lunes, 6 de abril de 2009

Un blog no es un diario


Qué razón tiene Andrea, y qué equivocados los que hemos cambiado a ese fiel amigo de papel por este medio masivo y democrático de comunicación.
Quisiera poder escribir “odio mi trabajo, odio mi vida, me odio” como cuando escribía mi diario antes, y hacer un dibujo mío con la frente fruncida cayendo por un precipicio. Luego al día siguiente escribiría, “no es tan malo mi trabajo, mi vida tiene cosas buenas, me amo” y haría florecitas rosadas al margen de la página. Todo esto sin que nadie se enterara.
Quisiera poder decirle a mi diario que mi vida no es como la había imaginado. ¿Dónde están todas esas obras que iba a escribir antes de los 35? ¿cómo he ayudado a cambiar el mundo? ¿por qué me sigo comiendo las uñas?
Podría echarle la culpa al sistema, a mi madre, al machismo, a la falta de recursos, a la crisis, para luego hacer un garabato que representara la tumba de todos mis sueños y esperanzas.
En cambio, me da vergüenza que otros lean mis rollos. Que sepan que tengo un bloqueo creativo que no me dejar descargar de mi cabeza todas esas historias que pugnan por salir. Que ir al supermercado, pagar las deudas, acostarme temprano, cultivar la sobriedad y el encierro me están volviendo loca.
En cambio, tengo un blog donde quiero parecer interesante y cool sin lograrlo, donde opino, sin que nadie me lo pida acerca de la “realidad”, ésa que pasa allá afuera.
Ok, ok, necesito mi tranquilizante…

miércoles, 1 de abril de 2009

De cómo me lancé de un carro en movimiento

Debo escribir esto, me sirve de desahogo. Todavía no estoy muy segura cómo pasó, todo pasó rápido, es como una pesadilla. Va a sonar a uno de esos correos electrónicos que le mandan a uno, pero ni modo.
Fui a Telgua a hacer un trámite (al fin me despido de las tarjetas pre pago). Terminé a las 6 en punto de la tarde, pero tenía que esperar a Ranferí unos 40 minutos para ir a casa.
No andaba en carro porque con tal de adelantar en el trabajo, me propuse entrar a las 7 menos 15. El problema es que el parqueo lo abren a las 8 y 10 más o menos. Así que me vienen a dejar y a traer.
Con una gran tos, no soportaba el aire acondicionado de Telgua. Así que pensé dos posibilidades: ir a Campero a tomar un café, o irme a casa. Parada en la séptima avenida, decidí irme a mi casa a tomarme un chocolate caliente.
Había tráfico, el primer taxi que pasó enfrente paró. El hombre, lo único que recuerdo es que era moreno, me dijo que me llevaba por Q30 sin preguntarme más detalles de la dirección a dónde iba. Ya adentro, en el asiento del copiloto, traté de darle indicaciones de dónde quedaba mi casa, pero sentí que no me ponía atención. Recuerdo perfectamente que le dije que se fuera por la 11 avenida.
Cada vez que me subo a un taxi, no le pongo seguro a la puerta, es una manía que siempre he tenido “por si las moscas”. Otra medida para sentirme más segura es conversar con ellos, leí por ahí que es bueno verlos a los ojos. Sin embargo, con éste no tuve que hacerlo porque él me platicaba a mí. Mientras se iba por la 7ma avenida, algo despacio, me empezó a contar lo mal que le iba en el negocio, que solo pérdidas tenía. Yo le dije que quizá habían muchos taxis, pero él me contesto que se debía más a la mala fama que le han dado algunos taxistas “malucos”.
Como eran vidrios eléctricos, cerró el de mi lado sin que yo se lo pidiera. Por un momento pensé que era un gesto amable porque yo tenía tos.
Empecé a sentir una sensación extraña. No desagradable al principio, sino como cuando uno se ha tomado los tragos y se relaja. Los brazos me pesaban, también los párpados. Recuerdo que le dije “por favor váyase por la 11 avenida”, pero él me contestó que él sabía por dónde se metía para evitar los semáforos. Ya no reconocía por dónde íbamos, y empecé a sentir que me desmayaba, que me dormía. Seguí hablando para mantenerme despierta. Balbuceé que debía haber esperado a mi esposo porque él me iba ir a recoger, pero mis palabras salían como cuando uno está extremadamente borracho.
Cada vez que parpadeaba, sentía que me iba a dormir. En un segundo, tomé la decisión. Llegamos a un tope, luego me di cuenta que era un callejón, y él cruzo. Entonces abrí la puerta y me tiré a la calle. Como si fuera un doble de Hollywood, me levante de inmediato, empecé a correr y a pedir auxilio a unas personas que estaban en la esquina, que resultaron ser niños. El taxista huyó rápidamente con la puerta abierta.
Cuando llegué a donde estaban jugando pelota, me quedé como inmóvil. Ellos me miraban y me preguntaban cosas, pero yo estaba como atontada. Tanto, que no me había dado cuenta que tenía un pie fuera del zapato. Medio les explicaba que me habían drogado, pero ellos no sabían qué decir. Lo único que se me ocurrió fue llamar a Ranferí, mi idea era que si me desmayaba, él supiera dónde estaba. Ahora pienso que debí llamar también a los bomberos, a mis amigos que viven cerca, a los compañeros de trabajo y a tantas otras personas.
No sé cuánto tiempo estuve ahí llorando, me dieron un vaso de agua y me senté en la banqueta. Ranferí me llamaba pero me decía que había mucho tráfico. El pobre estaba angustiado, yo solo lloraba.
Un señor que estaba parqueado ahí trató de conseguirme un taxi de confianza, pero todos estaban ocupados. La noche estaba cayendo, la gente me miraba desde sus ventanas, yo hubiera querido que me dejaran entrar para esperar, pero nadie se ofreció y lo entiendo por el tiempo que estamos viviendo.
Al final, una mujer joven se ofreció llevarme a mi casa en su carro, el cual guardaba a una cuadra de su casa, encima tuvo que caminar para ir a traerlo. Me parece que alguien me llevó a ese parqueo, pero no estoy segura. Luego de darle las gracias cientos de veces, llegué a mi casa donde seguí llorando, sobre todo cuando llegó Ranferí. Solo ahí descubrí que tenía golpes y raspones, los cuales me dolieron hasta el día siguiente.
La idea de que estuve muy cerca de que me llevaran con rumbo desconocido me daba como vértigo. Solo pensar que la vi cerca me hacía llorar y llorar.
El médico que me vio en el hospital, un par de horas después, no podía creer que me había tirado de un carro y que no tuviera algo roto.
Si bien hay cosas que recuerdo como confusas, estoy segura que la motivación de volver a ver a mi hijo me dio el valor de lanzarme del carro. No quiero ni pensar qué hubiera pensado si no lo hubiera hecho.

