jueves, 31 de marzo de 2016
martes, 15 de marzo de 2016
No quiero que mi hijo llore porque tu hijo lo insulta
Desde que nació mi hijo también nació una sensación nueva para mí, presente cada día, a cada momento. Diez años y cuatro meses de tener una mezcla de preocupación, miedo, ternura y amor (premieteamor). Es difícil de explicar, es la sensación de haber adquirido una responsabilidad descomunal para la cual no sabes si tienes lo que se necesita.
Quizá no todos los padres vivan así, tal vez depende de cada personalidad. En mi caso años y años de vivir para mí misma hicieron que pensar que no podría ni siquiera mantener con vida a una cosita tan pequeña y tan indefensa. Por eso pasé de ser despreocupada a tomarme muy en serio mi nuevo papel.
Por unos seis años, dormí con una oreja “encendida”, cualquier ruido en el monitor me hacía brincar como un resorte en una fracción de segundo. Los primeros años los retos fueron las enfermedades, la alimentación, las travesuras y los accidentes.
Cuando eso pasó llegó una etapa de la cual no tenía idea: la interacción con el mundo exterior. Los primeros años en el colegio se caracterizaron por el cariño y la sobreprotección que mi hijo despertaba en los demás, por ser tan dulce y pequeño. También tuve que soportar que otros niños le introdujeran a cosas que yo le había ocultado, como las chucherías y las gaseosas, e incluso le compartieran alguno que otro “animalito” en su cabeza.
Tener un hijo parecía una oportunidad de poner en práctica los ideales, de aportar en algo a este mundo. De enmendar los errores que habían cometido en nosotros, de corregir el rumbo. Así que nos hemos esmerado en inculcarle lo que creemos lograría ese cometido.
Pero conforme creció las cosas se complicaron pues los niños empezaron a dar a conocer sus personalidades, enriquecidas y también “contaminadas” por los adultos que los rodean. Así como llevan su alegría natural de niños, su curiosidad y compañerismo, también llevan sus prejuicios, la prepotencia y la violencia en la que han crecido. Resultado: como dice la gente, los niños pueden ser crueles, y vaya si no lo son.
Así que de repente, de la noche a la mañana Manuel empezó a ser blanco de burlas y chistes. Y, sí, empezó a retumbar en mi cabeza esa palabra tan mediática ahora, cual peste o epidemia que se quiere evitar: bullying.
Mi hijo, como todos los niños, es especial. Es creativo y se apasiona en extremo por un tema a la vez. Ama los videojuegos y le gusta expresarse con el cuerpo y bailar al ritmo de las canciones que él mismo inventa. No le gustan las actividades deportivas ni violentas. Pero su mayor “problema”, según los otros niños, es que no es tan alto como el promedio. Además, según nos han explicado, todavía es bastante fantasioso e infantil, cada niño crece de diferente manera. No dudo que a veces es difícil de manejar y de persuadir.
No me lo esperaba, en mi ingenua cabeza pensaba que el colegio era su oportunidad de divertirse, aprender y hacer amigos, pues al ser hijo único el resto del día se la pasa acompañado de adultos. Mi ilusión terminó cuando regresó triste y me preguntó por qué era “tan pequeño” que se burlaban de él. Me quedé fría. Busqué mis palabras con cuidado para explicarle la situación, pero no le sirvió de mucho consuelo.
Me duele solo escribir que ese fue solo el principio, han sido al menos tres años de escucharle con un nudo en la garganta contar todo tipo de insultos e incluso ataques físicos del que ha sido víctima. Pero desde hace unos ocho meses la cosa se ha agravado.
Me toca ser comprensiva y darle un enorme abrazo y un beso, cuando lo único que quiero es llorar y romper algo. Hablamos y hablamos, parece sentirse mejor, cuando vuelve a sus solitarios juegos me escondo para lloriquear y maldecir.
Toca meditar y pedir opiniones a expertos, leer mucho y buscar orientación. Hablar en el colegio no ha dado mucho resultado, al parecer controlar este fenómeno está fuera de su alcance. Es más, insinúan que nosotros debemos hacer algo con respecto a nuestro hijo, dando a entender que él es quien tiene un problema.
Podría escribir miles de palabras para desahogarme acerca de lo inconforme que estoy, como todos, con el sistema escolar, pero no tengo energías. Lo tengo en ese colegio privado (Lehnsen) porque gente que estudió en otras épocas allí nos lo recomendó y porque nos queda frente al edificio pensando que así tendría calidad de vida, pero quizá hemos sacrificado la calidad educativa.
Otros colegios quizá son mejores en cuanto a la academia pero son religiosos y exageradamente estrictos, dos cosas que no me gustan para nada. Me han hablado de colegios que son buenos pero que están muy lejos y los que realmente me gustan, por sus métodos educativos y por ser más humanísticos, son simplemente imposibles de pagar.
Me siento muy confundida y frustrada. Algunos me dicen que lo que le está pasando es normal, otros que le enseñe a ser igual a los demás incluso en cuanto a la violencia, otros que lo cambie de colegio. También me dicen que vaya a la PDH, a la DIACO y con especialistas. Claro, también hay momentos en que me pregunto a mí misma ¿qué he hecho mal?
La cita “It takes a whole village to raise a child” (yo lo traduzco como “toma un pueblo entero educar a un niño) es cierta, pero en la realidad los padres nos sentimos solos. Ni el sistema de salud, ni de educación funcionan bien, ni siquiera las calles son seguras y la indiferencia es generalizada.
Por otro lado, al ver ciertas conductas me imagino a los niños recibiendo insultos, golpes y indiferencia en sus casas, o presenciándola, por lo que acumulan toda esa energía negativa que luego van a descargar al colegio. Al final son el reflejo de sus familias y de su sociedad. Entonces me doy cuenta que es un problema mucho más complejo que en la práctica es manejado por maestras y personal sin capacitación ni motivación, pues los hacen trabajar largas horas por un sueldo bajo ya que la educación en los colegios es un negocio. Está hechos para rendir ganancias a los dueños principalmente, no para ayudar a formar a seres humanos felices. Porque, eso sí, aunque mi hijo prefiera no salir al recreo para que no lo molesten y tenga temor de ir al baño debemos pagarles hasta el último centavo, incluyendo colegiaturas y otras cosas no precisamente necesarias, como un show de talentos en un teatro alquilado y una cuota para empresarios juveniles.
Duele la impotencia que se siente al darse cuenta que aunque pensemos diferente y queramos educar de otra manera a los hijos, es inevitable estar inmersos en una sociedad problemática donde la calidad de la educación no es una prioridad, menos la felicidad de los niños.
Entiendo que debo dejar que crezca y madure, y que en ese camino son necesarios los golpes y cierta frustración. Sé que hay cosas que no puedo ni debo controlar pero me aterra que se cruce la línea y se llegue a un abuso que traiga consecuencias irreparables.
