jueves, 26 de febrero de 2009

Empieza Cristo a padecer


Si de algo me ha servido este blog, es para desahogarme. Así que aquí va mi lamento de hoy.
Desde ayer empezó la cuaresma, y con ella las procesiones, y con ellas ¡el caos! Para quienes trabajan o viven, o ambas cosas, en la zona 1, eso es simplemente desesperante.
Antes simplemente evitaba pasar por el Centro Histórico, pero desde que me mudé me la paso estudiando cómo hacer para llegar a mi casa o a mi trabajo, peleando con cucuruchos y cachurecos, lamentándome por el tiempo perdido y, al final, resignándome a mi triste realidad.
Ok, ok. Entiendo que no quieren que encienda mi cigarro por respeto a los demás. Entonces, por favor no obstruyan la calle por respeto a los no católicos. Porque no que no se trata solamente del susodicho cortejo, sino también está el tema de las alfombras, ya que los “fieles” cierran sus cuadras para hacerlas. Por experiencia propia sé que en su mayoría son de pino y flores, mal hechas a la carrera que no valen el caos que arman.
Creo que pedir que regulen las procesiones es una utopía, porque somos una sociedad conservadora e indiferente. Pero en mi mundo ideal, no existirían, pues los católicos tendrían derecho a hacer sus ritos dentro de sus iglesias, nada más. ¿Quién los ha hecho dueños de las calles? ¿y las otras religiones, incluso las no cristianas, por qué no tienen el mismo derecho?
Al menos, en mi opinión, deberían regular mejor el tránsito orientando a los desesperados conductores. Mejor si circularan en horas y días no hábiles. Además, las alfombras se deberán permitir solo el jueves y viernes santo, cuando todos, o la mayoría, ya no estamos trabajando.
Otra mala noticia es que hay procesiones todo el año, aunque más pequeñas ocasionan igual caos. Esto hace menos atractivo el Centro Histórico, es una razón más para quienes no quieren visitarlo o, en el caso de los más jóvenes, conocerlo.
Sé que en este tema estoy arando en el mar, pero no me importa. Qué fácil hablar de tolerancia y respeto pensando solamente en uno mismo. Prometo, por aquello del karma y la ley de la atracción, cultivar mi paz interior y ser no solamente tolerante, sino respetuosa. Ojalá que la procesión de hoy no me robe el valioso tiempo para hacer la tarea con mi hijo.

viernes, 20 de febrero de 2009

¡Déjenme si estoy fumando!


Todas las personas a quienes les ofende olor a cigarrillo están felices hoy, pues prácticamente ya no se puede fumar en lugar que no sea tu casa o la calle.
Qué sofisticados somos, de primer mundo nos creemos, sí, cómo no.
Yo soltaré mi cigarrito cuando pueda ir por la calle sin que me asalten, y si me asaltan, que agarren al delincuente y se hagan cumplir las otras leyes, las más importantes. También dejaré de echar humo cuando sea devuelto todo lo que se ha robado tanto funcionarios ladrones.
Entiendo que se quiera defender el derecho de los no fumadores, incluyendo los niños, pero entonces que los alejen también del smog de las viejas camionetas y del medio ambiente contaminado en general, not to mention de las porquerías que se comen todos los días.
Como dijo Sharon Stone “¿qué? ¿me van a arrestar por fumar?”. Solo faltaría que las cárceles estuvieran llenas de fumadores y no de sicarios, ladrones, secuestradores, diputados, violadores. Claro, es más fácil perseguir a un pobre que enciende un cigarro que a los superpoderosos delincuentes.
Yo casi ya no fumo, pero no quiero renunciar a mi cigarrito del viernes acompañado de una cervecita. No lo hago delante de mi hijo ni de los hijos de nadie, sino en un lugar para ésos fines. Quizá si deberían ser más organizados con las áreas de no fumar y fumar, y los que no se quieren “contaminar” sentarse donde les corresponde. Además, es de gente educada siempre preguntar a quien está cerca si les molesta si uno enciende un cigarro. En cambio, nadie le pregunta a uno si le molesta el ruido que hace, el humo de su carro viejo, la comida contaminada que vende, la discriminación por pensar o actuar diferente.
Para quienes se les va la mano con el consumo, 20 cigarros al día o más, definitivamente hay que buscarles ayuda. No solamente porque muchas veces se gastan lo que no tienen, sino porque además se están matando lentamente. El dueño de la personalidad adictiva y compulsiva igual consume descontroladamente un cigarro que la comida, el sexo, el ejercicio y un largo etcétera.
Pero quienes no tienen ese tipo de problemas de personalidad, pueden consumir muchas sustancias, como el cigarro, sin llegar a extremos.
Rayos, ya se me antojó un cigarrito…

