miércoles, 24 de marzo de 2010

Huelga de Dolores: Patrimonio intangible


La Huelga de Dolores es muy compleja, y vieja, para querer entenderla así nomás. Muchos que me conocen saben que para mí era como la Navidad: una dicha nunca antes conocida me invadía y me llenaba de energía. Este espacio no alcanzaría para explicar este fenómeno, lo haré en otra ocasión.

Me despedí de mis años huelgueros en el 2000, luego de 10 maravillosas y terribles desfiles bufos, donde literalmente me pasó de todo. Empecé como chavita nueva encandilada por los discursos incendiarios de galantes encapuchados, y poco a poco fui avancé y ocupé casi todos los cargos posibles.

Es correcto decir que muchos agarran la Huelga de Dolores como una parranda interminable, que muchos van a la U solo a eso, que algunos ni son universitarios, que algunos roban. Pero también es correcto decir que es innegable la único de su esencia.

Nació de manera espontánea y valiente, sin intereses de ningún tipo. Aun en esos años de inocencia, allí mismo, en sus albores, hubo mártires. Conforme avanzaba nuestra historia política, así también fue creciendo la huelga, nunca lejos de la AEU y sus luchas. Su desarrollo ha dado lugar a leyendas urbanas y bellas obras (la novela Viernes de Dolores de Miguel Angel Asturias, así como su adaptación al teatro de Hugo Carillo son excelentes ejemplos). La Chalana, canción que es parte de nuestra identidad guatemalteca, ha inflamado los corazones de miles de universitarios.

Pero la Huelga de Dolores no ha sido un fenómeno aislado, sino más bien inmerso dentro de un movimiento social. Muchos huelgueros se quitaban la capucha y, además de regresar a clases, estaban atentos al resto de actividades y convocatorias que buscaban darle voz a quienes no la tienen, dispuestos a apoyar las causas justas.

Cuando inició el conflicto armado interno, la huelga se hizo partícipe y hasta trinchera de las más atrevidas ideas. Para nadie es un secreto que las cuatro facciones de la URNG estaban representadas en el Movimiento Estudiantil Universitario, lo cual le aportaba cierta disciplina y “líneas” ideológicas bien específicas, incluso a la huelga.

Con la firma de la paz muchas cosas cambiaron. Antes de 1996, aprovecharse de la huelga no era la regla (aunque algunos se iban de viaje al día siguiente o compraban carros). Muchos éramos los que dábamos dinero de nuestros bolsillos para hacer carrozas y comparsas, y nos conformábamos con un shuco y un agua al tiempo como abasto luego de largas horas de trabajo.

Con la pos guerra, la disciplina y la organización se fueron evaporando. El trabajo de “reclutamiento” ya no se hacía, mucho menos de adoctrinamiento. Poco a poco, los miembros de los honorables sub comités de cada facultad fueron disminuyendo, al crecer la apatía. No había quién hiciera las talachas ni otros trabajos duros (como apoyar en el orden actividades grandes), sobre todo en las facultades pequeñas, como la mía. No sabíamos qué hacer. Primero, empezamos importando huelgueros de unidades académicas amigas que tenían disidentes que no estaban de acuerdo con sus dirigentes. Pero luego, llegaron los talacheros a sueldo. Algunos eran o habían sido estudiantes esporádicos de la USAC, pero otros simplemente eran jóvenes con demasiado tiempo libre pero sin ninguna intención de estudiar. Ellos lo agarraron como un trabajo, llegaban a las 8 de la mañana, recibían su bote y su capucha y se iban a recolectar dinero. Sin educación y sin los ideales huelgueros, se miraban sucios y desaliñados y se armaban con palos, cadenas, bates y hasta piedras. Regresaban a las 5 de la tarde con el bote lleno (al que ya le habían quitado una buena parte) a recibir su “paga”, una cantidad fija que oscilaba entre Q50 y Q100 (supongo que luego subió). Quienes no salíamos del asombro ante su efectividad y productividad, no sabíamos que habían amenazado y amedrentado a cuanto ciudadano se les ponía enfrente. Y así, la talacha se volvió el corazón de la huelga por varios años, el dinero fácil encandiló a más de uno.

Dicen que ya se erradicó la talacha, pero lo mismo dijeron en el 1998 de la capucha y todavía hay quienes no se la quitan. El machismo ha sido otro quiste (esperamos que no canceroso) que ha sido difícil de ir erradicando, pero gracias a la creciente participación de la mujer ha menguado un poco.

Si bien tiene mucho de espectáculo, la Huelga de Dolores no se centra solamente en él. He allí su originalidad, la denuncia y la alegría juntas, la energía de la juventud abrazando las penurias y melancolías de todo un pueblo. Más que ser visto como un atractivo turístico, debería considerarse un espejo en donde vernos como somos, con fealdades y virtudes, para rectificar el rumbo. Quienes quieran ir a verla sin oír palabras soeces, sin ser rociados con agua o guaro o a saber qué, sin que los pongan a cargar una cruz o una procesión, sin que les pinten los cachetes, mejor que no vayan. Patrimonio Cultural Intangible, sí, pero sin perder la esencia.

Definitivamente, hay muchas taras y problemas dentro de esta actividad. Por eso, no estoy segura que con las bases y dirigentes actuales puede rescatarse sus principios.

Nadie debería prolongar más de lo necesario y natural sus años huelgueros. Son parte de las actividades extra curriculares que nos enseñan cosas invaluables, pero que son parte de una etapa en la vida. Cada año me da cierto malestar ver que muchos de los que participaban en mi tiempo (y como yo tienen más de 35 años) todavía andan metidos en la huelga. Ese creo que es uno de sus errores hoy día. Esta actividad debería ser de los estudiantes que van entrando con sus propias ideas y forma de ver el mundo. Ellos deberían hacer de ella su propia voz, sin importar lo que otros han hecho 112 años atrás. Claro, con el soporte del Movimiento Estudiantil Universitario (si todavía existe) y con la ayuda de sus dirigentes.

En cambio, los mismos siguen haciendo las mismas cosas, como un guión que se repite y se repite. Los nuevos alumnos al ver a estos “rucos” (para un joven de 18 o 19 años alguien de 37 o 39 años ya está viejo) en su mismo rollo, mejor optan por la indiferencia. Para los jóvenes de la pos guerra el mundo es otro, globalizado, conectado, suena diferente, se ve diferente, sus códigos son otros.

Ambas generaciones, nuevos y “experimentados” deberían interactuar y apoyarse mutuamente. Los jóvenes aprendiendo y valorando la historia reciente de su país, y los viejos aceptando que el mundo cambió y que será mejor que ellos también cambien. Les vendría bien graduarse, buscar un trabajo que les permite ayudar al país en la práctica y aplicar todo ese palabrerío que aprendieron.

Pero esto se vuelve difícil cuando ante la indiferencia y desprestigio de la política, los jóvenes brillantes y honestos mejor se dedican a sus propias actividades, dejando que otros no tan brillantes ni tan honestos tomen las dirigencias por años y años.

No me extraña que la Huelga de Todos los Dolores haya sido declarada Patrimonio Nacional Intangible por este gobierno, pues algunos de sus hijos están en él (empezando por el vicepresidente y terminando con el flamante ministro de gobernación). Este ¿honor? trae sus bemoles, pues ahora existe la responsabilidad de subir el nivel, pero también da pie a que se sigan metiendo personas ajenas a las aulas en la organización y dirigencia de la huelga (además del Honorable Comité que convoca la AEU, hay otros paralelos que aglomeran a disidentes y gente de antaño).

Muchas muchas veces dije, y lo sostengo, que cuando algo que solía tener esplendor cae en la decadencia, es mejor que desaparezca. Dije también que mejor se hubiera llegado a los 100 años y ya. A pesar de amar tanto a la Chabela, prefiero permanecer ajena, lejos, viviendo mi realidad actual.

Pero recuerdo con cariño a la huelga y la llevo en el corazón. Le agradezco no solamente las parrandas, los amoríos y las emociones fuertes, sino también haberme dado la oportunidad de aprender. Gracias a ella levanté por primera vez el puño izquierdo en contra de todo lo que no me gustaba de este mundo. Siendo una joven de 19 años que había estudiado en un colegio católico y reprimida por ser mujer, eso fue un alivio. Conocí lo mejor y lo peor de la dirigencia, aprendí a luchar por tener una voz y un espacio, a dejar de ser tímida y participar activamente. La huelga fue para mí, como para muchos, además la puerta de entrada al Movimiento Estudiantil Universitario.