Lo cierto es que cada tarde lo espero con los nervios de punta, con temor de oír lo que le han dicho o hecho esta vez. No quiero que responda igual, no quiero que sea como ellos, sino que exija respeto y el sistema lo apoye. Pero también quiero que esto termine, que sea feliz. ¿Es mucho pedir?
martes, 1 de marzo de 2016
Los pezones de la discordia
Tener un bebé recién nacido es una experiencia complicada, hermosa sí, pero llena de achaques en un cuerpo que apenas se recupera de haberle dado vida a otro ser humano. En medio de suturas, hormonas locas y trastornos del sueño, una está con el pendiente de que “baje” la leche porque es lo mejor que podemos darle a nuestro pequeño hijo. Lo oímos de los médicos y de las masivas campañas a favor de la lactancia materna, así como de madres, tías, abuelas.
Es lo más natural, te dicen, lo necesita para tener mejores defensas, te aseguran. Es un deber de la buena madre. Pero el asunto es bastante complejo, sobre todo para las primerizas.
Simplemente amé darle el pecho a mi hijo, es una experiencia sin comparación. Los muchos libros que están disponibles en el mercado, y en la internet, dicen que el bebé al nacer no sabe que ya no es parte del cuerpo de la mamá y depende totalmente de ella. Estudios serios dicen que los bebés humanos nacen sin estar listos, porque no pasarían por el canal del parto, así que la gestación continúa afuera. Los primeros meses realmente los dos seres están unidos por los sentimientos más fuertes que he conocido.
Según los mismos libros, se suponía que al nomás nacer debían darme a mi bebé para prenderlo de mi pecho y así estimular la producción. Pero ni me preguntaron y le dieron su “pacha” recién salidito de mí. ¿Han visto la boquita de un recién nacido? Es una minúscula máquina succionadora, los mismos libros dicen que por un buen tiempo ese prodigio será su comunicación con un mundo nuevo y aterrador para ellos.
Antes de tener un hijo sentía que los pechos eran más o menos sensibles, sobre todo en ciertos días del mes, pero en general eran algo que simplemente estaba allí.
Conforme avanzaba el embarazo empezaron a cambiar, sobre todo en su tamaño, temperatura y aspecto. Las areolas se oscurecieron y unas venas nunca antes vistas surgieron de la nada. Como otras partes de mi cuerpo, sin previo aviso dolían como si estuvieran electrificados y al tocarlos estaban calientes. Uno empieza a sentir que no tiene control de nada.
Me dieron consejos durante el embarazo para que me “hiciera” los pezones más grandes y duros para dar de mamar, pero no hice nada más que todo porque eran “ejercicios” bastante dolorosos.
Muchas mujeres, por si no lo sabían, tenemos pezones diferentes. Yo tengo uno que es plano, hay otras que lo tienen totalmente invertido. Quienes tienen los pezones normales al estimularlos forman una perfecta boquilla de la cual se prenden las ávidas boquitas succionadoras.
Pero con uno plano o invertido, sin importar la estimulación tal “boquilla” no existe, apenas hay una protuberancia con un agujerito. Los pechos empiezan a crecer y a subir todavía más su temperatura, venas y sensibilidad, es obvio que la leche está lista para salir, pero pareciera que el conducto de salida apenas permitirá que salgan gotas.
Pues allí estaba yo, días después de salir del hospital con un bebito hambriento y unos pechos turgentes, lista para llevar a cabo una acción tan primitiva como hermosa. Pero no sabía cómo hacerlo, no crean, es difícil encontrar un estilo, una postura que favorezca a la mamá, al bebé y a la salida del alimento. Cuidando todavía una dolorosa cesárea, o sea una herida de unos 10 centímetros, aquello llevó muchas horas e intentos.
El niño lloraba sin parar con ese llanto tan característico de los recién nacidos, lo cual me parecía que estimulaba más todavía la producción. Pareciera que con la ayuda del olfato sienten que el pecho, y el alimento, está cerca e inician una búsqueda desesperada. Pero para nosotros fue complicado, en parte porque no podía acomodar su boquita y su hambre en un pezón “sin forma”, y empezaba su llanto otra vez. Y a veces el mío también. Y los pechos se desbordaban con sendas lágrimas blancuzcas y pegajosas.
En mi dormitorio desfilaron varias mujeres, libros y consejos para lograr el objetivo, enumeraban las muchas técnicas que existen. Y nada. Debido al insomnio y las hormonas que no terminaban de acomodarse, mi desesperación era mayúscula e incluía temores de que la leche cuajaría dentro de mí, o peor, que los pechos estallarían o reventarían como globos con agua.
Un día estaba sola comiendo en la mesa porque, oh sí, el hambre de una mamá que produce leche es voraz. Mi bebé estaba junto a mí en su moisés con ruedas y empezó a llorar de hambre, como cada 2 ó 3. No había intentado darle pecho en otro lugar que no fuera mi cama, pero pensé que probaría sentada en una silla.
Esta vez él estaba más decidido que yo pues sin esperar que lo pusiera de forma horizontal, como se supone debe ser, estando como quien dice “hincado” se prendió de mi pezón más grande. Y allí ocurrió el milagro, sentí cómo salía la leche de mí y entraba en su boquita. La cara del bebé que toma su pecho es de concentración, de felicidad, de gozo. Hasta la respiración le cambió porque al parecer la leche salía a borbotones.
He buscado la forma de describir con palabras lo que se siente y me ha sido difícil. Es una experiencia de unión total, la madre primitiva en una se siente satisfecha de darle algo tan puro y sano que sale de su cuerpo y que el hijo espera y recibe feliz. La sensibilidad de ambos pechos me cambió, sentía un cosquilleo nuevo, rico, que no venía precisamente de afuera sino desde dentro. Era el momento de los dos, a veces nos quedábamos dormidos él con el pecho entre sus manitas y yo con una sonrisa en los labios.
Pero no todo es lindo. Hay dolor, escozor, heridas y más dolor. Hay que curar uno de los pechos y dar solo uno, luego curar el otro. Esto provoca que se tengan pechos notablemente diferentes entre sí y una incomodidad difícil de explicar.
Pero está claro que la mujer moderna no vive encerrada en su casa, pasada la cuarentena de rigor suele volver a su vida habitual y allí la cosa se complica aún más. La leche se sigue produciendo, a veces mancha la ropa, además yo sentía que mis pechos no cabían en ninguna blusa, incluso estorbaban por su tamaño.
A pesar del hambre voraz que ya mencioné, hay que cuidar lo que se come. Se debe seguir una dieta especial para que la leche no cambie de sabor ni afecte la digestión del pequeño ser que apenas está estrenando su sistema digestivo. Aunque una añore un puyazo con chimichurri y pan con ajo, con una cerveza helada, debe seguir las indicaciones al pie de la letra. Eso es fuerza de voluntad.
La producción de leche sigue si se sigue estimulando y el hambre de los pequeños no se detiene jamás. Así que hay que hacer todo el ritual en donde uno se encuentre, ya sea en su casa o la de alguien más, un restaurante, el carro, un centro comercial, un parque. La operación entonces se vuelve un poco más complicada y encima está el factor de las miradas curiosas. No es que una quiera andar sacando el pecho en cualquier lugar, es una necesidad y un deber.
Por donde se le vea, es una situación nada sencilla y, sobre todo para las primerizas, estresante hasta cierto punto.
Solo di pecho seis meses, el tiempo mínimo para darle los beneficios. El trabajo periodístico que a veces me llevaba a coberturas nocturnas no me permitió seguir. Fue difícil la separación de su boquita y mis pezones chuecos, pero ya bebía de esa leche carísima de bote que cualquiera que lo estuviera cuidando podía preparar.
