miércoles, 19 de septiembre de 2018


Vieja disputa: el poeta ¿nace o se hace?

Hay versos que casi nos detienen el corazón, que de un golpe de palabras nos ponen un mundo en la mente. Poemas que, más aún, nos hacen sentir la pasión (desdicha, lujuria, locura, amor) de quien los escribió.

No sé cómo describir la poesía a quien se empieza a interesar en ella, no sólo no es mi género sino que además le tengo cierto miedo-respeto. En su primera acepción, el diccionario dice que es “la manifestación de la belleza o del sentimiento estético por medio de la palabra, en verso o prosa”. Pero eso se queda muy muy corto.

Para mí es un como una forma de expresarse mágica y misteriosa. Opino que la poesía exige un alma especial, una forma diferente de ver la vida. Tener la capacidad de pasar la realidad por un crisol (a veces sublime, a veces sicodélico, a veces brutal) y traducirla en versos contundentes, o en una poderosa prosa.

Algo seguro es que la poesía no es un juego de palabras ingeniosas o difíciles, o frases aparentemente brillantes. Tampoco es escribir de manera cursi, aunque se hable de amor.

Sospecho que antes de usar el lenguaje articulado hay algo previo que se gesta en el interior del poeta. Se nota cuando un poema salió de las tripas de alguien, que lo vio primero en su quizá atormentada mente, que lo vivió en su onírico mundo y luego lo vertió sobre un papel.

Cuando estudié Letras tuve problemas para tratar de acercármele y tratar, oh profanadora, de analizarla. No tuve mucho éxito, lo más que hice fue verla como quien contempla, arrobado, una aurora boreal sin tener la más mínima idea del por qué del fenómeno pero se siente profundamente conmovido.

Mi opinión es que esta no es una habilidad que se puede adquirir y mejorar, es una condición con la que se nace. Lo fundamental es reconocer si la tenemos o no. Primero leyendo mucho y luego dejando que las cosas fluyan. Claro, cursos y talleres pueden ayudar, pero solo para pulir el estilo. Porque aún a quienes tienen el don en un inicio les cuesta encontrar su propia voz.

La poesía suele ser la más atrevida a la hora de hacer innovaciones, los poetas suelen ser los primeros que rompen con lo establecido para ir abriendo nuevas brechas. Conocen y, a veces, veneran a los clásicos pero siempre están buscando cómo reinventar este arte y el lenguaje para expresarse.
Pero, además, como dijo alguna vez Allen Ginsberg, el poeta deber ser franco consigo mismo, ser real.

El escritor y su leitmotiv


Algunos piensan que los artistas, incluidos los escritores, son personas testarudas a quienes se les mete algo en la cabeza y no hay quién se los saque. Puede que no estén del todo equivocados. 

Autores como Ernesto Sabato opinan que el fanatismo es la “condición más preciosa del creador”, quien debe tener una obsesión ante su obra y nada debe anteponerse ante ella.Decidí nombrar este espacio semanal como Leitmotiv porque siempre me ha parecido interesante lo que esa palabra significa. El término fue acuñado por los estudiosos de la música, específicamente de Richard Wagner, por lo que se define como el tema musical dominante y recurrente en una composición.

En narrativa es el motivo central o asunto que se repite, especialmente en  una obra literaria o cinematográfica. Es el “móvil” que nos hace escribir sobre determinado asunto y no sobre otro.

Hay miles de temas sobre los que podemos escribir por lo que elegir uno puede parecer difícil si se hace de manera racional. Es mejor que el tema lo escoja a uno, para eso debe estarse atento e identificar esa idea que ronda no solo nuestras ideas diurnas, sino también nuestros sueños más raros.

Es esa motivación que aparece en cualquier lugar y en cualquier momento pero que no es casualidad. Los sicólogos dicen que es una forma de describir los condicionantes inconscientes más arraigados en la vida de una persona. Erich Fromm, en su libro ''El lenguaje olvidado'', dijo que los sueños que se repiten durante muchos años con frecuencia reflejan un leitmotiv, es decir, un motivo inconsciente que nos guía.

