Ahora resulta que para elegir al Premio Nacional de Literatura votamos por un escritor para quedar bien con el Gobierno, resulta que todo estaba listo y preparado para que ganara el que quedó. Me duele la cabeza, me vuelven las palpitaciones, la náusea está a la vuelta de la esquina.
Como lo dije en un post del año pasado, el Premio Nacional de Literatura necesita una revisión, necesita cambios, necesita un replantamiento. Nunca he dicho que es perfecto, ni que lo que decidimos en el Consejo Asesor para las Letras es lo mejor.
Lo que sí digo es que la gente no debería acusar sin antes estar segura de lo que dice. Todo esto del premio ya me está hartando, una decepción más...
Es imposible que todo el mundo quede satisfecho con el escritor que se elige, sobre todo si no es santo de su devoción o su favorito no fue el favorecido.
Ya ni siquiera dan ganas de seguir escribiendo…
lunes, 6 de julio de 2009
jueves, 2 de julio de 2009
La Necia apaleada

Hoy me siendo algo achicopalada, tengo tres pensamientos en mi cabeza:
1. Pobre mi hijo, le tocó una mamá peleonera. Como diría la mía, empieza Cristo a padecer. Resulta que en colegio al que asiste nos cobran actividades como kermesse y día de la familia OBLIGATORIAMENTE. Los dos eventos pasaron y no asistimos, así que por eso no pagamos. Sin embargo, al querer ir a recoger las notas, me dijeron que estaba morosa a pesar de haber pagado la colegiatura. Eso es ilegal. Es como pagar por un servicio o producto que no recibiste. Pero nadie se queja, como bien dice el lic Garavito, el guatemalteco le tiene miedo al qué dirán, sobre todo de que los demás piensen que no tiene dinero, así que se dejan robar. Pero eso no es nada, hay colegios que cobran “bonos” de hasta Q30 mil por el derecho a a asistir a sus aulas, sin mencionar pagos por uniformes, fiestas, viajes y un montón de otras tonterías. Definitivamente, estamos jodidos porque la educación pública es tan mala, que tenemos que morir en un colegio privado. Aunque debo reconocer que hay buenos que no son un negocio, pero suelen ser muy religiosos, del tipo de los que piden que los padres estén casados por la iglesia y que tengan todos los sacramentos. El colegio de Manuel no está tan mal, y queda a una cuadra de la casa, por lo que me gusta que estudie ahí. Pero he decidido hacer valer mis derechos y no pagar más que lo justo, y si es necesario me quejaré en la DIACO, aunque las maestras y padres de familia me vean de reojo cuando llegue en las mañanas a dejar a mi niño. Lo bueno es que él todavía no se averguenza de lo que hace su mamá. El problema va a ser cuando sea un poco más grande. Ya me imagino…
2. Desde que otros empezaron a leer lo que escribo, en la secundaria, me he metido en problemas. Muchos se sienten ofendidos, tengo esa cualidad, o defecto. Hace poco mis hijastras encontraron este blog y lo leen (hola niñas), pero solamente para tener armas contra mí. Al parecer, mi familia política no se imaginaba que yo era, digamos, tan “radical”. El feminismo, el ateismo, el comunismo, el borrachismo, son cosas que para ellos son “malas” y punto. Ah! par de niñas chispudas, supieron cómo hacer la cosa. Me dolió, pero no me averguenzo de lo que soy. Ahora la cosa es un poco incómoda, yo ni abro el pico para no provocar polémicas, pero nada es igual. Por otro lado, una persona que se vio reflejada en uno de mis posts, me escribió exigiéndome que lo borrara. No decía su nombre y solamente ella sabía que era ella, pero estaba furiosa. Otra vez, sin retractarme de lo que escribí, mejor opté por quitar el post. Entiendo que no es fácil ver tu vida, o parte de ella, reflejada en un texto. Lo siento mucho, te lo digo a ti si estás leyendo. Y por último, resulta que me tocó escribir un texto sobre sexo oral. Una tarea más, investigué, interpreté y redacté. Ayer salió en Revista Amiga y ha sido un escándalo. Han estado llamando y escribiendo para pedir mi quema en la hoguera. ¡Pero si es sexo oral! Algo tan común en nuestros tiempos. Hoy atendí a una de esas señoras molestas. Sin dejarme hablar, me sermoneó y me culpó por todo lo malo que hay en el mundo. Como ya he tenido malas experiencias tratando de defenderme de lectores enojados, no dije nada. ¿Para qué? La oí y al final le dije OK.
3. Ayer salí exhausta del Palacio Nacional, luego de que eligiéramos el Premio Nacional de Literatura. Desde que el año pasado expresé, sin censura alguna, mi opinión en un artículo de Siglo Veintiuno, mi posición en el Consejo Asesor para las Letras no es la misma. También ahí soy paria por decir lo que pienso, me siento como ignorada. No pueden echarme por lo que dije, pero en la práctica, solo les sirvo para votar. Tal vez es mi imaginación, ojalá. Fue una ardua elección, pero al final estoy satisfecha con haber votado por el ganador. En una complicada elección (eran 5 candidatos que luego quedaron reducidos a 2), con dos rondas de votación, mi voto, el de la exiliada, fue el decisivo. Ah verdad, no que no me necesitan…
jueves, 25 de junio de 2009
La lección cubana
El día había llegado: tenía todo listo para ir a Cuba.