viernes, 27 de marzo de 2009

Todo se derrumba


Hay días, muchos últimamente, que dan ganas de apagar la realidad como se apaga la televisión, o aunque sea cambiarle a un canal de comedia, y no de terror.
Hay días, más de los que quisiera, en que todo carece de sentido y sientes que te ahogas, que te intoxicas con el mismo aire, que todo está infecto con alguna extraña peste.
Hoy es uno de esos días. Afuera, adentro, alrededor, todo es horrible. Tanto, que lo bueno, lo poco, lo más bello que uno tiene, parece también querer derrumbarse. ¿Por qué? Si detrás de esas pocas maravillas que tenemos deberíamos cubrirnos de tanta porquería. Sin embargo, el suelo se convierte en un pantano, te traga, te lleva, y todo lo demás contigo.
Comprendo a ese señor que paró su carro, un bonito carro, en medio del puente del Incienso. Hacía un buen día, soleado pero no caluroso. Imagino lo fresco que sintió el viento rozando su cara y despeinándolo, el cielo azul encima de su cabeza, y el vacío llamando allá bajo.
Anoche me dormí llorando pensando que muchas veces pensé que terminaría así, haciendo una caída libre hacia el dulce vacío. No quiero volver a ese lugar de antes, pero a veces es imposible. Hoy es imposible.