Pero lo que más me gustó, fue el contacto que se tiene con el verdadero pueblo de a pie. Ese que se detiene en sus afanosas actividades y aplaude la osadía y el mensaje de la huelga, que se preocupaba de dar agua, jugos, comida, de lo poco que tiene, a quienes dicen lo que ellos no pueden. Luego de ver eso, me quedaron muchas ganas de cambiar el mundo, de conocer la realidad.

Cada año, el Viernes de Dolores es un recordatorio de aquellos votos. Mi alma (rojilla) quedó tatuada, marcada para siempre.

Aquí está tu son Chabela!!!

jueves, 18 de marzo de 2010

Querido y remoto Sabato


“Porque leer no es un pasatiempo; la lectura verdadera es una re-creación. El libro tiene una vida que le da su autor y otra que va naciendo en el encuentro con el alma de cada lector”, ha dicho Ernesto Sabato (sin tilde pero se pronuncia como si la tuviera).

Ah, ese viejito. Mientras los muchos otros escritores que admiro me electrocutan con sus escritos, dejándome chamuscada y sorprendida, Sabato da respuestas a mis preguntas.

Es como si aquella famosa carta (“querido y remoto muchacho” de Abadón el exterminador) la hubiera escrito para mí. Como si me hubiera conocido y me hubiera dado una palmadita en la espalda. A pesar de que me la dio a mi y a otros miles de muchachos que la han leído, para mí es personal porque llegó en un momento en que buscaba respuestas ansiosamente, al salir de la adolescencia.

Al preguntar el querido y remoto y anónimo muchacho acerca de la calidad de lo que escribía, el maestro dice:

“La verdadera justicia sólo la recibirás de seres excepcionales, dotados de modestia y sensibilidad, de lucidez y generosa comprensión. Cuando aquel resentido de Sainte-Beuve afirmó que jamás ese payaso de Sthendal podría hacer una obra maestra, Balzac dijo lo contrario. Pero es natural, Balzac había escrito la Comedia Humana y ese caballero una novelita cuyo nombre no recuerdo. De Brahms se rieron tipos semejantes a Sainte-Beuve: cómo ese gordo iba a hacer algo importante? Un tal Hugo Wolf sentenció en el estreno de la cuarta sinfonía: «Nunca antes en una obra lo trivial, lo vacuo y engañoso estuvieron más presentes. El arte de componer sin ideas ni inspiración ha encontrado en Brahms su digno representante». Mientras que Schumann, el maravilloso Schumann, el desdichadísimo Schumann, afirmó que había surgido el músico del siglo. Es que para admirar se necesita grandeza, aunque parezca paradójico. Y por eso tan pocas veces el creador es reconocido por sus contemporáneos: lo hace casi siempre la posteridad, o al menos esa especie de posteridad contemporánea que es el extranjero, la gente que está lejos, la que no ve cómo te vestís. Si eso le pasó a Stendhal y Cervantes, ¿cómo podés desanimarte por lo que diga un simple conocido que vive al lado de tu casa?”

Luego, ante la pregunta de lo que se necesita para ser un escritor, Sabato dice:

“Es entonces cuando además del talento o del genio necesitarás de otros atributos espirituales: el coraje para decir tu verdad. La tenacidad para seguir adelante, una curiosa mezcla de fe en lo que tenés que decir y de reiterado descreimiento en tus fuerzas, una combinación de modestia antes los gigantes y de arrogancia ante los imbéciles, una necesidad de afecto y una valentía para estar solo, para rehuir la tentación pero también el peligro de los grupitos, de las galerías de espejos. En esos instantes te ayudará el recuerdo de los que escribieron solos: en un barco, como Melville; en una selva, como Hemingway; en un pueblito, como Faulkner. Si estás dispuesto a sufrir, a desgarrarte, a soportar la mezquindad y la malevolencia, la incomprensión y la estupidez, el resentimiento y la infinita soledad, entonces sí, querido B., estás preparado para dar tu testimonio”

En cada rincón de sus páginas encontraba (y encuentro) un oasis para mis cansados pies, caricias para mi lastimado lomo. Sus libros no son obras para lucirse y ser reconocido y famoso, ni para hacerse rico, como la mayoría quisieran, sino son respuestas a preguntas trascendentales sobre la condición humana.

Por eso, lo admiro y sus ideas son tan importantes para mí. El viejo cumple 99 años en junio y su hijo, el cineasta Mario Sabato está por presentar una película sobre la vida este huraño escritor. Esto me emociona, mucho. Ante la imposibilidad de conocerlo en persona, así podré acercarme aunque sea un poquito a él, al autor de ese libro que tengo en la mesita de noche y que releo como otros leen sus libros sagrados, “El escritor y sus Fantasmas”.

miércoles, 3 de marzo de 2010

Livingston revisitado

El casco urbano de esta localidad es la desembocadura de conflictos, encuentros y desencuentros, de un pueblo cansado de ser visto solamente como una “eterna fiesta”.

Un triste y deshidratado perro que avanza con dificultad entre las líneas del tren: es el paisaje que se observa al descender del frío aire acondicionado del autobús. La tarde está cayendo y todavía el calor golpea fuerte al llegar a Puerto Barrios. Un denso vaho caliente sale del suelo, la gente recoge su equipaje con desgano.

El sopor cede un poco en el muelle, en la espera de que la lancha que va a Livingston llene su cupo. En su mayoría aborda gente que viene de regreso de sus labores diarias, es jueves. El paisaje, antes aletargado, al zarpar despierta poco a poco con la exuberante naturaleza que se abre ante los pasajeros del “Andrews”. Solo el fotógrafo europeo se exalta ante el espectáculo, cotidiano para los demás. Quizá espera encontrar, al desembarcar, el alegre caribe guatemalteco. Negros y negras bailando permanentemente en la playa, tal como lo vio en la publicidad.

Entrando a la boca
Los nativos del lugar, principalmente los garífunas, afirman que el nombre original de Livingston es “la buga”, que significa “la boca”. Es la entrada a una comunidad a donde solo se puede llegar por vía marítima, por eso dicen que no hay ladrones. La caminata de dos cuadras hacia la municipalidad, en una pronunciada cuesta, se siente larguísima.

El profesor Miguel Rax Ij, alcalde de Livingston (en 2004), permanece ajeno al calor que hace afuera gracias al potente aire acondicionado del Palacio Municipal. Es un hombre indígena kekchí de 44 años, reservado pero muy amable. “Livingston tiene más de 48,000 habitantes”, informa con seriedad, “y comprende no solamente este casco urbano sino también Río Dulce y más de cien aldeas lejanas”. Del total de la población, el 70% está compuesta por indígenas a los que Rax representa. Por años estas comunidades permanecieron aisladas, perdidas entre la vegetación y sin contacto con el resto de habitantes. A causa de su situación económica, permanecían indocumentados con tal de ahorrarse los gastos de un viaje a la Municipalidad. “Ahora cada viernes salen dos Municipalidades Móviles que en lanchas visitan Río Dulce y cada una de las aldeas, hasta la más lejana, para que puedan hacer sus trámites”, dice Rax satisfecho.

El alcalde es originario de la aldea Nuevo San Marcos, por lo que dirige su administración mientras vive solo en un hotel en Livingston de lunes a jueves. El viernes acompaña a las Municipalidades móviles y el fin de semana visita a su familia.

Para Rax, contrario a lo que la publicidad turística retrata, Livingston siempre ha sido un lugar eminentemente indígena. “El resto de la población, el 30%, se divide entre garífunas, ladinos y culíes o hindúes”. Sin embargo, en el casco urbano, el que generalmente visita el turista, las tres etnias parecen presentes en igual porcentaje. El más extrovertido es el garífuna que saluda a mitad de la calle, mientras los indígenas caminan como queriendo pasar inadvertidos atareados en sus actividades, principalmente comerciales.

El pueblo kekchí, originario de Cobán, así como otras etnias fue desplazado a causa del conflicto armado interno. Sin dejarse vencer, llegaron a lejanos lugares como Livingston enfrentando un clima y un terreno ajenos. En diciembre, durante la fiesta titular, los ritmos caribeños se mezclan con prestigiosas marimbas que vienen de lejos a alegrar a quienes presienten que sus raíces se hunden lejos del mar.