Aquellos imponentes pechos, llenos de calor, venas, color y vida, fueron reduciéndose poco a poco. Lo que nunca se fue, eso sí, fue esa sensibilidad que me recuerda que con ellos alimenté a mi hijo. Cuando veo a una mamá amamantando siento ternura y también envidia.
Por eso me indigno al ver que las personas rechazan a las mamás que dan pecho en público. No entiendo, en una sociedad hipersexualizada donde el cuerpo de la mujer es usado para vender productos por doquier sin que nadie diga nada, resulta que es ofensivo que una mamá saque un pecho y alimente con amor a su hijo.
He visto videos donde la gente de la manera más abusiva les pide que se vayan, ¡no lo puedo creer! También he oído a mujeres que dicen dar pecho en público está mal ¿y la sororidad? A mí no me pasó pero puedo imaginar lo tristes que se han de sentir quienes reciben tal rechazo.
Hay una gran contradicción y dilema en este tema, te dicen que hay que dar de amamantar pero ¿en secreto? ¿sin que nadie se entere? ¿las madres lactantes deben vivir aisladas, sin salir, sin trabajar, sin tener vida social?
Mi solidaridad para ellas, y mi aplauso para las campañas que ciertos restaurantes hacen para permitir que las madres no solo entren a amamantar sino que además les ofrecen una bebida gratis. Quizá poquito a poquito vamos cambiando las cosas.
lunes, 22 de febrero de 2016
Sólo sé escribir
Desde muy pequeña supe que me gustaba escribir, pero creía que era un sueño dedicarme a eso para vivir. Sobre todo con el poco apoyo de las maestras del colegio donde estudiaba que, como ya conté antes, no comprendían por qué querría dedicarme a algo que “no da dinero”.
No obstante el poco apoyo, desde hace 12 años me dedico a escribir día y noche. Es cierto, esto no me ha hecho rica pero me encanta lo que hago. Tanto lo que publico, como periodismo o ficción, como lo que me guardo. Algunas cosas las pulo y las pulo, otras las olvido, otras de plano las descarto.
Actualmente soy parte de un proyecto de una editorial. Estoy escribiendo para libros de textos donde se explica a adolescentes el arte de escribir. Un trabajo fascinante, pero a la vez, muy complejo pero que me parece de mucha importancia. Hay que incentivar a los futuros escritores desde niños.
Hace unas semanas al llegar a la USAC pude recordar cómo fue llegar a los 18 años a la Facultad de Humanidades a estudias Letras. Mientras que para otras personas la experiencia fue, y sigue siendo, desagradable, para mí fue como llegar a mi nave nodriza. Sedienta de conocimiento, y de vivir, hice de ese edificio mi hogar por quizá demasiados años.
Para otros era, y es, una institución retrógrada, para mí era el mundo de los libros y lecturas que había añorado. He oído a escritores decir que ese lugar no les aportó nada en la vida, que lo que saben lo aprendieron afuera. He oído que la detestan y hasta se burlan de ella.
Yo no puedo dejar de agradecerle a esa Facultad, fundada por el primer gobierno revolucionario de 1944, los mejores años de mi vida. En sus aulas, a veces llenas y a veces solo para mí, me terminé de enamorar de la literatura y del idioma español.
Ya escribía antes de entrar y al conocer a mis doctos profesores me preguntaba ¿por qué ellos no estaban escribiendo y publicando? Si tenían ideas geniales, dominaban la lengua de Cervantes y conocían las características del buen escribir.
Pronto me di cuenta que precisamente por eso no lo hacían. O por lo menos no se atrevían a publicar aunque escribieran. ¿Por qué? Porque sus estándares de calidad y sus influencias eran elevadísimos.
Vi muchas veces su sonrisa de ternura cuando sus alumnos, ingenuos recién iniciados en las letras, les decíamos que estábamos escribiendo. Claro, ninguno se atrevía a enseñarles los textos porque nos medirían con la misma vara que a García Lorca o a Borges.
Como decía Marco Antonio Flores, muchos eruditos tienen a la literatura en una torre de marfil idolatrada, no le han perdido el respeto. Estos profesores la aman y le temen, lo cual nos trataban de infundir también a nosotros, haciéndonos creer que esos seres que escribieron esos maravillosos libros que analizábamos eran de otras dimensiones, diferentes, elevados, lejanos.
Eso podía desanimar a cualquiera, lo cual era una especie de colador que nos filtraba. Los primeros en irse eran los que querían ser escritores por la fama y la fortuna por obvias razones, luego se iban los que pensaban que escribir “era fácil”. Se quedaron, bueno, nos quedamos, los necios, los empedernidos.
Cuando gané algunos concursos y luego publiqué mi primer libro, creo que mis profesores realmente se sorprendieron, pero no tanto como yo. Los demás parecían preguntarse cómo lo había hecho.
Así lo hice: además de perderle el miedo a la literatura, me animé a escribir desde el fondo de mis tripas. Usando toda la corrección lingüística, saqué demonios que vivían dentro de mí a puros escupitajos. Me expuse como quien dice desnuda frente a todos, sin pudor. En general es difícil de explicar, especialmente a niños y adolescentes.
Lo cierto es que así llegué al lugar al que pertenecía y nunca me fui: el mundo de las letras, de las palabras. En los últimos días he estado tratando de descubrir si existe algún otro ámbito en el que pudiera desenvolverme, pero descubrí que no. Pues yo solo sé escribir.
martes, 8 de diciembre de 2015
Las fotos y las historias
Como la mayoría de nosotros tengo miles de fotos digitales archivadas, al tratar de organizarlas me di cuenta que en los últimos siete años le he tomado imágenes de casi cualquier cosa gracias a que siempre, literalmente, tengo una poderosa cámara en la mano. Pero no siempre fue así.
Cuando mi hijo nació hace 10 años, y yo empezaba a acostumbrarme a lo de las fotos digitales, me hice el propósito de ir imprimiendo las fotos de 100 en 100. Pero solo lo hice dos veces, luego no solo era imposible elegir solo 100, sino que ese artefacto llamado álbum de fotos se volvió casi casi un artículo de museo.
Ahora se reserva para documentar eventos especiales como bodas, bautizos, graduaciones. Se acostumbra para compartir los momentos más importantes de esos eventos con otros, tener a mano ese registro. Pero aún esas versiones están seriamente amenazadas por otras presentaciones, como los marcos digitales o las televisiones inteligentes. Incluso, acabo de ver una especie de "revista" de una boda que tomó el lugar del famoso álbum.
Todas las casas de nuestros padres estaban llenas de ellos de esos álbumes, algunos eran gordos y pesados, algunos más livianos o incluso algunos solo contenían 24 o 12 fotos y parecían pequeñas libretas. También habían bolsas o cajas de fotos menos importantes, huérfanas o que simplemente no alcanzaron a ocupar una página de los álbumes.
En realidad antes tomábamos fotos solo en ciertas ocasiones y no eran muchas porque había que cuidar el rollo (y el bolsillo). Pero además, había sorpresas al revelar, llegaba uno todo feliz a recoger las fotos y la mitad medio eran buenas, el resto movidas, con un dedo que tapaba la cara de alguien o de plano una que solo era una mancha negra.
