrito por un solo verso maldito. Así la admiro, así la venero, aunque a veces no la entiendo.

Cuando estudié letras tuve mis problemas para tratar de acercármele y tratar, oh profanadora, de analizarla. No tuve mucho éxito, lo más que hice fue verla como quien contempla, arrobado, una aurora boreal sin tener la más mínima idea del por qué del fenómeno. Apenas tomaba un lapicero y garabateaba ideas inconexas y hasta incoherentes.

Ojalá que todos los que aman la poesía le tuvieran el mismo respeto, sobre todo los que dicen escribirla. Separar líneas de prosa en versos y leerlos con un tono cantadito no es suficiente. Olvidémonos de la rima (esos chirulitos que podían ser maravillosos o cursis), esta bien, también de la métrica (increíble como lograban tal exactitud numérica), ambas cosas son como reliquias de museo ahora en tiempos de libertad al escribir.

Pero ¿qué tal un poco de lenguaje, digamos... ¡poético!? Hasta para decir lo más banal, lo más obvio, lo más sucio, lo más tonto, el poeta encuentra esa forma nueva, única, ingeniosa de decir. Algunos les llaman figuras retóricas, otras genio.

Y el ritmo, o mi dios, el ritmo, no debería faltar. Esa manera de llevar la musicalidad de las palabras hiladas con el alma al oído de quien las recibe fervoroso…

Se nota cuando un poema salió de las tripas de alguien, que lo vio primero en su atormentada mente, que lo vivió en su onírico mundo y luego lo vertió, no, lo vomitó sobre un papel. Es por eso que pocos escriben poesía, y pocos hacen de la buena.

Aplaudo que haya editoriales artesanales, que se publiquen muchos libros, pero espero que haya buenos editores, de esos que conocen la palabra, que son conocedoresy no fans, que saben reconocer un onix dentro de un costal de carbón.
Muchos son excelentes narradores y ensayistas, ¿Por qué insisten en ponerse la chaqueta grande y magnífica y roída de poeta?


Toqué la creación con mi frente.
Sentí la creación en mi alma.
Las olas me llamaron a lo hondo.
Y luego se cerraron las aguas.


Epitafio para la tumba de un poeta, José Hierro

jueves, 8 de abril de 2010

Cerrando círculos: Alma Mater



Hace poco volví a la USAC después de unos cuatro años de ni siquiera pasar cerca, y luego de 10 años de haber terminado mi carrera y 7 de haber renunciado a mi trabajo.
Se graduaba un amigo en la Facultad de Derecho. Cuando me invitaron, de inmediato entré en una especie de frenesí, la USAC y sus círculos representan algo que me cuesta trabajo explicar.

Al llegar me sorprendió ver el mar de carros que inunda el campus desde las puertas principales. No la recordaba así, todavía no eran las 5 de la tarde y no parecía caber ni un monopatín más. Cuando al fin entramos un lugar, porque salió un carro y puse pie en mi alma Mater se me enchinó la piel. Fue raro. Cual Virgilio, conduje a mi Dante entre los vericuetos de los edificios, ahora invadidos por ventas de todo tipo. Todo vino a mí de golpe, sobre todo cuando pasamos enfrente de mi amada Facultad de Humanidades. Quise encontrar las caras conocidas de antes, pero todo es tan diferente, y tan igual.

El rito de graduación, por lo menos el de la USAC, tiene algo de solemne, de antiguo, pero a la vez de campechano y chapín que siempre me conmueve. La USAC es un conjunto complejo de cosas, entre la academia, la política, la extensión, lo estudiantil, lo obrero, lo popular, lo riguroso y lo loco hay un espíritu, para mi, irresistible. Mientras el solemne acto de graduación ocurría, busqué las raíces de ese amorío interminable con esa casa de estudios. La primera vez que fui a una graduación fue hace unos 30 años, siendo una niña. Allí mismo, me nació el ansia de llegar pronto allí. Cuando mi primo terminó de graduarse, entró una estudiantina cantando una canción pegajosa pero desconocida para una niña: La Chalana.