Pocos pero orgullosos
“Tierra adentro no hay garífunas, ellos prefieren estar cerca del agua”, dice el alcalde. Lo mismo opina la líder garífuna Gregoria Lambey, y afirma: “el negro está más identificado con la orilla del mar, desde siempre nos hemos dedicado a la pesca”. Da gusto escuchar la fuerza y el énfasis que pone en la palabra ‘negro’, que nadie en la alcaldía utilizó. “En realidad los garífunas somos una minoría, el último censo del 2002 así lo indicó”. A diferencias de los indígenas, los garífunas están disminuyendo por la migración. “Hay unos cuantos en Puerto Barrios, pero la mayoría se va a Estados Unidos”. Según la robusta mujer, este fenómeno ha cambiado incluso el aspecto del casco urbano, ya que hace 20 años solo se veían casas de manaca, caña brava y adobe. “Ahora con el dinero que mandan de Estados Unidos, la gente hace casas de block aunque esa no sea la naturaleza del garífuna”. Gregoria, que saluda casi a cada persona que pasa a su lado, extraña el Livingston de antes pero cree que deben integrarse a los nuevos tiempos. “La gente se va por problemas económicos, de lo contrario creo que no lo harían. Yo, en cambio, aquí nací y aquí pienso morirme”. A pesar de los esfuerzos, algunas costumbres se están perdiendo. “El vestuario es un ejemplo. Hacer nuestros trajes tradicionales, con tela garífuna, sale muy caro porque son faldas amplias y blusas largas. En cambio en la paca consigo ropa barata y casi nueva”.

Según Lambey las actividades de los garífunas continúan casi intactas: el hombre sale rumbo al mar en la madrugada y la mujer se dedica al hogar. “Ahora por necesidad económica las mujeres además hacemos cosas prácticas como lavar, hacer trenzas, hacer pan de coco. Hay maestras pero son pocas, y algunas se dedican al turismo también”.

Conocer Livingston en una corta visita es una descabellada idea, según Lambey. Mientras descansa unos minutos del sol bajo una sombra, dice que es un lugar pequeño pero complejo. “El único problema por aquí, es el mar. Todos quieren explotarlo, pero nadie lo cuida, ni los grupos ecológicos que también trafican especies. Si uno habla, termina con la cabeza flotando. El mar lo debe cuidar quien lo conoce”.

El costo del turismo
Gregoria piensa que el turismo ha cambiado a la comunidad, y eso no debería ser lo más importante. “Además no todos salimos beneficiados. Las tareas tradicionales están cambiando por las nuevas actividades turísticas. Nos encontramos en un problema porque quieren que cambiemos nuestras costumbres, que pidamos préstamos y que entremos en el negocio. Como nos resistimos, nos tildan de brutos, pero preferimos vivir tranquilos, sin deudas”. Lambey se despide pues tiene muchas otras actividades pendientes. Su andar alegre y recia voz llenan el polvoriento camino.

La noche empieza a animar la calle principal de Livingston, a pesar de los pocos turistas los comercios abren y ofrecen exquisita comida, bebidas exóticas y música. Muchos jóvenes se conducen en bicicleta, algunos se acercan a los turistas para conversar. Uno de ellos, que se hace llamar Chilindrino, es especialmente amistoso. Garífuna alto, delgado y con el cabello arreglado con afro, parece entablar inocente amistad con los extranjeros. El calor aumenta a cada momento, un grupo de músicos que incluyen a garífunas e indígenas va de restaurante en restaurante tratando de contagiar su ensayada alegría. Los comerciantes kekchi´s empiezan a cerrar sus abarroterías y tiendas de ropa. Chilindrino, en su cuarta vuelta por la calle, obtiene dólares de un turista. Debe traerle algo a cambio, por lo que se pierde en una de las oscuras calles. En las discotecas de la playa el baile se resiste a arrancar, unas cuantas parejas bailan con desgano, el viento parece no soplar. El despistado turista está inquieto esperando a Chilindrino. De pronto aparece y misterioso le entrega una cajita de fósforos, le pide que se aleje con discreción. El extranjero le agradece el favor y entra a la discoteca, va al baño y sale alegando que la cajita está vacía.

No hay estrellas y el mar se mira oscuro, calmado. La mayoría de bares cierran temprano, la calle principal está casi desierta, en una esquina Chilindrino, ahora con otro atuendo y otra historia, estrecha la mano de un nuevo turista. Es hora de volver al hotel.

Turismo, ecología y un viejo oficio
Por la mañana no hay rastros de jóvenes como Chilindrino, nadie intenta hacer amistad fácil con los visitantes. Los habitantes se dirigen presurosos a sus trabajos, las persianas y puertas vuelven a abrirse. Uno de ellos, Walder Véliz, es presidente de Comité de autogestión turística y propietario del restaurante Happy Fish. Cuenta entusiasta que desde hace seis meses los involucrados en el turismo han estado organizándose. “Uno de nuestros objetivos es vencer el individualismo, que es nuestro enemigo principal”. Su última actividad fue la elección de Miss Turismo, que como muestran las fotos que Veliz despliega en su computadora, fue un éxito y les ayudó a captar fondos. “Livingston siempre ha sido un destino popular, pero puede explotarse más”, comenta.

Véliz cree que la imagen turística de Linvingston, que enfatiza en la gente de color, es adecuada porque la cultura garífuna es muy importante. “Nos identifica ante el mundo, además ellos fueron los fundadores”. En cambio, el kekchi vino después. “Ellos tienen más hijos, por eso ahora son mayoría. Después de habitar por años en aldeas lejanas, están buscando el casco urbano. Así como el garífuna emigra para los Estados Unidos buscando una vida mejor, el kekchí viene a Livingston por la misma razón”.

Mientras Walder Véliz conversa en el Happy Fish, en la Municipalidad, que está a unos cuantos metros, un grupo de personas se ha reunido y se siente tensión en el aire. En medio del numeroso grupo de hombres, una joven mujer dirige la reunión. Es ladina, su atractivo rostro muestra los característicos estragos del mar. Se trata de Angélica Méndez, coordinadora de la Red de pescadores artesanales del Caribe y lago de Izabal. El grupo hace silencio mientras Méndez explica que la red está compuesta por 16 grupos de pescadores que se han organizado legalmente por los problemas que les acechan. “Somos pescadores que trabajamos desde la Barra del Motagua, toda la punta de Manabique, Puerto Barrios, Livingston, Miramar, Cayo Quemado, Boca del Polochic y Sarstún”. Debido a sus actividades de pesca artesanal, les acusan de dañar el medio ambiente. Grupos ecologistas y autoridades gubernamentales pretenden que dejen de trabajar en la pesca, dejando a cientos de familias sin ingresos. “Nosotros solo extraemos los recursos, no dañamos el ambiente”, explica. “La pesca no es una alternativa para nosotros, es un medio de vida. Estamos conscientes de que estamos sobre explotando el recurso, pero necesitamos alternativas para sobrevivir”.

Julio Lee, otro dirigente de la red, se acerca para averiguar con quién está conversando Méndez. Tiene desconfianza debido a que según él los medios de comunicación han tergiversado su situación y sus peticiones. “La opinión pública no conoce lo que realmente está pasando por aquí. Nadie reconoce lo que hace el pescador por la comunidad, económica y ecológicamente, solo se dedican a atacarlo”, asegura. Según los pescadores, gran parte del problema es la belleza misma del lugar, ya que por eso se lo quieren arrebatar para entregarlo a manos extranjeras. Con cada afirmación se oyen gritos de aprobación de parte de los presentes, que realizan su reunión semanal.

Según los hombres y mujeres de mar, han presentado propuestas que han sido desoídas, y les han presentado alternativas risibles. Además su desconfianza es infranqueable. Angélica Méndez vuelve a hablar con tono femenino pero firme, “no pueden tomar fotos de nuestras actividades porque ya estamos cansados de que nos utilicen”.

Antes de retirarse, los pescadores cuentan que hay conversaciones y acercamientos con la Municipalidad de Livingston, pero temen que se quede en eso. Según estos artesanos del mar, los guatemaltecos deberían saber que los mariscos que llegan a su mesa fueron pescados por esta red. “La otra producción, la del pacífico es para exportar. Sin nuestro trabajo en el caribe se acabarían los ceviches del fin de semana”.

Para los pescadores sus detractores solo piensan en el turismo, pero no en las personas que viven en Livingston. “Dañan nuestra economía para darle a los extranjeros un país lindo donde venir a recrearse. Lo que no consideran los empresarios del turismo es que es un efecto dominó, cuando se adueñen de nosotros después siguen ellos”. Están seguros que los tratados de libre comercio están atrás de todo esto. “Esto es un monstruo, pero si nos apoyamos entre sí podríamos salir adelante. Lo malo es que la característica del guatemalteco es dejar que el agua nos llegue hasta la nariz para reaccionar”. Según Lee, ya casi nos estamos atragantando.