Cuántas veces soñé ir en los 90s, cuando esa isla era el paraíso para los izquierdistas militantes y admiraba como nadie su revolución. En 1996, creo, como encargada de la carroza de mi facultad para la Huelga de Dolores, todo un honor entonces, diseñé una en contra del bloqueo a Cuba. Sobre una isla hecha de madera y pintada con los colores de su bandera, íbamos varios vestidos como “cubanos” (ahora entiendo que se trataba de un ofensivo cliché: yo era una negrita de pollera larga y nalgas y pechos grandes hechos con globos que a cada rato se reventaban, por lo que cuando se nos acabaron fueron reemplazados por condones inflados que otros compañeros iban regalando en otra carroza. Se pueden imaginar la forma de mis atributos al final…). La isla estaba rodeada de alambre de púas, representando al bloqueo, por lo que quienes nos querían ayudar no podían, mientras el Tío Sam se reía de la escena y ponía más púas y obstáculos. Lo sé, era una idea pueril. Pero la cosa se complicó porque el día de la Huelga apareció un patojo vestido del Ché/Rambo/Comandante Marcos para pelear contra el Tío Sam, y también una especie de Moisés bíblico que al parecer había sobrado de alguna comparsa o carroza, por lo que dispuso que también sería guía para el pueblo, algo así. Quien ha estado en la Huelga sabe que por más que se preparen las cosas, no siempre salen como se planean, pero por eso mismo es algo espontáneo y caótico y maravilloso. El tío Sam terminó borracho y abrazado al Ché/Rambo/Comandante Marcos, mientras que el Moisés lucía el sombrero del tío y bailaba con las supuestas cubanas sobre el mapa que, al paso de las horas, había perdido forma y color y, creo que por la borrachera, la insolación y la irritación por el maquillaje negro, me empezó a parecer una balsa. No obstante el caos, varios verdaderos cubanos se nos acercaron para agradecer el apoyo hacia su país.
Pero de eso hace más de 10 años, el mundo ha cambiado y yo con él. A diferencia de mis compas de antes, no me preparaba para ir a Cuba a una reunión de la Juventud, ni de socialistas, ni de artistas. Iba egoístamente como turista en plan lunamielero. Y no solo eso, en mi afán de pasarla bien, hice un encargo a los Estados Unidos (sí, los mismos del bloqueo) de puros cosméticos y tonterías. Para terminarla, osé comprarme un traje de baño, un tankini para ser exacta, que me costó lo que gana un cubano en tres meses de trabajo.
Como cuando los gringos iban a Cuba a descocarse, allá iba yo, olvidando mi formación socialista. Tanto así que me tomé mi primer trago, gratis y puro, y a las 7 de la mañana en el aeropuerto La Aurora, apenas salía el sol. Tal conducta no podía quedarse sin castigo, no señores.
Dejando suelo guatemalteco la cosa se fue poniendo fea. En Costa Rica quisimos repetir la hazaña de los tragos gratis, pero una tica mal encarada nos trató muy mal. Nos dio un par de gotas y nos mando a escupir a otro lado. Luego el vuelo hacia La Habana se atrasó, el cielo empezó a nublarse. Mis nervios empezaron a querer alborotarse, la cosa se estaba descarrilando.
Llovía en Cuba cuando llegué a conocerla. El aeropuerto, no tan subdesarrollado como esperaba, era una confusión. Al pasar por migración me interrogaron como a todos, pero no me dejaron pasar. Me mandaron a hablar con unos señores muy serios, no sabía qué pasaba. El problema era mi profesión. Ser periodista me valió mi primer jalón de orejas. Que no podía hacer ningún reportaje sin la autorización de Raúl y Fidel. Por supuesto que lo sé, compañero, vengo de vacaciones nada más. Lo que menos me interesa es trabajar. Me vieron con desconfianza, sobre todo porque en el momento en el que puse un pie en la isla (que en realidad es un archipiélago) me puse a sudar como si estuviera bajo la regadera.
Ya un poco retrasados, fuimos a recoger las maletas. La de Ranferí salió pronto, pero la mía no salía de la cortina de plástico. Apenas acostumbrándome a la sensación de estar literalmente bañada en sudor, vi pasar todas las maletas del vuelo, varias veces, y mi maleta (nueva por supuesto) color lila y rosa con maripositas, no aparecía. Afuera nos esperaban para llevarnos al hotel, pero no podía irme sin mi maleta y su precioso contenido (cosméticos, ropa y zapatos a granel). Cuando uno de los compañeros de migración me vieron echándole el ojo a una maleta parecida, sin las maripositas claro, me regañaron y me dijeron que buscara la mía. Les dije que no aparecía y ellos me dijeron: sigue esperando. La banda sin fin rechinaba y daba vueltas lentamente sin acercarme mi equipaje. Quise denunciar el hecho, pero unas cubanas uniformadas me dijeron “sigue esperando chica, ya va a salir”, y el reloj seguían tictaqueando.
