viernes, 21 de agosto de 2009

¿Por qué todo lo quieren hacer película?


Hoy leí que van a hacer una película basada en Brave new World de Huxley y tuve emociones encontradas. El libro me impresionó de tal manera que recuerdo exactamente donde estaba cuando lo terminé de leer. Cuando la facultad de Medicina de la USAC estaba todavía en el campus de la zona 12, quedaba desierta después de las 4 de la tarde. Sus pasillos eran ideales para sentarse a leer en silencio en bancas de madera viejas y bellísimas. Ahí estaba sentadita cuando cerré el libro maravillada.
Hay algo único en la relación entre la literatura y el lector. Una comunicación íntima de uno a uno. Abres el libro y abres la mente creadora de algún genial ser humano.
No todas las adaptaciones de los libros a las películas son malas (Trainspotting por ejemplo), incluso hay un par que los superan (ejemplo es The Godfather). Pero ambas formas de narrar son totalmente diferentes. Sabato (oh sí, mi venerado Sabato), decía que entre una novela y una película existe la diferencia que hay entre un avión y un submarino. El avión ofrece bellas imágenes panorámicas, en un momento nos muestra todo el paisaje. En cambio, el submarino va a las profundidades que son oscuras pero no menos fascinantes. Hecho para ir despacio, el submarino va echando luz sobre lugares quizá inexplorados. Según el escritor, un novelista que quiere comparar su obra on la narrativa del cine es como ver a ese submarino queriendo salir a la superficie y dar pequeños saltos fuera del agua. O sea, patético. El pensador argentino incluso llega a afirmar que muchos escriben libros ya con la idea de que se vuelven películas, solo con la ambición de obtener más dinero que con la poco lucrativa literatura.
Estas palabras me confundieron la primera vez que las leí. Mucho de lo que escribo es una película en mi cabeza. Pero también entiendo que algunas cosas (esos benditos monólogos interiores) no veo cómo podrían representarse. Son dos artes diferentes. El cine, arte relativamente joven, es ágil y puede con una imagen, como dice el cliché, decir mil palabras. En cambio, la literatura, arte tan viejo como el mismo hombre, nos permite meternos en el personaje y saber qué piensa, qué dice, que le pasó antes y que puede pasarle después.
En suma: cada forma de arte, cine y novela, tiene sus propias razones de ser y responde a sus propias características.
Cuando leí La virgen de los sicarios, de Vallejo, como muchos tuve una relación de odio amor con el libro. Bello y a la vez, horrendo, como la realidad misma. Una oda la muerte, un dulce canto de destrucción. Mis respetos.
Luego, conseguí la película. No soporté ni 5 minutos. De un golpe (de mala actuación y estética de telenovela) me mató el cuadro. No quise seguirla viendo, no quería cambiar mi opinión acerca del genial texto del colombiano.
Solo un exquisito puede hacer una película exquisita, mejor si basándose en un exquisito texto. Pero en la industria del cine lo que abundan son los productores ambiciosos que con tal de que le guste a la mayor cantidad de gente posible, hacen películas uniformadas y predecibles.
Lo mejor, creo, es leerse los libros y luego ver la película. Bien hechas, cada uno puede ser un acercamiento diferente a la misma historia.
En mi particular forma de pensar, al masificar cualquier cosa se va vulgarizando, trivializando. En lugar de ser un personal ejercicio intelectual, se vuelve un producto más del mercado.
Para mi sería triste si una persona que tiene como película favorita 50 First dates, por ejemplo, vea Brave new World y se dé el lujo de despreciarla, o peor, creer que así se acerca a los textos de Huxley.

martes, 18 de agosto de 2009

Así soy...

