martes, 4 de mayo de 2010

Si quieres ser madre


Ahora todo es sobre las mamás aquí, las mamás allá, claro, con fines consumistas (hoy vi un anuncio de ¡botes de basura! para mamá, si me regalaran uno haría una rabieta...) Pero ¿por qué todo tiene que ser tan cursi? ¿Por qué dan por hecho que todas las mamás somos como Tuti Furlán? (que es simpática y buena en lo que hace pero empalaga con su rollo de mamá).

Este post es para mis amigas solteras, treintonas en su mayoría, que me han dicho que quieren tener un hijo. Quiero que mi humilde opinión contraste con todas esas otras que les pintan un paraíso lleno de arcoiris y olor a flores frescas.

Definitivamente, algo cambia en uno cuando se es mamá, uno tiene los sentimientos a flor de piel. Debe ser algo hormonal, algo que le asegura a la naturaleza que la mujer no será indiferente ante los llantos de la cría hambrienta. Pero hay que controlarse un poco, por favor.

A diferencia de épocas pasadas, nadie nos obliga a tener hijos. Es más, no tenerlos se está volviendo una tendencia cada vez más aceptada. Para tomar tal decisión, traer a un hijo al mundo, hay que tener mucha información por adelantado, creo que eso puede ayudar.

Yo no tenía idea a lo que me metía. Mi caso era difícil porque además de ser una persona poco hogareña, adoraba la soledad, ésa que sirve para escribir, para leer, para llorar, para ver las estrellas, para rascarse el ombligo.

Opino que la vida se trata de una etapa tras otra. Cada una hay que vivirla, disfrutarla, agotarla y seguir adelante. Muchos llegan a los 30 y no tienen idea de qué se trata la siguiente etapa. ¿Casarse, tener hijos, enganchar casa propia, viajar, sacar maestrías, tener independencia económica poniendo un negocio, abrazar una causa, unirse a un culto?

Para quienes deciden que lo lógico es reproducirse, casadas o no, puede ser un aterrizaje forzoso en la realidad y, a veces, catastrófico. Y no hablo del aumento de peso, las estrías y los pechos caídos (pura vanidad), hablo de un cambio drástico en tu vida.

Yo no era precisamente una persona responsable ni organizada. Al terminar la universidad, después de las obligaciones laborales era ¡libre! Ese tiempo propio es el tesoro invaluable de una mujer profesional y soltera. Puede tomar clases de salsa o mécanica, puede ir a degustar vinos o pasteles, puede ir al cine con las chicas o a ver un partido con los amigotes, puede ir a las tiendas a comprar su nuevo sexy outfit ó a una conferencia sobre el calentamiento global. O simplemente, sentarse en un parque a ver pasar a la gente (por ejemplo a despeinadas madres que corren tras sus traviesos hijos) o ir a pasar una velada romántica y tranquila con su hombre.

Muchas, yo no tanto, invierten una importante cantidad de tiempo y dinero acicalarse en salones y otros lugares para ese fin. No les miento cuando les digo que hay mujeres que nunca se cortan las uñas ellas mismas, y no pueden vivir tranquilas si el vello púbico está más crecido de medio centímetro. Otras son clientas habituales de salones de belleza donde las cepillan o planchan dos o tres veces por semana.

Las menos vanidosas y más intelectuales, también invierten su dinero y su tiempo en placeres envidiables, viajes, restaurantes, obras de arte, libros, conciertos, teatro.

Su vida es cómoda, ganan para ellas mismas, tienen comodidades y libertad.
Pueden hacer planes de un minuto para otro, gastar en algo inesperado pero que siempre han deseado. No le piden permiso a nadie, son el orgullo del género.

¿Por qué tan dichosa criatura desearía “sentar cabeza”? Yo culpo al reloj biológico y a la publicidad (y a Tuti Furlán). De pronto se emocionan cada vez que están cerca de una mujer embarazada o ven un anuncio de Huggies en la tele. Y es que el tic tac es coreado por los medios de comunicación y nuestra cultura tradicional que piensa que hay algo malo en una mujer que no desea un hogar e hijos.

Muchas de ellas deberían desoír esos cantos de sirena y tomarse las cosas con calma. Un hijo no es la cereza en el pastel de una vida perfecta, por el contrario, puede poner de cabeza ese mundo que tanto les costó.

Haber tenido una o cincuenta mascotas no cuenta como experiencia previa para ser madre, para nada. Sobre todo los dueños de gatos, como yo, que son tan independientes y egocéntricos. Supongo que aquellos amos de perros que van al doctor cada 6 meses y al grooming cada fin de semana tal vez tienen más experiencia en eso de cuidar a otro ser vivo, pero no se puede comparar. Jamás.

Las candidatas a mamá tal vez deberían pedir que les den uno de esos muñecos que tratan de desmoralizar a las adolescentes de meter las patas, pero tampoco sería suficiente. Mejor sería tal vez visitar a una amiga o familiar que acaba de tener un bebé, quedarse unos cuantos días. Estar allí en los desvelos de la madre y los vómitos, cólicos y fiebres del niño, ayudar a sacarle el aire. Pero aún esto no se compara porque esos fluidos, gases y llantos vendrán de alguien que no es carne de su carne, pero al menos se asomará un poco al prodigio de estar al servicio de un tirano en miniatura que babea todo el tiempo, pero que al reír hace llorar de emoción a la ojerosa mamá.

El factor asco también es importante. Si alguien no soporta ver de cerca la diarrea acuosa y los vómitos en chorro, debe pensarlo bien. Además hay que perderle el miedo a procedimientos nunca antes considerados, como poner supositorios o sacar un pedazo de alimento de la garganta de un niño que se ahoga.

De pronto, todo debe ser funcional y seguro para el pequeño. El carro debe tener un asiento especial y en la casa hay que desaparecer cualquier cosa que pueda parecer peligrosa, así como todo lo que pueda ser alcanzado y destrozado (que puede ser tu posesión más preciada y valiosa). Además todos enseres deben ser de colores oscuros y de fácil limpieza. Tu adorado apartamento de soltera se transforma completamente.

Otra mala noticia: no más tiempo libre. Una mamá no descansa, aunque tenga a una au pair a su disposición (aunque lo más común es que esté sola), su mente estará alerta siempre, aún dormida. Además, los niños no saben de estrés ni de horas inhábiles ni de fines de semana largos. Levantarse tarde se vuelve un recuerdo lejano, así como tirarse en el sofá por horas a leer o a no hacer nada. Aunque uno regrese a casa arrastrándose del cansancio, el pequeño brincará de felicidad porque mami viene a jugar con él. Punto.

Si hay suerte y una pareja (o mamá) comprensiva, podrá salir con amigas o ir al salón o al gimnasio, pero estará siempre con la sensación de que algo se le ha olvidado, que no le darán bien la medicina al niño, que no le sacarán bien los gases y entonces llorará en la noche, desvelándola … así que no estará tranquila.

Si no hay quien cuide a la criatura, simplemente no podrá salir. Punto. (No faltan las que andan llevando a sus hijos a todos lados y a deshoras de la noche a pasar penas, pero eso no es para nada aconsejable).

Y qué decir de los lugares no aptos para bebés o niños en general. Adiós a restaurantes sofisticados, cafés literarios, galerías de arte y más lugares exclusivos para adultos. No es raro que si uno se aparece en esos lugares con hijo y pañalera al hombro, lo vean a una como maleducada troglodita, y si el niño vomita o hace berrinche, las miradas de reproche no faltarán.

Entonces las salidas se vuelven hazañas para encontrar lugares donde estén contentos los niños, aunque los padres tengan que compadecerse unos a otros por el ruido, las cancioncitas y la mala comida.

Algo que no deja de sorprenderme nunca es cómo los niños pueden cambiar los planes de los adultos en un segundo, con un berrinche, con 39 grados de fiebre, con una diarrea imparable o vómitos a repetición. Las reservaciones, vuelos, comidas y fiestas planificadas deberán ser pospuestos hasta nueva orden.

Y hablo solamente de los primeros años. Luego vienen muchos otros retos nuevos, uno tras otro. A mí todo esto me llena de ansiedad, de miedo, me hace pensar en lo peligroso y feo que es el mundo, en lo poco que puedo hacer para cambiarlo. Me hace cuestionarme todo el tiempo si lo estoy haciendo bien, o si estoy metiendo la pata.