“Sí a la diversidad, no al estereotipo”
El medio día se acerca, los barrios que están alejados del casco urbano permanecen ajenos al ajetreo. Hoteles desiertos, personas descansando en sus portales, niños de diferente color correteando casi desnudos. No hubo clases debido a una reunión de profesores.

Mercedes Blanco, maestra de primer grado de primaria y líder garífuna sale de la reunión del claustro de la Escuela de Niñas. Cuenta que la interacción entre diferentes etnias, tanto entre alumnas como entre profesores, es enriquecedora. “Al impartir las clases en idioma español, muchas veces los niños vienen a aprenderlo aquí”. Los niños de Livingston suelen ser bilingües y hasta trilingües, muchos hablan inglés.

En Livingston hay centros educativos de educación primaria, de educación básica y de diversificado. En cuanto a la educación universitaria, las sedes más cercanas están en Puerto Barrios. “A pesar de eso, las limitaciones económicas frenan a la juventud a asistir a la universidad. La mayoría apenas sale del nivel básico, es una lástima porque hay bastantes jóvenes con potencial”, se lamenta mientras pierde la mirada en el salón vacío.

Blanco, al igual que los pescadores, son cautelosos con los medios de comunicación. “Vienen a hacer reportajes y luego publican cosas que no son verdad, eso nos tiene molestos”. Según la maestra esto ayuda a que persistan los estereotipos, que al parecer aborrecen. “Estamos cansados que crean que solo somos buenos para bailar y para el deporte, nuestra cultura es más que eso”. Mercedes opina que por años han estado invisibilizados, y lo poco que se dice de ellos es negativo. “Dicen que el negro es ‘huevón’. Sin venir a conocernos, desde lejos nos denigran, en especial a las mujeres, pues dicen que mantenemos a los hombres, eso no es cierto”. Como dijo antes Gregoria, Blanco afirma que los hombres madrugan para trabajar. “Prueba de ello es que los que se van hacia el extranjero lo hacen por necesidad del trabajo”.

Invocando a los ancestros
Alguien soñó que un ancestro, a quien se niegan a llamar difunto porque creen que sigue conviviendo con ellos, pedía una ceremonia, un “chugú”. Gregoria había explicado antes que no hay fechas específicas para hacer este ritual. “Los preparativos duran hasta un año porque deben criarse los animales que serán sacrificados”, dijo como quien cuenta un secreto. En este ritual le dan gracias al mar y a Dios, además le piden respuestas y bendiciones a sus difuntos. Cuando Gregoria notó nuestra intención de asistir, dijo que “hasta el día de hoy no se permite que gente blanca presencie estos rituales”.

La casa de Guillermina Blanco, a donde acudimos a comprar pan de coco, queda justo junto al lugar del “chugú”. Con la excusa de entrar a ver cómo se prepara dicho pan, pasamos muy cerca de la atestada casa vecina. Ritmos africanos suenan en medio del humo, las personas están vestidas de manera diferente, con sus trajes tradicionales. En el patio los niños rodean las ollas de comida que humean mientras serias señoras revuelven su contenido. No podemos seguir observando, alguien nota nuestra presencia y nos clavan incriminadoras miradas.

Con los ritmos de la ceremonia como música de fondo, Guillermina Blanco termina de preparar el pan bon, que está hecho con coco y es dulce. “Mi mamá me enseñó a prepararlo, yo se lo enseñaré a mis hijas, es una tradición”. Después de comprar el pan, es mejor abandonar el barrio, a pesar de que están dispuestos a compartir amistosamente su comunidad, este momento es sagrado.

La ceremonia duró todo el día y el calor, cada vez más sofocante, fue aplacado por una refrescante lluvia que duró toda la noche. La gente desapareció, ya no había un alma en la calle. Así como muchos ríos desembocan en Livingston, también diariamente confluyen personas, conflictos y actividades. El visitante toma su lancha de regreso llevándose lo que más le haya gustado de este singular pueblo. Atrás se queda la compleja cotidianidad, las luchas, las pasiones, las diferencias, las reconciliaciones. Mientras, Chilindrino sigue vendiendo drogas imaginarias.

Octubre 2004

martes, 2 de marzo de 2010

Del vintage (sigamos con el tema pues)






Publiqué una entrada larga acerca de mi opinión sobre las maras y tengo UN comentario (gracias Julio), en cambio en el de las Pacas llevo un montón… qué curioso.
En fin. Ahora sé que el guatemalteco común adora sus pacas y los precios bajos. Lección aprendida. Odian seguir la moda mainstream y gastar medio sueldo en una prenda. Ok, copiado. No les importa vestir a sus hijos con ropa maloliente, increíble pero cierto.
Hablar de este tema fue como tocar lo más delicado: el bolsillo y las costumbres arraigadas. Sin embargo, así como me han estado dando lecciones de cómo comprar un atuendo por Q50 o menos, también yo los invito a que vayan a una buena boutique y se compren una sola prenda de calidad y buen estilo. Se sentirán bien, se los prometo. Yo a cambio iré a buscar, otra vez, algo para “enriquecer” mi colección, pero no en la Megapaca, tal vez en un mercado de pulgas o algo parecido.
Comprar vintage conlleva ciertas pautas. La prenda debe estar impecable y en buen estado (nada de manchas ni hoyos ni decoloraciones), debe ser clásica y de buen corte, sin importar su marca debe aportar estructura al armario. No debe ser una pieza curiosa que le de “vistosidad” a un atuendo, a menos que se trate de un disfraz.
Apoyo el vintage, totalmente, pero no hay que confundir las cosas. Un buen abrigo, una chaqueta tipo smoquin, un vestido de línea A, un verdadero estampado Pucci o Missoni son ejemplos de piezas a buscar. Algo inspirador, algún trapo o accesorio que pudo haber usado Jane Birkin o Eddie Sedwick.
Una prenda vieja y sin estilo que no entalla no vale la pena aunque cueste Q1.

domingo, 14 de febrero de 2010


Se rompió el sur

(Como un intento de homenaje a Christian Poveda, quien hizo el documental La vida loca y luego fue asesinado, posteo este ensayo que escribí hace unos años)

Un poco antes de las 9:00 de la mañana del lunes 15 de agosto 2005, en la Comisaría 31 de Escuintla empezó a llevarse a cabo un ataque de la Mara Salvatrucha a la Mara 18, que fue replicado sincronizadamente en cinco centros de detención más. Además de horror, está acción ocasionó incertidumbre.
Los integrantes de las maras se jactan de sostener su palabra, por lo que el pacto de no agresión en las cárceles que habían adquirido unos diez años atrás hacía impensable un ataque de esa magnitud. Las autoridades, penitenciarias, policiacas y ministeriales, aparecieron ante la opinión pública sin poder ocultar su desconcierto ante la situación, pues muchos observadores que conocen el comportamiento de las maras ven con extrañeza lo ocurrido, pues en realidad esta acción no se parece a su forma de proceder hasta la fecha. Mientras iban heridos en las ambulancias rumbo a los hospitales, algunos pandilleros atinaban a decir “esos vatos basura rompieron el sur”. Así una nueva etapa había iniciado, la guerra se había declarado.
Muy diferentes a los demás pacientes de esos hospitales, los jóvenes tatuados permanecían custodiados por la policía en sus camas de hospital, sufriendo no solamente el dolor de sus heridas, sino también la impotencia ante el ataque sufrido. Algunos, que no quisieron decir sus nombres, parecían estar enterados del por qué del ataque, pero aseguraban que de eso no podían hablar. Siempre fieles a su gavilla, prometieron que la Mara 18 vengará las muertes. “Serán los familiares de la mara Salvatrucha los primeros en caer, luego serán ellos”, sentenciaron sin rodeos. La ciudad tembló ante las palabras de estos jóvenes que apenas llegan a los 20 años, pero que en su cara reflejaban la dureza que solo la calle y la marginación pueden otorgar.