Cuando finalmente se convencieron que mi maleta no había llegado, me pidieron que fuera a una oficinita que quedaba entre los trabajos a medio terminar de lo que parece ser una remodelación. Sentía todo empapado, de la cabeza a los pies sudaba, el maquillaje de la madrugada se había esfumado hacía horas. Mientras esperaba mi turno para informar acerca de la maleta secuestrada, tomé conciencia de que no podía bañarme, cambiarme, perfumarme y maquillarme como tenía planeado. Si la maleta no aparecía, no podría desplegar el guardarropa que había sido planificado en cada detalle, según hora y ocasión. Ranferí, y Cuba, me verían días enteros con la sucia y sudada ropa que tenía puesta. En mi cabeza hueca, eso era un desastre. Cuando fue mi turno de reportar el hecho, la señora me pidió que describiera mi maleta. Como niña de primaria, le dije entre sollozos y pucheros que era lila y rosa con maripositas. En ese momento no pude comprender las risas disimuladas de las personas presentes, porque para mí se había acabado el mundo.
Hecha la denuncia, perdimos la noción del tiempo. En hora cubana, eran casi las 6 de la tarde. Salimos para descubrir que quien nos llevaría al hotel ya no estaba. En medio de una multitud que esperaba a otras personas, buscamos y buscamos, con hambre, calor, cansancio, desesperación. Algo fue evidente desde ese momento, en Cuba no conocen lo que es el estrés y los ataques de nervios. Compramos una tarjeta que nos costó unos Q50 para hablar por teléfono público para preguntar por nuestro jalón. Al entrar a la cabina, no pudimos usar anticuado aparato de pulsos. Era como si habláramos otro idioma, nadie podía ayudarnos. Unos decían una cosa, otros otra, y no lográbamos llamar al hotel.
Ya sin ánimos de seguir intentándolo, nos dimos por vencidos. Tomamos un taxi que nos cobró Q300 que no estaban presupuestados. Al subirnos, seguí sollozando, ahora también por el dinero que no iba a alcanzar. Entre lágrimas pude ver las primeas imágenes de Cuba, que seguía con el cielo nublado y todavía lloviznando. En nuestra mentalidad consumista, pensábamos cobrarle a alguien (al hotel, a la agencia de viajes, a Fidel) el gasto imprevisto, por lo que le pedimos una factura. El taxista nos vio como si estuviéramos pidiéndole un milagro. Empecinados en tener un comprobante del viaje, no les íbamos a pagar hasta que materializara una factura. Casi teníamos nuestro primer altercado cubanoguatemalteco ahí mismo, con un taxista negro y alto, que no hubiera aguantado la furia que yo andaba buscando con quién desquitar. Afortunadamente, ante la posibilidad de quedarse sin su pago, luego de revisar a conciencia los recovecos de su taxi, el conductor nos dio un arrugado recibo. Le pagamos y entramos sin el júbilo que pensé que iba tener en ese momento.
Al llegar a la habitación, sentí que me iba a dar el shukake, ya saben, mis nervios andan locos todavía. Y lo peor era tener conciencia que en mi maleta, además de las maravillas de la cosmética del mundo capitalista, estaban mis ansiolíticos. Así, por un segundo me imaginé como la noticia de última hora en el noticiero revolucionario: “extraña mujer extranjera, cubierta en sudor y con la ropa sucia, enloquece pidiendo a gritos maquillaje, sandalias y calmantes”. Me desplomé en la cama. Eran casi las 7 de la noche pero el sol se resistía a irse. Lloriquié otro rato, mientras Ranferí, que podría ser cubano por lo calmado que es, estrenaba su cámara de video.
Creo que empecé a alucinar por el cambio de temperatura, pues en la habitación pusimos el aire acondicionador a todo lo que daba. Sentí como si al dejarme a solas con lo que soy, con lo puesto, con la cara tal y como nací, con el pelo sin cepillar o planchar, sin drogas que me hagan sentir artificialmente bien, algo o alguien me estaba enfrentando a mi misma, la de antes, la que tenía ideales. Fueron minutos que parecieron horas para mí, revolviendo la cama sin usar, pensando cómo había llegado a tal punto de dependencia y superficialidad, mientras tantas personas viven sin todo aquello y muchas cosas más.
Para cuando regresé de mi trance, Ranferí tuvo el valor de tratar de filmarme. Lo que le pude decir al ver a la cámara fue: “sabés qué, creo que Fidel me castigó por ser tan consumista”. Supongo que a esas alturas mi amado estaba pensando si debía llamar a médico de la esquina, pero empecé a sentirme mejor. Luego de hacer lo que podía para sentirme menos chaparrastrosa, le dije que saliéramos a la noche cubana.
En cuanto sentí la agradable frescura del viento, luego de un día lluvioso, me hizo sentir mejor. Sin que Ranferí se diera cuenta, para que no me fuera dejar al psiquiátrico más cercano, me repuse diciendo “Bueno, compañeros revolucionarios, ya entendí la lección”. A falta de pan, tortillas. Comprobé, en las siguientes horas, que el mejor ansiolítico es el alcohol, mucho mejor en su presentación de auténticos mojitos cubanos.
Ps. La maleta apareció 24 horas después, sana y salva. Nosotros pudimos hacer la visita relámpago (en 6 días) más maravillosa a la capital del país que admiré tanto en mis idealistas años. Fue como cuando un católico va a Roma o a Tierra Santa, conocía muy bien la historia, los lugares, los personajes. Ahora admiro más a ese pueblo. Haré otro post al respecto.
lunes, 6 de abril de 2009
Un blog no es un diario

Qué razón tiene Andrea, y qué equivocados los que hemos cambiado a ese fiel amigo de papel por este medio masivo y democrático de comunicación.