Identificar cuál es nuestro leitmotiv es de gran utilidad pues nos hace escribir con ímpetu y hasta con esa obsesión de la que habla Sabato. De otra manera, sentarse frente a la hoja en blanco y no tener esa urgencia de escribir puede ser muy frustrante.

Muchos opinan que el leitmotiv no está solamente en una obra del autor sino que suele repetirse en todas. Es parte de su estilo, parte de su “voz”. A quienes escriben sin pasión se les nota porque aunque formalmente la obra esté muy bien presentada, no tiene ni corazón ni tripas. Es muy mala idea sentarse a escribir sobre un tema pensando que podría “pegar” o que se podría “vender”, pero que en realidad no nos mueve nada por dentro.

Al guiarse por motivaciones genuinas se obtiene una obra honesta que puede comunicarse con el lector de muchas maneras.

El centauro de los géneros literarios


Un profesor que tuve en la Facultad de Humanidades contaba la misma anécdota cada año: a los estudiantes en un principio les costaba entender qué son los ensayos, pero luego les costaba dejar de escribirlos.

El ensayo es considerado un género literario por su uso del lenguaje de forma creativa y personal, pero algunos piensan que es un sub género, algo así como un subalterno de otras formas de escribir más elaboradas y con fines de expresión literaria. Se le llama también “el centauro” de los géneros pues no está definido, habita entre dos reinos: la didáctica y la literatura. Yo agregaría que también colinda los barrios del periodismo, recordemos que las columnas de opinión de los diarios son consideradas un tipo de ensayo.

Para los escritores muchas veces son apuntes al margen, bitácoras o anécdotas que no pueden entrar en sus otros escritos. Para los académicos constituyen una forma para dar a conocer sus hallazgos de manera sencilla.

José Ortega y Gasset en 1914 dijo que “el ensayo es la ciencia, menos la prueba explicita”.  Por su parte el Diccionario de la Real Academia dice que es un "escrito en el cual un autor desarrolla sus ideas sin necesidad de mostrar el aparato erudito".

Resumamos en que es una forma de escribir prosa de forma libre, sus principales características son la libertad temática, el estilo personal o amistoso en la escritura, puede incluir o no citas o referencias, no tiene una estructura definida pues el autor escoge el orden en que desarrolla su argumento y está dirigido generalmente a un público amplio. Yo agregaría que su extensión y ´tono´ depende de dónde será publicado. También algunas veces trata de persuadir o convencer.

Según el profesor que ya mencioné, el problema es que al tenerse tanta libertad y no tenerse que usar fuentes bibliográficas o de otro tipo, él  encontraba poco rigor y poco ejercicio de estilo en los ensayos que le presentaban por tareas.

Si esta forma de escribir nos interesa, debemos  usar sus características a nuestro favor. Puede servirnos para desarrollar ideas originales y practicar para encontrar nuestra voz. Es común que no sea el único género que un literato usa, y muchas veces no es en el que más se luce.

En realidad la calidad y el resultado del ensayo depende de quién lo lleve a cabo. De manera estricta quien escribe un ensayo no puede considerarse un escritor, así como alguien que escribe una columna de opinión no puede considerarse un periodista. En todo caso, para tener esas calidades en ambos casos dependerá de los recursos que use de tales forma de escribir, es decir si el ensayo tiene características literarias o la columna tiene elementos periodísticos.

martes, 18 de septiembre de 2018



La literatura no sólo está en los libros

Fue todo un shock que Bob Dylan ganara el Premio Nobel de Literatura, muchos creen que ese galardón está reservado para quienes publican libros. ¿Un músico ganando un premio literario?

Esto me da pie para hablar de los géneros. Desde que Aristóteles los redujo a tres (épica, lírica y dramática) se han ido desdibujando y hasta mezclando y junto a esta expresión artística han ido evolucionando. La clasificación no puede ser tan rigurosa hoy pero sigue partiendo de esa que estableció el griego. Es más que todo útil para quien estudia la literatura, no para quien la escribe.

Escribir es una tradición que se va heredando, como un oficio, es algo que uno no se inventa sino que adquiere leyendo y aprendiendo de maestros previos. Ya después cada quien decide si rompe con sus “padres literarios” y toma otro rumbo. Los caminos pueden llevarlo a la narrativa, teatro o poesía (algunos agregan el ensayo, la crónica y otros sub géneros que incluyen, ya llegaremos a eso, a la canción).