Este viaje que parece insoportable es, irónicamente, un recorrido asombroso por el mundo real. De alguna manera una noche en vela procurando que un niño no se deshidrate y le baje la fiebre te hace ver las cosas desde otra perspectiva. Quienes buscan este nuevo matiz de la vida, que quieren dejar egos y egoísmos afuera de su existencia, lo encontrarán maravilloso. A muchos les sienta muy bien ser padre o madre, les realza su potencial humano, a otros, esto puede volverlos locos.

Pasan los años y uno va disfrutando la vida por medio de ojos nuevos y limpios. Aun con las uñas desastrosas (carcomidas en mi caso), el pelo sin cepillar, sin depilación con cera y con unas buenas libras de más, hay una satisfacción muy íntima al acompañar a una personita en su desarrollo. Una satisfacción, un orgullo.

Y así, procurando que coma bien, que haga sus tareas, que no se resfríe y vaya a todas las piñatas a las que lo inviten, pasarán los años sin que te des cuenta. Entonces estaremos listas para la siguiente estación: los 40 (pero sin canción de Ricardo Ajona ¡por favor!).

Feliz día de la madre en potencia, si te atreves…

viernes, 30 de abril de 2010

De los egocéntricos


Me gusta practicar la empatía, supongo que así me criaron. Soy “amable” hasta con los extraños, me gusta escuchar las historias de los otros. Me interesan sus problemas, ayudo o aconsejo si puedo y me lo piden. A quienes elijo como amigos, los amo a morir y sus problemas se vuelven míos.
Pero la amistad es una calle de doble vía. Ambas personas deben estar interesadas la una en la otra. Es así. Pero me ha pasado demasiado frecuentemente que me topo con personas para las cuales no existe otra existencia más importante que la de ellas.
Ya saben, de esas que empiezan todas sus intervenciones con la palabra “Yo” o con frases como “En cambio yo…”. Siempre encuentran una manera de llevar la plática hacia ellos. SIEMPRE. Esta bien, hay gente que es más egocéntrica que otra, pero, por favor, debe haber reciprocidad. De lo contrario, no es amistad.
He pasado cientos de horas, miles horas escuchando acerca de novios malos y buenos, trabajos interesantes y horribles, viajes, encuentros sexuales, detalles de compras, sueños, aspiraciones, frustraciones, alegrías, problemas de salud, familiares y legales, hasta sobre la vida y milagros de mascotas.
¿Es que siempre las conversaciones deben ser un confesionario? ¿es que una amistad debe ser como la relación entre paciente y terapeuta? No lo creo, no quiero creerlo. Adoro las conversaciones entre personas adultas, cultas, sofisticadas, donde las cosas fluyen espontáneamente, donde nadie monopoliza la charla, donde uno se nutre, intercambia, se siente escuchado.
Basta ya de esas personas que pueden obsesionarse consigo mismos y sus problemas por días, y cuando uno quiere contar algo (bueno, malo, emocionante, importante), pierden la mirada en el horizonte y simplemente dejar de oír. Se desconectan y ¡hasta bostezan!
No pido mucho, soy más receptora que emisora de verborrea. Quizá por eso he atraído a muchas personas de este tipo. Recuero a uno que tuvo la desfachatez de llamarme para “desahogarse” conmigo el día que murió una de mis amigas más cercanas. Cuando le conté, me preguntó detalles y se despidió. Cuando lo vi llegar al velorio me alegré, pero el muy egoísta en realidad llegó para contarme por ¡horas! que se había peleado por enésima vez con su novia. ¿Y mi dolor, y mi duelo? Todavía se despidió como quien me hizo un favor.
Y así podría contar muchas anécdotas más.
Es por eso que hoy me han dado ganas de volver a ser como fui antes antes antes. Cuando me encerraba por horas a leer y a escribir, cuando salía a caminar a solas, cuando cultivaba más mi interior.

viernes, 23 de abril de 2010

Mis respetos a los poetas


¿Quién no ha leído un verso que casi le para el corazón? Ese que de un golpe de tres o cuatro palabras le pone un mundo en la mente…

Para mí es un como un género mágico y misterioso, al que le tengo respeto y hasta miedo. Escribir narrativa y cualquier tipo de prosa (como esta que publico aquí) es relativamente fácil, natural. En cambio la poesía exige un alma especial, una forma diferente de ver la vida, la capacidad de pasar la realidad por un crisol (a veces sublime, a veces sicodélico, a veces criminal) y traducirla en palabras contundentes.

Aunque pareciera un juego de palabras ingeniosas, no lo es. Ese es, por ejemplo, el triste caso de Ricardo Arjono y otros armadores de frases para las masas. Daría todo el cuerpo de palabras en prosa que he escrito por un solo verso maldito. Así la admiro, así la venero, aunque a veces no la entiendo.

Cuando estudié letras tuve mis problemas para tratar de acercármele y tratar, oh profanadora, de analizarla. No tuve mucho éxito, lo más que hice fue verla como quien contempla, arrobado, una aurora boreal sin tener la más mínima idea del por qué del fenómeno. Apenas tomaba un lapicero y garabateaba ideas inconexas y hasta incoherentes.

Ojalá que todos los que aman la poesía le tuvieran el mismo respeto, sobre todo los que dicen escribirla. Separar líneas de prosa en versos y leerlos con un tono cantadito no es suficiente. Olvidémonos de la rima (esos chirulitos que podían ser maravillosos o cursis), esta bien, también de la métrica (increíble como lograban tal exactitud numérica), ambas cosas son como reliquias de museo ahora en tiempos de libertad al escribir.

Pero ¿qué tal un poco de lenguaje, digamos... ¡poético!? Hasta para decir lo más banal, lo más obvio, lo más sucio, lo más tonto, el poeta encuentra esa forma nueva, única, ingeniosa de decir. Algunos les llaman figuras retóricas, otras genio.

Y el ritmo, o mi dios, el ritmo, no debería faltar. Esa manera de llevar la musicalidad de las palabras hiladas con el alma al oído de quien las recibe fervoroso…

Se nota cuando un poema salió de las tripas de alguien, que lo vio primero en su atormentada mente, que lo vivió en su onírico mundo y luego lo vertió, no, lo vomitó sobre un papel. Es por eso que pocos escriben poesía, y pocos hacen de la buena.

Aplaudo que haya editoriales artesanales, que se publiquen muchos libros, pero espero que haya buenos editores, de esos que conocen la palabra, que son conocedoresy no fans, que saben reconocer un onix dentro de un costal de carbón.
Muchos son excelentes narradores y ensayistas, ¿Por qué insisten en ponerse la chaqueta grande y magnífica y roída de poeta?


Toqué la creación con mi frente.
Sentí la creación en mi alma.
Las olas me llamaron a lo hondo.
Y luego se cerraron las aguas.


Epitafio para la tumba de un poeta, José Hierro

jueves, 8 de abril de 2010

Cerrando círculos: Alma Mater



Hace poco volví a la USAC después de unos cuatro años de ni siquiera pasar cerca, y luego de 10 años de haber terminado mi carrera y 7 de haber renunciado a mi trabajo.
Se graduaba un amigo en la Facultad de Derecho. Cuando me invitaron, de inmediato entré en una especie de frenesí, la USAC y sus círculos representan algo que me cuesta trabajo explicar.

Al llegar me sorprendió ver el mar de carros que inunda el campus desde las puertas principales. No la recordaba así, todavía no eran las 5 de la tarde y no parecía caber ni un monopatín más. Cuando al fin entramos un lugar, porque salió un carro y puse pie en mi alma Mater se me enchinó la piel. Fue raro. Cual Virgilio, conduje a mi Dante entre los vericuetos de los edificios, ahora invadidos por ventas de todo tipo. Todo vino a mí de golpe, sobre todo cuando pasamos enfrente de mi amada Facultad de Humanidades. Quise encontrar las caras conocidas de antes, pero todo es tan diferente, y tan igual.

El rito de graduación, por lo menos el de la USAC, tiene algo de solemne, de antiguo, pero a la vez de campechano y chapín que siempre me conmueve. La USAC es un conjunto complejo de cosas, entre la academia, la política, la extensión, lo estudiantil, lo obrero, lo popular, lo riguroso y lo loco hay un espíritu, para mi, irresistible. Mientras el solemne acto de graduación ocurría, busqué las raíces de ese amorío interminable con esa casa de estudios. La primera vez que fui a una graduación fue hace unos 30 años, siendo una niña. Allí mismo, me nació el ansia de llegar pronto allí. Cuando mi primo terminó de graduarse, entró una estudiantina cantando una canción pegajosa pero desconocida para una niña: La Chalana.