Como si fueran novedad
Atrás quedaron los días en que estos grupos reñían a lo video de Michael Jackson, armados de cuchillos y pantalones cortos, sin saldo de muertos ni titulares sensacionalistas. Veintipico de años sirvieron de caldo de cultivo para que nuestra indiferencia convirtiera a esos grupos de jóvenes en estas sanguinarias y mortíferas maras. Catalogados desde sus inicios como una amenaza que se cierne sobre la sociedad, siempre se supo que fue producto de la misma.
En los barrios vimos crecer a sus fundadores. No eran muy diferentes a nosotros, a nuestros primos y hermanos. El Nabo, de la Mara Five, era un niño travieso hijo de una señora que vendía comida cerca de la iglesia de la Palmita. En ese tiempo todos andábamos en lo mismo: la música de los ochentas, los peinados raros, los pantalones “pachuchos”. El Nabo asaltaba sin armas, pero nunca a los conocidos del barrio. Como lo apunta la investigación de la socióloga Deborah Levenson (“Por sí mismos”, Avancso) el Nabo era sólo uno de los patojos que perderían poco a poco la inocencia, dándole lugar al resentimiento. Insertados dentro de una creciente sociedad de consumo, donde de pronto lo más importante eran las cosas que se pueden adquirir, los jóvenes pobres miraban pasar delante de sí todo lo que no podían tener. Muchos optaron por arrebatarlo a quienes, creían, les sobraba y se lo restregaban por la cara. ¿A quién no le robaron un par de zapatos tenis o una chumpa de cuero o unos aretes de oro? En sus inicios, las maras compartían las mismas demandas que los movimientos sociales, pero sin adherirse a ellos.
La respuesta no se hizo esperar. Nació la lucha entre breiks (mareros) y los burgueses (o anti mareros). En esos tiempos, la batalla la ganaban los jóvenes con más posibilidades económicas, los niños bonitos que humillaban y golpeaban a cualquier joven con apariencia de “cholero”. El hijo del panadero de mi barrio perdió sus dientes frontales en una golpiza, sólo porque le gustaba reunirse con sus amigos en una esquina para bailar breik.
El odio fue creciendo, los malvestidos debían agruparse para estar preparados, para recibir con más aplomo los insultos, para identificarse con otros que como ellos sentían que no pertenecían a ningún lugar. Esas esquinas, esos barrios, fueron volviéndose sagrados. Templos modernos del orgullo de ser pobre. La misma palabra “mara” entonces no tenía la connotación de ahora. Decir “mi mara” era decir “mis cuates”, “los que andan conmigo”.
Pero la pobreza perseguía (como hoy) a todos los guatemaltecos, y en las manifestaciones de 1985 estos jóvenes también salieron a manifestarse, pero con más energía, con menos ideologías, dispuestos a todo. Opuestos a los movimientos políticos, pero provenientes de los mismos estratos, fueron bautizados como “mareros” como si aquello fuera un insulto.
La violencia fue en escalada, cada día encontraron una nueva forma de delinquir y de ser jóvenes en un país donde no hay condiciones para serlo.
Cortos de memoria y de planes de gobierno que terminen lo que empiezan, la Guatemala de hoy se enfrenta a las maras como si fuera la primera vez que presenciaran el fenómeno. Olvidan que las pandillas juveniles crecieron desde los años 60s, precedidas por importantes grupos estudiantiles. Tampoco recuerdan que en los inicios de la etapa democrática, en 1987 y 1988, los discursos anti maras lograron apantallar a más de alguno. El Plan Nacional de la Juventud, del partido que estaba en el poder, incluyó a los líderes de las maras de entonces en sus proyectos, usándolos pero sin escucharlos de verdad. En abril de 1988 el gobierno anunció la formación de una comisión especial para estudiar a las maras. Como ahora, los políticos trataron de dar soluciones frente a las cámaras de los medios para ganar protagonismo. El entonces Ministro de Gobernación pidió el Día del Trabajo de ese año que unieran esfuerzos con los Ministerios de Educación, de Cultura y de Trabajo para afrontar el desafío planteado por las maras.
Diecisiete años después, ¿dónde están los resultados de esas iniciativas? Tanta bulla y tanto discurso no sirvió de nada. Como si nunca se hubieran propuesto, tales planes quedaron en eso y hoy se teme a las maras como un enemigo desconocido, olvidando que lo vimos crecer, salió de las más dolorosas entrañas de nuestra ciudad. Además de la negligencia y poca voluntad de los involucrados, también la actitud mojigata y paternalista que se adoptó para enfrentar a las maras fue una ridiculez. Se culpó a la música, a la televisión, a las drogas, al mismo Satanás, se ignoró la pobreza, la marginación, la ignorancia, la falta de oportunidades. En el lugar que debieron ocupar sicólogos, sociólogos, educadores y líderes juveniles, las autoridades de entonces pusieron a líderes religiosos fundamentalistas. Como lo reportó el diario El Gráfico en diciembre de 1987, esto era más fácil y económico, dejando que la “costumbres cristianas” y la sabia voluntad de Dios resolvieran el problema. Mientras los ungidos por el gobierno hacían grandes teatros mágico-religiosos, las huestes de las maras solamente se fortalecían, riéndose a sus espaldas.
Quienes sí estaban escuchando y mostraron verdadera solidaridad fueron las maras “hermanas” de inmigrantes en los Estados Unidos. Lograron lo que pocos movimientos sociales han logrado: unidad, gracias a la constante migración. Tal y como lo anunciara el texto de Levenson, que fue el primer estudio sobre las maras publicado a principios de los 90s, sin atacar las verdaderas raíces del fenómeno, su incipiente solidaridad y conciencia de clase se fue perdiendo. “Las maras tienen un rasgo de ausencia de futuro: no hay duda de que su falta de orientación las deja expuestas a la manipulación. (...) Poco interesadas en los asuntos sociales y relaciones igualitarias, absorbidas por el crimen, las maras irían más allá de un punto sin retorno para volverse centralizadas, antidemocráticas, autoritarias y más violentas”.

Se cumple una profecía
Las actividades de las maras actualmente ya no son juegos de niños, a pesar de las edades de sus miembros. Replicando a los mayores, el 19 de septiembre 2005 los más jóvenes de las maras archirivales, Salvatrucha y 18, llevaron a cabo otra matanza. Mientras los de la MS se disponían a dormir en la correccional de San José Pinula, sus enemigos cercaron el lugar en medio de la oscuridad y entraron a matar con precisión, sin titubear.
En las escenas de la televisión, la cabeza de un joven yacía lejos de su cuerpo. Por ser una noticia de última hora, que no pasó por la edición respectiva, dejó ver crudamente el rostro del occiso, esgrimiendo todavía una mueca de incredulidad. Cierta ingenuidad en su joven rostro quedó petrificada para el festín de los periodistas de la nota roja.
Quizá ahora los respetables ciudadanos, tal vez anti breiks ó discriminadores en su juventud, se lamentan por no haber hecho algo antes de que esto llegara a este nivel. Esta guerra nos afecta a todos, nos pone delante de nuestra cara lo que somos, el resultado de una historia reciente manejada a chapuces y remiendos. Los resentimientos de los jóvenes y sus problemas seguirán buscando cómo manifestarse, nos parezca o no.
Una noche me llamó mi madre alarmada. Me pidió que sintonizara el programa de Marta Susana, pues un primo estaba en el “distinguido” pánel de la rubia. Reconocí de inmediato esos ojos que caracterizan a los Masaya: algo rasgados, con una mezcla de picardía y de desencanto. Mi primo creció en el Barrio el Gallito de nuestros padres y abuelos, yo crecí en la zona 5. En realidad no hay tanta diferencia entre él y yo. Con sus ojos achicados por el rencor y la inconformidad, le dijo a la anfitriona de la televisión que odia a todo el mundo, y que sólo en la mara ha encontrado un hogar. Mi madre casi se desmaya, el público lo abucheó, Marta Susana le dio palabras de lástima. Pero a él no le importaba lo que los demás pensara. Igual odiaríamos todos si nos sintiéramos defraudados, marginados e ignorados. No lo condeno, hasta respeto su convicción, la cual en una manera tuve pero en otros ámbitos, cuando jovencita y apasionada quise cambiar al mundo. No creo que haya tanta diferencia. Si mi primo hubiera tenido la oportunidad, sería otra su historia. Pero no la tuvo, y se cansó de esperar.

martes, 9 de febrero de 2010

Llegó la hora: adiós al cordón


Me veo el ombligo y allí está, envejecido y podrido, mi cordón umbilical. Largo, como la tristeza, llega a esa placenta que ya no me nutre sino que me envenena. Ese pastel de sangre y tripas que antes era tan acogedor, ahora es un pantano que me asfixia.
No importaba que tan lejos me fuera, que alto subiera o que bajo cayera, siempre me llevaba de vuelta a donde mismo, a mis inicios, a mis orígenes, reclamándome por las escapadas, haciéndome sentir mal por mis ganas de volar, por mis ganas de hundirme, por mis deseos de ser diferente. A veces era la cuerda de un cometa, otras la soga al cuello, a veces el hilo de pescar, otras el rastro de sangre que lleva a la cadáver. He tomado la tijera, un escalpelo brillante y mortal, lo estoy blandiendo en el aire, a punto de cortar con todo…