Yo escribo desde que tengo memoria. Al principio era el escape de una niña solitaria, luego la evasión de la adolescente confundida. Ahora es un ejercicio diario, es más, escribiendo me gano la vida.
La ficción me ocupa mucho tiempo, pero también mis vivencias y pensamientos. La primera la doy a conocer solo cuando publico, lo otro lo comparto últimamente más que todo en este blog.
Nunca esperé agradar a todos, pues es imposible. No es como me dijo un anónimo (que además de llamarme popo me dijo que deplano no tenía amigos o algo así), escribo porque necesito hacerlo, nada más. Hablar con la gente es fascinante, pero cansa. En esas charlas suelo aprender muchas cosas que luego puede que me sirvan para seguir escribiendo.
Se siente raro cuando alguien te dice algo feo. Me lo han dicho otras veces (aunque los elogios me han abundado más que los insultos), pero no deja de intrigar, sobre todo cuando es un anónimo.
También recibí el reclamo de otra persona que se sintió afectada personalmente por algo que escribí. Lamento que mi forma de ver las cosas no le parezca, pero tampoco voy a disculparme ni justificarme.
Creo que lo que les da miedo a las otras personas de escribir, de expresarse, precisamente es enfrentarse al qué dirán. Como lo he dicho antes, yo estoy acostumbrada y seguiré haciéndolo le pese a quien le pese.
La autocensura es un fantasma que siempre nos ronda. Entre lo que realmente queremos decir y lo que finalmente expresamos, no debería haber diferencia. Lástima que no todos puedan entenderlo.
Así que a pesar de los insultos y los malos tratos, aquí seguiré diciendo lo que me plazca. Supongo que escribiré hasta que muera.

jueves, 13 de agosto de 2009

Para los que patean con la izquierda...

Hace poco compre un cuchillo multiusos, de esos que ofrecen hasta cortar latas y zapatos. Cuando al fin me lo entregaron (lo compré por catálogo) descubrí que no lo podía usar. No hay manera de que un zurdo pueda, por ejemplo, pelar con esa cosa.
Me enfadé mucho y recordé todas las peripecias que he enfrentado por ser zurda. Cuando era pequeña, mi mamá me llevaba a clases de bordado con unas dulces ancianas. En cuanto se iba, las adultas mayores empezaban a decirme que usar la mano izquierda era malo, que debía usar la derecha. Yo era una niña de 7 años que ni siquiera le gustaba bordar, así que no les ponía coco a las viejitas. Pero llegó el día en que ellas quisieron hacer un experimento: me amarraron la mano izquierda a la silla. Luego me dieron una tijera para que cortara con la derecha, lo cual intenté sin ganas y ellas se enojaron. Bastó contarle a mi mamá la experiencia para que se acabaran las clases.
Solo los zurdos saben lo que se siente tener que acomodarse en un mundo de derechos. Nunca me he sentado en un escritorio para zurdos. En la primaria y la secundaria ni los conocían, en la universidad había un par que siempre estaban ocupados. Esa tablita que sirve para apoyar el codo ha de ser cómoda, porque yo siempre terminaba cansada de tener el brazo en el aire al escribir.
Los deportes son otro tema. Cuando era pequeña era fanática del baseball, pero no tenía guante de zurda, entonces tenía que usar uno de derecho y era un desastre. No duré mucho como segunda base, los doble plays nunca salían bien porque se me salía la bola del guante. Además, los profesores de física pretendían que hiciera los saques de boleyball y que rebotara la pelota de basket con la derecha.
Y qué decir de las computadoras, hasta la fecha no he visto en persona un Mouse para zurdos, y mi pobre y débil mano derecha vuelve todos los días adolorida a casa.
Si bien tal vez hubiera sido una buena deportista, o bordadora profesional, hoy leí que todos esos obstáculos hacen más capaz al zurdo. Aprendemos a hacer las cosas de las dos maneras, usando ambos lados del cerebro. Al igual que los chaparros desarrollan (bueno, desarrollamos) un carácter fuerte para no dejarse de los grandulones, los zurdos encontramos soluciones creativas para todo.
Y lo mejor, es que uno se siente especial. Solo el 10% de la población es zurda.
¡Feliz día de los zurdos! Yo soy zurda para todo, ¡qué viva la izquierda!