Tener contactos con la USAC en el colegio era algo emocionante. Ya en el secretariado, teníamos amigos universitarios dispuestos a encandilar a ingenuas colegialas gracias a sus palabrejas difíciles. Nos presentaron a Rius, Marx y a Silvio, incluso nos regalaron un purito de mota. Yo conseguí algo más: mi primer libro de Cortázar.
En el colegio, sentía la necesidad de conocer ideas nuevas fuera de los dogmas, la sensación de no pertenecer a ningún lugar.

En esa graduación reciente que les cuento, como a la mayoría de presentes se me llenaron los ojos de lágrimas ante las palabras entrecortadas de nuestro amigo graduando. Pero más cuando el Decano lo felicitó por su emoción, pues así probaba que no solamente graduaban abogados sino también a seres humanos. Como una bella excepción, se permitió que los padres del joven, oriundos de Aguacatán, sin ser graduados le impusieran el bonete al nuevo profesional.

Recordé perfectamente el día que fui a inscribirme, en aquel tiempo se hacía en el Paraninfo, fue una mañana en la que tembló. Mis primeros años en la USAC fueron intermitentes, empecé estudiando letras los sábados y arte dramático de lunes a viernes. Eso fue solamente por un año. Luego de abandonar las tablas, me inscribí en el plan diario pero era difícil llegar a las 5:15 desde donde trabajaba. La vida universitaria se me hacía un poco difícil y accidentada.

Hasta que encontré un trabajo en la misma USAC, entonces me me sentí la chica más feliz del mundo. Así inició el verdadero romance. Empecé a involucrarme realmente en todo y a disfrutarlo plenamente. Mis padres veían como salía de casa a las 7 de la mañana sin saber a qué hora o cómo regresaría (en cuanto a transporte y algunas veces a estado etílico). Recibí muchos regaños y críticas de parte de mi entorno y de amigos ajenos a la USAC, que me absorbía totalmente. Hasta que me fui a vivir sola, a un condominio que quedaba a escasos metros de mi trabajo (podía ver mi oficina desde la ventana de mi dormitorio).

Entonces mi vida transcurría en un radio de acción pequeño. Todo quedaba allí nomasito. A veces, si no me había desvelado claro, salía a correr al bosque Las Ardillitas, luego compraba mi desayuno en la cafetería del M5, luego me iba a trabajar al M1. Por asuntos de trabajo, y de amistades, me movía también entre el M2 y el M3. Si hacía frío, iba a sentarme a la Plaza Oliverio Castañeda de León; si hacía calor, compraba un helado en la caseta que estaba enfrente del S1. Si quería estar sola, caminaba hasta la Facultad de Farmacia o Agronomía, y cuando se me antojaba iba a comer un ceviche en el parqueo de Medicina. Al medio día, si escaseaba el dinero iba a almorzar donde los Chatos, si había un poco más, a donde Danilo.

Por las tardes a veces iba a caminar al Estadio Revolución con unas amigas, sino, a leer a la Biblioteca. A las 5 en punto de la tarde estaba fumando en el peladero del S4, de mi amada Facultad de Humanidades donde esperaba a mis compañeros. Ellos aparecían en carreras, con estrés, pues venían “de afuera”, algo que yo no comprendía muy bien. Luego a clases.

A las 8:30 de la noche, cuando los demás se preocupaban por el tráfico y la inseguridad, yo todavía me quedaba a cenar por allí en alguna caseta, como la que está entre Derecho y "el gallinero". Si no tenía apetito, caminaba con calma y me compraba un elote loco que me comía viendo la televisión.

De martes a viernes, seguro salía algo más tarde. Solo teníamos que salir a la calle y allí nomás estaba el Tarro Dorado, El Tronco, los Chatos, La Chicharronera (La Braserie), y el desaparecido callejón y su excelente oferta de entretención (habían muchos barcitos diferentes para todos los gustos, pero el mejor era Xibalbá). Recuerdo especialmente el 11 de septiembre 2001, que fue un día extraño en la USAC (y supongo que en todos lados). En la noche, ya se sentía como ganas de decir algo diferente a lo políticamente correcto, y poco a poco se fue reuniendo gente en las penumbras de Xibalbá. No era una celebración precisamente, sino que una nerviosa incredulidad ante los ataques a la gran potencia que, según los parroquianos, se los habían buscado por décadas. Esa noche también nació un nuevo bar en el callejón, el Ta-libando, que tuvo su auge en los meses siguientes.

Para las resacas duras, estaba don Mike (creo que así se llamaba), que llegaba por las mañanas a vender sueritos y ceviches bien picantes en la cajuela de su carro. Si me enfermaba, tenía clínicas y farmacia dentro del campus. Prácticamente usaba mi carro y me alejaba del perímetro universitario solamente para ir al supermercado y visitar a mi mamá, cada dos semanas.

Clases, lecturas, conferencias, protestas, reuniones, manifestaciones, amoríos, peleas, amistades, enemistades, adoctrinamientos, fiestas, lutos, alegrías, tristezas, derrotas, victorias, todo en un solo lugar.

Cuando salimos de la graduación, hace unas semanas, me sentí tan ajena a un mundo que era tan mío antes. Ese teléfono público, la cafe, la chiclera, esa banca de concreto, ese arbolito para leer, ese paisaje y bullicio, antes tan cotidianos se sentían ajenos, lejanos.

Tomé del brazo a ese hombre que tanto amo, le sonreí y sentí como si me había acompañado a visitar a un familiar querido al que no veía en mucho tiempo. El estaba algo confundido, su alma mater es otra. Le agradecí la paciencia y caminamos de regreso a mi vida actual. Me sentí feliz de haber tenido un pasado tan rico, pero debo dejarlo atrás. Lo que aprendí allí me hizo la persona que soy, lo cual agradezco. Fueron 10 años maravillosos.

Vivat Academia,
vivant professores.
Vivat membrum quodlibet,
vivant membra quaelibet,
semper sint in flore.

(Viva la Universidad,
vivan los profesores.
Vivan todos y cada uno
de sus miembros,
resplandezcan siempre)

fragmento del Gaudeamus Igitur, himno universitario

miércoles, 24 de marzo de 2010

Huelga de Dolores: Patrimonio intangible


La Huelga de Dolores es muy compleja, y vieja, para querer entenderla así nomás. Muchos que me conocen saben que para mí era como la Navidad: una dicha nunca antes conocida me invadía y me llenaba de energía. Este espacio no alcanzaría para explicar este fenómeno, lo haré en otra ocasión.

Me despedí de mis años huelgueros en el 2000, luego de 10 maravillosas y terribles desfiles bufos, donde literalmente me pasó de todo. Empecé como chavita nueva encandilada por los discursos incendiarios de galantes encapuchados, y poco a poco fui avancé y ocupé casi todos los cargos posibles.

Es correcto decir que muchos agarran la Huelga de Dolores como una parranda interminable, que muchos van a la U solo a eso, que algunos ni son universitarios, que algunos roban. Pero también es correcto decir que es innegable la único de su esencia.

Nació de manera espontánea y valiente, sin intereses de ningún tipo. Aun en esos años de inocencia, allí mismo, en sus albores, hubo mártires. Conforme avanzaba nuestra historia política, así también fue creciendo la huelga, nunca lejos de la AEU y sus luchas. Su desarrollo ha dado lugar a leyendas urbanas y bellas obras (la novela Viernes de Dolores de Miguel Angel Asturias, así como su adaptación al teatro de Hugo Carillo son excelentes ejemplos). La Chalana, canción que es parte de nuestra identidad guatemalteca, ha inflamado los corazones de miles de universitarios.

Pero la Huelga de Dolores no ha sido un fenómeno aislado, sino más bien inmerso dentro de un movimiento social. Muchos huelgueros se quitaban la capucha y, además de regresar a clases, estaban atentos al resto de actividades y convocatorias que buscaban darle voz a quienes no la tienen, dispuestos a apoyar las causas justas.

Cuando inició el conflicto armado interno, la huelga se hizo partícipe y hasta trinchera de las más atrevidas ideas. Para nadie es un secreto que las cuatro facciones de la URNG estaban representadas en el Movimiento Estudiantil Universitario, lo cual le aportaba cierta disciplina y “líneas” ideológicas bien específicas, incluso a la huelga.