Tengo una difícil relación con mi mamá, desde que tengo memoria. Hoy estoy triste, me siento un hoyo en el alma porque veo que con el paso de los años, en lugar de mejorar, empeora. Supongo que las dos nos volvemos viejas y más neuróticas.
Puedo ser un tigre con otras personas, menos con mi mamá. Puedo mentarme la madre con quién sea, pero con ella bajo la cabeza. Qué tonto suena, pero me duele tanto. Ella es como esa vocecita dentro de mi cabeza que no me deja en paz. Una piedra en mi zapato. Si bien me importa poco lo que digan los demás de mí, sus críticas me hieren como mil puñales.
No dudo que la amo, tampoco que ella me ame a mí. Pero somos tan diferentes, tan dolorosamente opuestas. Me duele que nunca hayamos podido llevarnos bien, que solo nos hayamos soportado por todos estos años.
Lo cierto es que ya me cansé, estoy agotada y harta. Para mí se acabó.

viernes, 29 de enero de 2010

Sin final feliz


Sin haber sido nunca una fanática de las bodas, ahora me toca escribir sobre cómo organizarlas y también sobre consejos de cómo hacer funcionar un matrimonio. Pero lo que veo es que la mayoría de mujeres se fijan solo en lo primero. En el vestido, el peinado, los zapatos, las flores, los anillos, la fiesta, el banquete, la luna de miel, el ajuar, entre muchísimos detalles más. Para ayudarlas, hay toda una industria dispuesta a complacer todos sus caprichos y así tener una boda de “ensueño”. Eso estaría muy bien si la convivencia también fuera de ensueño, pero no siempre lo es.

He visto a personas esforzarse por tener la mejor boda de la familia o de la colonia para deslumbrar a los invitados. Las gorditas se ponen a dieta y pasan de mal humor y achaques por meses, mientras los hombres solo ruegan a dios que todo termine pronto. Es difícil saber si realmente están disfrutando el fiestón, o están estresados porque todo salga bien, como un show.

Pero la cosa se pone triste cuando regresan de la luna de miel a una realidad llena de deudas y penurias, que le añaden de entrada estrés a una situación nueva. He visto a esas radiantes y flacas novias llorar de desencanto, porque simplemente no contemplaron lo que venía después: para la mayoría una doble jornada de trabajo, pues en esta “transacción” casi siempre el hombre sale ganando (no lo digo yo, lo dicen los sociólogos).

Antes la responsabilidad de la mujer era la casa y los hijos, y los hombres se iban a ganar el pan. Ahora la mujer no solo quiere sino que debe trabajar para poder aspirar a una mejor vida, pero se ve forzada a seguir encargándose de la casa y los hijos. Es decir, el hombre se quitó un peso de encima, pero no está educado para que también comparta las otras responsabilidades.

No es nada gracioso levantarse a las 5 de la mañana a hacer loncheras y desayunos, ir a dejar a los niños, ir a trabajar, regresar a casa cansada a preparar comida, a lavar y planchar ropa, a hacer tareas y esperar a su esposo para “atenderlo”, eso si no le toca hacer el super o mercado, con lo cual todo se le complica aún más.

La flaca y linda novia se va olvidando del gimnasio, del salón, del cafecito al atardecer, de sus planes y sueños. Si encima tuvo la mala suerte de elegir a un machista, verá cómo él sigue teniendo vida social porque, bueno, es hombre. El “ensueño” se sustituye por resignación. “Ni modo, para esto se casa uno”, dicen algunas.

Es por eso que se me ocurre que las bodas deberían coincidir con la vida que tendrá cada mujer casada. Entre más modesta y complicada vaya a ser su vida, más sencillita la celebración para no caer de tan alto. Mejor invertir el dinero (una boda promedio puede costar por lo menos Q50 mil) en algo más útil.

En lugar de poner tanto empeño en el show, mejor deberían elegir más cuidadosamente a la pareja, buscar a un verdadero compañero y tener una relación sana y equitativa.
Casarse entonces sería una fiesta para dos, una cita en donde la pareja se sienta totalmente feliz y a gusto. Firmar ese contratico sin el afán de complacer ni apantallar a nadie.

martes, 26 de enero de 2010

Estallido contra los hombres "sabios"


Hace poco estaba en una galería de arte con mi pareja y se nos acercó un hombre, yo digo que mayor de 60 años. Sudamericano y, según él, artista.

La verdad, lo dejamos en nuestra mesa por cortesía porque no lo conocíamos bien. Lo cierto es que la plática se fue poniendo tensa, incómoda. Es uno de esos señores que creen que cuando hablan están dando misa, que todos deben callarse y asentir. Los dueños de la verdad. Yo intentaba hablar, decir mi opinión (de la situación nacional, del feminismo, del arte), pero el se reía (sí, ¡se reía!) de mis opiniones. Me hizo sentir mal, pero más que eso, me recordó otras amargas situaciones parecidas.

Entonces, estallé. El pobre no se imaginaba la furia que iba a desatar, ayudada por unos vinos y unos argumentos como los suyos. Le dije que era insoportable y que no me interesaba seguir platicando con él. Me paré y al tratar de alejarme él nos siguió y trató de remediar la situación.

Le aclaré que estaba harta de que ciertos hombres, mayores todos, crean que una mujer no tiene derecho a una opinión. Con todavía más cólera, le dije que ya no soy una jovencita y creo que algo he aprendido de la vida. Una de ellas, a no seguir aguantando a la gente “de antes”.

Se quedó frío, pero seguía siguiéndonos. Le dije que había tolerado alguna vez al cineasta padre de un buen amigo y a un Premio Nacional de Literatura, por razones de aprecio y admiración, pero no iba a tolerar a nadie más. A nadie.

Nuestro parnaso de artistas está lleno de hombres así, muchos ya han muerto y otros andan por allí todavía adoctrinando o peleándose con todo el mundo. Los respeto, pero ellos también deberían aceptar la opinión de otros y, sobre todo, de otras.

En especial, admiraba a uno. Me leí cada libro suyo varias veces, para mí era el modelo a seguir. Sin embargo, cuando lo conocí me trató como chancleta vieja. Era muy joven yo, no conocía a este tipo de hombres. No lo dejé de admirar como escritor, pero ya me daba cosa acercarme.

Con el paso del tiempo y por cuestiones de trabajo, nos fuimos conociendo un poco. Es una persona difícil, no ganaría un concurso de simpatía pero sí que sabe escribir. Según yo ya no le caía mal, éramos medio cuates, hasta me elogió un cuento (claro, uno que han dicho tiene alguna influencia suya). Sin embargo, unas semanas antes del incidente en la galería de arte, había tenido una situación fea con él. Me trató con dureza y bastante irrespeto en mi papel de periodista en una entrevista pública que le intenté hacer. Todo por cuestionarle el papel de la mujer en sus obras. Su berrinche fue visto en vivo tanto por espectadores de aquí como del otro lado del Atlántico.

Lo curioso es que en ese momento no me enojé. Lo interesante es que me di cuenta de lo cansada de esta situación hasta esa noche en la galería de arte, rematando con ese pobre desconocido.

Mi colega escritor (esssso!) a quien admiro intentó disculparse, creo que en las vísperas de año nuevo. No quise hablar con él. No es rencor, no sé qué decirle. Sin embargo, desde aquí lo disculpo, otros ya recibieron mi desahogo.

miércoles, 20 de enero de 2010

De cuando escribía para Magazine 21



Este texto lo escribí en enero 2005 y salió publicado en Magazine 21 (con el cual gané, modestia aparte, un concurso de la APG).

“El ombligo del mundo”

Si se quiere disfrutar la estancia en San Marcos Laguna, hay relajarse y sentir la “vibra” del lugar que, según dicen, por ser “femenina” es pacífica.

Jessica Masaya Portocarrero

Es nuestro tercer día en San Marcos la Laguna, es una mañana luminosa y cálida de domingo. Tanto niños como adultos parecen encandilados y fascinados por el gran ojo azul que se abre enfrente. Ginette Hebert, canadiense que conoció el Lago de Atitlán hace treinta años, sostiene “El principito” y nos enseña uno de los dibujos hechos por el mismo Antoine de Saint Exupery. Luego señala el Cerro de Oro. Definitivamente es la misma figura, pero ¿será que realmente éste es el planeta de aquel rubio niño?