Tener contactos con la USAC en el colegio era algo emocionante. Ya en el secretariado, teníamos amigos universitarios dispuestos a encandilar a ingenuas colegialas gracias a sus palabrejas difíciles. Nos presentaron a Rius, Marx y a Silvio, incluso nos regalaron un purito de mota. Yo conseguí algo más: mi primer libro de Cortázar.
En el colegio, sentía la necesidad de conocer ideas nuevas fuera de los dogmas, la sensación de no pertenecer a ningún lugar.

En esa graduación reciente que les cuento, como a la mayoría de presentes se me llenaron los ojos de lágrimas ante las palabras entrecortadas de nuestro amigo graduando. Pero más cuando el Decano lo felicitó por su emoción, pues así probaba que no solamente graduaban abogados sino también a seres humanos. Como una bella excepción, se permitió que los padres del joven, oriundos de Aguacatán, sin ser graduados le impusieran el bonete al nuevo profesional.

Recordé perfectamente el día que fui a inscribirme, en aquel tiempo se hacía en el Paraninfo, fue una mañana en la que tembló. Mis primeros años en la USAC fueron intermitentes, empecé estudiando letras los sábados y arte dramático de lunes a viernes. Eso fue solamente por un año. Luego de abandonar las tablas, me inscribí en el plan diario pero era difícil llegar a las 5:15 desde donde trabajaba. La vida universitaria se me hacía un poco difícil y accidentada.

Hasta que encontré un trabajo en la misma USAC, entonces me me sentí la chica más feliz del mundo. Así inició el verdadero romance. Empecé a involucrarme realmente en todo y a disfrutarlo plenamente. Mis padres veían como salía de casa a las 7 de la mañana sin saber a qué hora o cómo regresaría (en cuanto a transporte y algunas veces a estado etílico). Recibí muchos regaños y críticas de parte de mi entorno y de amigos ajenos a la USAC, que me absorbía totalmente. Hasta que me fui a vivir sola, a un condominio que quedaba a escasos metros de mi trabajo (podía ver mi oficina desde la ventana de mi dormitorio).

Entonces mi vida transcurría en un radio de acción pequeño. Todo quedaba allí nomasito. A veces, si no me había desvelado claro, salía a correr al bosque Las Ardillitas, luego compraba mi desayuno en la cafetería del M5, luego me iba a trabajar al M1. Por asuntos de trabajo, y de amistades, me movía también entre el M2 y el M3. Si hacía frío, iba a sentarme a la Plaza Oliverio Castañeda de León; si hacía calor, compraba un helado en la caseta que estaba enfrente del S1. Si quería estar sola, caminaba hasta la Facultad de Farmacia o Agronomía, y cuando se me antojaba iba a comer un ceviche en el parqueo de Medicina. Al medio día, si escaseaba el dinero iba a almorzar donde los Chatos, si había un poco más, a donde Danilo.

Por las tardes a veces iba a caminar al Estadio Revolución con unas amigas, sino, a leer a la Biblioteca. A las 5 en punto de la tarde estaba fumando en el peladero del S4, de mi amada Facultad de Humanidades donde esperaba a mis compañeros. Ellos aparecían en carreras, con estrés, pues venían “de afuera”, algo que yo no comprendía muy bien. Luego a clases.

A las 8:30 de la noche, cuando los demás se preocupaban por el tráfico y la inseguridad, yo todavía me quedaba a cenar por allí en alguna caseta, como la que está entre Derecho y "el gallinero". Si no tenía apetito, caminaba con calma y me compraba un elote loco que me comía viendo la televisión.