miércoles, 18 de febrero de 2009

Estoy aburrida

Desde pequeña he visto a personas pegadas a unas carteleras que está en la 13 calle entre 9 y 10 avenidas de la zona 1. Todas miraban unos papeles amarillos con letras pequeñitas. Más tarde, cuando ya era parte de la fuerza trabajadora, me enteré que eran desempleados en busca de trabajo en los clasificados. Alguien me dijo que iban ahí porque ni siquiera tenían para comprar la prensa.
Ahora que trabajo en la citada dirección, los veo cada lunes y cada jueves. A la hora que llego, casi a las 8:30, ya hay pocos. La mayoría vienen antes de las 8 y salen a dejar sus currículos en cuanto encuentran algo prometedor, o por lo menos no tan gacho. Cada lunes y cada jueves veo caras desesperadas, algunas indiferentes, pocas ilusionadas.
Se supone que trabajar es natural del ser humano. Se supone que aunque no tuviéramos necesidad de ganar dinero, no podríamos vivir sin trabajar. No estoy de acuerdo. A qué horas vamos a vivir?
Quizá esas personas que me ven pasar apurada y emperifoyada pensarán "qué dichosa, ya tiene un empleo". Eso me parece irónico.
Como muchos otros días, hoy no quería venir al trabajo. Es realmente aburrido estar sentada en un cubo de metro y medio, día tras día. Mi cabeza no da más, saltando de tema en tema. Debo ir de la anemia a los tampones, del acné juvenil a los detalles en pareja, de los preparativos de la fiesta de quince años a la canasta básica, en un abrir y cerrar de ojos.
Mientras, el día allá fuera se ve maravilloso, soleado pero no caluroso. Como para capearse. Veo a mí alrededor, todos parecen resignados. ¿Soy la única que pienso así? Definitivamente, no puedo escribir como si estuviera haciendo tortillas. Para mí, simplemente no funciona así.
Vivir así debería estar prohibido. Mi iPod no me ayuda, ni la Internet, ni ver a mis amigos en el Facebook. Me desespero. Divago. Tengo náusea. Hago como que trabajo para que los demás no me juzguen. Mover un dedo quiere un esfuerzo gigantesco, organizar las palabras para que sean coherentes también.
Uh uh, señal de alarma, algo anda mal.
Quizá mañana en lugar de entrar al edificio, debería quedarme viendo esos papeles amarillos y buscar algo nuevo. O simplemente dejar que todo se derrumbre.
Yo, siempre y por siempre, aburrida.