En el periodismo me tocó vivir también la transición. El periódico en el que empecé a trabajar fue de los más rezagados en este tema, así que mi compañero de fórmula, generalmente Stanley Herrarte, se las tenía que ingeniar para administrar los rollos que le daban. No sé, me parecía que por eso mismo las fotos eran más pensadas, más planificadas y, bueno, mejores. Me daba cuenta de la dedicación que le ponía a cada toma, como un artista componiendo un cuadro en su cabeza.
Por la dinámica de las noticias, el rollo de película implicaba ciertos inconvenientes. A veces había que correr para ir a dejar el rollo y así pudieran trabajarlo y digitalizarlo, así las fotos estarían listas para la hora de cierre. Había unidades móviles que se encargaban de andar recogiendo el material (ahora una computadora, o un teléfono inteligente, y una buena conexión a internet son suficientes).
Las primeras veces que me tocó lidiar con las fotos digitales para un artículo no me gustó. Recuerdo por ejemplo que luego de una visita al lago de Amatitlán, cuando me tocó trabajar con otro fotógrafo. Al regreso del viaje me pidió que eligiera fotos para la nota y me entregó una "selección" de 500 fotos. Me fui de espaldas. Me costó decidir cuáles serían las 7 que salieron en mi artículo.
Soy nostálgica. Siento cierta atracción por las fotos de antes, a mi me encanta llegar a una casa y que me enseñen los álbumes de la familia. Creo que esas fotos encierran una historia rica, más real y que se pierde cada segundo.
Porque las fotos impresas no son eternas, se borran con los años, y los negativos son escurridizos, se pierden. Tal vez por eso hay que ver los álbumes cada cierto tiempo, ir viendo cómo se van esfumando poco a poco las imágenes hasta llegar a ser casi sombras. Luego solo serán recuerdos. La humedad y las polillas, en casa de padres y abuelos, puede acelerar el proceso.
Cuando me mudé al apartamento donde vivo encontré cientos de fotos de la familia de mi marido. Algunas caras eran muy conocidas, otras no tanto. Por eso es necesario que alguien te guíe como en un museo, explicando las “piezas” que no comprendes. Una “visita” por esas imágenes me hizo comprender mejor al hombre que amo, ver su devenir. Lo vi transformarse de un flaco adolescente a un rockero, luego a amoroso padre de dos hermosas hijas.
También pude ver a mis suegros en sus múltiples viajes y logros académicos, a mis cuñados en sus bodas y nacimientos de sus hijos. Aunque llegué a esta familia no hace mucho, las fotos me pusieron al día de los momentos más importantes. A mi hijo también le encanta hacer estos recorridos y reconocerse en los rostros que ve.
Así pudimos darnos cuenta que el espacio que ocupamos en esta casa ahora ha sido por décadas el escenario de importantes momentos familiares.
Pero también noté que en los álbumes hay imágenes que faltan, espacios donde evidentemente había fotos que fueron removidas. Con esas sustracciones, aquellos guiones que se armaban en los álbumes de fotos quedaban sin una pieza que toca imaginar porque, en realidad, nadie quiere hablar de "eso" que falta.
Qué cosa tan triste cuando, a propósito se "borra” a una persona de la historia. Es decir, luego de haber sido parte de ese entorno ocurren rupturas que destierran a esas personas hasta de las imágenes. A veces por respeto a quienes han tomado sus lugares, otras porque su presencia dejó mal que sabor de boca en todos. O por ambas razones.
jueves, 10 de septiembre de 2015
Carta de amor bi polar
Estoy lista para que te vayas, no porque ya no te ame, sino porque precisamente he llegado al momento cúspide de este amor cuando debo cerrar los ojos y lanzarme al vacío disfrutando la caída libre sin pensar en qué pasará. Sin saber si abrirá el paracaídas y planearé como un ave, o me destriparé entre las piedras.
Puedes irte si así te nace, si quieres regresar sobre tus pasos o simplemente doblar en la esquina contraria. Aquí me quedaré dando brinquitos en los charcos mientras escampa, viendo el reflejo de tu figura en el agua.
Y tal vez deberías irte, no puede ser que sigamos amándonos tanto, deseándonos así. No es justo, no es posible, no es normal. No me mires así, no pienses que he enloquecido.
Sí, tengo miedo que esto sea una montaña rusa que solo ha ido hacia arriba pero que en cualquier momento empezará su caída vertiginosa. Que cualquier día empecemos a ver hacia otro lado mientras comemos en un restaurante, como hemos visto a tantas parejas que nos devuelven la mirada curiosa de estos dos que ríen como adolescentes.
Tal vez es hora que te enseñe el camino hacia la salida amablemente, aunque no quieras. Demos gusto a quienes nos quieren alejados, quienes han pedido a sus dioses que un rayo rompa nuestro lazo invisible.
Pero...
Empiezo a imaginarte con esos movimientos lentos que haces cuando no estás seguro, te veo recogiendo tus cosas y algo dentro de mí se rompe.
¿Pero qué estoy diciendo? ¡No te vayas! ¿cómo podría volver a la tierra firme luego de haber levitado por 11 años alrededor de tu luminoso ser? Quedaría como polilla que tuvo alas, que una vez fue hacia luz y luego se quemó. Condenada a arrastrarse.
¡No! mejor no te vayas. ¿Quién terminará las frases que empiezo? ¿quién sabrá antes que yo qué es lo que me apetece? ¿quién escuchará mis discursos de media noche alrededor de una canción y un shot de tequila?
Solo tú puedes aplacar el monstruo que llevo adentro, volverlo manso como un corderito, ver su tosca belleza. Solo yo puedo hacerte hablar desde lo más profundo que llevas dentro, leerte como a un sismógrafo para saber en qué escala y a cuántos grados están tus emociones.
No importa nada, quédate. ¡Sí! Sigamos siendo dos locos pecadores que no pueden dejar de tocarse, que se acaban de despedir y ya se extrañan.
Yo seguiré siendo tu estilista y tú mi ángel guardián. Yo la que hace listas de cosas-por-hacer y tú el que olvida todo en un segundo porque de pronto le surge un estribillo. Yo la que tiene mil zapatos y tú el que adora sus camisetas viejas. Yo la que prueba labiales en el supermercado mientras tú pruebas las degustaciones de licor de 25 centavos.
No puedo imaginar una existencia donde no esté tu sonrisa eterna, tu olor con un toque a almizcle, tu mano firme, la música que sale de cada poro de ti. ¿Con quién podría hacer tres comidas al día hablando como si fuera la primera cita? Tú organizas el desayuno, yo sirvo el almuerzo y juntos ordenamos la cena.
Es perfecto, este plan es brillante. Quedémonos, gastemos hasta la última moneda en este casino del amor, tal vez ganemos o tal vez quedemos quebrados, no importa. Igual saldremos abrazados, felices y borrachos, yo con el rímel corrido y tú con una barba crecida.
Es mejor que el momento del adiós sea aquel cuando el corazón se detiene y congela la mirada. Que uno pueda aspirar el último aliento del otro. Solo espero que ese día sea lejano, y que sea yo la que me vaya mientras tú sostienes mi pequeña mano.