Algunas ideas nuevas habían ya han anidado en nuestra mente, a pesar que apenas habíamos llegado el viernes anterior.

Un universo aparte
Cuando uno desembarca en San Marcos la Laguna, pone pie en un lugar diferente. En este pequeño poblado no hay ruido y las calles son en realidad veredas que no siguen un orden establecido. Sin señal de celular, ni smog ni ruido ni temor a ser asaltado, de pronto se encontrará a solas consigo mismo. En San Marcos hasta los perros se miran despreocupados, reunidos en promiscuas pandillas. Además circulan rumores que rayan en leyendas urbanas. Se dice que podría uno encontrarse a alguien famoso en algún sendero del pueblo o en una lancha. Alguien como el director George Lucas, o Bono, vocalista de U2.

Mujeres organizadas
El viernes que llegamos, la pacífica comunidad estaba un poco conmocionada, las madres de familia estaban reunidas en la escuela pre primaria. La población de niños menores de siete años ha crecido en los últimos años, más de lo que el Ministerio de Educación esperaba. Por eso la escuela pre primaria no tiene la capacidad de darle clases a todos los niños, que suelen ser no solo indígenas y ladinos, sino también hijos de los extranjeros que ahora residen en San Marcos. Por eso, las madres de familia tienen dos años de estar organizadas para que la escuela pre primaria no desaparezca.

Para poder pagar los sueldos de las maestras, anualmente llevan a cabo un concierto para recaudar fondos. Sin saber que en San Marcos la Laguna todo está cerca, acudimos al restaurante Tul y Sol para preguntar dónde estaban reunidas las madres de familia. Un maduro hombre francés, Guy Jean Clavandier, nos envía con una guía indígena a la escuela, que está a unos metros de ahí. Su esposa, la guatemalteca Marisol Marroquín, es voluntaria en esta actividad porque sus hijos asisten a esa escuela. Ellos colaboran prestando su restaurante para llevar a cabo el concierto.

Emilia Pérez Mendoza, una de las maestras del Centro de Pre Primaria Bilingue, explica que el apoyo del ministerio no es suficiente. “Antes la directora era la única maestra, pero ahora se necesitan por lo menos cuatro”.

Se están afinando los últimos detalles, dejamos a las señoras terminar su reunión. Salimos rumbo al parque a ver el atardecer junto a niños de diferentes colores que corretean.

Noches tranquilas

Sigilosamente, algunos visitantes salen de sus hoteles para ir a comer o a beber algo a los discretos cafés que hay en San Marcos. La noche está fría y nublada, el lago ahora parece una refulgente obsidiana. Mientras un perro enfermo suplica con la mirada un pedazo de nuestra cena, empezamos a percibir un poco de preocupación en el aire. Hay quienes afirman que este paraíso está en peligro. Uno de los que se quejan es Gervasio Vera, argentino que reside en San Marcos desde hace varios años. “Aquí existe toda clase de problemas. Ejemplos son los conflictos entre indígenas y ladinos, el manejo de la basura, no hay drenajes, la gente hace sus necesidades en el cafetal, luego surgen muchas enfermedades, la competencia entre religiones...” El lamento de Vera parece no tener fin. Según explica, su visión pesimista tiene que ver con el hecho de que le han robado muchísimas veces. Antes de seguir con sus apreciaciones en otra mesa, culpa a las drogas de los problemas de este pueblo.

Mientras se aleja Gervasio, un grupo de siete jóvenes entran al lugar. Su actitud está lejos de ser pesimista o triste. De inmediato abren una botella de whiskey e inician una conversación entre bromas y piropos. Se trata de dirigentes políticos de otras regiones, como Quetzaltenango y Cobán, que vienen a apoyar la causa de la escuela. También aprovecharán el cónclave para ver si pueden llegar a un acuerdo entre ellos, ya que pertenecen a diferentes partidos políticos. “Creemos que San Marcos todavía es un buen lugar para venir, todavía no es como Pana. Nos hemos enterado que los ataques que se reportan son contra prepotentes propietarios de negocios”. Continuando con su reunión, y a manera de despedida, afirman que en San Marcos “cada quien encuentra lo que busca”.

Sin ser demasiado tarde, sin haber demasiado ruido, los noctámbulos se van a la cama temprano caminando en medio de los cafetales con la ayuda de linternas. Si no quiere tener un accidente en alguna cuneta, no debe faltarle una.

Buenas y malas influencias
A pesar de que es sábado, los niños de la comunidad asisten a la escuela pre primaria para participar en las actividades para salvar su plantel. También acude José Luis González, que es el maestro de música de la Escuela Primaria Pedro Molina de San Marcos la Laguna. Explica que la juventud puede estudiar hasta tercer año básico en esta población. “Luego tienen que ir a los poblados cercanos, como San Pedro, San Juan y Panajachel para cursar el ciclo diversificado”. El joven maestro informa que la sede universitaria más cercana está en Sololá, pero no ofrece todas las carreras. “Por ejemplo yo no puedo estudiar sicología como siempre he querido. Tendría que ir a la capital. Hay muchos que como yo se quedan con las ganas de ir a la universidad”. Mientras un grupo de niños lo rodean para saludarlo, admite que como en todos los pueblos, San Marcos existen problemas. “Hay malas influencias que pueden afectar a los jóvenes, que deben ser muy inteligentes para tomar las cosas buenas y desechar las malas”. Antes de acudir al llamado del alegre grupo infantil, afirma categórico que “el lago es sagrado, no es propiedad de nadie. Aunque sus orillas sean privadas, todos podemos disfrutarlo”.

De viajes astrales y revelaciones
Uno de los lugares que no pueden dejar de admirarse, tanto por su importancia como porque está a mitad del complicado camino hacia el parque, es en Centro de Meditación Las Pirámides. Chaty Secaira sale con un impecable traje blanco de uno de los templos. Con la actitud relajada y con la voz calmada, relata que desde que experimentó su primer viaje astral supo que tenía que abrir un centro de meditación. Así cambió su vida convencional por una de estudios y contemplación. La comunidad de San Marcos le ayudó muchísimo a lograr su objetivo. “Desde que llegué en 1989 el pueblo ha cambiado mucho. Es imposible parar el progreso y evitar que venga la gente”, asegura. “En realidad no importa la cantidad de gente que venga, sino que quieran integrarse a la comunidad”. La dirigente espiritual cree que los extranjeros se escandalizan por la violencia, aunque sea mínima, porque no están acostumbrados. Chaty está involucrada en los consejos de desarrollo departamental y municipal, donde participan el alcalde, el jefe del centro de salud, el supervisor de educación, representantes de las organizaciones no gubernamentales, líderes comunitarios, entre otros.

Chaty nos invita a acompañarla al programa que tiene en la recién inaugurada radio comunitaria, llamada “Cosmos”, que tiene su sede en el parque. En la antesala, antes de ingresar a la cabina, también esperan su turno un veterinario y dos jóvenes mujeres de la Asociación Semillas de Conciencia. Las dos chicas canadienses de esta asociación explican sus objetivos. “Queremos mantener vivo el verdadero espíritu en la conciencia de los que se dedican al estudio y trabajo de la espiritualidad y de las terapias naturales”. También relatan que muchas personas vienen por dos meses por ejemplo, y luego se quedan indefinidamente. “Incluso compran sus casas”, dicen sonrientes. El veterinario viene de otra comunidad porque que en San Marcos no hay ninguno, y explica con sencillez: “yo vengo a esterilizar a los perros”. La comunidad canina creció incontrolablemente gracias al amor libre que sus dueños les permitieron.

En la tienda de la esquina, un grupo de jóvenes compuesto por extranjeros e indígenas, se quejan porque ya no pueden escuchar su radio de rock favorita. “Por culpa de esa radio comunitaria”, se lamentan.

Todos por la escuela
Al caer la tarde, más visitantes van llegando al poblado poco a poco. Algunos asisten al concierto a favor de la escuela, otros a una fiesta de cumpleaños en un chalet a la orilla del lago.

El concierto es un éxito, la fiesta no tanto. Las maestras, a pesar de notarse un tanto incómodas, se dedican a cobrar las entradas y a vender las bebidas en el Tul y Sol. La cumpleañera de al lado, envuelta en una frazada, observa ensimismada la luna que brilla sobre el lago en una noche despejada.