martes, 11 de agosto de 2009

Just breathe

Hoy es uno de esos días en los que necesito hablar con alguien sobre las grandes angustias existenciales. En cambio, estoy sentada en mi escritorio haciendo como si hago.
El iPod me aísla, así que lo prendí, le puse volumen y DJ Aleatorio me recetó una excelente canción: Just breath. Me remontó a una granja en San Lucas, creo, a una conversación de toda la noche (en la que nos reímos por horas de un jamón, Chimex para más señas), una fría madrugada en la grama y un espectacular amanecer circunvalando del Lago de Amatitlán.
¿Alguna vez se han ido a la cama las 8 de la mañana? Sin quitarse la ropa, sin lavarse los dientes, apenas aflojando los zapatos y todo lo que apriete… Una necesidad imperiosa de cerrar los ojos, que a esas alturas ya pican como si tuvieran chile.
A lo lejos se oyen los ruidos del día que avanza, conversaciones, prisas, gente que durmió toda la noche. Pero no importa, vas durmiéndote con una sonrisa en los labios, mientras un fríito se va apoderando de ti. Jalas una sábana o algo y sigues sonriendo. No importa la claridad que entra por la ventana, no importa que no fuiste a trabajar, no importa que gastaste hasta tu último centavo, no importa que ese teléfono siga sonando sin parar.
El resto del día transcurre enrarecido. El calor del medio día te hace levantar, pero sigues con sueño. Tomas una sopa de vaso, te quemas la lengua, unos cuantos vasos de agua y sigues durmiendo. Pierdes la noción del tiempo, cae la tarde, la gente regresa a sus casas, oyes sus carros entrar a los garajes, a sus chuchos ladrarles la bienvenida, se oyen las puertas y cerrojos de los negocios aledaños que cierran, entonces empiezas moverte mejor, tuviste goma y ni cuenta te diste. Se te apetece comer de verdad, abres la refri pero no hay nada que se pueda comer ya.
Bañarse de noche tiene su encanto, se hace sin prisas. Hueles tu champú, que es de fresa salvaje o algo así. Te secas el pelo con esmero, te da tiempo de elegir con cuidado lo que te pondrás. Ya repuesto, con una apariencia casi normal, suena el celular con la llamada esperada. Te invitan a una fiesta, esta vez en el medio de la nada, allá por Santa Catarina Pinula. Dudas unos segundos, mientras palpas la billetera, entonces te aclaran que no hay que llevar nada, habrá de todo, hasta jamón Chimex, ríes de buena gana y cuelgas.
Todo vuelve a empezar.