jueves, 26 de marzo de 2009

Se armó la polémica


Hoy la tensión en la oficina subió debido a los últimos acontecimientos de violencia.
Para muchos los derechos humanos perjudican más de lo que ayudan. Luego de que alguien ha hecho algo realmente muy malo, como matar con saña por ejemplo, debe tratársele con dignidad, con humanidad. Sin embargo, para quienes ya están hartos de ver tantas atrocidades, lo justo sería que se les tratara de igual o peor forma que a sus víctimas.
Es por eso que defender los derechos humanos, sobre todo en un puesto alto, es una tarea difícil. Nunca se siente que se ha hecho lo suficiente, siempre harán un mal papel. Pero su trabajo es necesario, deben existir tales procuradurías. Porque, de vez en cuando, realmente defienden al bueno de la película.
Me parece mal la gran bulla que le hacen al secuestro express de la esposa del procurador. Si es una ciudadana más ¿por qué merece una conferencia de prensa? Aun hubiera sido el procurador, aunque más comprensible, me parecería un insulto, sobre todo al día siguiente de la muerte de Anthony Josué de dos meses de edad. Una conferencia de prensa, con marcha, protestas, pintas y huelgas de hambre luego de tan horrenda muerte me hubiera parecido más aceptable.
No tengo nada en contra del procurador ni su familia, pero quisiera verlo igual de consternado ante cualquier otra víctima. Sin embargo, es humano y las cosas le afectan hasta que le pasan.
Muchos dicen que quizá ahora sí se pondrá las pilas. Yo no soy tan optimista. Hoy el mundo me parece horrible, pesado, difícil de soportar.

lunes, 23 de marzo de 2009

La vida en un cubículo

Cuando estaba embarazada, por los antojos iba constantemente a donde Doña Mela, en el Mercado Central. Justo en frente hay una de las varias floristerías del lugar cuya dueña, o dependiente, no sé, también estaba embarazada.
Cada antojo cumplido significaba ver a la señora, igual de panzona que yo, trabajando sin parar en sus arreglos. Ella es esa clase locataria (no, no es una palabra despectiva) tan de nuestros mercados, morena, fibruda (con eso quiero decir algo así como maciza, musculosa pero no por las horas en el gimnasio sino por la vida dura) seria, que atendía con voz chillona a sus clientes, a quien llama mi rey o mi reina. Encima de sus prendas juveniles siempre lucía un enorme delantal con vuelos, que también cubría su prominente vientre, lo cual la hacía parte del gran conjunto de vendedoras.
Casi por los mismos días, ella tuvo una nena y yo un varón. Con la lactancia siguieron mis necesidades calóricas, o sea más antojos. Mientras yo estaba suspendida por más de tres meses, ella ya estaba trabajando en sus flores como al mes. En medio de follajes, rosas, yerberas, oasis y canastas, su bebé pasó a ser parte de la comunidad del mercado. Ella seguía haciendo y ofreciendo sus flores, mientras a ratos le daba el pecho a la pequeña. Nada de antojos, miedos, lecturas, depresiones o llamadas al médico, solo trabajo duro. Igual de primeriza que yo, esta mujer no tenía tiempo de andarse con babosadas.
En cada visita a donde Doña Mela, era inevitable las comparaciones entre mi consentido hijo y la pequeña. Del moisés, la nena de la florista pasó a un destartalado carruaje, donde empezó a ver pasar el mundo. No sé si por el entorno tan reducido, pero la nena se miraba que crecía con empuje y todo le quedaba pequeño.
Cuando ya pudo pararse, otra vez cambió de lugar. Esta vez a un corral sin gracia, rústico y muy pequeño, que no ha de medir más de un metro cuadrado. Supongo que ahí trató de dar sus primeros pasos, ahí sucedieron sus primeras caídas, y ahí se dio cuenta que tendría un hermanito.
La florista, dándole pecho todavía a la grande, empezó a dejar ver un nuevo y prominente embarazo, siempre afanada en sus flores. Vino otra nena y empezó otra vez el ciclo de moisés, carruaje y corral, con el inconveniente de que la grande también se quedó ahí.
Quiero entender la mentalidad de estas personas, pero no puedo. Sé por experiencia propia que un niño o niña mayor de dos años no se queda en un corral. No es natural. No deberían andar correteando por ahí?
Hoy que fui a comer una mi enchilada, ahí estaban la dos hermanitas, cual flores, metidas en el metro cuadrado donde transcurre su existencia. Una de un poco más de tres años y la otra acercándose a los dos. Sin embargo, a diferencia de las flores, ellas se ven marchitas y sucias, viendo pasar a la gente con un aire que me recordó a los animales del zoológico, lo cual me partió el corazón.
Su madre, seria y afanada, sigue dándole a los arreglos mientras llama a sus cliente mi rey y mi reina. Ojalá que ese delantal no oculte al tercer inquilino de aquel corral.