martes, 17 de febrero de 2009

Sí, todavía soy atea



¿Por qué será que tal afirmación asusta? ¿Todavía? En siglos anteriores hasta me hubieran quemado, pero ahora hay libertad de cultos, y supongo que también la libertad de no tenerlos.
Pido respeto, mi creencia (o falta de ella) es tan válida como la de los demás. Sin embargo, he notado que los que somos ateos vamos por el mundo sin contarlo demasiado, contrario a los cristianos, por ejemplo, que lo gritan a los cuatro vientos. ¿Será que nos da vergüenza? Yo creo que es más que todo miedo de ser rechazado.
En mi caso, no ha faltado quien me ha dejado de hablar. Otros tratan de llevarme a los caminos del señor, otros me envían mensajes (verbales, por email, de texto, revistas y libros) para que me de cuenta de mi error.
No pienso cambiar. Ahora, el dilema es mi hijo. En el colegio a donde asiste ya le hablan de Dios, aunque mi mamá desde que nació lo ha persignado.
Estoy en aprietos. Tengo que encontrar una estrategia para que no vuelva a casa un día y también me trate de convencer que estoy equivocada.
No quiero que él sea ateo a la fuerza. Quiero que tenga toda la información del caso y tome una decisión informada. No descarto, tomando en cuenta la dialéctica, que Manuel salga cachureco. Lo aceptaría y respetaría, como a todos mis amigos creyentes, hasta lo iría a ver cargar en Semana Santa, pero a mí que me deje en paz.
Hace poco más de un año, cedí ante la presión social de bautizar a mi hijo. Era un compromiso, una reunión familiar, pero fue horrible. Antes del rito, nos tuvieron en un salón por horas mientras oíamos a una monjita enojada regañarnos por todo.
Luego, la misa duró más de lo humanamente soportable, mientras nos asábamos del calor en una iglesia atestada de gente y de niños llorando. Cuando era pequeña me enseñaron que parte de la fe es el sacrificio, supongo que se referían a este tipo de torturas.
Me deshidraté de tanto sudar, se me bajó el azúcar, me dio alergia, solo faltaba que me diera vueltas la cabeza, me cambiaran de color los ojos y empezara a levitar.
Adoro ser libre, que nadie me diga qué hacer, mucho menos gente con tantos prejuicios, dogmas y tabúes. Además, no me gusta sentirme parte de un rebaño.
Pero a veces, como en ese día del bautizo en el que salí huyendo, me doy cuenta que también le tengo un poco de fobia.
El recién pasado día del cariño me regalaron un bellísimo collar con una flor bonsai disecada, dentro de una cruz. Yo luciendo algo así? Hacerlo será la más grande prueba de amor, ojalá no me derrita...

viernes, 13 de febrero de 2009

A mis amigos



Cómo quisiera tener el tiempo para irlos a visitar, para secuestrarlos e irnos a parrandear, o simplemente a platicar, o de shopping, como antes.
En cambio, me siento lejana. Verlos lindos y sonrientes en el facebook y leer lo que les sucede en sus blogs me hace sonreír pero, a la vez, me da nostalgia. Estamos tan cerca, y tan lejos.
Aunque no se los diga frecuentemente, debo admitir que fueron y son parte importante de mi vida, de quien soy. Cualquiera que me conoce sabe que soy amiguera, pero también algo desidiosa y rara a la hora de seguir la huella de quienes quiero. Perdón.
Hoy en este cursi día del cariño, no puedo sino pensar en todos. En los cool, en los nerds, en los freaks, en los rockeros, en los reguetoneros, en los artistas, en los bolitos, en los más que bolitos, en los los bien portados, en los fashion, en los fachudos, en los tiernos, en los duros, en los indiferentes, en los revolucionarios. Mis amigos, a lo largo de los años, se han convertido en un universo de seres maravillosos, a su manera.
Aunque ya no compartamos largas horas, aunque me lleguen sus noticias solo por medio de terceros y por la red, los quiero a todos.
No, no fumé de la buena, se los juro…