martes, 4 de agosto de 2009

Cuba


Para empezar y no dejar dudas, desde un principio digo que no creo en la democracia y que soy una humanista atea. Dicho esto, prosigo diciendo que en especial nuestra democracia me parece un fantoche. Las leyes y la constitución dicen una cosa, y lo que vemos en la calle son otra. Derecho a la salud y educación, a la vida, ¿para quiénes? Para quienes pueden pagarla. El resto, se muere esperando ayuda médica, se educa en escuelas que se están cayendo y son atacadas por maras, y día a día salen a la calle con la esperanza de no morir a manos de un delincuente, quien se cansó de esperar por alguna oportunidad y se decidió por el crimen. Matan, roban, secuestran y violan sabiendo que en el 98% de los casos no habrá castigo.
Algún democrático lector dirá: no todo es perfecto en la democracia. Claro, porque los guatemaltecos agobiados pueden quejarse y quejarse hasta quedar sin voz, pueden rezarle a quién quieran en la religión que elijan, y cada 4 años acudir a las urnas para decidir quién seguirá incumpliéndoles sus derechos.
Entre esto y una sociedad como Cuba, prefiero a la isla. Aunque no pueden comprar perfumes franceses ni comer comida chatarra, pueden caminar por la calle sin riesgo incluso de noche disfrutando de las estrellas y la compañía de sus amigos. Aunque no pueden pasar horas enfrente de la computadora en la internet, no hay analfabetismo y la mayoría va a la universidad. Aunque no pueden cambiar a sus autoridades cada 4 años (y no tienen que soportar a la clase politiquera), no hay niños de la calle ni desnutridos, ni mucho menos muertos a balazos.
Algún enemigo del socialismo dirá: pero no tienen libertad. Está bien, acepto que no son libres de la manera que nosotros lo concebimos, pero no todo es perfecto en la revolución.
Si Cuba está como está a pesar del bloqueo que ha sufrido por décadas (lo vi con mis propios ojos), me emociono al pensar cómo le irá cuando ese bloqueo desaparezca. Viven muy bien a pesar de todo, mucho mejor que nosotros que nos creemos muy afortunados por vivir en democracia.
Algo que empecé a pensar luego de hablar con los cubanos, es que en algún momento en los años 80 Fidel empezó a equivocarse al pensar en quedarse de por vida en el poder. A pesar de que me creía muy sabionda en cuanto a Cuba, en el Museo de la Revolución descubrí que luego del triunfo en 1959 hubo un presidente civil, Manuel Hurrutia, mientras que Fidel era Primer Ministro. Sin embargo, apenas unos meses después el tal Hurrutia traicionó a la Revolución y fue destituido. El pueblo, todavía con la euforia de la revuelta popular (recordemos que Cuba estaba muy atrasada y pobre, necesitada de un cambio) pidieron que Fidel fuera el único líder del cambio. Y ahí se fue quedando, se me ocurre que pensaba que no podía confiar en nadie la Revolución que tanto les había costado. Así han pasado ya 50 años. Claro, no es un dictador como Bastista con palacios y lujos y chicas y casinos y excesos, pero como dice el viejo adagio, está empezando a parecerse un poco a quienes tanto criticó.
Aunque se dice que sigue gobernando desde su cama, Raúl Castro ha sido un cambio para los cubanos. A quienes les pregunté, me dijeron que les parecía que hablaba menos y actuaba más. Creo que eso lo dicen porque ellos tenían que escuchar a Fidel por 8 horas consecutivas en la Plaza de la Revolución.
Cuba necesita un cambio sin dejar de lado su revolución, y mucho me temo que no ocurrirá hasta que el bloqueo desaparezca. Este pueblo ha desafiado al mundo por 50 años, ha vivido de otra manera y se mantiene firme aún. Ahora admiro más al pueblo cubano (su ingenio no tiene límites)que a su dirigencia.
También pienso que Guatemala necesita empezar de cero, luchar por cambios estructurales, educativos y culturales, pero las revoluciones armadas están mal vistas y pasadas de moda, se quedaron en los siglos pasados. Los gobiernos populistas latinoamericanos me dan un poco de ñáñaras y desconfianza. ¿Cuál es el camino?
Confío en que las nuevas generaciones se las ingeniarán para cambiar nuestras tristes realidades. Siendo muy joven abracé una causa que creí justa pero que no rindió frutos y costó miles de vidas.
Creeré en la democracia cuando la ejerza un pueblo educado, sano y en paz, cuando los políticos sean verdaderos líderes e intelectuales, cuando a los representantes en el congreso realmente les interese nuestros problemas, cuando la transparencia y honradez permita que el dinero se use adecuadamente y nadie se robe un centavo.
No creo que la vida me alcance para ver todo esto. Soy un caso perdido.