jueves, 19 de marzo de 2009

Maurice y su sorprendente declaración


Tratando de encontrar la razón de mi constante mal humor estaba, cuando leí en el Facebook que Maurice Echeverría declara oficialmente que ya no es escritor. ¡Puchis! He pensado muchas veces, y no estoy sola, que la vida de este patojo es envidiable: talentoso, discreto (es decir no aparece en cada charla o evento), acomodado y ¡prolífico! no se dedicaba a otra cosa que a leer y a escribir, sin rutinas ni horarios ni jefes. Y ahora nos sale con esto, ¿qué podemos esperar el resto de los mortales?
No sé más del asunto, solamente lo que dice en su columna de El Periódico sobre la religión de los libros, pero me surgen dos ideas. La primera, es que no hay vida perfecta. En el fondo, todos deseamos lo que tienen los otros y fantaseamos con tal o cual situación. Pero hay que tener cuidado con lo que se desea.
La segunda es que el sentimiento es conocido. En mi caso ¿qué tal que no se trata de un bloqueo el que tengo, sino de que ya dije lo poco que tenía que decir? ¿seré realmente escritora?
Maurice dice cosas muy ciertas, la religión de los libros es difícil y pesada. A pesar de ser de los más fanáticos, los escritores y escribidores niegan y niegan su “adicción”. Es comprensible, en parte, al principio se siente cool vivir a través de los libros, rodeada de ellos, literalmente, y que sean el punto central de nuestras vidas. Como si fuera una forma de ser élite, de hablar otro idioma, cuando en realidad es una jerga insoportable para la mayoría de personas.
Uno se harta y empieza disfrutar fuera de ese templo, rodeándose de gente normal y llena de vida, no de palabras. En mi caso, temo mucho que pertenezco más la gente común que a los iluminados literatos, cosa que no es precisamente negativa.
Últimamente prefiero ver cómo mi hijo somata el tambor de su papá, se come los mocos y canta su canción preferida que ir a una tertulia literaria.
Pero ya bien alejadita del mundillo de los que escriben, no puedo dejar de admirarlos por preferir esa vida tan dedicada. Y ahora Maurice declara esto. El admirado y el premiado Maurice. No sé qué pensar…
Retomando mis viejas costumbres literatas, me viene a la mente que Sábato, mi todavía adorado Sábato, dice que ser escritor es un apostolado y que su condición más preciosa es su fanatismo, una obsesión fanática por su creación. Por su parte Flaubert decía que un hombre que ha resuelto hacerse artista no tiene derecho a vivir como los demás. ¿Cómo puede alguien dejar de ser escritor de pronto? Lo más seguro es que fue un proceso.
Por otro lado, veo cómo la nueva generación viene empujando con ganas y con candor, para que nos hagamos a un lado, como lo hicimos otros en nuestros tiempos. Piensan que ser escritor, publicar, dar charlas, firmar libros y la vida bohemia es lo mejor. No saben lo que dicen, pero es mejor.
Quizá el origen de mi enojo es que no me he definido. Como siempre, qué envidia me das Maurice.