Quisiera poder escribir “odio mi trabajo, odio mi vida, me odio” como cuando escribía mi diario antes, y hacer un dibujo mío con la frente fruncida cayendo por un precipicio. Luego al día siguiente escribiría, “no es tan malo mi trabajo, mi vida tiene cosas buenas, me amo” y haría florecitas rosadas al margen de la página. Todo esto sin que nadie se enterara.
Quisiera poder decirle a mi diario que mi vida no es como la había imaginado. ¿Dónde están todas esas obras que iba a escribir antes de los 35? ¿cómo he ayudado a cambiar el mundo? ¿por qué me sigo comiendo las uñas?
Podría echarle la culpa al sistema, a mi madre, al machismo, a la falta de recursos, a la crisis, para luego hacer un garabato que representara la tumba de todos mis sueños y esperanzas.
En cambio, me da vergüenza que otros lean mis rollos. Que sepan que tengo un bloqueo creativo que no me dejar descargar de mi cabeza todas esas historias que pugnan por salir. Que ir al supermercado, pagar las deudas, acostarme temprano, cultivar la sobriedad y el encierro me están volviendo loca.
En cambio, tengo un blog donde quiero parecer interesante y cool sin lograrlo, donde opino, sin que nadie me lo pida acerca de la “realidad”, ésa que pasa allá afuera.
Ok, ok, necesito mi tranquilizante…
miércoles, 1 de abril de 2009
De cómo me lancé de un carro en movimiento
Debo escribir esto, me sirve de desahogo. Todavía no estoy muy segura cómo pasó, todo pasó rápido, es como una pesadilla. Va a sonar a uno de esos correos electrónicos que le mandan a uno, pero ni modo.
Fui a Telgua a hacer un trámite (al fin me despido de las tarjetas pre pago). Terminé a las 6 en punto de la tarde, pero tenía que esperar a Ranferí unos 40 minutos para ir a casa.
No andaba en carro porque con tal de adelantar en el trabajo, me propuse entrar a las 7 menos 15. El problema es que el parqueo lo abren a las 8 y 10 más o menos. Así que me vienen a dejar y a traer.
Con una gran tos, no soportaba el aire acondicionado de Telgua. Así que pensé dos posibilidades: ir a Campero a tomar un café, o irme a casa. Parada en la séptima avenida, decidí irme a mi casa a tomarme un chocolate caliente.
Había tráfico, el primer taxi que pasó enfrente paró. El hombre, lo único que recuerdo es que era moreno, me dijo que me llevaba por Q30 sin preguntarme más detalles de la dirección a dónde iba. Ya adentro, en el asiento del copiloto, traté de darle indicaciones de dónde quedaba mi casa, pero sentí que no me ponía atención. Recuerdo perfectamente que le dije que se fuera por la 11 avenida.
Cada vez que me subo a un taxi, no le pongo seguro a la puerta, es una manía que siempre he tenido “por si las moscas”. Otra medida para sentirme más segura es conversar con ellos, leí por ahí que es bueno verlos a los ojos. Sin embargo, con éste no tuve que hacerlo porque él me platicaba a mí. Mientras se iba por la 7ma avenida, algo despacio, me empezó a contar lo mal que le iba en el negocio, que solo pérdidas tenía. Yo le dije que quizá habían muchos taxis, pero él me contesto que se debía más a la mala fama que le han dado algunos taxistas “malucos”.
Como eran vidrios eléctricos, cerró el de mi lado sin que yo se lo pidiera. Por un momento pensé que era un gesto amable porque yo tenía tos.
Empecé a sentir una sensación extraña. No desagradable al principio, sino como cuando uno se ha tomado los tragos y se relaja. Los brazos me pesaban, también los párpados. Recuerdo que le dije “por favor váyase por la 11 avenida”, pero él me contestó que él sabía por dónde se metía para evitar los semáforos. Ya no reconocía por dónde íbamos, y empecé a sentir que me desmayaba, que me dormía. Seguí hablando para mantenerme despierta. Balbuceé que debía haber esperado a mi esposo porque él me iba ir a recoger, pero mis palabras salían como cuando uno está extremadamente borracho.
Cada vez que parpadeaba, sentía que me iba a dormir. En un segundo, tomé la decisión. Llegamos a un tope, luego me di cuenta que era un callejón, y él cruzo. Entonces abrí la puerta y me tiré a la calle. Como si fuera un doble de Hollywood, me levante de inmediato, empecé a correr y a pedir auxilio a unas personas que estaban en la esquina, que resultaron ser niños. El taxista huyó rápidamente con la puerta abierta.
Cuando llegué a donde estaban jugando pelota, me quedé como inmóvil. Ellos me miraban y me preguntaban cosas, pero yo estaba como atontada. Tanto, que no me había dado cuenta que tenía un pie fuera del zapato. Medio les explicaba que me habían drogado, pero ellos no sabían qué decir. Lo único que se me ocurrió fue llamar a Ranferí, mi idea era que si me desmayaba, él supiera dónde estaba. Ahora pienso que debí llamar también a los bomberos, a mis amigos que viven cerca, a los compañeros de trabajo y a tantas otras personas.
No sé cuánto tiempo estuve ahí llorando, me dieron un vaso de agua y me senté en la banqueta. Ranferí me llamaba pero me decía que había mucho tráfico. El pobre estaba angustiado, yo solo lloraba.