viernes, 23 de enero de 2009

Fui una loca de la Bode


Recuerdo exactamente la primera vez que fui a la Bodeguita del Centro, cuando tenía 21 años. Un sábado de 1993 había ido a ver una película a Cultura Hispánica, cuando quedaba en la Plaza España. Lucía una inmensa playera teñida a mano de mil colores, tipo rasta, y uno aretotes de cerámica verde. Mis amigos me contaron que había un nuevo lugar al que teníamos que ir, como si fuera un gran acontecimiento. Ellos me habían llevado a recorrer cada antro de los alrededores de la USAC y de la zona 1. Qué tiempos aquellos, andábamos a pie y a deshoras de la noche, y nunca nos pasó nada. Junto a ellos visité cantinas, gasolineras, restaurantes, tienditas, bares o cualquier banqueta. El escenario no importaba, lo importante era hablar sobre lo que nos interesaba: cómo cambiar el mundo. Ah! Mis amigos, no eran unos borrachotes como podría imaginarse, de día eran intelectuales (pedagogos, filósofos, escritores, políticos), de noche se reunían a seguir compartiendo sus ideas, sus preocupaciones, sus frustraciones. Yo aprendí mucho de ellos, aunque quizá para ellos era solamente una chava nueva y oxigenada. Absorbí, cual esponja, no solamente la cerveza, que por cierto me costó aprender a saborear, sino muchas cosas importantes para mi vida.
Me recuerdo en especial de uno de esos lugares: una tienda de lámina y piso de tierra que quedaba como a dos cuadras de la U, del otro lado de la petapa. Al principio tomábamos cerveza algo tibia pero barata, y para paliar el hambre, uno que otro tortrix. No había dónde sentarse así que permanecíamos de pie en la penumbra. El dueño, al que bautizamos Tío Tom no sé por qué, escuchaba atento nuestras pláticas. Otros congéneres, que igual que nosotros andaban cortos de dinero, siguieron nuestro ejemplo. En lugar de ir a gastar más al Tronco o a la gasolinera, empezaron a llegar con el tío. Gracias a la prosperidad que le llevamos, primero puso unas medio bancas improvisadas con tablas y el pequeño radio fue cambiado por una grabadora (de cassette) y mejoró la iluminación. Con el tiempo, pudo hasta comprar mesas y bancas decentes y un equipo de sonido donde ponía a Vicente Fernández a todo volumen, aunque el piso de tierra siguió ensuciando mis tacones. Dicen que la cabaña del tío tom siguió progresando, pero yo ya no vi esos cambios.
Pues esos mismos amigos me dijeron ese sábado, “vamos al a Bodeguita del Centro”. Yo me imaginé un antrito como los demás, pero era sábado y algo había que hacer. Al llegar, me deslumbré. Fue amor a primera vista: el dibujo del Filóchofo en la entrada, los afiches artísticos y políticos enmarcados y cubriendo las inmensas paredes, la media luz, los menús hechos a mano por el difunto Urquizú, los vasos ondulados de vidrio azul, las exquisitas alitas de pollo al limón y la música, o mi dios, la música. Ahí sí que no se oía ni a Chente, ni a los tigres ni siquiera a Juan Luis Guerra.
En cambio, a mis amigos no les gustó. Ellos tenían la idea que para permanecer auténticos no debían alejarse del pueblo, debían beber junto a él, oír su música, bailar en sus pisos de tierra. Además, los precios eran prohibitivos para ellos, marxistas que vivían de sus ideas y del aire. Para ellos fue solo la novedad, ir a echar un ojo, y luego no volver más que para algún evento especial.
Yo, en cambio, me quedé, claro que sí. Por casi 7 años fui una parroquiana asidua en la Bode. Fijo iba todos los jueves, pero también muchas otras noches. Ahí reí y lloré, canté Ojalá innumerables veces a gritos, acompañada por un Simón Pedroza de pelo largo que también la gritaba a todo pulmón desde su mesa. Fue escenario perfecto de mis extravagancia y excesos (un halloween llegué disfrazada de ángel, en un concierto perdí un lente de contacto verde por estar llorando, me fui sin pagar un día que estaba lleno, un aburrido bar tender me dejó hablando sola y no me di ni cuenta). También me pasaron cosas maravillosas (me reunía con otros escritores, conocí a personas importantes como Rigoberta Menchú, conocí a gente y culturas de todo el mundo, conocí la música latinoamericana, pude volver a ver a Ranferí en un concierto acústico de Alux Nahual inolvidable).
No puedo ni empezar a contar todo lo que viví en sus mesas, mientras mi afiche favorito, el de John Lennon, me miraba. Muchas veces pensé en robármelo, pero no me animé. Cuántas veces escribí en el baño, cuántos romances empezaron, se desarrollaron y murieron entre sus copas. Yo iba cuando no había nadie, también cuando estaba lleno a reventar y solo se conseguía un rinconcito en el segundo piso. Además iba por las tardes cuando se les ocurrió poner un café en la entrada, donde me reunía con los cuates o iba sola a leer, escribir o meditar.
Y ahora me entero que cerrará de una vez y para siempre. No estoy muy segura como fue acabando el romance con la bode. Lo que sí recuerdo es que otros lugares empezaron a llamar la atención. Las 100 puertas, el tiempo, quidam soleil, lírica iban robándose poco a poca a la gente. Además, creo que La Bodeguita cambió de dueño y de espíritu, ya no se sentía igual. Tanto Gad como Rony empezaron sus propios negocios (Tzijolaj y Trovajazz). Pero, a mi parecer, fue Cuatro Grados el que le dio el tiro de gracia a la Bodeguita del Centro.
Quizá es mejor que se acabe, que quede en nuestras memorias como lo que fue en su momento de esplendor, cuándo TODO EL MUNDO iba a la Bode, cuando era cool y no había nada igual. Recordaré, por ejemplo, un atardecer lluvioso en que fui a ahogar mis penas en sus bancas. Con la excusa de ir a comprar cigarros con el chiclero de la esquina, salí a la calle a caminar bajo la lluvia. Un travesti, que acaba de empezar a trabajar, me encontró viendo cómo el agua se iba en un tragante. Se me acercó y me preguntó que me pasaba, mientras mis lágrimas se confundían con la lluvia. Le dije que se trataba de un mal hombre. Ella, él, me dio una mirada maternal y me cubrió con su sombrilla. Luego de darme un montón de consejos, muy útiles y sabios, me regresó a la Bodeguita, me plantó un besote en la mejilla y se alejó contoneándose hábilmente sobre sus enormes tacones. Mis amigos estaban preocupados porque yo no regresaba, pero se quedaron desconcertados no solamente porque no llevaba los cigarros prometidos, sino que en la cara tenía estampada una enorme boca con labial rojo.