Con la firma de la paz muchas cosas cambiaron. Antes de 1996, aprovecharse de la huelga no era la regla (aunque algunos se iban de viaje al día siguiente o compraban carros). Muchos éramos los que dábamos dinero de nuestros bolsillos para hacer carrozas y comparsas, y nos conformábamos con un shuco y un agua al tiempo como abasto luego de largas horas de trabajo.

Con la pos guerra, la disciplina y la organización se fueron evaporando. El trabajo de “reclutamiento” ya no se hacía, mucho menos de adoctrinamiento. Poco a poco, los miembros de los honorables sub comités de cada facultad fueron disminuyendo, al crecer la apatía. No había quién hiciera las talachas ni otros trabajos duros (como apoyar en el orden actividades grandes), sobre todo en las facultades pequeñas, como la mía. No sabíamos qué hacer. Primero, empezamos importando huelgueros de unidades académicas amigas que tenían disidentes que no estaban de acuerdo con sus dirigentes. Pero luego, llegaron los talacheros a sueldo. Algunos eran o habían sido estudiantes esporádicos de la USAC, pero otros simplemente eran jóvenes con demasiado tiempo libre pero sin ninguna intención de estudiar. Ellos lo agarraron como un trabajo, llegaban a las 8 de la mañana, recibían su bote y su capucha y se iban a recolectar dinero. Sin educación y sin los ideales huelgueros, se miraban sucios y desaliñados y se armaban con palos, cadenas, bates y hasta piedras. Regresaban a las 5 de la tarde con el bote lleno (al que ya le habían quitado una buena parte) a recibir su “paga”, una cantidad fija que oscilaba entre Q50 y Q100 (supongo que luego subió). Quienes no salíamos del asombro ante su efectividad y productividad, no sabíamos que habían amenazado y amedrentado a cuanto ciudadano se les ponía enfrente. Y así, la talacha se volvió el corazón de la huelga por varios años, el dinero fácil encandiló a más de uno.

Dicen que ya se erradicó la talacha, pero lo mismo dijeron en el 1998 de la capucha y todavía hay quienes no se la quitan. El machismo ha sido otro quiste (esperamos que no canceroso) que ha sido difícil de ir erradicando, pero gracias a la creciente participación de la mujer ha menguado un poco.

Si bien tiene mucho de espectáculo, la Huelga de Dolores no se centra solamente en él. He allí su originalidad, la denuncia y la alegría juntas, la energía de la juventud abrazando las penurias y melancolías de todo un pueblo. Más que ser visto como un atractivo turístico, debería considerarse un espejo en donde vernos como somos, con fealdades y virtudes, para rectificar el rumbo. Quienes quieran ir a verla sin oír palabras soeces, sin ser rociados con agua o guaro o a saber qué, sin que los pongan a cargar una cruz o una procesión, sin que les pinten los cachetes, mejor que no vayan. Patrimonio Cultural Intangible, sí, pero sin perder la esencia.

Definitivamente, hay muchas taras y problemas dentro de esta actividad. Por eso, no estoy segura que con las bases y dirigentes actuales puede rescatarse sus principios.

Nadie debería prolongar más de lo necesario y natural sus años huelgueros. Son parte de las actividades extra curriculares que nos enseñan cosas invaluables, pero que son parte de una etapa en la vida. Cada año me da cierto malestar ver que muchos de los que participaban en mi tiempo (y como yo tienen más de 35 años) todavía andan metidos en la huelga. Ese creo que es uno de sus errores hoy día. Esta actividad debería ser de los estudiantes que van entrando con sus propias ideas y forma de ver el mundo. Ellos deberían hacer de ella su propia voz, sin importar lo que otros han hecho 112 años atrás. Claro, con el soporte del Movimiento Estudiantil Universitario (si todavía existe) y con la ayuda de sus dirigentes.

En cambio, los mismos siguen haciendo las mismas cosas, como un guión que se repite y se repite. Los nuevos alumnos al ver a estos “rucos” (para un joven de 18 o 19 años alguien de 37 o 39 años ya está viejo) en su mismo rollo, mejor optan por la indiferencia. Para los jóvenes de la pos guerra el mundo es otro, globalizado, conectado, suena diferente, se ve diferente, sus códigos son otros.

Ambas generaciones, nuevos y “experimentados” deberían interactuar y apoyarse mutuamente. Los jóvenes aprendiendo y valorando la historia reciente de su país, y los viejos aceptando que el mundo cambió y que será mejor que ellos también cambien. Les vendría bien graduarse, buscar un trabajo que les permite ayudar al país en la práctica y aplicar todo ese palabrerío que aprendieron.

Pero esto se vuelve difícil cuando ante la indiferencia y desprestigio de la política, los jóvenes brillantes y honestos mejor se dedican a sus propias actividades, dejando que otros no tan brillantes ni tan honestos tomen las dirigencias por años y años.

No me extraña que la Huelga de Todos los Dolores haya sido declarada Patrimonio Nacional Intangible por este gobierno, pues algunos de sus hijos están en él (empezando por el vicepresidente y terminando con el flamante ministro de gobernación). Este ¿honor? trae sus bemoles, pues ahora existe la responsabilidad de subir el nivel, pero también da pie a que se sigan metiendo personas ajenas a las aulas en la organización y dirigencia de la huelga (además del Honorable Comité que convoca la AEU, hay otros paralelos que aglomeran a disidentes y gente de antaño).

Muchas muchas veces dije, y lo sostengo, que cuando algo que solía tener esplendor cae en la decadencia, es mejor que desaparezca. Dije también que mejor se hubiera llegado a los 100 años y ya. A pesar de amar tanto a la Chabela, prefiero permanecer ajena, lejos, viviendo mi realidad actual.

Pero recuerdo con cariño a la huelga y la llevo en el corazón. Le agradezco no solamente las parrandas, los amoríos y las emociones fuertes, sino también haberme dado la oportunidad de aprender. Gracias a ella levanté por primera vez el puño izquierdo en contra de todo lo que no me gustaba de este mundo. Siendo una joven de 19 años que había estudiado en un colegio católico y reprimida por ser mujer, eso fue un alivio. Conocí lo mejor y lo peor de la dirigencia, aprendí a luchar por tener una voz y un espacio, a dejar de ser tímida y participar activamente. La huelga fue para mí, como para muchos, además la puerta de entrada al Movimiento Estudiantil Universitario.

Pero lo que más me gustó, fue el contacto que se tiene con el verdadero pueblo de a pie. Ese que se detiene en sus afanosas actividades y aplaude la osadía y el mensaje de la huelga, que se preocupaba de dar agua, jugos, comida, de lo poco que tiene, a quienes dicen lo que ellos no pueden. Luego de ver eso, me quedaron muchas ganas de cambiar el mundo, de conocer la realidad.

Cada año, el Viernes de Dolores es un recordatorio de aquellos votos. Mi alma (rojilla) quedó tatuada, marcada para siempre.

Aquí está tu son Chabela!!!

jueves, 18 de marzo de 2010

Querido y remoto Sabato


“Porque leer no es un pasatiempo; la lectura verdadera es una re-creación. El libro tiene una vida que le da su autor y otra que va naciendo en el encuentro con el alma de cada lector”, ha dicho Ernesto Sabato (sin tilde pero se pronuncia como si la tuviera).

Ah, ese viejito. Mientras los muchos otros escritores que admiro me electrocutan con sus escritos, dejándome chamuscada y sorprendida, Sabato da respuestas a mis preguntas.

Es como si aquella famosa carta (“querido y remoto muchacho” de Abadón el exterminador) la hubiera escrito para mí. Como si me hubiera conocido y me hubiera dado una palmadita en la espalda. A pesar de que me la dio a mi y a otros miles de muchachos que la han leído, para mí es personal porque llegó en un momento en que buscaba respuestas ansiosamente, al salir de la adolescencia.