Un señor que estaba parqueado ahí trató de conseguirme un taxi de confianza, pero todos estaban ocupados. La noche estaba cayendo, la gente me miraba desde sus ventanas, yo hubiera querido que me dejaran entrar para esperar, pero nadie se ofreció y lo entiendo por el tiempo que estamos viviendo.
Al final, una mujer joven se ofreció llevarme a mi casa en su carro, el cual guardaba a una cuadra de su casa, encima tuvo que caminar para ir a traerlo. Me parece que alguien me llevó a ese parqueo, pero no estoy segura. Luego de darle las gracias cientos de veces, llegué a mi casa donde seguí llorando, sobre todo cuando llegó Ranferí. Solo ahí descubrí que tenía golpes y raspones, los cuales me dolieron hasta el día siguiente.
La idea de que estuve muy cerca de que me llevaran con rumbo desconocido me daba como vértigo. Solo pensar que la vi cerca me hacía llorar y llorar.
El médico que me vio en el hospital, un par de horas después, no podía creer que me había tirado de un carro y que no tuviera algo roto.
Si bien hay cosas que recuerdo como confusas, estoy segura que la motivación de volver a ver a mi hijo me dio el valor de lanzarme del carro. No quiero ni pensar qué hubiera pensado si no lo hubiera hecho.
Fui a Telgua a hacer un trámite (al fin me despido de las tarjetas pre pago). Terminé a las 6 en punto de la tarde, pero tenía que esperar a Ranferí unos 40 minutos para ir a casa.
No andaba en carro porque con tal de adelantar en el trabajo, me propuse entrar a las 7 menos 15. El problema es que el parqueo lo abren a las 8 y 10 más o menos. Así que me vienen a dejar y a traer.
Con una gran tos, no soportaba el aire acondicionado de Telgua. Así que pensé dos posibilidades: ir a Campero a tomar un café, o irme a casa. Parada en la séptima avenida, decidí irme a mi casa a tomarme un chocolate caliente.
Había tráfico, el primer taxi que pasó enfrente paró. El hombre, lo único que recuerdo es que era moreno, me dijo que me llevaba por Q30 sin preguntarme más detalles de la dirección a dónde iba. Ya adentro, en el asiento del copiloto, traté de darle indicaciones de dónde quedaba mi casa, pero sentí que no me ponía atención. Recuerdo perfectamente que le dije que se fuera por la 11 avenida.
Cada vez que me subo a un taxi, no le pongo seguro a la puerta, es una manía que siempre he tenido “por si las moscas”. Otra medida para sentirme más segura es conversar con ellos, leí por ahí que es bueno verlos a los ojos. Sin embargo, con éste no tuve que hacerlo porque él me platicaba a mí. Mientras se iba por la 7ma avenida, algo despacio, me empezó a contar lo mal que le iba en el negocio, que solo pérdidas tenía. Yo le dije que quizá habían muchos taxis, pero él me contesto que se debía más a la mala fama que le han dado algunos taxistas “malucos”.
Como eran vidrios eléctricos, cerró el de mi lado sin que yo se lo pidiera. Por un momento pensé que era un gesto amable porque yo tenía tos.
Empecé a sentir una sensación extraña. No desagradable al principio, sino como cuando uno se ha tomado los tragos y se relaja. Los brazos me pesaban, también los párpados. Recuerdo que le dije “por favor váyase por la 11 avenida”, pero él me contestó que él sabía por dónde se metía para evitar los semáforos. Ya no reconocía por dónde íbamos, y empecé a sentir que me desmayaba, que me dormía. Seguí hablando para mantenerme despierta. Balbuceé que debía haber esperado a mi esposo porque él me iba ir a recoger, pero mis palabras salían como cuando uno está extremadamente borracho.
Cada vez que parpadeaba, sentía que me iba a dormir. En un segundo, tomé la decisión. Llegamos a un tope, luego me di cuenta que era un callejón, y él cruzo. Entonces abrí la puerta y me tiré a la calle. Como si fuera un doble de Hollywood, me levante de inmediato, empecé a correr y a pedir auxilio a unas personas que estaban en la esquina, que resultaron ser niños. El taxista huyó rápidamente con la puerta abierta.
Cuando llegué a donde estaban jugando pelota, me quedé como inmóvil. Ellos me miraban y me preguntaban cosas, pero yo estaba como atontada. Tanto, que no me había dado cuenta que tenía un pie fuera del zapato. Medio les explicaba que me habían drogado, pero ellos no sabían qué decir. Lo único que se me ocurrió fue llamar a Ranferí, mi idea era que si me desmayaba, él supiera dónde estaba. Ahora pienso que debí llamar también a los bomberos, a mis amigos que viven cerca, a los compañeros de trabajo y a tantas otras personas.
No sé cuánto tiempo estuve ahí llorando, me dieron un vaso de agua y me senté en la banqueta. Ranferí me llamaba pero me decía que había mucho tráfico. El pobre estaba angustiado, yo solo lloraba.
Un señor que estaba parqueado ahí trató de conseguirme un taxi de confianza, pero todos estaban ocupados. La noche estaba cayendo, la gente me miraba desde sus ventanas, yo hubiera querido que me dejaran entrar para esperar, pero nadie se ofreció y lo entiendo por el tiempo que estamos viviendo.