martes, 28 de julio de 2009

Perder un hijo


La primera mujer que conocí que había perdido un hijo fue mi mamá. No conocí a mi hermano Manuel y no entendía su tristeza, una que le ha durado toda la vida. Las fotos que atesora mientras se van desvaneciendo no tenían sentido para mí. Ese niño con zapatitos blancos no me hacía llorar como a ella, pero había algo en su mirada tan familiar, algo que ahora veo en mi propio hijo, Manuel.
Mi mamá siempre me lo decía (cuando llegaba de madrugada, no me ponía suéter, no comía comida sana) como una profecía: “Cuando seas madre me vas a entender”.
Yo era una chica dura.
Con el tiempo, cada una de mis amigas, mis antiguas compinches, fueron teniendo sus bebés. Curiosamente, al preguntárseles qué se sentía, no podían explicarlo.
Finalmente, el turno me llegó a mí. Aunque me cayó el veinte poco a poco, pude entender un misterio único: de ser el centro del universo y sus alrededores, me volví humilde testigo del surgimiento de una vida.
Por ahí anda un pedacito de mi corazón corriendo y sonriendo. Cuando se golpea, me duele a mí. Cuando brinca de felicidad y ríe a carcajadas, mi corazón parece hincharse hasta querer estallar.
Sólo mi mamá sabe que ahora por dentro soy un mashmellow que llora fácilmente, que no duermo si a mi hijo le duele algo, que no comprendo cómo pude ser tan dichosa de haber dado la vida. Sencillamente, ahora comprendo a mi complicada madre.
Por ahí alguien comentaba que antes la gente tenía tantos hijos, hasta 10 o más, porque de seguro la mitad se le morirían. La ciencia no tenía cura para muchos males infantiles, tampoco faltaban mortales accidentes. Pero ahora podemos suponer que tenemos todo para proteger a nuestros hijos, por lo que tenemos menos hijos e incluso, como yo, decidimos tener solo uno.
Perder a uno de esos tesoros que hemos amado y cuidado desde su concepción simplemente debe ser horrible. Todas las madres nos conmovemos ante cualquier colega que tenga que pasar por ese momento.
En los últimos tiempos lamentablemente he visto algunos casos. Confortar a los padres es imposible. No puedo evitar ponerme en sus zapatos. Creo que yo simplemente me volvería loca y ya no querría seguir viviendo. Es así. Es muy raro, todos hemos amado a alguien sin medida, pero el amor por un hijo va más allá, es sobrenatural. Es tan intenso que a veces no lo soporto.
Estoy escuchando una canción dedicada a Paula, la hija de Isabel Allende que murió, y no puedo dejar de pensar en la bella Manuela y el pequeño Diego Pablo. Me imagino sus cunas vacías y las lágrimas vienen sin querer.
Esas madres, como mi mamá, irán por la vida acunando a un hijo ausente, soñando con el día de su muerte para poder reencontrarse con él, como lo hace mi mamá cada día de su vida.