De martes a viernes, seguro salía algo más tarde. Solo teníamos que salir a la calle y allí nomás estaba el Tarro Dorado, El Tronco, los Chatos, La Chicharronera (La Braserie), y el desaparecido callejón y su excelente oferta de entretención (habían muchos barcitos diferentes para todos los gustos, pero el mejor era Xibalbá). Recuerdo especialmente el 11 de septiembre 2001, que fue un día extraño en la USAC (y supongo que en todos lados). En la noche, ya se sentía como ganas de decir algo diferente a lo políticamente correcto, y poco a poco se fue reuniendo gente en las penumbras de Xibalbá. No era una celebración precisamente, sino que una nerviosa incredulidad ante los ataques a la gran potencia que, según los parroquianos, se los habían buscado por décadas. Esa noche también nació un nuevo bar en el callejón, el Ta-libando, que tuvo su auge en los meses siguientes.

Para las resacas duras, estaba don Mike (creo que así se llamaba), que llegaba por las mañanas a vender sueritos y ceviches bien picantes en la cajuela de su carro. Si me enfermaba, tenía clínicas y farmacia dentro del campus. Prácticamente usaba mi carro y me alejaba del perímetro universitario solamente para ir al supermercado y visitar a mi mamá, cada dos semanas.

Clases, lecturas, conferencias, protestas, reuniones, manifestaciones, amoríos, peleas, amistades, enemistades, adoctrinamientos, fiestas, lutos, alegrías, tristezas, derrotas, victorias, todo en un solo lugar.

Cuando salimos de la graduación, hace unas semanas, me sentí tan ajena a un mundo que era tan mío antes. Ese teléfono público, la cafe, la chiclera, esa banca de concreto, ese arbolito para leer, ese paisaje y bullicio, antes tan cotidianos se sentían ajenos, lejanos.

Tomé del brazo a ese hombre que tanto amo, le sonreí y sentí como si me había acompañado a visitar a un familiar querido al que no veía en mucho tiempo. El estaba algo confundido, su alma mater es otra. Le agradecí la paciencia y caminamos de regreso a mi vida actual. Me sentí feliz de haber tenido un pasado tan rico, pero debo dejarlo atrás. Lo que aprendí allí me hizo la persona que soy, lo cual agradezco. Fueron 10 años maravillosos.

Vivat Academia,
vivant professores.
Vivat membrum quodlibet,
vivant membra quaelibet,
semper sint in flore.

(Viva la Universidad,
vivan los profesores.
Vivan todos y cada uno
de sus miembros,
resplandezcan siempre)

fragmento del Gaudeamus Igitur, himno universitario

miércoles, 24 de marzo de 2010

Huelga de Dolores: Patrimonio intangible


La Huelga de Dolores es muy compleja, y vieja, para querer entenderla así nomás. Muchos que me conocen saben que para mí era como la Navidad: una dicha nunca antes conocida me invadía y me llenaba de energía. Este espacio no alcanzaría para explicar este fenómeno, lo haré en otra ocasión.

Me despedí de mis años huelgueros en el 2000, luego de 10 maravillosas y terribles desfiles bufos, donde literalmente me pasó de todo. Empecé como chavita nueva encandilada por los discursos incendiarios de galantes encapuchados, y poco a poco fui avancé y ocupé casi todos los cargos posibles.

Es correcto decir que muchos agarran la Huelga de Dolores como una parranda interminable, que muchos van a la U solo a eso, que algunos ni son universitarios, que algunos roban. Pero también es correcto decir que es innegable la único de su esencia.

Nació de manera espontánea y valiente, sin intereses de ningún tipo. Aun en esos años de inocencia, allí mismo, en sus albores, hubo mártires. Conforme avanzaba nuestra historia política, así también fue creciendo la huelga, nunca lejos de la AEU y sus luchas. Su desarrollo ha dado lugar a leyendas urbanas y bellas obras (la novela Viernes de Dolores de Miguel Angel Asturias, así como su adaptación al teatro de Hugo Carillo son excelentes ejemplos). La Chalana, canción que es parte de nuestra identidad guatemalteca, ha inflamado los corazones de miles de universitarios.