Al final, una mujer joven se ofreció llevarme a mi casa en su carro, el cual guardaba a una cuadra de su casa, encima tuvo que caminar para ir a traerlo. Me parece que alguien me llevó a ese parqueo, pero no estoy segura. Luego de darle las gracias cientos de veces, llegué a mi casa donde seguí llorando, sobre todo cuando llegó Ranferí. Solo ahí descubrí que tenía golpes y raspones, los cuales me dolieron hasta el día siguiente.
La idea de que estuve muy cerca de que me llevaran con rumbo desconocido me daba como vértigo. Solo pensar que la vi cerca me hacía llorar y llorar.
El médico que me vio en el hospital, un par de horas después, no podía creer que me había tirado de un carro y que no tuviera algo roto.
Si bien hay cosas que recuerdo como confusas, estoy segura que la motivación de volver a ver a mi hijo me dio el valor de lanzarme del carro. No quiero ni pensar qué hubiera pensado si no lo hubiera hecho.
viernes, 27 de marzo de 2009
Todo se derrumba

Hay días, muchos últimamente, que dan ganas de apagar la realidad como se apaga la televisión, o aunque sea cambiarle a un canal de comedia, y no de terror.
Hay días, más de los que quisiera, en que todo carece de sentido y sientes que te ahogas, que te intoxicas con el mismo aire, que todo está infecto con alguna extraña peste.
Hoy es uno de esos días. Afuera, adentro, alrededor, todo es horrible. Tanto, que lo bueno, lo poco, lo más bello que uno tiene, parece también querer derrumbarse. ¿Por qué? Si detrás de esas pocas maravillas que tenemos deberíamos cubrirnos de tanta porquería. Sin embargo, el suelo se convierte en un pantano, te traga, te lleva, y todo lo demás contigo.
Comprendo a ese señor que paró su carro, un bonito carro, en medio del puente del Incienso. Hacía un buen día, soleado pero no caluroso. Imagino lo fresco que sintió el viento rozando su cara y despeinándolo, el cielo azul encima de su cabeza, y el vacío llamando allá bajo.
Anoche me dormí llorando pensando que muchas veces pensé que terminaría así, haciendo una caída libre hacia el dulce vacío. No quiero volver a ese lugar de antes, pero a veces es imposible. Hoy es imposible.
jueves, 26 de marzo de 2009
Se armó la polémica

Hoy la tensión en la oficina subió debido a los últimos acontecimientos de violencia.
Para muchos los derechos humanos perjudican más de lo que ayudan. Luego de que alguien ha hecho algo realmente muy malo, como matar con saña por ejemplo, debe tratársele con dignidad, con humanidad. Sin embargo, para quienes ya están hartos de ver tantas atrocidades, lo justo sería que se les tratara de igual o peor forma que a sus víctimas.
Es por eso que defender los derechos humanos, sobre todo en un puesto alto, es una tarea difícil. Nunca se siente que se ha hecho lo suficiente, siempre harán un mal papel. Pero su trabajo es necesario, deben existir tales procuradurías. Porque, de vez en cuando, realmente defienden al bueno de la película.
Me parece mal la gran bulla que le hacen al secuestro express de la esposa del procurador. Si es una ciudadana más ¿por qué merece una conferencia de prensa? Aun hubiera sido el procurador, aunque más comprensible, me parecería un insulto, sobre todo al día siguiente de la muerte de Anthony Josué de dos meses de edad. Una conferencia de prensa, con marcha, protestas, pintas y huelgas de hambre luego de tan horrenda muerte me hubiera parecido más aceptable.
No tengo nada en contra del procurador ni su familia, pero quisiera verlo igual de consternado ante cualquier otra víctima. Sin embargo, es humano y las cosas le afectan hasta que le pasan.
Muchos dicen que quizá ahora sí se pondrá las pilas. Yo no soy tan optimista. Hoy el mundo me parece horrible, pesado, difícil de soportar.
lunes, 23 de marzo de 2009
La vida en un cubículo
Cuando estaba embarazada, por los antojos iba constantemente a donde Doña Mela, en el Mercado Central. Justo en frente hay una de las varias floristerías del lugar cuya dueña, o dependiente, no sé, también estaba embarazada.
Cada antojo cumplido significaba ver a la señora, igual de panzona que yo, trabajando sin parar en sus arreglos. Ella es esa clase locataria (no, no es una palabra despectiva) tan de nuestros mercados, morena, fibruda (con eso quiero decir algo así como maciza, musculosa pero no por las horas en el gimnasio sino por la vida dura) seria, que atendía con voz chillona a sus clientes, a quien llama mi rey o mi reina. Encima de sus prendas juveniles siempre lucía un enorme delantal con vuelos, que también cubría su prominente vientre, lo cual la hacía parte del gran conjunto de vendedoras.
Casi por los mismos días, ella tuvo una nena y yo un varón. Con la lactancia siguieron mis necesidades calóricas, o sea más antojos. Mientras yo estaba suspendida por más de tres meses, ella ya estaba trabajando en sus flores como al mes. En medio de follajes, rosas, yerberas, oasis y canastas, su bebé pasó a ser parte de la comunidad del mercado. Ella seguía haciendo y ofreciendo sus flores, mientras a ratos le daba el pecho a la pequeña. Nada de antojos, miedos, lecturas, depresiones o llamadas al médico, solo trabajo duro. Igual de primeriza que yo, esta mujer no tenía tiempo de andarse con babosadas.