Al preguntar el querido y remoto y anónimo muchacho acerca de la calidad de lo que escribía, el maestro dice:

“La verdadera justicia sólo la recibirás de seres excepcionales, dotados de modestia y sensibilidad, de lucidez y generosa comprensión. Cuando aquel resentido de Sainte-Beuve afirmó que jamás ese payaso de Sthendal podría hacer una obra maestra, Balzac dijo lo contrario. Pero es natural, Balzac había escrito la Comedia Humana y ese caballero una novelita cuyo nombre no recuerdo. De Brahms se rieron tipos semejantes a Sainte-Beuve: cómo ese gordo iba a hacer algo importante? Un tal Hugo Wolf sentenció en el estreno de la cuarta sinfonía: «Nunca antes en una obra lo trivial, lo vacuo y engañoso estuvieron más presentes. El arte de componer sin ideas ni inspiración ha encontrado en Brahms su digno representante». Mientras que Schumann, el maravilloso Schumann, el desdichadísimo Schumann, afirmó que había surgido el músico del siglo. Es que para admirar se necesita grandeza, aunque parezca paradójico. Y por eso tan pocas veces el creador es reconocido por sus contemporáneos: lo hace casi siempre la posteridad, o al menos esa especie de posteridad contemporánea que es el extranjero, la gente que está lejos, la que no ve cómo te vestís. Si eso le pasó a Stendhal y Cervantes, ¿cómo podés desanimarte por lo que diga un simple conocido que vive al lado de tu casa?”

Luego, ante la pregunta de lo que se necesita para ser un escritor, Sabato dice:

“Es entonces cuando además del talento o del genio necesitarás de otros atributos espirituales: el coraje para decir tu verdad. La tenacidad para seguir adelante, una curiosa mezcla de fe en lo que tenés que decir y de reiterado descreimiento en tus fuerzas, una combinación de modestia antes los gigantes y de arrogancia ante los imbéciles, una necesidad de afecto y una valentía para estar solo, para rehuir la tentación pero también el peligro de los grupitos, de las galerías de espejos. En esos instantes te ayudará el recuerdo de los que escribieron solos: en un barco, como Melville; en una selva, como Hemingway; en un pueblito, como Faulkner. Si estás dispuesto a sufrir, a desgarrarte, a soportar la mezquindad y la malevolencia, la incomprensión y la estupidez, el resentimiento y la infinita soledad, entonces sí, querido B., estás preparado para dar tu testimonio”

En cada rincón de sus páginas encontraba (y encuentro) un oasis para mis cansados pies, caricias para mi lastimado lomo. Sus libros no son obras para lucirse y ser reconocido y famoso, ni para hacerse rico, como la mayoría quisieran, sino son respuestas a preguntas trascendentales sobre la condición humana.

Por eso, lo admiro y sus ideas son tan importantes para mí. El viejo cumple 99 años en junio y su hijo, el cineasta Mario Sabato está por presentar una película sobre la vida este huraño escritor. Esto me emociona, mucho. Ante la imposibilidad de conocerlo en persona, así podré acercarme aunque sea un poquito a él, al autor de ese libro que tengo en la mesita de noche y que releo como otros leen sus libros sagrados, “El escritor y sus Fantasmas”.

miércoles, 3 de marzo de 2010

Livingston revisitado

El casco urbano de esta localidad es la desembocadura de conflictos, encuentros y desencuentros, de un pueblo cansado de ser visto solamente como una “eterna fiesta”.

Un triste y deshidratado perro que avanza con dificultad entre las líneas del tren: es el paisaje que se observa al descender del frío aire acondicionado del autobús. La tarde está cayendo y todavía el calor golpea fuerte al llegar a Puerto Barrios. Un denso vaho caliente sale del suelo, la gente recoge su equipaje con desgano.

El sopor cede un poco en el muelle, en la espera de que la lancha que va a Livingston llene su cupo. En su mayoría aborda gente que viene de regreso de sus labores diarias, es jueves. El paisaje, antes aletargado, al zarpar despierta poco a poco con la exuberante naturaleza que se abre ante los pasajeros del “Andrews”. Solo el fotógrafo europeo se exalta ante el espectáculo, cotidiano para los demás. Quizá espera encontrar, al desembarcar, el alegre caribe guatemalteco. Negros y negras bailando permanentemente en la playa, tal como lo vio en la publicidad.

Entrando a la boca
Los nativos del lugar, principalmente los garífunas, afirman que el nombre original de Livingston es “la buga”, que significa “la boca”. Es la entrada a una comunidad a donde solo se puede llegar por vía marítima, por eso dicen que no hay ladrones. La caminata de dos cuadras hacia la municipalidad, en una pronunciada cuesta, se siente larguísima.

El profesor Miguel Rax Ij, alcalde de Livingston (en 2004), permanece ajeno al calor que hace afuera gracias al potente aire acondicionado del Palacio Municipal. Es un hombre indígena kekchí de 44 años, reservado pero muy amable. “Livingston tiene más de 48,000 habitantes”, informa con seriedad, “y comprende no solamente este casco urbano sino también Río Dulce y más de cien aldeas lejanas”. Del total de la población, el 70% está compuesta por indígenas a los que Rax representa. Por años estas comunidades permanecieron aisladas, perdidas entre la vegetación y sin contacto con el resto de habitantes. A causa de su situación económica, permanecían indocumentados con tal de ahorrarse los gastos de un viaje a la Municipalidad. “Ahora cada viernes salen dos Municipalidades Móviles que en lanchas visitan Río Dulce y cada una de las aldeas, hasta la más lejana, para que puedan hacer sus trámites”, dice Rax satisfecho.

El alcalde es originario de la aldea Nuevo San Marcos, por lo que dirige su administración mientras vive solo en un hotel en Livingston de lunes a jueves. El viernes acompaña a las Municipalidades móviles y el fin de semana visita a su familia.

Para Rax, contrario a lo que la publicidad turística retrata, Livingston siempre ha sido un lugar eminentemente indígena. “El resto de la población, el 30%, se divide entre garífunas, ladinos y culíes o hindúes”. Sin embargo, en el casco urbano, el que generalmente visita el turista, las tres etnias parecen presentes en igual porcentaje. El más extrovertido es el garífuna que saluda a mitad de la calle, mientras los indígenas caminan como queriendo pasar inadvertidos atareados en sus actividades, principalmente comerciales.

El pueblo kekchí, originario de Cobán, así como otras etnias fue desplazado a causa del conflicto armado interno. Sin dejarse vencer, llegaron a lejanos lugares como Livingston enfrentando un clima y un terreno ajenos. En diciembre, durante la fiesta titular, los ritmos caribeños se mezclan con prestigiosas marimbas que vienen de lejos a alegrar a quienes presienten que sus raíces se hunden lejos del mar.

Pocos pero orgullosos
“Tierra adentro no hay garífunas, ellos prefieren estar cerca del agua”, dice el alcalde. Lo mismo opina la líder garífuna Gregoria Lambey, y afirma: “el negro está más identificado con la orilla del mar, desde siempre nos hemos dedicado a la pesca”. Da gusto escuchar la fuerza y el énfasis que pone en la palabra ‘negro’, que nadie en la alcaldía utilizó. “En realidad los garífunas somos una minoría, el último censo del 2002 así lo indicó”. A diferencias de los indígenas, los garífunas están disminuyendo por la migración. “Hay unos cuantos en Puerto Barrios, pero la mayoría se va a Estados Unidos”. Según la robusta mujer, este fenómeno ha cambiado incluso el aspecto del casco urbano, ya que hace 20 años solo se veían casas de manaca, caña brava y adobe. “Ahora con el dinero que mandan de Estados Unidos, la gente hace casas de block aunque esa no sea la naturaleza del garífuna”. Gregoria, que saluda casi a cada persona que pasa a su lado, extraña el Livingston de antes pero cree que deben integrarse a los nuevos tiempos. “La gente se va por problemas económicos, de lo contrario creo que no lo harían. Yo, en cambio, aquí nací y aquí pienso morirme”. A pesar de los esfuerzos, algunas costumbres se están perdiendo. “El vestuario es un ejemplo. Hacer nuestros trajes tradicionales, con tela garífuna, sale muy caro porque son faldas amplias y blusas largas. En cambio en la paca consigo ropa barata y casi nueva”.

Según Lambey las actividades de los garífunas continúan casi intactas: el hombre sale rumbo al mar en la madrugada y la mujer se dedica al hogar. “Ahora por necesidad económica las mujeres además hacemos cosas prácticas como lavar, hacer trenzas, hacer pan de coco. Hay maestras pero son pocas, y algunas se dedican al turismo también”.