En una parte de su devenir, la lírica tuvo una vertiente que desembocó en la música popular gracias al juglar y al trovador medievales. Este último componía poemas para ser musicalizados e interpretados por el juglar. Si hacía los dos trabajos era lo que hoy se conoce como cantautor.

La poesía juglar tenía la característica de estar en contacto no solo con nobles sino también, o quizá más, con el público de a pie. Era una tradición oral que mantenía vivas historias y personajes que a las personas les interesaba conocer, les llevaba mensajes de su interés.

Esto prosiguió con el teatro de calle y con la canción popular. En la segunda parte del siglo XX, en medio de importantes cambios sociales y culturales, hubo un movimiento que reunió manifestaciones como la música folk y de protesta con la poesía. Uno de sus epicentros fue Estados Unidos en donde músicos como Bob Dylan coincidieron con poetas beatniks. De allí, este incansable cantautor no ha dejado de componer y de presentarse en una larga carrera, fundando escuela pues ha influenciado a generaciones de músicos y poetas.

Todos los géneros o manifestaciones literarios son importantes. Como dijo la Academia Sueca, se reconoce así una tradición musical folk riquísima, teniendo en Dylan quizá al cantautor con mejor lírica, el trovador juglar evolucionado. La literatura también puede ser escuchada y aunque parezca más humilde está muy cerca de las personas.



El papel del escritor ante la sociedad

En principio, el trabajo del escritor es crear sus obras de manera profesional. Por medio de ellas puede no solamente desarrollar su visión estética, sino también echar luz sobre temas que para él son importantes, entre ellos están los sociales.

En épocas anteriores ser escritor era sinónimo de ser intelectual. Ocupaba un lugar especial en el imaginario de la sociedad, se consideraba que además de desarrollar su obra podía, e incluso debía, disertar sobre todo tipo de temas. Un escritor podía llegar a ser una especie de rockstar, multitudes acudían a sus charlas donde se hablaba no solamente de literatura. Era una época en la que la persona común no tenían canales para dar a conocer sus propias posturas.

Pero el mundo ha cambiado. Por un lado, lo que más se vende y lo que más conoce la gente no es literatura sino otro tipo de best sellers. Y por otro, es un mundo donde importa más la celebridad de una persona que su calidad intelectual. No es raro que los escritores más laureados e importantes sean desconocidos para la mayoría.

Además, hoy casi todos externamos nuestras opiniones usando las múltiples plataformas que existen, cientos y hasta miles de personas pueden conocerlas y así se inician debates y polémicas. En este intercambio el escritor ¿es un interlocutor más? ¿o tiene algún papel diferente?

Porque le toca asumir un nuevo papel en esta realidad virtual de tuits y mensajería instantánea, no cabe duda que este mundo sigue necesitando de la literatura, del arte en general, para no perder lo que nos hace humanos.

Opino que hay que redefinir su papel de acuerdo con los tiempos que corren, donde el feedback de los lectores es inmediato, las tendencias van y vienen rápidamente y donde todos somos de alguna forma analistas y activistas virtuales. El primer compromiso, indiscutiblemente, es con la calidad de su obra. Debe decir allí con honestidad todo lo que necesita expresar. De esto ningún escritor debe desentenderse.

Luego muchos expertos opinan que los siguientes niveles de compromiso pueden ser opcionales y deben ir acorde a la sociedad actual. Estos serían ofrecer también un “ejercicio de expansión intelectual” y el de ejercer la denuncia social, apoyando lo que consideren causas justas propiciando el diálogo, no la imposición de ideas.

Cada escritor decide cuáles son los compromisos que le interesa asumir.



Dramaturgos nacionales y las puestas en escena

Por supuesto, aquí hablamos de teatro como género literario. Quizá es el más complejo a la hora de escribir pues se crea para ser representado. Se requiere a un conocedor del mundo de las tablas para entender su dinámica, hábil para comunicar su historia por medio no solo de diálogos efectivos, sino a través de movimientos y hasta silencios.

En cualquier lugar del mundo requiere de una gran vocación y dedicación, pero en nuestro país podría parecer descabellado querer hacer una carrera en la dramaturgia.