En cada visita a donde Doña Mela, era inevitable las comparaciones entre mi consentido hijo y la pequeña. Del moisés, la nena de la florista pasó a un destartalado carruaje, donde empezó a ver pasar el mundo. No sé si por el entorno tan reducido, pero la nena se miraba que crecía con empuje y todo le quedaba pequeño.
Cuando ya pudo pararse, otra vez cambió de lugar. Esta vez a un corral sin gracia, rústico y muy pequeño, que no ha de medir más de un metro cuadrado. Supongo que ahí trató de dar sus primeros pasos, ahí sucedieron sus primeras caídas, y ahí se dio cuenta que tendría un hermanito.
La florista, dándole pecho todavía a la grande, empezó a dejar ver un nuevo y prominente embarazo, siempre afanada en sus flores. Vino otra nena y empezó otra vez el ciclo de moisés, carruaje y corral, con el inconveniente de que la grande también se quedó ahí.
Quiero entender la mentalidad de estas personas, pero no puedo. Sé por experiencia propia que un niño o niña mayor de dos años no se queda en un corral. No es natural. No deberían andar correteando por ahí?
Hoy que fui a comer una mi enchilada, ahí estaban la dos hermanitas, cual flores, metidas en el metro cuadrado donde transcurre su existencia. Una de un poco más de tres años y la otra acercándose a los dos. Sin embargo, a diferencia de las flores, ellas se ven marchitas y sucias, viendo pasar a la gente con un aire que me recordó a los animales del zoológico, lo cual me partió el corazón.
Su madre, seria y afanada, sigue dándole a los arreglos mientras llama a sus cliente mi rey y mi reina. Ojalá que ese delantal no oculte al tercer inquilino de aquel corral.
Cada antojo cumplido significaba ver a la señora, igual de panzona que yo, trabajando sin parar en sus arreglos. Ella es esa clase locataria (no, no es una palabra despectiva) tan de nuestros mercados, morena, fibruda (con eso quiero decir algo así como maciza, musculosa pero no por las horas en el gimnasio sino por la vida dura) seria, que atendía con voz chillona a sus clientes, a quien llama mi rey o mi reina. Encima de sus prendas juveniles siempre lucía un enorme delantal con vuelos, que también cubría su prominente vientre, lo cual la hacía parte del gran conjunto de vendedoras.
Casi por los mismos días, ella tuvo una nena y yo un varón. Con la lactancia siguieron mis necesidades calóricas, o sea más antojos. Mientras yo estaba suspendida por más de tres meses, ella ya estaba trabajando en sus flores como al mes. En medio de follajes, rosas, yerberas, oasis y canastas, su bebé pasó a ser parte de la comunidad del mercado. Ella seguía haciendo y ofreciendo sus flores, mientras a ratos le daba el pecho a la pequeña. Nada de antojos, miedos, lecturas, depresiones o llamadas al médico, solo trabajo duro. Igual de primeriza que yo, esta mujer no tenía tiempo de andarse con babosadas.
En cada visita a donde Doña Mela, era inevitable las comparaciones entre mi consentido hijo y la pequeña. Del moisés, la nena de la florista pasó a un destartalado carruaje, donde empezó a ver pasar el mundo. No sé si por el entorno tan reducido, pero la nena se miraba que crecía con empuje y todo le quedaba pequeño.
Cuando ya pudo pararse, otra vez cambió de lugar. Esta vez a un corral sin gracia, rústico y muy pequeño, que no ha de medir más de un metro cuadrado. Supongo que ahí trató de dar sus primeros pasos, ahí sucedieron sus primeras caídas, y ahí se dio cuenta que tendría un hermanito.
La florista, dándole pecho todavía a la grande, empezó a dejar ver un nuevo y prominente embarazo, siempre afanada en sus flores. Vino otra nena y empezó otra vez el ciclo de moisés, carruaje y corral, con el inconveniente de que la grande también se quedó ahí.
Quiero entender la mentalidad de estas personas, pero no puedo. Sé por experiencia propia que un niño o niña mayor de dos años no se queda en un corral. No es natural. No deberían andar correteando por ahí?
Hoy que fui a comer una mi enchilada, ahí estaban la dos hermanitas, cual flores, metidas en el metro cuadrado donde transcurre su existencia. Una de un poco más de tres años y la otra acercándose a los dos. Sin embargo, a diferencia de las flores, ellas se ven marchitas y sucias, viendo pasar a la gente con un aire que me recordó a los animales del zoológico, lo cual me partió el corazón.
Su madre, seria y afanada, sigue dándole a los arreglos mientras llama a sus cliente mi rey y mi reina. Ojalá que ese delantal no oculte al tercer inquilino de aquel corral.
jueves, 19 de marzo de 2009
Maurice y su sorprendente declaración

Tratando de encontrar la razón de mi constante mal humor estaba, cuando leí en el Facebook que Maurice Echeverría declara oficialmente que ya no es escritor. ¡Puchis! He pensado muchas veces, y no estoy sola, que la vida de este patojo es envidiable: talentoso, discreto (es decir no aparece en cada charla o evento), acomodado y ¡prolífico! no se dedicaba a otra cosa que a leer y a escribir, sin rutinas ni horarios ni jefes. Y ahora nos sale con esto, ¿qué podemos esperar el resto de los mortales?