martes, 13 de enero de 2009

Me quejo y me quejo

Desde siempre he sido peleonera. Creo que si uno se queda callado las cosas siguen sucediendo. Más de algún acompañante se ha visto avergonzado por mis reclamos.
Me recuerdo una vez que en el cine vimos una película subida de tono sentadas junto a unos niños que no pasaban de los 9 años, quienes, por cierto, estaban solos. Al finalizar la lica, fuimos con una mi amiga a preguntar por qué razón permitían entrar a niños a una película clasificada para adultos. El encargado se mostró sorprendido primero por nuestro interés, luego optó por ser pesadote. Nos dijo que no se le vendían boletos a menores, pero que en la puerta dejaban entrar a quien tuviera uno. “Si ellos consiguen que algún adulto les compre entradas, no es nuestro problema. Además, los responsables son los padres”, dijo muy serio. Gracias a estas “brillantes” políticas, los patojitos mañosos se salen con la suya, mientras sus padres han de pensar que ven una película de disney. De más está decir que el resto de asistentes al cine me vieron como diciendo “uy qué shute esa señora”, o algo así.
Ahora mi queja va contra los cuida carros. Para empezar, es una mierda la inseguridad que vivimos. Por esa razón, la mayoría optamos por pagar por poner nuestro carro en un parqueo que tampoco se responsabiliza por lo que pueda pasarle. Termina uno pensando: “por lo menos es un poco menos peligroso”, pero igual uno no sabe si se lo van a abrir o robar. Lo bueno es que esos negocios dan factura y se puede medio razonar con ellos. Pero no soporto a los cuida carros. ¿Quién diablos les da permiso de actuar como dueños de la calle? Por que a mí no me van a decir que de veras cuidan los carros, sino que se apropian del lugar y uno les paga para que ellos permitan ponerse en un lugar en el que a veces ni está autorizado parquearse (he visto carros con cepo). Tendrían que ser bien pilas para poder cuidar las decenas de carros que les pagan, pero en lugar de eso, se desentienden lavando algunos para cobrar un poco más. Y qué decir de la evasión de impuestos. Uno tiene que juntar y juntar facturas para declarar, mientras a ellos nadie los regula.
La hora de parqueo en la zona 1 está entre Q6 y Q8, en otras zonas está entre Q10 y Q12. Por supuesto que hay parqueos de lujo que cobran entre Q18 y Q20. Pero digamos que si estamos en un restaurante regular por un par de horas, vamos a pagar entre Q20 y Q24 CON FACTURA.
Pero el viernes pasado, luego de que un charita que apenas se le entendía nos pedía que nos parqueáramos en un micro lugar, nos pidió Q30 por el parqueo. Me enojé tanto que le dije, “puchis, pero ¿da factura?”, por supuesto había ironía en mis palabras, pero él me vio como si hablara otro idioma. Le dije que si no me daba factura, no le pagaba nada, y si insistía, iba a llamar a la SAT y a EMETRA. Me vio con incredulidad, como si yo no supiera que si no le pago él no se responsabiliza por lo que le pueda pasar a mi carro, o sea, vidrio roto seguro. Es un impuesto más, ¡es una extorsión!.
Nos fuimos una cuadra más lejos y pagamos Q20 a un guarura de una discoteca, pero no le iba a dar gusto a ese pobre diablo. Atrás quedó la época cuando uno les daba lo que a uno le pareciera justo o trajera en la bolsa. Ahora le hablan a uno como si le gusta bueno, sino se me va a otra calle.
Creo que todos tenemos derecho al trabajo, pero esta actividad más parece una mafia que una ocupación digna. Además, si a uno le exigen pagar impuestos e IGSS, no es justo que otros trabajen como en un país sin ley. Si estuviera regulado, con factura y precios justos, les pagaría con gusto. En cambio, esta exporsión queda en calidad de "donativo", no se puede ir a la DIACO ni nada.
¿Se imaginan la cantidad de dinero que recaudan estos cuidacarros? (si logran cuidar 50 carros un viernes de fin de de mes pueden ganar Q1500 en una noche) ¿y la cantidad de robos que “permiten”? Si la SAT nos anda persiguiendo a los que hacemos lo posible por cumplir, ¿por qué a los que les pelan los impuestos no los tocan? Y ¿emetra?
GRRRRRRR…