martes, 21 de julio de 2009

Soy como el perro coraje


Me gustaba mucho esa caricatura, ahora creo entender por qué. Un cobarde confeso se sobrepone a las peores situaciones con una valentía que tiene más mérito que si viniera de un valiente.
Yo creía que antes era más valerosa, pero no. Lo que pasa es que antes no valoraba la vida, mi vida, y tenía menos que perder. Ahora las cosas son diferentes en mi vida.
Tirarme de un taxi no fue nada comparado con lo que viví el sábado 11 de julio 2009, que pudo haber sido el último día de mi vida. No puedo contar detalles (lo prometí), pero fue como la suma de todos mis miedos. Balazos, persecución, golpes, amenazas, la noche oscura y nadie para ayudarme.
Cuando al fin llegué a mi casa, con el carro maltrecho y manchado con sangre, tuve miedo de mí misma. He estado sufriendo problemas nerviosos desde hace ya algunos meses (desde lo del taxi). Por eso pensé que me daría un shock nervioso, que me daría un ataque o algo así. Pero no. Miraba todo en conjunto como algo irreal.
Cuando se lo conté a mi terapeuta, ella me hizo ver lo valiente que había sido. Hasta ese momento me di cuenta que había reaccionado de tal manera que había resuelto la situación. Yo, la susceptible y enfermiza, en lugar de huir y acurrucarme aterrorizada, me había enfrentado a mis peores miedos, ofreciendo el pecho si era la hora de morirme.
Claro, he estado teniendo malos ratos y un poco de estrés pos traumático (no quería subirme a mi carro cuando lo fui a traer al taller), pero no estoy tan mal como pensaba.
Pude haber muerto, pero no fue así. Eso es lo que cuenta.
Pero me están pasando otros fenómenos. Para empezar, me siento un poco menos vulnerable. Es decir, si en esas horribles circunstancias salí ilesa, creo que puedo ir por la calle a la luz del día entre la gente y no pasará nada malo.
Pero, por otro lado, mi pesimismo ha crecido. Para colmo, fui al funeral de un bello bebé, hijo de una compañera de trabajo, y otra vez me enfrenté a la mortalidad, a lo frágil de la vida. Ver a un padre besar y besar a su hijo antes de enterrarlo fue algo que todavía me tiene con una actitud sombría.
En estas circunstancias, no tengo paciencia, no tengo humor para nada ni para nadie. Me di cuenta de eso el sábado, cuando asistí a una fiesta de disfraces. Me encanta disfrazarme, entrar en personaje, ser otra. Y ahí estaba tratando de sentirme otra hasta que me cambiaron el soundtrack y, de pronto, una furia se apoderó de mí. Rematé con mis queridos amigos de siempre (lo siento mucho), quienes solamente estaban pasándola bien.
Me doy cuenta que no estoy bien, todavía no. ¿Es que algún día lo estaré?