No sé más del asunto, solamente lo que dice en su columna de El Periódico sobre la religión de los libros, pero me surgen dos ideas. La primera, es que no hay vida perfecta. En el fondo, todos deseamos lo que tienen los otros y fantaseamos con tal o cual situación. Pero hay que tener cuidado con lo que se desea.
La segunda es que el sentimiento es conocido. En mi caso ¿qué tal que no se trata de un bloqueo el que tengo, sino de que ya dije lo poco que tenía que decir? ¿seré realmente escritora?
Maurice dice cosas muy ciertas, la religión de los libros es difícil y pesada. A pesar de ser de los más fanáticos, los escritores y escribidores niegan y niegan su “adicción”. Es comprensible, en parte, al principio se siente cool vivir a través de los libros, rodeada de ellos, literalmente, y que sean el punto central de nuestras vidas. Como si fuera una forma de ser élite, de hablar otro idioma, cuando en realidad es una jerga insoportable para la mayoría de personas.
Uno se harta y empieza disfrutar fuera de ese templo, rodeándose de gente normal y llena de vida, no de palabras. En mi caso, temo mucho que pertenezco más la gente común que a los iluminados literatos, cosa que no es precisamente negativa.
Últimamente prefiero ver cómo mi hijo somata el tambor de su papá, se come los mocos y canta su canción preferida que ir a una tertulia literaria.
Pero ya bien alejadita del mundillo de los que escriben, no puedo dejar de admirarlos por preferir esa vida tan dedicada. Y ahora Maurice declara esto. El admirado y el premiado Maurice. No sé qué pensar…
Retomando mis viejas costumbres literatas, me viene a la mente que Sábato, mi todavía adorado Sábato, dice que ser escritor es un apostolado y que su condición más preciosa es su fanatismo, una obsesión fanática por su creación. Por su parte Flaubert decía que un hombre que ha resuelto hacerse artista no tiene derecho a vivir como los demás. ¿Cómo puede alguien dejar de ser escritor de pronto? Lo más seguro es que fue un proceso.
Por otro lado, veo cómo la nueva generación viene empujando con ganas y con candor, para que nos hagamos a un lado, como lo hicimos otros en nuestros tiempos. Piensan que ser escritor, publicar, dar charlas, firmar libros y la vida bohemia es lo mejor. No saben lo que dicen, pero es mejor.
Quizá el origen de mi enojo es que no me he definido. Como siempre, qué envidia me das Maurice.
jueves, 12 de marzo de 2009
No es fácil dejar de discriminar

Es cierto, pero hay que hacer un esfuerzo. Es el colmo que tengan que venir a explicarnos a los periodistas cómo debemos escribir siendo incluyentes. Si bien pocos son los que caen en los insultos, pero los hay, la mayoría somos paternalistas e indiferentes a la hora de escribir sobre temas que puedan herir sensibilidades.
La discriminación más común es la racial. Me da tristeza comprobar cómo compañeros y compañeras ven a los indígenas como actores “lejanos” y folklóricos en el mejor de los casos. En el peor, los consideran feos, tontos y ridículos. Sin embargo, oficialmente no lo dicen porque saben que está mal. No se dan cuenta que no solamente son los dueños originales de estas tierras, sino que son la mayoría de la población.
Los indígenas, al menos los que conozco, son maravillosos. Quizá más reservados que los ladinos, pero por lo mismo más dueños de sus acciones pues meditan más antes de actuar, y de hablar. Admiro sus luchas, su coraje, su forma tan decidida al hacer lo que se proponen. Otro gran atributo es su franqueza, que igual da la bienvenida fraternal que un putazo cuando es necesario. Me encantaría ver, si es que vivo lo suficiente, el día en que “resurjan” y tomen el lugar que les corresponde. Para el mundo somos valiosos por ellos, por lo que hicieron sus antepasados y lo que hacen ellos ahora con valentía. Qué daría por tener más sangre indígena. Ellos no son indios, ni inditos, ni naturales, ni de traje, ni del monte, son Mayas no solamente por una conquista política, sino por derecho propio.
Qué duro es darse cuenta que en nuestro medio, con lo que hacemos, validamos una única cultura occidental, muuuuuy agringada. Específicamente, apoyamos el tipo de belleza a lo Hollywood. Entre más canche y blanco, mejor. ¿Y el resto? ¿No somos bonitos? ¿cuándo habrá una portada de revista con nuestra verdadera belleza? Por eso hay (habemos) tantas peliteñidas que hasta se ponen (nos ponemos) lentes de contacto. Por eso critican a Norma Cruz porque se puso un huipil al recibir un premio en Washington, de manos de Hillary Clinton y Michelle Obama, en lugar de un traje de “marca”.
La ley que castiga la discriminación hará cambios, estoy segura. Por lo menos lo pensarán antes de insultar, se morderán la lengua. No importa si por miedo, pero nadie volverá a gritarle a una Doctora Honoris Causa y Premio Nobel de la Paz los insultos más inverosímiles.
Yo discrimino también. No lo niego. Tengo prejuicios contra los conservadores, sobre todo los religiosos, así como contra los militares en general. Sin embargo, no les ando diciendo insultos. Bueno, ahora que recuerdo, tengo que reconocer que cuando junto a mis compañeros de la USAC pasábamos cerca de la policía o algún grupo militar gritábamos “!cómo hiede a mierda!”…
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