Quizá por eso hay poca gente escribiendo teatro. Conozco a muchos narradores y poetas, pero solo a un dramaturgo: Estuardo Galdámez.  Si en general hay pocos incentivos para hacer literatura, para escribir drama hay todavía menos. “Por ejemplo, ya no hay premios de dramaturgia, han desaparecido”, me comenta Tato (Estuardo) quien, por cierto, recibió algunos de ellos.

En contraste, hay numerosos actores y grupos teatrales de todo tipo que se presentan en diversos escenarios, también público que acude a verlos. “A donde más acuden es al ‘café teatro’, al resto de representaciones llegan menos”, aclara el experto.

El movimiento escénico dedicado a obras literarias es pequeño y persiste gracias, de forma literal, al amor al arte. “Cuando se logra pagar la inversión pues ya nos sentimos contentos, pero a veces ni eso”, dice Galdámez. En las filas de estos grupos suelen haber surgir talentosos dramaturgos.

Siempre me ha surgido la duda del por qué muchos grupos eligen poner obras de teatro basadas en textos extranjeros, incluso de películas. Algo que me cuenta Tato, de lo cual no tenía ni la menor idea, es que muchos directores y productores prefieren montar obras de afuera o de autores ya fallecidos para no pagar los derechos de autor a un dramaturgo nacional, vivo y activo.

En el quehacer teatral tanto el escritor como el director tienen papeles importantes y diferentes que deberían complementarse y no provocar conflictos.  En definitiva, se necesita profesionalizar a todo el gremio de las tablas para que cada quien cumpla de forma efectiva su papel.

“Quienes escriben obras de teatro y quieren verlas en escena, deben armarse de paciencia. Exponer sus textos vinculándose con directores y actores, o produciendo y dirigiendo sus propios textos”, considera.

La oferta teatral debe diversificarse y darles oportunidad a autores nacionales, seguramente el público responderá positivamente.

martes, 18 de julio de 2017

De chavorrucos, viejóvenes y viejipis


La edad poco a poco se va manifestando aunque no queramos, tanto en nuestra autopercepción pero mucho más en ojos de los demás. No importa si genuinamente te sientes joven como siempre, después de los 40 la forma en que te tratan cambia, para bien y para mal.

Pero creo que mi generación, la X, le está costando conciliar lo que pensamos de nosotros mismos y cómo nos ven los demás. Tengo amigos que nunca usaron pelo corto ni zapatos “formales” y no ven por qué cambiar si se sienten cómodos siendo como siempre han sido, incluyendo su forma de hablar y, claro, de pensar.

Y así nacieron los que ahora llaman, a modo de broma pero con cierto desdén, “chavorrucos”.

Debo admitir que empecé a pensar en el tema por culpa de los memes, antes para mi no había ningún problema en que los cuarentones fuéramos a las tienda de moda. En esas pensadas para flacas millenials, como Bershka y Forever 21, sí he notado ciertas miradas inquisidoras hasta de las que allí trabajan. Muy diferente es cuando voy a Zara o Lolita, como si en realidad allí perteneciera.

A mi me gusta la ropa, la moda, punto. Pero al parecer además de buscar cosas que me queden bien por mi figura y complexión, ahora debo pensar en que vaya acorde a mi edad. Curiosamente en mis 20s me pasó algo parecido: en un empleo me obligaban a vestirme formal para parecer más madura para que “me respetaran”. Es pesado que los demás quieran opinar en algo tan personal como la vestimenta.

¿Por qué otros deben dictarnos cómo vestirnos? ¿la percepción de lo que somos está realmente “atada” a lo que vestimos?

Cuando era jovencita no había chavorrucos, era como si los adultos de entonces estaban orgullosos de ser formales, desdeñaban las modas “locas” de los jóvenes y las consideraban de mal gusto.

Y ahora que lo pienso, cuando me intentaba vestir a-lo Madonna y luego con la moda grunge, buscando una identidad generacional, si mi mamá o alguna tía también lo hubieran hecho hubiera sido raro. Es decir, mi forma de vestir trataba de decir “aquí estamos los jóvenes, son somos diferentes a ustedes, los mayores, por eso queremos romper con lo establecido”. Cuando me pintaba los labios y las uñas de negro, el gesto hubiera perdido fuerza si hubiera descubierto a mi mamá probándose esos colores junto a mi.