jueves, 12 de marzo de 2009

No es fácil dejar de discriminar


Es cierto, pero hay que hacer un esfuerzo. Es el colmo que tengan que venir a explicarnos a los periodistas cómo debemos escribir siendo incluyentes. Si bien pocos son los que caen en los insultos, pero los hay, la mayoría somos paternalistas e indiferentes a la hora de escribir sobre temas que puedan herir sensibilidades.
La discriminación más común es la racial. Me da tristeza comprobar cómo compañeros y compañeras ven a los indígenas como actores “lejanos” y folklóricos en el mejor de los casos. En el peor, los consideran feos, tontos y ridículos. Sin embargo, oficialmente no lo dicen porque saben que está mal. No se dan cuenta que no solamente son los dueños originales de estas tierras, sino que son la mayoría de la población.
Los indígenas, al menos los que conozco, son maravillosos. Quizá más reservados que los ladinos, pero por lo mismo más dueños de sus acciones pues meditan más antes de actuar, y de hablar. Admiro sus luchas, su coraje, su forma tan decidida al hacer lo que se proponen. Otro gran atributo es su franqueza, que igual da la bienvenida fraternal que un putazo cuando es necesario. Me encantaría ver, si es que vivo lo suficiente, el día en que “resurjan” y tomen el lugar que les corresponde. Para el mundo somos valiosos por ellos, por lo que hicieron sus antepasados y lo que hacen ellos ahora con valentía. Qué daría por tener más sangre indígena. Ellos no son indios, ni inditos, ni naturales, ni de traje, ni del monte, son Mayas no solamente por una conquista política, sino por derecho propio.
Qué duro es darse cuenta que en nuestro medio, con lo que hacemos, validamos una única cultura occidental, muuuuuy agringada. Específicamente, apoyamos el tipo de belleza a lo Hollywood. Entre más canche y blanco, mejor. ¿Y el resto? ¿No somos bonitos? ¿cuándo habrá una portada de revista con nuestra verdadera belleza? Por eso hay (habemos) tantas peliteñidas que hasta se ponen (nos ponemos) lentes de contacto. Por eso critican a Norma Cruz porque se puso un huipil al recibir un premio en Washington, de manos de Hillary Clinton y Michelle Obama, en lugar de un traje de “marca”.
La ley que castiga la discriminación hará cambios, estoy segura. Por lo menos lo pensarán antes de insultar, se morderán la lengua. No importa si por miedo, pero nadie volverá a gritarle a una Doctora Honoris Causa y Premio Nobel de la Paz los insultos más inverosímiles.
Yo discrimino también. No lo niego. Tengo prejuicios contra los conservadores, sobre todo los religiosos, así como contra los militares en general. Sin embargo, no les ando diciendo insultos. Bueno, ahora que recuerdo, tengo que reconocer que cuando junto a mis compañeros de la USAC pasábamos cerca de la policía o algún grupo militar gritábamos “!cómo hiede a mierda!”…

jueves, 26 de febrero de 2009

Empieza Cristo a padecer


Si de algo me ha servido este blog, es para desahogarme. Así que aquí va mi lamento de hoy.
Desde ayer empezó la cuaresma, y con ella las procesiones, y con ellas ¡el caos! Para quienes trabajan o viven, o ambas cosas, en la zona 1, eso es simplemente desesperante.
Antes simplemente evitaba pasar por el Centro Histórico, pero desde que me mudé me la paso estudiando cómo hacer para llegar a mi casa o a mi trabajo, peleando con cucuruchos y cachurecos, lamentándome por el tiempo perdido y, al final, resignándome a mi triste realidad.
Ok, ok. Entiendo que no quieren que encienda mi cigarro por respeto a los demás. Entonces, por favor no obstruyan la calle por respeto a los no católicos. Porque no que no se trata solamente del susodicho cortejo, sino también está el tema de las alfombras, ya que los “fieles” cierran sus cuadras para hacerlas. Por experiencia propia sé que en su mayoría son de pino y flores, mal hechas a la carrera que no valen el caos que arman.
Creo que pedir que regulen las procesiones es una utopía, porque somos una sociedad conservadora e indiferente. Pero en mi mundo ideal, no existirían, pues los católicos tendrían derecho a hacer sus ritos dentro de sus iglesias, nada más. ¿Quién los ha hecho dueños de las calles? ¿y las otras religiones, incluso las no cristianas, por qué no tienen el mismo derecho?
Al menos, en mi opinión, deberían regular mejor el tránsito orientando a los desesperados conductores. Mejor si circularan en horas y días no hábiles. Además, las alfombras se deberán permitir solo el jueves y viernes santo, cuando todos, o la mayoría, ya no estamos trabajando.
Otra mala noticia es que hay procesiones todo el año, aunque más pequeñas ocasionan igual caos. Esto hace menos atractivo el Centro Histórico, es una razón más para quienes no quieren visitarlo o, en el caso de los más jóvenes, conocerlo.
Sé que en este tema estoy arando en el mar, pero no me importa. Qué fácil hablar de tolerancia y respeto pensando solamente en uno mismo. Prometo, por aquello del karma y la ley de la atracción, cultivar mi paz interior y ser no solamente tolerante, sino respetuosa. Ojalá que la procesión de hoy no me robe el valioso tiempo para hacer la tarea con mi hijo.

viernes, 20 de febrero de 2009

¡Déjenme si estoy fumando!