Pero la Huelga de Dolores no ha sido un fenómeno aislado, sino más bien inmerso dentro de un movimiento social. Muchos huelgueros se quitaban la capucha y, además de regresar a clases, estaban atentos al resto de actividades y convocatorias que buscaban darle voz a quienes no la tienen, dispuestos a apoyar las causas justas.

Cuando inició el conflicto armado interno, la huelga se hizo partícipe y hasta trinchera de las más atrevidas ideas. Para nadie es un secreto que las cuatro facciones de la URNG estaban representadas en el Movimiento Estudiantil Universitario, lo cual le aportaba cierta disciplina y “líneas” ideológicas bien específicas, incluso a la huelga.

Con la firma de la paz muchas cosas cambiaron. Antes de 1996, aprovecharse de la huelga no era la regla (aunque algunos se iban de viaje al día siguiente o compraban carros). Muchos éramos los que dábamos dinero de nuestros bolsillos para hacer carrozas y comparsas, y nos conformábamos con un shuco y un agua al tiempo como abasto luego de largas horas de trabajo.

Con la pos guerra, la disciplina y la organización se fueron evaporando. El trabajo de “reclutamiento” ya no se hacía, mucho menos de adoctrinamiento. Poco a poco, los miembros de los honorables sub comités de cada facultad fueron disminuyendo, al crecer la apatía. No había quién hiciera las talachas ni otros trabajos duros (como apoyar en el orden actividades grandes), sobre todo en las facultades pequeñas, como la mía. No sabíamos qué hacer. Primero, empezamos importando huelgueros de unidades académicas amigas que tenían disidentes que no estaban de acuerdo con sus dirigentes. Pero luego, llegaron los talacheros a sueldo. Algunos eran o habían sido estudiantes esporádicos de la USAC, pero otros simplemente eran jóvenes con demasiado tiempo libre pero sin ninguna intención de estudiar. Ellos lo agarraron como un trabajo, llegaban a las 8 de la mañana, recibían su bote y su capucha y se iban a recolectar dinero. Sin educación y sin los ideales huelgueros, se miraban sucios y desaliñados y se armaban con palos, cadenas, bates y hasta piedras. Regresaban a las 5 de la tarde con el bote lleno (al que ya le habían quitado una buena parte) a recibir su “paga”, una cantidad fija que oscilaba entre Q50 y Q100 (supongo que luego subió). Quienes no salíamos del asombro ante su efectividad y productividad, no sabíamos que habían amenazado y amedrentado a cuanto ciudadano se les ponía enfrente. Y así, la talacha se volvió el corazón de la huelga por varios años, el dinero fácil encandiló a más de uno.

Dicen que ya se erradicó la talacha, pero lo mismo dijeron en el 1998 de la capucha y todavía hay quienes no se la quitan. El machismo ha sido otro quiste (esperamos que no canceroso) que ha sido difícil de ir erradicando, pero gracias a la creciente participación de la mujer ha menguado un poco.

Si bien tiene mucho de espectáculo, la Huelga de Dolores no se centra solamente en él. He allí su originalidad, la denuncia y la alegría juntas, la energía de la juventud abrazando las penurias y melancolías de todo un pueblo. Más que ser visto como un atractivo turístico, debería considerarse un espejo en donde vernos como somos, con fealdades y virtudes, para rectificar el rumbo. Quienes quieran ir a verla sin oír palabras soeces, sin ser rociados con agua o guaro o a saber qué, sin que los pongan a cargar una cruz o una procesión, sin que les pinten los cachetes, mejor que no vayan. Patrimonio Cultural Intangible, sí, pero sin perder la esencia.

Definitivamente, hay muchas taras y problemas dentro de esta actividad. Por eso, no estoy segura que con las bases y dirigentes actuales puede rescatarse sus principios.