jueves, 9 de julio de 2009

A propósito del 25 de junio


A principios de los 90s para un hombre decir que era gay en la USAC era algo impensable (ojalá que la cosa haya cambiado actualmente).
En esos años, andaba yo en la flor de la juventud como quien dice (no llegaba a los 21), activa en la política, en la huelga, en la academia y de novio en novio. Uno de mis amigos más queridos era F, flaquillo él, siempre de jeans y tenis, peludo y oloroso a pachulí. En esa locura que era mi vida, él me miraba divertido, hasta cierto punto fascinado. El y R. eran los mejores bailarines de la Facultad, así que me daba gusto bailando con ambos. Éramos un grupo alegre, alocado y metido en babosadas, pero en realidad nos cuidábamos entre nosotros y llegamos a querernos un montón.
Por eso, cuando el flaco bailarín me dijo que estaba enamorado de mí, fue algo bien tierno. Yo estaba entre un corazón roto y un nuevo romance, por lo que simplemente le agradecí y seguimos de amigos. Entonces, los demás pensaban: “pobre F. no tiene novia porque Jessica no le hace caso”, y así pasaron los meses.
Cansada de patojos insensibles y egoístas, un día me puse en buscar cuál era mi problema. Decidí que el error era involucrarme con chavos que apenas conocía. En cambio F. me escuchaba, me llevaba a casa, me consentía, nos divertíamos juntos. Así que, jubilosa, decidí darle una oportunidad para ser mi novio. Cuando se lo comuniqué se quedó frío. Yo pensé que se había emocionado demasiado, pero no era eso. Me dio el beso más raro que me han dado y empezamos a ser novios.
Cambió totalmente, de repente siempre tenía clases y cosas que hacer, y cuando al fin nos encontrábamos nunca estábamos solos. Yo no sabía qué pensar, pasó un poco más de una semana y le reclamé su cambio.
Recuerdo que era sábado, nos encerramos en la sala de ping pong para hablar. Pensé, “éste tiene otra”. Entonces me dijo “¿te recuerdas que te dije que había estado casado?”, me preguntó, yo pensé inmediatamente que había regresado con la esposa. Pero no. “Sí estuve unido a alguien, pero era un hombre”, me dijo con mucha delicadeza. De golpe todo tuvo sentido. Los cosméticos en su baño, su casa tan bien decorada, la ropa siempre limpia y olorosa, la forma de bailar sensual pero a la vez distante. No era amanerado, pero sí era más sensible que los otros machotes rudos.
Todos esos años, llevaba mínimo unos 5 años en la Facultad, había estado ocultando su verdad. Para que no le preguntaran por qué andaba solo después de los 30, decía que era divorciado. Luego empezó a decir que estaba enamorado de una mujer imposible, de mí por ejemplo, para que no le trataran de conectar a nadie.
Me quedé pasmada. No puedo negar que por los siguiente días traté de hacerlo cambiar de parecer (todavía no sabía que es imposible), me puse terca como cada vez que algo se me pone difícil.
No pude pelearme con él, lo quería demasiado, así que empezamos a ser más amigos todavía. Fueron unos años inolvidables. Entre otras cosas, me enseñó la escena gay guatemalteca de aquel tiempo. Fui a las mejores parrandas de mi vida, bailé y canté como loca, tanto en discotecas como en casas particulares.
Lo ayudé a seguir protegiendo su identidad un tiempo más, hasta que ocurrió algo bien feo. Una parte del grupo original se separó y formó su propio partido político, enfrentándonos en las siguientes elecciones. Los del otro bando eran los más conservadores y criticaban asuntos personales de nosotros (que si tomábamos, que si parrandeábamos, que si fulana resultó embarazada) como parte de la campaña. De pronto llegaron a sus manos unas fotografías de mi amigo F. representando a Guatemala, con banda y todo, en el desfile de orgullo gay de San Francisco. Se dieron la grande criticándolo y la cosa estalló.
No recuerdo quién ganó (Ferquis tal vez se acuerda), pero a partir de ahí mi amigo salió del clóset con orgullo. Además, se dedicó a defender los derechos de los homosexuales hasta en la revolución (cosa bastante utópica aun dentro de la utopía) y es uno de los pioneros de las organizaciones tipo Oasis. Lamentablemente le perdí la pista, soy una pésima amiga, cómo quisiera tenerlo todavía para platicar.
Muchos me han preguntado por qué apoyo tanto y tan apasionadamente la causa de los homosexuales, muchos creen que deplano yo soy una de ellos (como diría una amiga: a lo mucho, soy una bisexual reprimida).
Como muchos, cuando era niña y vivía rodeada de un ambiente bastante conservador, pensaba que ser homosexual estaba mal. Pero ya en la universidad, pues fui abriendo mi mente acerca de muchas cosas. Puedo decir sin temor a equivocarme que, luego de la experiencia con F, muchos otros compañeros homosexuales fueron fundamentales en mi formación. Las feministas y activistas más aguerridas, eran lesbianas. Aprendí mucho de ellos, así como a respetarlos.
La solidaridad que tienen la mayoría de ellos, no todos claro, raya en la complicidad. Todos deberíamos tener al menos un amigo gay. Ser homosexual es difícil en nuestra sociedad, no creo que sea justo ponerles más obstáculos. Es difícil romper con lo que nos han enseñado, pero haciendo un esfuerzo se puede.
Aunque tarde ¡feliz día de orgullo gay! F. te extraño…