Todas las personas a quienes les ofende olor a cigarrillo están felices hoy, pues prácticamente ya no se puede fumar en lugar que no sea tu casa o la calle.
Qué sofisticados somos, de primer mundo nos creemos, sí, cómo no.
Yo soltaré mi cigarrito cuando pueda ir por la calle sin que me asalten, y si me asaltan, que agarren al delincuente y se hagan cumplir las otras leyes, las más importantes. También dejaré de echar humo cuando sea devuelto todo lo que se ha robado tanto funcionarios ladrones.
Entiendo que se quiera defender el derecho de los no fumadores, incluyendo los niños, pero entonces que los alejen también del smog de las viejas camionetas y del medio ambiente contaminado en general, not to mention de las porquerías que se comen todos los días.
Como dijo Sharon Stone “¿qué? ¿me van a arrestar por fumar?”. Solo faltaría que las cárceles estuvieran llenas de fumadores y no de sicarios, ladrones, secuestradores, diputados, violadores. Claro, es más fácil perseguir a un pobre que enciende un cigarro que a los superpoderosos delincuentes.
Yo casi ya no fumo, pero no quiero renunciar a mi cigarrito del viernes acompañado de una cervecita. No lo hago delante de mi hijo ni de los hijos de nadie, sino en un lugar para ésos fines. Quizá si deberían ser más organizados con las áreas de no fumar y fumar, y los que no se quieren “contaminar” sentarse donde les corresponde. Además, es de gente educada siempre preguntar a quien está cerca si les molesta si uno enciende un cigarro. En cambio, nadie le pregunta a uno si le molesta el ruido que hace, el humo de su carro viejo, la comida contaminada que vende, la discriminación por pensar o actuar diferente.
Para quienes se les va la mano con el consumo, 20 cigarros al día o más, definitivamente hay que buscarles ayuda. No solamente porque muchas veces se gastan lo que no tienen, sino porque además se están matando lentamente. El dueño de la personalidad adictiva y compulsiva igual consume descontroladamente un cigarro que la comida, el sexo, el ejercicio y un largo etcétera.
Pero quienes no tienen ese tipo de problemas de personalidad, pueden consumir muchas sustancias, como el cigarro, sin llegar a extremos.
Rayos, ya se me antojó un cigarrito…

miércoles, 18 de febrero de 2009

Estoy aburrida

Desde pequeña he visto a personas pegadas a unas carteleras que está en la 13 calle entre 9 y 10 avenidas de la zona 1. Todas miraban unos papeles amarillos con letras pequeñitas. Más tarde, cuando ya era parte de la fuerza trabajadora, me enteré que eran desempleados en busca de trabajo en los clasificados. Alguien me dijo que iban ahí porque ni siquiera tenían para comprar la prensa.
Ahora que trabajo en la citada dirección, los veo cada lunes y cada jueves. A la hora que llego, casi a las 8:30, ya hay pocos. La mayoría vienen antes de las 8 y salen a dejar sus currículos en cuanto encuentran algo prometedor, o por lo menos no tan gacho. Cada lunes y cada jueves veo caras desesperadas, algunas indiferentes, pocas ilusionadas.
Se supone que trabajar es natural del ser humano. Se supone que aunque no tuviéramos necesidad de ganar dinero, no podríamos vivir sin trabajar. No estoy de acuerdo. A qué horas vamos a vivir?
Quizá esas personas que me ven pasar apurada y emperifoyada pensarán "qué dichosa, ya tiene un empleo". Eso me parece irónico.
Como muchos otros días, hoy no quería venir al trabajo. Es realmente aburrido estar sentada en un cubo de metro y medio, día tras día. Mi cabeza no da más, saltando de tema en tema. Debo ir de la anemia a los tampones, del acné juvenil a los detalles en pareja, de los preparativos de la fiesta de quince años a la canasta básica, en un abrir y cerrar de ojos.
Mientras, el día allá fuera se ve maravilloso, soleado pero no caluroso. Como para capearse. Veo a mí alrededor, todos parecen resignados. ¿Soy la única que pienso así? Definitivamente, no puedo escribir como si estuviera haciendo tortillas. Para mí, simplemente no funciona así.
Vivir así debería estar prohibido. Mi iPod no me ayuda, ni la Internet, ni ver a mis amigos en el Facebook. Me desespero. Divago. Tengo náusea. Hago como que trabajo para que los demás no me juzguen. Mover un dedo quiere un esfuerzo gigantesco, organizar las palabras para que sean coherentes también.
Uh uh, señal de alarma, algo anda mal.
Quizá mañana en lugar de entrar al edificio, debería quedarme viendo esos papeles amarillos y buscar algo nuevo. O simplemente dejar que todo se derrumbre.
Yo, siempre y por siempre, aburrida.