Nadie debería prolongar más de lo necesario y natural sus años huelgueros. Son parte de las actividades extra curriculares que nos enseñan cosas invaluables, pero que son parte de una etapa en la vida. Cada año me da cierto malestar ver que muchos de los que participaban en mi tiempo (y como yo tienen más de 35 años) todavía andan metidos en la huelga. Ese creo que es uno de sus errores hoy día. Esta actividad debería ser de los estudiantes que van entrando con sus propias ideas y forma de ver el mundo. Ellos deberían hacer de ella su propia voz, sin importar lo que otros han hecho 112 años atrás. Claro, con el soporte del Movimiento Estudiantil Universitario (si todavía existe) y con la ayuda de sus dirigentes.

En cambio, los mismos siguen haciendo las mismas cosas, como un guión que se repite y se repite. Los nuevos alumnos al ver a estos “rucos” (para un joven de 18 o 19 años alguien de 37 o 39 años ya está viejo) en su mismo rollo, mejor optan por la indiferencia. Para los jóvenes de la pos guerra el mundo es otro, globalizado, conectado, suena diferente, se ve diferente, sus códigos son otros.

Ambas generaciones, nuevos y “experimentados” deberían interactuar y apoyarse mutuamente. Los jóvenes aprendiendo y valorando la historia reciente de su país, y los viejos aceptando que el mundo cambió y que será mejor que ellos también cambien. Les vendría bien graduarse, buscar un trabajo que les permite ayudar al país en la práctica y aplicar todo ese palabrerío que aprendieron.

Pero esto se vuelve difícil cuando ante la indiferencia y desprestigio de la política, los jóvenes brillantes y honestos mejor se dedican a sus propias actividades, dejando que otros no tan brillantes ni tan honestos tomen las dirigencias por años y años.

No me extraña que la Huelga de Todos los Dolores haya sido declarada Patrimonio Nacional Intangible por este gobierno, pues algunos de sus hijos están en él (empezando por el vicepresidente y terminando con el flamante ministro de gobernación). Este ¿honor? trae sus bemoles, pues ahora existe la responsabilidad de subir el nivel, pero también da pie a que se sigan metiendo personas ajenas a las aulas en la organización y dirigencia de la huelga (además del Honorable Comité que convoca la AEU, hay otros paralelos que aglomeran a disidentes y gente de antaño).

Muchas muchas veces dije, y lo sostengo, que cuando algo que solía tener esplendor cae en la decadencia, es mejor que desaparezca. Dije también que mejor se hubiera llegado a los 100 años y ya. A pesar de amar tanto a la Chabela, prefiero permanecer ajena, lejos, viviendo mi realidad actual.

Pero recuerdo con cariño a la huelga y la llevo en el corazón. Le agradezco no solamente las parrandas, los amoríos y las emociones fuertes, sino también haberme dado la oportunidad de aprender. Gracias a ella levanté por primera vez el puño izquierdo en contra de todo lo que no me gustaba de este mundo. Siendo una joven de 19 años que había estudiado en un colegio católico y reprimida por ser mujer, eso fue un alivio. Conocí lo mejor y lo peor de la dirigencia, aprendí a luchar por tener una voz y un espacio, a dejar de ser tímida y participar activamente. La huelga fue para mí, como para muchos, además la puerta de entrada al Movimiento Estudiantil Universitario.

Pero lo que más me gustó, fue el contacto que se tiene con el verdadero pueblo de a pie. Ese que se detiene en sus afanosas actividades y aplaude la osadía y el mensaje de la huelga, que se preocupaba de dar agua, jugos, comida, de lo poco que tiene, a quienes dicen lo que ellos no pueden. Luego de ver eso, me quedaron muchas ganas de cambiar el mundo, de conocer la realidad.

Cada año, el Viernes de Dolores es un recordatorio de aquellos votos. Mi alma (rojilla) quedó tatuada, marcada para siempre.

Aquí está tu son Chabela!!!

jueves, 18 de marzo de 2010

Querido y remoto Sabato


“Porque leer no es un pasatiempo; la lectura verdadera es una re-creación. El libro tiene una vida que le da su autor y otra que va naciendo en el encuentro con el alma de cada lector”, ha dicho Ernesto Sabato (sin tilde pero se pronuncia como si la tuviera).