lunes, 6 de julio de 2009

Siguen los reclamos...

Ahora resulta que para elegir al Premio Nacional de Literatura votamos por un escritor para quedar bien con el Gobierno, resulta que todo estaba listo y preparado para que ganara el que quedó. Me duele la cabeza, me vuelven las palpitaciones, la náusea está a la vuelta de la esquina.
Como lo dije en un post del año pasado, el Premio Nacional de Literatura necesita una revisión, necesita cambios, necesita un replantamiento. Nunca he dicho que es perfecto, ni que lo que decidimos en el Consejo Asesor para las Letras es lo mejor.
Lo que sí digo es que la gente no debería acusar sin antes estar segura de lo que dice. Todo esto del premio ya me está hartando, una decepción más...
Es imposible que todo el mundo quede satisfecho con el escritor que se elige, sobre todo si no es santo de su devoción o su favorito no fue el favorecido.
Ya ni siquiera dan ganas de seguir escribiendo…

jueves, 2 de julio de 2009

La Necia apaleada



Hoy me siendo algo achicopalada, tengo tres pensamientos en mi cabeza:

1. Pobre mi hijo, le tocó una mamá peleonera. Como diría la mía, empieza Cristo a padecer. Resulta que en colegio al que asiste nos cobran actividades como kermesse y día de la familia OBLIGATORIAMENTE. Los dos eventos pasaron y no asistimos, así que por eso no pagamos. Sin embargo, al querer ir a recoger las notas, me dijeron que estaba morosa a pesar de haber pagado la colegiatura. Eso es ilegal. Es como pagar por un servicio o producto que no recibiste. Pero nadie se queja, como bien dice el lic Garavito, el guatemalteco le tiene miedo al qué dirán, sobre todo de que los demás piensen que no tiene dinero, así que se dejan robar. Pero eso no es nada, hay colegios que cobran “bonos” de hasta Q30 mil por el derecho a a asistir a sus aulas, sin mencionar pagos por uniformes, fiestas, viajes y un montón de otras tonterías. Definitivamente, estamos jodidos porque la educación pública es tan mala, que tenemos que morir en un colegio privado. Aunque debo reconocer que hay buenos que no son un negocio, pero suelen ser muy religiosos, del tipo de los que piden que los padres estén casados por la iglesia y que tengan todos los sacramentos. El colegio de Manuel no está tan mal, y queda a una cuadra de la casa, por lo que me gusta que estudie ahí. Pero he decidido hacer valer mis derechos y no pagar más que lo justo, y si es necesario me quejaré en la DIACO, aunque las maestras y padres de familia me vean de reojo cuando llegue en las mañanas a dejar a mi niño. Lo bueno es que él todavía no se averguenza de lo que hace su mamá. El problema va a ser cuando sea un poco más grande. Ya me imagino…
2. Desde que otros empezaron a leer lo que escribo, en la secundaria, me he metido en problemas. Muchos se sienten ofendidos, tengo esa cualidad, o defecto. Hace poco mis hijastras encontraron este blog y lo leen (hola niñas), pero solamente para tener armas contra mí. Al parecer, mi familia política no se imaginaba que yo era, digamos, tan “radical”. El feminismo, el ateismo, el comunismo, el borrachismo, son cosas que para ellos son “malas” y punto. Ah! par de niñas chispudas, supieron cómo hacer la cosa. Me dolió, pero no me averguenzo de lo que soy. Ahora la cosa es un poco incómoda, yo ni abro el pico para no provocar polémicas, pero nada es igual. Por otro lado, una persona que se vio reflejada en uno de mis posts, me escribió exigiéndome que lo borrara. No decía su nombre y solamente ella sabía que era ella, pero estaba furiosa. Otra vez, sin retractarme de lo que escribí, mejor opté por quitar el post. Entiendo que no es fácil ver tu vida, o parte de ella, reflejada en un texto. Lo siento mucho, te lo digo a ti si estás leyendo. Y por último, resulta que me tocó escribir un texto sobre sexo oral. Una tarea más, investigué, interpreté y redacté. Ayer salió en Revista Amiga y ha sido un escándalo. Han estado llamando y escribiendo para pedir mi quema en la hoguera. ¡Pero si es sexo oral! Algo tan común en nuestros tiempos. Hoy atendí a una de esas señoras molestas. Sin dejarme hablar, me sermoneó y me culpó por todo lo malo que hay en el mundo. Como ya he tenido malas experiencias tratando de defenderme de lectores enojados, no dije nada. ¿Para qué? La oí y al final le dije OK.
3. Ayer salí exhausta del Palacio Nacional, luego de que eligiéramos el Premio Nacional de Literatura. Desde que el año pasado expresé, sin censura alguna, mi opinión en un artículo de Siglo Veintiuno, mi posición en el Consejo Asesor para las Letras no es la misma. También ahí soy paria por decir lo que pienso, me siento como ignorada. No pueden echarme por lo que dije, pero en la práctica, solo les sirvo para votar. Tal vez es mi imaginación, ojalá. Fue una ardua elección, pero al final estoy satisfecha con haber votado por el ganador. En una complicada elección (eran 5 candidatos que luego quedaron reducidos a 2), con dos rondas de votación, mi voto, el de la exiliada, fue el decisivo. Ah verdad, no que no me necesitan…