Falta tanto para ese día, pero pasará como un suspiro como han pasado estos 11 años.
domingo, 21 de junio de 2015
Las canciones ¿le pertenecen a quienes las inspiran?
Oímos una canción y nos la apropiamos, quizá dice exactamente lo que queremos decir o lo que queremos que nos digan. O simplemente nos gusta. La cultura pop ha encontrado así una forma de identificación maravillosa, cuando todos los que se flecharon con esa canción la oyen juntos, mejor si interpretada en vivo por su creador, miles deliran a la vez. Es una cosa increíble.
Antes me preguntaba ¿qué sentirían las musas o musos que inspiraron esas canciones? En cierta manera, ¿son sus verdaderos dueños? Siempre he preferido ser creadora que musa, pero no dejaba de sentir cierta fascinación por esas personas que inspiran canciones de todo tipo, desde las que son declaraciones de amor hasta las que les demuestran despecho u olvido.
Desde que comparto mi vida con un cantautor, he visto más de cerca el proceso. Cuando él estaba más o menos inactivo en cuanto a creación de canciones, en los conciertos me tocaba solo oírlo cantar esas bellas canciones que le escribió a otras personas. Piezas musicales que yo conocí como fan y que me hacían soñar con él.
Es simpático cómo la gente, sobre todo los fans, me ven allí parada en los conciertos oyéndolo cantar y piensan que esas canciones fueron escritas para mi (aunque para eso tuvo que haber sido cuando yo tenía 15 años o menos). Aunque él diga que no se acuerda a quién se las escribió, sé que fueron parte de otras historias pasadas e importantes para él. La vida está construida así, de historias que se van sucediendo unas a otras. Para la mayoría solo se recuerdan con viejas cartas o fotos borrosas, en el caso de los artistas, quedan plasmadas en la obra.
A los que piensan que esas melodías son para mi ¿para qué les voy a contar la complicada historia? Mejor no digo nada, sobre todo porque ahora cuando él las canta me mira a mi, me las interpreta a mi. Sí, me siento un poco “usurpadora”, no lo niego, como cuando uno pide prestado algo... Además, opino que son su creación sin importar a quién se las hizo, pasaron a la historia de la música y ahora le pertenecen a todos.
Cuando llegó el momento de que, finalmente, yo tuviera mi propia primer canción en un disco fue emocionante. En realidad era una canción "secreta", la escribió cuando apenas iniciábamos, la grabó y me la regaló en un Cd que atesoro. Cada vez que necesitaba un poco de motivación extra, la escuchaba y me sentía mejor.
Años después, llegó el momento de buscar canciones para un nuevo disco, después de muchos años de no grabar con su grupo, y entonces me pidió permiso para ponerla allí. Me advirtió que le haría unos cambios en la letra, yo no sabía qué pensar. En cierta manera, era como publicar una carta de amor que en un momento crucial nos había sacado lágrimas y besos del alma.
Al actualizar la letra le quedó una balada que nunca soñé que alguien me escribiera. Así como yo he expuesto mi vida en este blog, él lo hizo a su manera con esa canción.
(Aquí el link de la canción Te abrazaré https://www.youtube.com/watch?v=ytYO9b6Jyxg).
Las formas en que nacen las canciones son variadas, ahora entiendo. Ranferí anda siempre con una tonada en los labios, y en cualquier momento agarra la guitarra y papel. Se aísla, se aparta, aunque lo tenga a la par sé que anda a mil kilómetros de aquí. Es un proceso creativo que me da miedo interrumpir. Jamás conozco la canción hasta que está terminada, lo mismo hago yo, el trabajo en proceso no se enseña.
Supongo que al igual que los relatos y poemas, hay muchas canciones que nunca salen a la luz, se quedan como parte de un repertorio propio, muy íntimo.
En los diez años que llevamos de romance, como todas las parejas hemos tenido altibajos. Momentos de felicidad plena y algunos momentos para pelear y somatar puertas. Aún así, el amor siempre pesa más en la balanza. La gente nos dice que parecemos novios y nos elogian, yo vivo dichosa de vivir mi historia de amor.
Quienes nos conocen más de cerca, saben que hemos tenido nuestros dramas. Al fin y al cabo, soy una drama queen, no lo niego. A veces el amor no es suficiente para mantener las cosas tranquilas, a veces otros factores sobre todo externos hacen que la paz se vaya por la ventana y ocurra cada tango...
Por pasar de ser una especie de "emo" a ser una mujer feliz, he tenido que acostumbrarme a muchos cambios. Algo que me ha sorprendido es que la felicidad de uno le afecta y hasta ofende a otros. Jamás lo imaginé. Por eso, de ir mostrando al mundo mi dicha, pasé a ser más discreta y de bajo perfil. Y trato de entenderlo, si somos infelices, los que sonríen y son dichosos molestan, nos parecen pretenciosos.
Ante las presiones en contra de tu relación uno se refugia precisamente en los brazos del otro para hacerse más fuerte. Sin embargo, el choque constante cansa y desespera. Sobre todo a mi que ya no tengo los nervios tan buenos, ni la paciencia tan vasta. Hubo un punto álgido en el que quise solo desaparecer, salir huyendo, como lo hacía antes cuando no tenía ataduras ni raíces.
De repente fui la misma que dejaba todo lo que se ponía difícil y complicado. Por suerte, mi amado no es así. Este hombre es de los que literalmente movería cielo y tierra para convencerme que esto que vivimos es un regalo, una bendición, algo que rara vez ocurre y que debemos cuidar y defender.
Alux Nahual prepara un nuevo disco, Ranferí trabaja día noche, despierto y dormido, en él. Un día me sentó y me dijo, como la vez anterior, que quería compartir esta otra canción. Si fue difícil compartir la anterior, que es una dulzura, ¿cómo no me va a costar compartir esta otra que nos dolió tanto?
Me enternece que él crea que al final la decisión sea mía, porque en teoría es mi canción. Sin embargo, sinceramente no creo que sea así, él la hizo y puede hacer con ella lo que quiera. Y después, cuando las canciones salen a la luz, le pertenecen a todos los que las cantan y las viven. Así que posiblemente la escuchen por allí, lo que no sé es si sentirán lo mismo que yo, si sentirán esa piel de gallina y esa emoción.
martes, 31 de marzo de 2015
Mi vecino: el aeropuerto
En Guatemala no es así. El Aeropuerto Internacional la Aurora está ubicado dentro de la ciudad capital en una de sus zonas más pobladas, la zona 13. Descender viendo por la ventanilla en esta ciudad es impresionante porque lo que ves a lo lejos poco a poco va tomando forma de casas y edificios, calles y automóviles, árboles, personas. Uno llega a pensar: “hey, eso se está acercando demasiado rápido”.
Te bajas y allí está la ciudad a un paso, casi literalmente. Sin exagerar, una vez hayas tomado tu equipaje y terminado los trámites, en pocos minutos puedes estar en cenando en un buen restaurante, o relajándote en la tina del hotel.