Sin necesidad de apelar a la ley seca, las actividades terminan temprano. Las personas incansables, optan por ir a una fogata que tendrá lugar en la casa de una vieja hippie del lugar. Incluso la cumpleañera acude seguida por sus invitados, que primero tantean en la oscuridad, hasta que el calor del fuego y de la música les señala el lugar.

Fue un buen día para las escuelas, para los cumpleañeros, para los músicos, pero no para los perros que transitan nerviosos de un lado a otro, como presintiendo lo que les espera al día siguiente.

No a las discotecas
En San Marcos la Laguna, así como no hay borracheras, tampoco hay resacas de día domingo. El mexicano Jesús Landa, del hotel El Unicornio, recuerda que igual era Panajachel hace 25 años. Cuando el lugar se comercializó, los hippies de entonces se fueron a San Pedro la Laguna, donde ni siquiera había electricidad. Lamentablemente, también San Pedro sufrió esa transformación ruidosa.

En un tercer intento por encontrar la paz, llegaron a San Marcos hace unos 18 años. “Eramos una comunidad hippie unida, ni siquiera habían cercos que separaran las propiedades. Todos nos conocíamos. En cambio ahora viene gente buscando comodidades, en lugar de acomodarse a la comunidad. No se desconectan del mundo, sino que lo traen con ellos”.

Jesús informa que en la clínica holística del Unicornio, la gente aprende a hacer terapias naturales. “Hasta hace poco los masajes y otras técnicas de relajación la hacían ladinos o extranjeros. Ahora se está involucrando a los indígenas, para que puedan vivir de eso también”, relata. “El inconveniente es que a ellos no les gusta tocar ni ser tocados, es otra cultura. Sin embargo, hay jóvenes que nacieron ya entre toda la comunidad extranjera, que hablan otros idiomas y que han viajado a Estados Unidos y Europa. Ellos están haciendo cambios en la mentalidad del indígena”. En cuanto a los fiesteros, Jesús dice: “a los chaleteros ni los conocemos, solo vienen unas horas a bañarse y a hacer ruido”.

Ante la pregunta sobre la peculiar forma de vida en San Marcos, Jesús afirma que la energía de esta localidad es femenina, mientras que la de San Pedro y Panajachel es masculina. Sin embargo, a algunos eso les importa poco. “Por pensar solo en el dinero, uno de los extranjeros quiere abrir una discoteca. Si eso ocurre, será el fin, tendremos que irnos otra vez”.

¿El hogar de un príncipe?

Antes de irnos de San Marcos la Laguna, queremos llenar nuestros ojos del azul del Lago viéndolo fijamente. Mientras almorzamos, y un perro yace triste y adolorido a nuestro lado, una alegre mujer madura se acerca saludando con los brazos. Es Ginette Hebert, una canadiense que vino por primera vez en 1974. Veinticinco años después lo dejó todo por regresar y quedarse a vivir en este lugar. Como ha sido actriz y directora toda su vida, se ha esforzado por reunir un grupo de jóvenes indígenas de San Marcos la Laguna para hacer teatro. “Estamos ensayando para poner nuestra primera obra, queremos representar las leyendas de este lugar”, relata emocionada. Otro de los proyectos de Ginette es representar El Principito, la obra del escritor y piloto francés Antoine de Saint Exupery. “El viajó a Guatemala en los años cuarenta y muchos sostienen que se inspiró aquí, en el lago de Atitlán”. Según la canadiense, el planeta de El Principito es el Lago de Atitlán.

Además Ginnette afirma que muchos geólogos y antropólogos dicen que el Lago de Atitlán es el ombligo del mundo, su centro.

A pesar del entusiasmo de Ginnette, ella afirma que también enfrenta obstáculos. “A mí me discriminan por no tener dinero. El hippismo se acabó, ahora todo es negocio”, afirma sin perder la sonrisa.

En la lancha que nos lleva de regreso al mundanal ruido, recordamos las historias que nos contaron en San Marcos la Laguna. Es inevitable sacar la cámara cuando vemos sobrevolar un helicóptero sobre una mansión.

lunes, 18 de enero de 2010

Te extraño


La primera vez que nos vimos creo que no nos caímos bien. No podía haber dos mujeres más diferentes entre sí. Ella era una de esas mujeres morenas y “frondosas” (con curvas por todos lados), alta y alegre. Divorciada y terminando los 30s, sin vicios ni vida nocturna.
¿Yo? Una veinteañera solitaria, enojada con el mundo y que no le gustaba hablar. Eso sí, bohemia escandalosa. Ella era la trabajadora social de la facultad y yo una reservada secretaria. Pero las circunstancias nos unieron sin querer. Creo que le provoqué curiosidad, quizá no entendía mis ansias de estar sola, de meterme en mi cuchitril a sufrir y a escribir.
Quería ser como Daria, en todo sentido. Las convenciones sociales y las pláticas superfluas me caían mal. Era los 90s, la época del grunge, de usar maquillaje pálido y camisas grandes. Quería vivir en mi encierro escribiendo nada más, lejos de todo.
Sin embargo, ella se esforzó por sacarme de mi hoyo. Ella que vivía rodeada de gente y tenía amigos por montón, tal vez pensó que yo necesitaba ayuda. Me fue ganando con su gran corazón, y sus chistes subidos de tono.
Le agarré tanto cariño. Admiraba su facilidad de relacionarse con los demás, su gran corazón para ayudar a los otros, su forma de ver la vida con tanto optimismo.
Ella se reía más alto y más frecuentemente que yo, pero su vida no era fácil. Tenía que sacar adelante sola a tres hijos, la menor con una enfermedad muy seria. Aún así vivía plenamente, sin lamentarse, y todavía les alegraba la vida a otros, a mí. Yo tenía más problemas imaginarios que reales (lo más un corazón roto cada tanto).
Antes de ella, yo era definitivamente tímida, antisocial, rara. Era incapaz de entrar con soltura a un lugar y saludar a todos. Ella me enseñó eso y más, a tomar la iniciativa, a preocuparme por los demás, a acercarme a ellos genuinamente. Muchas veces, ahora que soy periodista, me sorprendo usando sus “técnicas” para tratar con la gente. Las técnicas de una verdadera trabajadora social.
Y mi vida nunca más fue igual. Conocí de cerca de toda esta gente que miraba pasar a diario y a quienes no les prestaba atención, a pesar de participar en marchas y manifestaciones donde aseguraba estar de lado “del pueblo”.
Me acerqué a todo tipo de personas. Conocí sus sueños, sus inquietudes, sus problemas, sus retos diarios. Hijos enfermos, esposos infieles o ausentes, enfermedades, dramas, deudas interminables, sus corazones solitarios, su inocencia y también algunos de sus vicios. La gente se sorprendía de ver a esa pálida presumida de pronto en sus cumpleaños, baby showers, despedidas de solteras, bodas, funerales, graduaciones, convivios. Al principio lo hacía por ella, pero luego me gustó. Dejé de ser tan hermética y pude conocer mejor al mundo, a la vida.
Ella realmente me escuchaba. Me tuvo tanta paciencia y me aguantó largos lamentos, así como historias de felicidad y éxtasis. Quizá ella así también pudo conocer otro mundo, más oscuro, el mío. Fue mi segunda mejor amiga, la última. Lo más parecido a tener una hermana. O más, una mamá postiza que era mucho más comprensiva que la propia. Durante casi 10 años fue mi consuelo en horas difíciles (literalmente me dio de comer cuando no tuve), mi compañía, mi alegría (es super chistosa), mi escuela para ser más normal, más social.
Me enseñó a ser menos pudorosa (antes de ella yo no hablaba de ciertos temas ni me desnudaba delante de nadie ni en el sauna), a llamar a las cosas por su nombre.
Cuando me fui de la facultad para irme a Siglo Veintiuno me hizo una despedida donde lloré como niña. Sabía que, conociéndome, ya con la distancia sería la peor amiga del mundo. Dos años después, cuando quedé embarazada me dio un gran apoyo (que no me dio mi mamá) y me organizó un baby shower, mi propio baby shower. A partir de allí, todo lo que había aprendido junto a ella acerca de la vida real, empezó a significar tanto, a tener tanto sentido.
Hoy, más de 4 años después, casi no sé de ella. La llamé y hablamos un buen rato hace como dos meses, prometimos más llamadas, correos electrónicos, fotos, pero nada.
Quizá ya la perdí, quizá fue mucho tiempo de abandono. Quizá está muy ocupada. Quizá tiene a otra amiga con quién compartir largas horas.
Es que hemos cambiado tanto, nuestros horarios son tan diferentes. Pero, igual, me dio nostalgia hoy. Silvita linda, te extraño.