Conocer Livingston en una corta visita es una descabellada idea, según Lambey. Mientras descansa unos minutos del sol bajo una sombra, dice que es un lugar pequeño pero complejo. “El único problema por aquí, es el mar. Todos quieren explotarlo, pero nadie lo cuida, ni los grupos ecológicos que también trafican especies. Si uno habla, termina con la cabeza flotando. El mar lo debe cuidar quien lo conoce”.

El costo del turismo
Gregoria piensa que el turismo ha cambiado a la comunidad, y eso no debería ser lo más importante. “Además no todos salimos beneficiados. Las tareas tradicionales están cambiando por las nuevas actividades turísticas. Nos encontramos en un problema porque quieren que cambiemos nuestras costumbres, que pidamos préstamos y que entremos en el negocio. Como nos resistimos, nos tildan de brutos, pero preferimos vivir tranquilos, sin deudas”. Lambey se despide pues tiene muchas otras actividades pendientes. Su andar alegre y recia voz llenan el polvoriento camino.

La noche empieza a animar la calle principal de Livingston, a pesar de los pocos turistas los comercios abren y ofrecen exquisita comida, bebidas exóticas y música. Muchos jóvenes se conducen en bicicleta, algunos se acercan a los turistas para conversar. Uno de ellos, que se hace llamar Chilindrino, es especialmente amistoso. Garífuna alto, delgado y con el cabello arreglado con afro, parece entablar inocente amistad con los extranjeros. El calor aumenta a cada momento, un grupo de músicos que incluyen a garífunas e indígenas va de restaurante en restaurante tratando de contagiar su ensayada alegría. Los comerciantes kekchi´s empiezan a cerrar sus abarroterías y tiendas de ropa. Chilindrino, en su cuarta vuelta por la calle, obtiene dólares de un turista. Debe traerle algo a cambio, por lo que se pierde en una de las oscuras calles. En las discotecas de la playa el baile se resiste a arrancar, unas cuantas parejas bailan con desgano, el viento parece no soplar. El despistado turista está inquieto esperando a Chilindrino. De pronto aparece y misterioso le entrega una cajita de fósforos, le pide que se aleje con discreción. El extranjero le agradece el favor y entra a la discoteca, va al baño y sale alegando que la cajita está vacía.

No hay estrellas y el mar se mira oscuro, calmado. La mayoría de bares cierran temprano, la calle principal está casi desierta, en una esquina Chilindrino, ahora con otro atuendo y otra historia, estrecha la mano de un nuevo turista. Es hora de volver al hotel.

Turismo, ecología y un viejo oficio
Por la mañana no hay rastros de jóvenes como Chilindrino, nadie intenta hacer amistad fácil con los visitantes. Los habitantes se dirigen presurosos a sus trabajos, las persianas y puertas vuelven a abrirse. Uno de ellos, Walder Véliz, es presidente de Comité de autogestión turística y propietario del restaurante Happy Fish. Cuenta entusiasta que desde hace seis meses los involucrados en el turismo han estado organizándose. “Uno de nuestros objetivos es vencer el individualismo, que es nuestro enemigo principal”. Su última actividad fue la elección de Miss Turismo, que como muestran las fotos que Veliz despliega en su computadora, fue un éxito y les ayudó a captar fondos. “Livingston siempre ha sido un destino popular, pero puede explotarse más”, comenta.

Véliz cree que la imagen turística de Linvingston, que enfatiza en la gente de color, es adecuada porque la cultura garífuna es muy importante. “Nos identifica ante el mundo, además ellos fueron los fundadores”. En cambio, el kekchi vino después. “Ellos tienen más hijos, por eso ahora son mayoría. Después de habitar por años en aldeas lejanas, están buscando el casco urbano. Así como el garífuna emigra para los Estados Unidos buscando una vida mejor, el kekchí viene a Livingston por la misma razón”.

Mientras Walder Véliz conversa en el Happy Fish, en la Municipalidad, que está a unos cuantos metros, un grupo de personas se ha reunido y se siente tensión en el aire. En medio del numeroso grupo de hombres, una joven mujer dirige la reunión. Es ladina, su atractivo rostro muestra los característicos estragos del mar. Se trata de Angélica Méndez, coordinadora de la Red de pescadores artesanales del Caribe y lago de Izabal. El grupo hace silencio mientras Méndez explica que la red está compuesta por 16 grupos de pescadores que se han organizado legalmente por los problemas que les acechan. “Somos pescadores que trabajamos desde la Barra del Motagua, toda la punta de Manabique, Puerto Barrios, Livingston, Miramar, Cayo Quemado, Boca del Polochic y Sarstún”. Debido a sus actividades de pesca artesanal, les acusan de dañar el medio ambiente. Grupos ecologistas y autoridades gubernamentales pretenden que dejen de trabajar en la pesca, dejando a cientos de familias sin ingresos. “Nosotros solo extraemos los recursos, no dañamos el ambiente”, explica. “La pesca no es una alternativa para nosotros, es un medio de vida. Estamos conscientes de que estamos sobre explotando el recurso, pero necesitamos alternativas para sobrevivir”.

Julio Lee, otro dirigente de la red, se acerca para averiguar con quién está conversando Méndez. Tiene desconfianza debido a que según él los medios de comunicación han tergiversado su situación y sus peticiones. “La opinión pública no conoce lo que realmente está pasando por aquí. Nadie reconoce lo que hace el pescador por la comunidad, económica y ecológicamente, solo se dedican a atacarlo”, asegura. Según los pescadores, gran parte del problema es la belleza misma del lugar, ya que por eso se lo quieren arrebatar para entregarlo a manos extranjeras. Con cada afirmación se oyen gritos de aprobación de parte de los presentes, que realizan su reunión semanal.

Según los hombres y mujeres de mar, han presentado propuestas que han sido desoídas, y les han presentado alternativas risibles. Además su desconfianza es infranqueable. Angélica Méndez vuelve a hablar con tono femenino pero firme, “no pueden tomar fotos de nuestras actividades porque ya estamos cansados de que nos utilicen”.

Antes de retirarse, los pescadores cuentan que hay conversaciones y acercamientos con la Municipalidad de Livingston, pero temen que se quede en eso. Según estos artesanos del mar, los guatemaltecos deberían saber que los mariscos que llegan a su mesa fueron pescados por esta red. “La otra producción, la del pacífico es para exportar. Sin nuestro trabajo en el caribe se acabarían los ceviches del fin de semana”.

Para los pescadores sus detractores solo piensan en el turismo, pero no en las personas que viven en Livingston. “Dañan nuestra economía para darle a los extranjeros un país lindo donde venir a recrearse. Lo que no consideran los empresarios del turismo es que es un efecto dominó, cuando se adueñen de nosotros después siguen ellos”. Están seguros que los tratados de libre comercio están atrás de todo esto. “Esto es un monstruo, pero si nos apoyamos entre sí podríamos salir adelante. Lo malo es que la característica del guatemalteco es dejar que el agua nos llegue hasta la nariz para reaccionar”. Según Lee, ya casi nos estamos atragantando.

“Sí a la diversidad, no al estereotipo”
El medio día se acerca, los barrios que están alejados del casco urbano permanecen ajenos al ajetreo. Hoteles desiertos, personas descansando en sus portales, niños de diferente color correteando casi desnudos. No hubo clases debido a una reunión de profesores.

Mercedes Blanco, maestra de primer grado de primaria y líder garífuna sale de la reunión del claustro de la Escuela de Niñas. Cuenta que la interacción entre diferentes etnias, tanto entre alumnas como entre profesores, es enriquecedora. “Al impartir las clases en idioma español, muchas veces los niños vienen a aprenderlo aquí”. Los niños de Livingston suelen ser bilingües y hasta trilingües, muchos hablan inglés.

En Livingston hay centros educativos de educación primaria, de educación básica y de diversificado. En cuanto a la educación universitaria, las sedes más cercanas están en Puerto Barrios. “A pesar de eso, las limitaciones económicas frenan a la juventud a asistir a la universidad. La mayoría apenas sale del nivel básico, es una lástima porque hay bastantes jóvenes con potencial”, se lamenta mientras pierde la mirada en el salón vacío.