Este Aeropuerto fue inaugurado en 1968 y era muy diferente al actual, principalmente porque el mundo también era diferente. Viajar era todo un acontecimiento, familias completas iban a “dejar” al afortunado a abordar su vuelo. Era un edificio con mucha personalidad, tenía cierto aire a otros edificios emblemáticos de la ciudad, como el Teatro Nacional. Esto se debe, sin duda, a que en ambos diseños estuvo involucrado Efraín Recinos, uno de los más importantes artistas de Guatemala.
En ese entonces, no solo los viajeros podían entrar al Aeropuerto por lo que sus familiares y amigos lo acompañaban en todo el proceso de salida, incluso en los mostradores de las líneas aéreas. Luego para la espera, que generalmente es de un par de horas, había no solo restaurantes sino también innumerables tiendas de artesanías y otros artículos.
Cuando llegaba la hora de irse, se anunciaba el vuelo e igual que en las películas empezaban las despedidas en misma entrada del pasaje que llevaba al avión. Además había un largo pasillo que bordeaba una parte de la pista, por lo que los acompañantes podían incluso ver despegar el avión y, si había suerte que el ser querido fuera de este lado de la nave, decir un último adiós con las manos. (Un amigo que se fue para nunca más volver, al escribirme me contó que la última imagen que tiene de mi es allí sentada tras el vidrio viéndolo despegar).
Para recibir a alguien, se podía estar en las mismas instalaciones el tiempo que fuera necesario. Comiendo o tomando café, husmeando en las tiendas, correteando por las escaleras. Recuerdo que uno podía ver desde arriba en un hermoso círculo a los pasajeros que iban entrando al país. Esto se volvía especialmente emocionante cuando era una persona que no venía desde hacía tiempo, o era alguien famoso que las fans esperaban por horas.
Una nueva era
Los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos cambiaron muchas cosas, entre ellas a los aeropuertos. Las medidas de seguridad contra el terrorismo se unieron a las de la lucha contra el narcotráfico, dos guerras que tienen uno de sus campos de batalla en los aeropuertos internacionales del mundo.Viajar ahora es una faena más larga, más complicada y ciertamente menos romántica. Las remodelaciones del Aeropuerto Internacional la Aurora, iniciadas en 2005 y terminadas en 2007, se hicieron pensando en todas las nuevas disposiciones. El resultado pudo haber complacido a las entidades internacionales de aeronáutica, pero en Guatemala marcó el fin de una era. Sin embargo, no podíamos seguir con un aeropuerto que se había quedad congelado en el tiempo.
Aunque se sacrificó todo aquel ritual de viajes, despedidas y bienvenidas, mejoró todo aquello que exige la modernidad para tener un viaje seguro y más cómodo. El cambio más notable es que quienes acompañan a los viajeros deben despedirse en la calle, por lo que muchos optan por llevar acabo las despedidas en la comodidad de su hogar.
Adentro, con luces frías y decoraciones minimalistas, solo circulan los viajeros buscando su puerta de abordaje. Hay donde tomar café mientras se espera, pero no es igual porque suele estar lleno de gente soñolienta y extraña que no habla entre sí.
No sé cómo estará ahora, pero cuando intenté ir a recibir a alguien vi que las bienvenidas se hacen también en la calle, lo cual es bastante molesto cuando hace frío, llueve o es muy tarde en la noche. Por eso ya no voy.
Se queda unos años más
La remodelación no fue suficiente para algunos. Se han conocido varias iniciativas para que el aeropuerto se mude a otras localidades. En 2013 incluso se hizo un proyecto muy bien estructurado que parecía que tomaría vuelo. Incluía no solo el traslado de la terminal aérea sino también se planificaba el destino de los terrenos que dejaría vacíos. Estos son muy codiciados pues están ubicados en un área muy céntrica y de gran crecimiento comercial. Según urbanistas al irse el aeropuerto las zonas aledañas podrían crecer verticalmente, algo que es una tendencia mundial.Pero el proyecto no llegó más lejos, se “estrelló”. Se le consideró demasiado ambicioso y complicado como para echarlo a andar. En cambio, se hacen más mejoras al que ya se tiene para que pueda funcionar mejor.
En ese ínterin, sin jamás imaginarlo, me mudé junto al aeropuerto. No solo eso, vivo en un noveno piso que tiene una vista impresionante de una buena parte de la pista. En los terrenos de este edificio estaba la casa paterna de mi marido, quien creció jugando en los alrededores, bicicleteando entre las avenidas de las Américas e Hincapié.
Cuesta acostumbrarse a esa otra presencia, sobre todo porque el arquitecto que diseñó este edificio, de apellido Orbaugh, no vio el aeropuerto como un problema sino como un paisaje, un espectáculo gratuito. De esa cuenta, las ventanas van del techo al suelo en casi todo el apartamento.
Mi hijo, de apenas 6 años cuando nos mudados, se volvió aficionado y experto en aviones. A veces aterrizan unos verdaderamente monstruosos, como el Antonov que puso a mi hijo a investigar cómo algo tan gigantesco puede elevarse, luego de abrir su estómago y dejar su carga militar.
También vemos aviones más pequeños y lujosos, jets privados, y nos imaginamos que se trata de millonarios o famosos que vienen de visita, o simplemente a cargar combustible.
A veces vamos al techo del edificio a ver el paisaje y los aviones. Desde allí se puede ver con claridad toda la pista. Curiosamente, paralelamente corre la Avenida Hincapié. No puedo evitar imaginar que la pista lleva a sus pasajeros a destinos lejanos, exóticos, quizá de ensueño. La avenida lleva a las personas a Boca del Monte, Villa Hermosa y Colonia Santa Fe (donde han ido a parar un par de aviones que siguen de largo en la pista), poblaciones de gente sencilla y trabajadora.
Desde allí se puede ver a las camionetas conocidas como parrilleras que anuncian ruidosamente su destino mientras muy cerca, sin que ellos se den cuenta, se ve también a un avión en su recorrido en la pista. Por unos metros van hacia la misma dirección, luego el de la izquierda baja y se pierde en los suburbios y el de la derecha se eleva y se pierde entre las nubes.
En esa misma Avenida Hincapié está el que fue el primer aeropuerto de Guatemala, y quizá de Centroamérica, que empezó a funcionar en la década de los años 20s y donde la gente abordaba directamente sobre la pista. He visto fotos de personas que bajaban de sus autos allí al pie de la escalerilla del avión. Lo dicho: la forma de viajar ha cambiado mucho.
Hoy se conoce como la Fuerza Aérea Guatemalteca a ese edificio de antaño, pequeño en comparación con el resto de construcciones aledañas.
No duerme nunca
Desde la ventana de mi oficina en casa, que tiene vista hacia la zona 9 y 4, puedo ver cómo se aproximan los aviones que vienen ya descendiendo. Parece ficción, es como si vinieran derecho hacia nosotros. En ese momento aquí no se oye ruido, se ve como si vinieran cayendo graciosamente y no pesaran, como pájaros silenciosos. Es el arte del planeo que tan hábilmente dominan los pilotos. Claro, los que están allá afuera oyen un ruido ensordecedor y los sienten pasar demasiado cerca de sus cabezas. He visto gente que hasta se agacha temiendo lo peor. Pero nunca pasa.También los vemos desfilar para despegar, desde la ventana parecen juguetes de diferentes colores que van alineándose esperando su turno. Si es de día sus relucientes colores le dan festividad al paisaje, y si es de noche sus lucecitas guían la vista hacia donde se dirigen la cola.