martes, 30 de diciembre de 2008

¿Quién soy?


Supongo que todos nos hemos preguntado esto alguna vez. Yo hacía mucho que no, pero en los últimos días me lo he estado preguntando.
Antes no había duda, la zurda izquierdosa parrandera viciosa maniática creativa cariñosa inestable activa bulliciosa Jessica.
Un cambio de locación, de estado civil, de salud y reproductivo, un año más de edad y nuevos entornos, me han ido cambiando. La hogareña siempre a dieta aburrida cumplida que paga sus cuentas y sale de compras Jessica ha ido emergiendo. Muchas tardes de tranquila vida suspiraba por las noches de locura que dejé atrás. En lugar de empezar la fiesta a las 9 de la noche, a esa hora me acuesto a dormir para poder levantarme a las 7 de la madrugada.
El viernes pasado me volví a aventurar en la noche loca, con los mismos compinches de antaño. Pero no fue igual. Ni mi cuerpo ni mi psiquis aceptaron otra vez el exceso. Me sentí como una estúpida ama de casa que no sabe parrandear y al final pide el auxilio del marido (que por cierto tuvo toda la paciencia del mundo).
¿Qué me pasa? ¿ya no soy quién fui? ¿soy otra? ¿me gusta lo que fui? ¿me gusta en lo que me he convertido? ¿hacia dónde voy?
Qué extraña manera de terminar el año. Apenada con los que molesté (me ayudaron a salir en pie, me hicieron compañía y soportaron mi cháchara de bola), sin ganas de repetir la experiencia, tengo un gustillo a cierta goma moral por no recordar algunos pasajes.
Creo que es hora de aceptar que ya no se es joven, pero tampoco viejo. ¿Cuál es el camino a seguir? ¿alguna sugerencia?