Ah, ese viejito. Mientras los muchos otros escritores que admiro me electrocutan con sus escritos, dejándome chamuscada y sorprendida, Sabato da respuestas a mis preguntas.

Es como si aquella famosa carta (“querido y remoto muchacho” de Abadón el exterminador) la hubiera escrito para mí. Como si me hubiera conocido y me hubiera dado una palmadita en la espalda. A pesar de que me la dio a mi y a otros miles de muchachos que la han leído, para mí es personal porque llegó en un momento en que buscaba respuestas ansiosamente, al salir de la adolescencia.

Al preguntar el querido y remoto y anónimo muchacho acerca de la calidad de lo que escribía, el maestro dice:

“La verdadera justicia sólo la recibirás de seres excepcionales, dotados de modestia y sensibilidad, de lucidez y generosa comprensión. Cuando aquel resentido de Sainte-Beuve afirmó que jamás ese payaso de Sthendal podría hacer una obra maestra, Balzac dijo lo contrario. Pero es natural, Balzac había escrito la Comedia Humana y ese caballero una novelita cuyo nombre no recuerdo. De Brahms se rieron tipos semejantes a Sainte-Beuve: cómo ese gordo iba a hacer algo importante? Un tal Hugo Wolf sentenció en el estreno de la cuarta sinfonía: «Nunca antes en una obra lo trivial, lo vacuo y engañoso estuvieron más presentes. El arte de componer sin ideas ni inspiración ha encontrado en Brahms su digno representante». Mientras que Schumann, el maravilloso Schumann, el desdichadísimo Schumann, afirmó que había surgido el músico del siglo. Es que para admirar se necesita grandeza, aunque parezca paradójico. Y por eso tan pocas veces el creador es reconocido por sus contemporáneos: lo hace casi siempre la posteridad, o al menos esa especie de posteridad contemporánea que es el extranjero, la gente que está lejos, la que no ve cómo te vestís. Si eso le pasó a Stendhal y Cervantes, ¿cómo podés desanimarte por lo que diga un simple conocido que vive al lado de tu casa?”

Luego, ante la pregunta de lo que se necesita para ser un escritor, Sabato dice:

“Es entonces cuando además del talento o del genio necesitarás de otros atributos espirituales: el coraje para decir tu verdad. La tenacidad para seguir adelante, una curiosa mezcla de fe en lo que tenés que decir y de reiterado descreimiento en tus fuerzas, una combinación de modestia antes los gigantes y de arrogancia ante los imbéciles, una necesidad de afecto y una valentía para estar solo, para rehuir la tentación pero también el peligro de los grupitos, de las galerías de espejos. En esos instantes te ayudará el recuerdo de los que escribieron solos: en un barco, como Melville; en una selva, como Hemingway; en un pueblito, como Faulkner. Si estás dispuesto a sufrir, a desgarrarte, a soportar la mezquindad y la malevolencia, la incomprensión y la estupidez, el resentimiento y la infinita soledad, entonces sí, querido B., estás preparado para dar tu testimonio”

En cada rincón de sus páginas encontraba (y encuentro) un oasis para mis cansados pies, caricias para mi lastimado lomo. Sus libros no son obras para lucirse y ser reconocido y famoso, ni para hacerse rico, como la mayoría quisieran, sino son respuestas a preguntas trascendentales sobre la condición humana.

Por eso, lo admiro y sus ideas son tan importantes para mí. El viejo cumple 99 años en junio y su hijo, el cineasta Mario Sabato está por presentar una película sobre la vida este huraño escritor. Esto me emociona, mucho. Ante la imposibilidad de conocerlo en persona, así podré acercarme aunque sea un poquito a él, al autor de ese libro que tengo en la mesita de noche y que releo como otros leen sus libros sagrados, “El escritor y sus Fantasmas”.