El problema es cuando están listos para conseguir el efecto dinámico de la sustentación, que les permite elevarse, aceleran sus motores en máxima potencia. Allí sí se deja oír ese ruido tan espeluznante, ese que no deja oír nada más. No hay más remedio que dejar unos segundos lo que se está diciendo o escuchando mientras esos colosos se elevan.
Durante las noches, el despegue del avión de DHL a las 9:30 me avisa que se acerca la hora de dormir. Me gusta asomarme a la ventana, puedo ver a muchos trabajadores que se dedican a darle mantenimiento a los aviones, a los hangares o a la pista. Preparándose para los vuelos que empieza incluso a las 3 de la mañana.
Cuando a veces paso en vela trabajando, leyendo o simplemente con insomnio, ese paisaje me hace compañía. El aeropuerto está construido hacia abajo, como si hubieran cavado un cráter. Lo rodea un borde de concreto donde circulan los automóviles. Cuando llueve y la pista y los alrededores de la terminal están llenos de agua, parece que fuera un manso lago y esos bordes fueran un malecón que lo resguarda.
martes, 3 de marzo de 2015
La tentación de juntar palabras
A veces las cosas que
creemos que nos darán la felicidad eterna, simplemente no lo hacen. A muchos
les pasa con el matrimonio, sueñan con vestidos blancos y fiestas de ensueño y,
bueno, unos años después muchas veces viene la desilusión. Una sensación de
“¿esto era todo”.
A me pasó con lo de
publicar. De jovencita mi sueño dorado era entrar en una librería y ver un
libro mío en los estantes. Pensaba que en ese momento algo en el universo se
alinearía y habría un estallido de amor y paz.
Sí fue emocionante,
pero no cambió mi vida.
Publicar es un acto
ajeno a la literatura, está más ligado al marketing, a lo material. Como dijo
Cortázar, al terminar de escribir hay que guardar la pluma e irse a beber vino
con los amigos. Que otros se encarguen de lo que sigue. Para muchos escritores
las presentaciones y lecturas son un mal necesario para que se conozcan los
libros, aunque es de admitir que hay algunos que las disfrutan. Los admiro,
logran una comunicación especial con los lectores y amantes de la literatura.
Yo sufro mucho, quiero
que la gente me lea, no que me oiga tartamudear y olvidar lo que tengo que
decir.
Algo que sí me gusta
mucho, aunque es posterior al acto de escribir, es cuando la gente expresa lo
que siente al leerte. Aunque sean críticas, es interesante que alguien entre a
tu mundo y trate de recibir el mensaje que mandas, aunque a veces esté cifrado.
Cuando alguien analiza y critica con fundamentos, uno puede mejorar.
Pero cuando son
elogios, por curioso que parezca, es más complicado aceptarlos. Es como cuando
alguien te echa piropos, no sabes si son sinceros para empezar, y luego no
sabes cómo reaccionar para no parecer presumida sino más bien agradecida. Es un
sentimiento complejo.
A veces la gente
quiere saber por qué escribiste tal cosa, y no saben que uno a veces también
quiere saber lo mismo. Preguntan cada cosa, unos estudiantes universitarios me
preguntaron “¿para qué grupo objetivo escribe?”. Se pueden imaginar mi
respuesta.
Además de periodistas,
me han entrevistado gente de toda edad por tareas de la U o del colegio, u otros solamente quieren saber qué onda conmigo. Algunas personas con
las que me topo me dicen: no te conozco a ti pero sí lo que escribes. Se siente
bien.
Una vez cuando iba
rumbo a la universidad en un metrobus repleto de estudiantes que iban tarde a
clases y exámenes, muchos todavía preparándose a última hora, me tocó ir de pie
junto a una chica que leía mi Diosas Decadentes. Fui todo el camino viendo la
cara que ponía, tenía miedo de algún gesto de espanto, o alguna mueca de
desprecio.
Pero no. Iba leyendo
absorta, quizá tenía una comprobación de lectura esa misma tarde. Sus ojos
volaban de una línea a otra. En algún momento sonrió divertida y vio a su
alrededor, algo pícara. No se imaginaba que quien escribió aquello iba allí
delante de ella.
No obstante, luego de
tantos años, todavía me cuesta trabajo asumirme como escritora, siempre fue
así. A pesar de que escribo todos los días, y si no lo hago me siento vacía. Mi
marido se enoja cuando me presento como “periodista”, generalmente me corrige y
le dice a la gente: “no, ella es escritora”. Yo me sonrojo pero él se siente orgulloso de mi.
Mi problema, como
decía el Bolo Flores, es que tengo demasiado idealizada a la literatura. No me
importa tanto publicar y figurar y ser llamada artista, como escribir ese libro
que yo quisiera leer. Esa es una tarea titánica. No es cuestión de sentarse
a escribir y ya.
Como dijo Sabato, mi
adorado Sabato, el principal problema del escritor tal vez sea evitar la
tentación de juntar palabras para hacer una obra. Según él, Claudel dijo que no
fueron las palabras las que hicieron la Odisea, sino al revés.
Para mientras hay que
llenar el “pozo” de experiencias, de lecturas, de sensaciones, de música, de
lágrimas, de orgasmos. Hay que salir a darse contra el piso, a oler flores, a
bailar dando brincos, a dar besos en la madrugada, a llorar como un niño. Yo procuro siempre hacerlo, luego de esas largas jornadas vuelvo con tanto que decir, con todo atorado en la mente y en los dedos,
lo voy dejando salir poquito a poquito, gota a gota…
Para mí, así es como
ocurre la magia. Luego viene un largo trabajo de edición, de “orfebrería”, y
más edición.
Eso es la literatura,
lo demás, es ajeno pero no deja de ser placentero también. El domingo pasado
llegamos corriendo al cine porque la función ya iba a empezar. Cuando le
entregué mi tarjeta a la chica de la caja vio mi nombre y levantó la vista. Oh
no, pensé, hay algún problema con mi compra en línea.
Ella me dijo: “¿usted
es la escritora?”. Detuve mi tren y mi estrés y sonreí, un día antes me había
pasado lo mismo en una fiesta. A veces me siento olvidada por la gente, lo cual
probablemente es mejor, pero cuando esto pasa te das cuenta que tal vez, solo
tal vez, ya es hora de publicar otra vez.
sábado, 10 de enero de 2015
Y entonces me fui de casa
Hace poco
una buena amiga me recordó el primer apartamento donde viví como mujer
independiente. Son lejanos pero queridos recuerdos, conservo queridas amigas
que conocí en ese tiempo.
Irse de la
casa de los padres es difícil, pero a mi entender, necesario. Viviendo por nuestra
cuenta se aprenden valiosas lecciones que sirven para toda la vida. En mi caso, ya no me sentía bien. Siendo
independiente económicamente también quería serlo de otras formas. Porque es
lógico, como dice la gente, mientras estés bajo el techo de tus padres ellos
ponen las reglas.