Blanco, al igual que los pescadores, son cautelosos con los medios de comunicación. “Vienen a hacer reportajes y luego publican cosas que no son verdad, eso nos tiene molestos”. Según la maestra esto ayuda a que persistan los estereotipos, que al parecer aborrecen. “Estamos cansados que crean que solo somos buenos para bailar y para el deporte, nuestra cultura es más que eso”. Mercedes opina que por años han estado invisibilizados, y lo poco que se dice de ellos es negativo. “Dicen que el negro es ‘huevón’. Sin venir a conocernos, desde lejos nos denigran, en especial a las mujeres, pues dicen que mantenemos a los hombres, eso no es cierto”. Como dijo antes Gregoria, Blanco afirma que los hombres madrugan para trabajar. “Prueba de ello es que los que se van hacia el extranjero lo hacen por necesidad del trabajo”.

Invocando a los ancestros
Alguien soñó que un ancestro, a quien se niegan a llamar difunto porque creen que sigue conviviendo con ellos, pedía una ceremonia, un “chugú”. Gregoria había explicado antes que no hay fechas específicas para hacer este ritual. “Los preparativos duran hasta un año porque deben criarse los animales que serán sacrificados”, dijo como quien cuenta un secreto. En este ritual le dan gracias al mar y a Dios, además le piden respuestas y bendiciones a sus difuntos. Cuando Gregoria notó nuestra intención de asistir, dijo que “hasta el día de hoy no se permite que gente blanca presencie estos rituales”.

La casa de Guillermina Blanco, a donde acudimos a comprar pan de coco, queda justo junto al lugar del “chugú”. Con la excusa de entrar a ver cómo se prepara dicho pan, pasamos muy cerca de la atestada casa vecina. Ritmos africanos suenan en medio del humo, las personas están vestidas de manera diferente, con sus trajes tradicionales. En el patio los niños rodean las ollas de comida que humean mientras serias señoras revuelven su contenido. No podemos seguir observando, alguien nota nuestra presencia y nos clavan incriminadoras miradas.

Con los ritmos de la ceremonia como música de fondo, Guillermina Blanco termina de preparar el pan bon, que está hecho con coco y es dulce. “Mi mamá me enseñó a prepararlo, yo se lo enseñaré a mis hijas, es una tradición”. Después de comprar el pan, es mejor abandonar el barrio, a pesar de que están dispuestos a compartir amistosamente su comunidad, este momento es sagrado.

La ceremonia duró todo el día y el calor, cada vez más sofocante, fue aplacado por una refrescante lluvia que duró toda la noche. La gente desapareció, ya no había un alma en la calle. Así como muchos ríos desembocan en Livingston, también diariamente confluyen personas, conflictos y actividades. El visitante toma su lancha de regreso llevándose lo que más le haya gustado de este singular pueblo. Atrás se queda la compleja cotidianidad, las luchas, las pasiones, las diferencias, las reconciliaciones. Mientras, Chilindrino sigue vendiendo drogas imaginarias.

Octubre 2004

martes, 2 de marzo de 2010

Del vintage (sigamos con el tema pues)






Publiqué una entrada larga acerca de mi opinión sobre las maras y tengo UN comentario (gracias Julio), en cambio en el de las Pacas llevo un montón… qué curioso.
En fin. Ahora sé que el guatemalteco común adora sus pacas y los precios bajos. Lección aprendida. Odian seguir la moda mainstream y gastar medio sueldo en una prenda. Ok, copiado. No les importa vestir a sus hijos con ropa maloliente, increíble pero cierto.
Hablar de este tema fue como tocar lo más delicado: el bolsillo y las costumbres arraigadas. Sin embargo, así como me han estado dando lecciones de cómo comprar un atuendo por Q50 o menos, también yo los invito a que vayan a una buena boutique y se compren una sola prenda de calidad y buen estilo. Se sentirán bien, se los prometo. Yo a cambio iré a buscar, otra vez, algo para “enriquecer” mi colección, pero no en la Megapaca, tal vez en un mercado de pulgas o algo parecido.
Comprar vintage conlleva ciertas pautas. La prenda debe estar impecable y en buen estado (nada de manchas ni hoyos ni decoloraciones), debe ser clásica y de buen corte, sin importar su marca debe aportar estructura al armario. No debe ser una pieza curiosa que le de “vistosidad” a un atuendo, a menos que se trate de un disfraz.
Apoyo el vintage, totalmente, pero no hay que confundir las cosas. Un buen abrigo, una chaqueta tipo smoquin, un vestido de línea A, un verdadero estampado Pucci o Missoni son ejemplos de piezas a buscar. Algo inspirador, algún trapo o accesorio que pudo haber usado Jane Birkin o Eddie Sedwick.
Una prenda vieja y sin estilo que no entalla no vale la pena aunque cueste Q1.

domingo, 14 de febrero de 2010


Se rompió el sur

(Como un intento de homenaje a Christian Poveda, quien hizo el documental La vida loca y luego fue asesinado, posteo este ensayo que escribí hace unos años)

Un poco antes de las 9:00 de la mañana del lunes 15 de agosto 2005, en la Comisaría 31 de Escuintla empezó a llevarse a cabo un ataque de la Mara Salvatrucha a la Mara 18, que fue replicado sincronizadamente en cinco centros de detención más. Además de horror, está acción ocasionó incertidumbre.
Los integrantes de las maras se jactan de sostener su palabra, por lo que el pacto de no agresión en las cárceles que habían adquirido unos diez años atrás hacía impensable un ataque de esa magnitud. Las autoridades, penitenciarias, policiacas y ministeriales, aparecieron ante la opinión pública sin poder ocultar su desconcierto ante la situación, pues muchos observadores que conocen el comportamiento de las maras ven con extrañeza lo ocurrido, pues en realidad esta acción no se parece a su forma de proceder hasta la fecha. Mientras iban heridos en las ambulancias rumbo a los hospitales, algunos pandilleros atinaban a decir “esos vatos basura rompieron el sur”. Así una nueva etapa había iniciado, la guerra se había declarado.
Muy diferentes a los demás pacientes de esos hospitales, los jóvenes tatuados permanecían custodiados por la policía en sus camas de hospital, sufriendo no solamente el dolor de sus heridas, sino también la impotencia ante el ataque sufrido. Algunos, que no quisieron decir sus nombres, parecían estar enterados del por qué del ataque, pero aseguraban que de eso no podían hablar. Siempre fieles a su gavilla, prometieron que la Mara 18 vengará las muertes. “Serán los familiares de la mara Salvatrucha los primeros en caer, luego serán ellos”, sentenciaron sin rodeos. La ciudad tembló ante las palabras de estos jóvenes que apenas llegan a los 20 años, pero que en su cara reflejaban la dureza que solo la calle y la marginación pueden otorgar.