martes, 23 de diciembre de 2008

El día que le di a Britney una oportunidad


La rubiecita esa me caía mal. Me daba mala espina, con sus bailes y miradas inocentes. Los medios la declararon la princesa del pop, sin atreverse a mover de su trono a Madonna, quien observaba hasta cierto punto indiferente la revolución que se estaba gestando en su reino.
Britney fue creciendo en todo sentido (tanto en glándulas mamarias, escándalos, discos de oro y extensiones). Muchos predijeron que pronto habría cambio de mando, golpe de estado. Britney parecía hacer temblar el trono de Madonna con cada caderazo. Atrás de ella venían cientos más, la mayoría rubias, ansiosas de sacar a la cuarentona del panorama y repartirse las delicias del reino.
Madonna, ni se inmutó. Hasta se tomó vacaciones para que se jalaran de las greñas entre ellas. Algo se traía entre manos.
Recuerdo exactamente el día que vi a Madonna en los premios MTV de 1984, revolcándose en su vestido de novia mientras cantaba como una gata en celo. Yo tenía 12 años, nunca había visto algo tan osado.
Casi 20 años después, Madonna sacó American Life, un disco reflexivo, diferente, que marcaba un cambio, como siempre. Con un look a lo Patty Hearst, cuando era militante claro, la diva se metía en camisa de once varas hablando de patriotismo en medio de la guerra en Irak. Un chorro de frescura (curiosamente de parte de una mujer madura) en medio de mujeres rubias y con poca ropa que cantaban sobre lo mismo de siempre. Madonna apareció como una comandante bien fornida, firme y desafiante, en mejor forma que nunca.
Este fue el disco más criticado y el más arriesgado, pero para muchos el mejor (hasta mis amigos puro calidad lo compraron).
Entonces llegó la premiación de MTV de 2003. Cuando se escuchó que empezaba Like a virgin, en lugar de salir Madge aparece Britney imitándola como cuando ella la cantó en 1984. Primero me indigné, pero luego vi que había algo de tributo en esto. Después apareció una bronceada y pelinegra Cristina Aguilera. La rendición era inminente, la derrota se acercaba.
Cuando se suponía que debía aparecer el novio, con las dos chicas emocionadas, la que aparece vestida de sexy frac es Madonna cantando Hollywood, una canción que habla de la música que siempre dice lo mismo. La multitud, compuesta por estrellas del pop y el rock, la recibe de pie. Ella se quita el saco y muestra esos brazos que tanto envidiaba (tiempo pasado, porque en los últimos años han ido decayendo). Entonces mientras canta empieza a manosear a las dos jóvenes, que se ven no como sus súbditas, sino como sus bitches, pero felices de serlo.
La gente estaba fuera de sí. Madonna llegó a reclamar lo que le pertenecía. “Háganse a un lado patojas, que ya regresé”. Ellas se miraban nerviosonas, mientras Madonna parecía segura maniobrando sus altas y puntiagudas botas de dominatriz. Los de Queer Eye for the straight guy parecía que les iba a dar el patatush, y creo que les dio cuando de pronto, la mujer de negro le da tremendos besos en la boca (con lengua dicen) a las dos arrobadas chicas.
Fue la rendición total, la sumisión. La fantasía de millones (me incluyo), besar a Madonna. Y en vista de que Madge las besó a ellas, empecé a verlas con otros ojos.

martes, 16 de diciembre de 2008

Todo fue un malentendido


Es increíble cómo las redes sociales, como Facebook, son tan efectivas. Cambié una palabrita (comprometida) en mi perfil por otras tres (en una relación), y mucha gente se ha interesado por saber más, hasta me mandan mensajes como quien dice de “solidaridad”.
Cuando entré a Facebook, dudé ante la pregunta acerca de mi estado civil. Vivo con el padre de mi hijo, pero no estamos casados.
He cambiado muchos puntos de vista desde que estoy con él, hace un poco más de cuatro años. De ser un alma en pena, casi al borde del abismo, volví a la vida, sobre todo después de tener a Manuel.
La unión se fue dando gradualmente. Poco a poco él se fue quedando, que un día, que dos, que tres, que cuatro a la semana. Esto era genial, porque todavía era mi espacio, mi casa, mi existencia seguía pareciéndose un poco a la que tenía antes. Pude decirle adiós poquito a poquito a mi vida loca, a mis costumbres raras, a mi soledad.
Pero las relaciones cambian, crecen, van siempre hacia algún lado. Irnos a nuestra casa soñada, hacer el supermercado juntos y pagar las cuentas a la mitad nos llevó a otra etapa, otra fase. La cual, para mí, es un compromiso, quizá el más grande al que jamás pensé llegar.
No me ha propuesto matrimonio rodilla en el suelo y diamante en mano, supongo que no somos esa clase de personas. Hemos fantaseado acerca de una boda original (a orillas de lago de Atitlán al atardecer con rituales mayas y música), pero al pensar en el costo, mejor nos quedamos como estamos. Mejor sería quizá hacer un viaje.
El malentendido sucedió cuando él también entró a Facebook y se definió como en una relación. Se me ocurrió entonces que era mejor estar iguales, pa no desentonar.
Creo que algunos pensaron que habíamos roto, o que algo andaba mal.
Pero seguimos igual. Gracias a todos los que preguntaron.