Es un momento incómodo, cuando tu familia es convencional quieren que llegando a los 25 uno empiece a pensar en casarse, que siente cabeza, como si fuera la única opción para la mujer. Si uno no lo hace o no tiene interés, lo empiezan a ver como rara, o que tiene algún problema. Ese es un momento crucial, pues quedarse significa vivir con esa presión y/o vivir con muchos problemas y desacuerdos. Irse podría ser una especie de ruptura con la familia, pero es encontrarse con uno mismo. Opino que hay que vivir con intensidad todas las etapas, no saltarse ni una. Si no, luego puede arrepentirse. He visto chicas que se casaron "bien" y muy jóvenes, pero luego añoraron todo lo que la independencia otorga y enseña.
Todavía
algo indecisa, tuve un golpe de suerte. En un condominio que quedaba a metros
de mi trabajo, mi centro de estudios y el centro del universo para mi (la
USAC), un grupo de patojas necesitaban una roommate más. Claro, como todos, yo
soñaba con tener mi propio departamento para mi solita, pero era imposible con
un sueldo de oficinista.
No logro
recordar cómo me enteré que en el Condominio Santa Rosa había una “vacante”.
Era, supongo que todavía lo es, un complejo de apartamentos seguros, amplios y
muy bien diseñados, con áreas de jardín y de juegos. Un lugar donde cualquiera
quisiera vivir.
Toqué la
puerta vestida de manera más bien formal debido a mi trabajo como secretaria, y
me abrió una chica en chancletas y pantaloneta. Adentro había otras patojas que
casi al medio día parecían que se acababan de levantar. Todas eran más jóvenes que
yo y del interior del país, sus padres las habían mandado a la capital a
estudiar y les mandaban mensualmente dinero (y a veces cajas con comida casera).
A ellas les extrañó mi caso, siendo de aquí no quería vivir con mis padres,
cosa que ellas añoraban.
El
apartamento era grande como para una familia numerosa, así que para que los
costos fueran menores se podían acomodar hasta 6 personas. Por esa razón, la
renta era una ganga. No lo dudé ni un segundo y acepté. Ellas me dijeron cuáles
eran sus reglas y todas me parecieron razonables (del tipo de hacer pagos
puntuales, cada quien usa su champú, nadie debe tocar la comida de las demás,
entre otras).
A comparación
de la amplitud con la que vivía con mis padres (además de mi dormitorio con un
gran clóset, después de que se casaron mis hermanos tenía espacio de sobra,
hasta tenía un cuarto donde guardaba solo zapatos y otro para mis amigas cuando
se quedaban), la habitación que me tocó era pequeña pero era perfecta para mi.
Afortunadamente, el resto de la casa era amplia y luminosa. Además, era
satisfactorio poder pagar todo eso con mi propio dinero.
Yo les pedí
solo una cosa: quería redecorar el lugar. Me horroricé al ver las cortinas que se
sostenían con lazos, las paredes estaban desnudas, prácticamente no había
muebles. Ellas aceptaron un poco intrigadas, no entendían por qué quería hacer
eso. Siempre he tenido la necesidad de personalizar lo que me rodea.
Recuerdo
que al final de la negociación, una de ellas me dijo: “vamos a vivir como en la
serie Friends”. Yo sonreí a la fuerza. Es un cambio muy brusco de repente
chocar con otras 5 formas de vida con personas que no son de tu familia, aunque
puede ser una fiesta, claro, también hay problemas cotidianos.
A pesar de
los años de trabajar y estudiar en la U, y estar metida en política
estudiantil, había situaciones en las que realmente era inexperta. No sabía
dónde se pagaba la luz, por ejemplo, ni cómo preparar una simple olla de arroz.
Recuerdo que las primeras semanas fueron una fiesta sin parar, podía hacer lo
que se viniera en gana (claro, sin dejar nunca de ir al trabajo o a estudiar).
Cosas tan tontas como poder ver tele hasta tarde o comer en la cama me hacían
feliz. Pero, llegó un día en que me enfermé de gripe. Allí me sentí indefensa y
extrañé mi casa, a mi mamá para que me cuidara y curara, pero tuve que hacerle
frente sola. Fue toda una lección.
Para las
demás, aquel apartamento era un lugar para hacer tareas, comer y dormir. Su
verdadera casa, estaba en su pueblo. Para mi, no había otro lugar a dónde ir,
por eso me esforcé por hacerlo mi hogar.
A ellas les
encantó que hubiera un cómodo amueblado de sala, de bambú para más señas, pero
no entendían las manchas que había colgado en un cuadro. Era una reproducción
de obra de Kandinski. A pesar de que me esforcé, y gasté, para que aquello
pareciera un hogar, era la que menos lo disfrutaba. Salía muy temprano a mi
oficina, que podía ver desde mi ventana, y regresaba en la noche después de
clases. Prácticamente no usaba mi carro, solo para ir a lavar mi ropa, a
visitar a mi mamá y al supermercado.
A veces
regresaba a media tarde a hacer una siesta y encontraba a mis compañeras jugando
como niñas, en guerras de agua o de comida. Oyendo música merengue o salsa a
todo volumen, hablando por teléfono sin parar o chateando con extraños de otros
países. No podíamos ser más diferentes.
Pero los
fines de semana, feriados y vacaciones aquel lugar quedaba vacío (ellas se iban
con su familia) y era todo para mi. Había música trova y rock, olor a incienso,
tabaco y mariguana y, sobre todo, largas charlas sobre arte y literatura. A
veces subíamos al techo a ver las estrellas por horas. Mis amigos, algunos
peludos y otros de aspecto dark, no le caían bien a los guardianes ni a los
vecinos.
Mis compañeras tenían que aguantar mis costumbres para ellas raras. Tengo que reconocer que llegué a escandalizarlas (sobre todo a las primeras habitantes) y hasta cierto punto fui la causante de que las cosas cambiaran, se dieron por vencidas conmigo y las originales se fueron, me fui quedando con el control y administración.
Por unos
años, creo que fueron casi 3, aquella fue la vida ideal. Escribí más que nunca,
salía por las mañanas a caminar al bosque de Las Ardillitas y en las noches
exploraba la efervescente vida nocturna de los alrededores. Viviendo en este
apartamento me enteré que gané el premio centroamericano que me permitiría publicar
mi primer libro. Creía que había alcanzado el Nirvana.
Pero no todo era perfecto, aquella forma de vida era mucho más compleja. Vi sueños que fueron rotos. De los cientos que llegan con aspiraciones a la universidad son muchos los que se encuentran con obstáculos, tentaciones, vicios o, simplemente, la dura realidad de que estudiar es más difícil de lo que creían (en aquel tiempo todavía no había examen de admisión en la USAC). En la facultad donde trabajaba, Odontología, se veía mucha repitencia sobre todo en primer ingreso. Era obvia la mala preparación que traían del nivel medio.
Otro factor eran los novios. Algunas de las
chicas que conocí regresaron a casa sin un título pero con un bebé en camino.
En cuanto a
mi, en esa casa terminé mis años tranquilos cuando terminé la U, al mudarme dejaría de ser secre para convertirme en
periodista. Justo al salir de esa casa empezó una etapa de oscuridad y
desencanto.
(Siempre he
querido escribir algo más largo sobre aquellos años, tal vez escriba más aquí
sobre los cambios de inquilinas, los dramas, los novios, mi primer gato, de
cuando nos echaron, la mudanza-fiesta en una noche lluviosa…)
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