Como si fueran novedad
Atrás quedaron los días en que estos grupos reñían a lo video de Michael Jackson, armados de cuchillos y pantalones cortos, sin saldo de muertos ni titulares sensacionalistas. Veintipico de años sirvieron de caldo de cultivo para que nuestra indiferencia convirtiera a esos grupos de jóvenes en estas sanguinarias y mortíferas maras. Catalogados desde sus inicios como una amenaza que se cierne sobre la sociedad, siempre se supo que fue producto de la misma.
En los barrios vimos crecer a sus fundadores. No eran muy diferentes a nosotros, a nuestros primos y hermanos. El Nabo, de la Mara Five, era un niño travieso hijo de una señora que vendía comida cerca de la iglesia de la Palmita. En ese tiempo todos andábamos en lo mismo: la música de los ochentas, los peinados raros, los pantalones “pachuchos”. El Nabo asaltaba sin armas, pero nunca a los conocidos del barrio. Como lo apunta la investigación de la socióloga Deborah Levenson (“Por sí mismos”, Avancso) el Nabo era sólo uno de los patojos que perderían poco a poco la inocencia, dándole lugar al resentimiento. Insertados dentro de una creciente sociedad de consumo, donde de pronto lo más importante eran las cosas que se pueden adquirir, los jóvenes pobres miraban pasar delante de sí todo lo que no podían tener. Muchos optaron por arrebatarlo a quienes, creían, les sobraba y se lo restregaban por la cara. ¿A quién no le robaron un par de zapatos tenis o una chumpa de cuero o unos aretes de oro? En sus inicios, las maras compartían las mismas demandas que los movimientos sociales, pero sin adherirse a ellos.
La respuesta no se hizo esperar. Nació la lucha entre breiks (mareros) y los burgueses (o anti mareros). En esos tiempos, la batalla la ganaban los jóvenes con más posibilidades económicas, los niños bonitos que humillaban y golpeaban a cualquier joven con apariencia de “cholero”. El hijo del panadero de mi barrio perdió sus dientes frontales en una golpiza, sólo porque le gustaba reunirse con sus amigos en una esquina para bailar breik.
El odio fue creciendo, los malvestidos debían agruparse para estar preparados, para recibir con más aplomo los insultos, para identificarse con otros que como ellos sentían que no pertenecían a ningún lugar. Esas esquinas, esos barrios, fueron volviéndose sagrados. Templos modernos del orgullo de ser pobre. La misma palabra “mara” entonces no tenía la connotación de ahora. Decir “mi mara” era decir “mis cuates”, “los que andan conmigo”.
Pero la pobreza perseguía (como hoy) a todos los guatemaltecos, y en las manifestaciones de 1985 estos jóvenes también salieron a manifestarse, pero con más energía, con menos ideologías, dispuestos a todo. Opuestos a los movimientos políticos, pero provenientes de los mismos estratos, fueron bautizados como “mareros” como si aquello fuera un insulto.
La violencia fue en escalada, cada día encontraron una nueva forma de delinquir y de ser jóvenes en un país donde no hay condiciones para serlo.
Cortos de memoria y de planes de gobierno que terminen lo que empiezan, la Guatemala de hoy se enfrenta a las maras como si fuera la primera vez que presenciaran el fenómeno. Olvidan que las pandillas juveniles crecieron desde los años 60s, precedidas por importantes grupos estudiantiles. Tampoco recuerdan que en los inicios de la etapa democrática, en 1987 y 1988, los discursos anti maras lograron apantallar a más de alguno. El Plan Nacional de la Juventud, del partido que estaba en el poder, incluyó a los líderes de las maras de entonces en sus proyectos, usándolos pero sin escucharlos de verdad. En abril de 1988 el gobierno anunció la formación de una comisión especial para estudiar a las maras. Como ahora, los políticos trataron de dar soluciones frente a las cámaras de los medios para ganar protagonismo. El entonces Ministro de Gobernación pidió el Día del Trabajo de ese año que unieran esfuerzos con los Ministerios de Educación, de Cultura y de Trabajo para afrontar el desafío planteado por las maras.
Diecisiete años después, ¿dónde están los resultados de esas iniciativas? Tanta bulla y tanto discurso no sirvió de nada. Como si nunca se hubieran propuesto, tales planes quedaron en eso y hoy se teme a las maras como un enemigo desconocido, olvidando que lo vimos crecer, salió de las más dolorosas entrañas de nuestra ciudad. Además de la negligencia y poca voluntad de los involucrados, también la actitud mojigata y paternalista que se adoptó para enfrentar a las maras fue una ridiculez. Se culpó a la música, a la televisión, a las drogas, al mismo Satanás, se ignoró la pobreza, la marginación, la ignorancia, la falta de oportunidades. En el lugar que debieron ocupar sicólogos, sociólogos, educadores y líderes juveniles, las autoridades de entonces pusieron a líderes religiosos fundamentalistas. Como lo reportó el diario El Gráfico en diciembre de 1987, esto era más fácil y económico, dejando que la “costumbres cristianas” y la sabia voluntad de Dios resolvieran el problema. Mientras los ungidos por el gobierno hacían grandes teatros mágico-religiosos, las huestes de las maras solamente se fortalecían, riéndose a sus espaldas.
Quienes sí estaban escuchando y mostraron verdadera solidaridad fueron las maras “hermanas” de inmigrantes en los Estados Unidos. Lograron lo que pocos movimientos sociales han logrado: unidad, gracias a la constante migración. Tal y como lo anunciara el texto de Levenson, que fue el primer estudio sobre las maras publicado a principios de los 90s, sin atacar las verdaderas raíces del fenómeno, su incipiente solidaridad y conciencia de clase se fue perdiendo. “Las maras tienen un rasgo de ausencia de futuro: no hay duda de que su falta de orientación las deja expuestas a la manipulación. (...) Poco interesadas en los asuntos sociales y relaciones igualitarias, absorbidas por el crimen, las maras irían más allá de un punto sin retorno para volverse centralizadas, antidemocráticas, autoritarias y más violentas”.

Se cumple una profecía
Las actividades de las maras actualmente ya no son juegos de niños, a pesar de las edades de sus miembros. Replicando a los mayores, el 19 de septiembre 2005 los más jóvenes de las maras archirivales, Salvatrucha y 18, llevaron a cabo otra matanza. Mientras los de la MS se disponían a dormir en la correccional de San José Pinula, sus enemigos cercaron el lugar en medio de la oscuridad y entraron a matar con precisión, sin titubear.
En las escenas de la televisión, la cabeza de un joven yacía lejos de su cuerpo. Por ser una noticia de última hora, que no pasó por la edición respectiva, dejó ver crudamente el rostro del occiso, esgrimiendo todavía una mueca de incredulidad. Cierta ingenuidad en su joven rostro quedó petrificada para el festín de los periodistas de la nota roja.
Quizá ahora los respetables ciudadanos, tal vez anti breiks ó discriminadores en su juventud, se lamentan por no haber hecho algo antes de que esto llegara a este nivel. Esta guerra nos afecta a todos, nos pone delante de nuestra cara lo que somos, el resultado de una historia reciente manejada a chapuces y remiendos. Los resentimientos de los jóvenes y sus problemas seguirán buscando cómo manifestarse, nos parezca o no.
Una noche me llamó mi madre alarmada. Me pidió que sintonizara el programa de Marta Susana, pues un primo estaba en el “distinguido” pánel de la rubia. Reconocí de inmediato esos ojos que caracterizan a los Masaya: algo rasgados, con una mezcla de picardía y de desencanto. Mi primo creció en el Barrio el Gallito de nuestros padres y abuelos, yo crecí en la zona 5. En realidad no hay tanta diferencia entre él y yo. Con sus ojos achicados por el rencor y la inconformidad, le dijo a la anfitriona de la televisión que odia a todo el mundo, y que sólo en la mara ha encontrado un hogar. Mi madre casi se desmaya, el público lo abucheó, Marta Susana le dio palabras de lástima. Pero a él no le importaba lo que los demás pensara. Igual odiaríamos todos si nos sintiéramos defraudados, marginados e ignorados. No lo condeno, hasta respeto su convicción, la cual en una manera tuve pero en otros ámbitos, cuando jovencita y apasionada quise cambiar al mundo. No creo que haya tanta diferencia. Si mi primo hubiera tenido la oportunidad, sería otra su historia. Pero no la tuvo, y se cansó de esperar.

martes, 9 de febrero de 2010

Llegó la hora: adiós al cordón


Me veo el ombligo y allí está, envejecido y podrido, mi cordón umbilical. Largo, como la tristeza, llega a esa placenta que ya no me nutre sino que me envenena. Ese pastel de sangre y tripas que antes era tan acogedor, ahora es un pantano que me asfixia.
No importaba que tan lejos me fuera, que alto subiera o que bajo cayera, siempre me llevaba de vuelta a donde mismo, a mis inicios, a mis orígenes, reclamándome por las escapadas, haciéndome sentir mal por mis ganas de volar, por mis ganas de hundirme, por mis deseos de ser diferente. A veces era la cuerda de un cometa, otras la soga al cuello, a veces el hilo de pescar, otras el rastro de sangre que lleva a la cadáver. He tomado la tijera, un escalpelo brillante y mortal, lo estoy blandiendo en el aire, a punto de cortar con todo…


Tengo una difícil relación con mi mamá, desde que tengo memoria. Hoy estoy triste, me siento un hoyo en el alma porque veo que con el paso de los años, en lugar de mejorar, empeora. Supongo que las dos nos volvemos viejas y más neuróticas.
Puedo ser un tigre con otras personas, menos con mi mamá. Puedo mentarme la madre con quién sea, pero con ella bajo la cabeza. Qué tonto suena, pero me duele tanto. Ella es como esa vocecita dentro de mi cabeza que no me deja en paz. Una piedra en mi zapato. Si bien me importa poco lo que digan los demás de mí, sus críticas me hieren como mil puñales.
No dudo que la amo, tampoco que ella me ame a mí. Pero somos tan diferentes, tan dolorosamente opuestas. Me duele que nunca hayamos podido llevarnos bien, que solo nos hayamos soportado por todos estos años.
Lo cierto es que ya me cansé, estoy agotada y harta. Para mí se acabó.