Por ese lado, entiendo el recelo de las chicas y chicos que se burlan de los que les llevan 10, 15, 20 años y usan las mismas prendas que ellos. Ellos tratan de tener un estilo propio, en todos los sentidos, que sea solo de ellos como tribus urbanas.

Como principio, los X estamos acostumbrados a no darle mucha importancia lo que piensan la mayoría, podría importarnos tal vez la opinión de aquellos que admiramos y respetamos. Así que no esperen que desaparezcan los chavorrucos así nomás.

No sé si califico como chavarruca, supongo que sí porque no me miro como una doñita convencional. Desde que soy consciente del término, quizá me fijo más en no usar las prendas que usan las hijas de mi marido por ejemplo, pero también es cierto que si algo me gusta me lo pondré y ya.

No es de extrañar que existan palabras como chavorrucos, pues siempre estamos fijándonos en los demás y nombrándolos. Por ejemplo, tenemos un chiste privado donde nos referimos a esos jóvenes, generalmente hombres, que parecen más viejos de lo que son. Visten y piensan de manera conservadora, al ser sedentarios lucen pancitas y para su mala suerte empiezan a perder el pelo al final de los 20s. Esos que no toman riesgos y repiten los patrones que les inculcaron, que no quieren cambiar nada del mundo que les tocó vivir. Ellos son los viejóvenes.

Y más recientemente hemos bautizado a unos amigos mayores que los chavorrucos, esos que vivieron el verano del amor, pacifistas que siguen soñando con flores, drogas sicodélicas y un mundo mejor: los viejipies. Ellos me caen muy bien porque lucen con orgullo sus prendas holgadas y coloridas y suelen promover un mundo de amor y paz. Y vaya si saben divertirse.

miércoles, 25 de enero de 2017

Aprender de la experiencia ajena


¿Cómo se llevan los escritores, o aspirantes a serlo, entre sí? Pues hay de todo, empezando con los solitarios que viven vidas muy discretas lejos de sus colegas.


Pero hay quienes prefieren pertenecer a un círculo para compartir ideas y proyectos, apoyándose unos a otros. En algunas ocasiones los reúnen el azar en algún curso o taller, otras son las inquietudes creativas e ideas afines, a veces es la amistad el pegamento que los une.


A lo largo de la historia esto ha propiciado generaciones literarias que han cambiado el rumbo de la escritura e incluso han fundado escuelas y movimientos, pero también han propiciado rivalidades acérrimas entre grupos opuestos.


En este tema quizá lo más sensato es hacer lo que sea más natural para uno, no forzar nada.
Otra historia es la relación con los autores ya “consagrados”, vivos, muertos o lejanos. Ellos ya han pasado por el camino que uno apenas está empezando. Mucha de su experiencia puede iluminar el trecho que tenemos enfrente y que pueda parecer oscuro.


Claro, esto no sustituye la formación académica, las lecturas de las obras y los ejercicios de escritura. Sin embargo, sus palabras pueden resultar no solo alentadoras sino reveladoras.


Muchos escritores han dejado sabios consejos acerca del oficio. Solo hay que confirmar muy bien la fuente donde se encuentran dichos tesoros, hoy hay muchas frases apócrifas atribuidas a personaje que nada tienen que ver. Es buena idea además buscar a aquellos que se han dedicado a escribir el género o estilo que nos interesa.


En estos textos no solo se tocan temas elevados o filosóficos, también se dan consejos bien específicos sobre cómo escribir, incluso recomiendan otras lecturas. Mi libro favorito sobre el tema es “El escritor y sus fantasmas” de Ernesto Sabato,


También de Sabato, me parece muy conmovedor el texto epistolar “Querido y remoto muchacho”, que es parte de la novela “Abadón el exterminador”. Entre otras cosas, le dice al aspirante a escritor, “necesitarás de otros atributos espirituales: el coraje para decir tu verdad, la tenacidad para seguir adelante, una curiosa mezcla de fe en lo que tenés que decir y de reiterado descreimiento en tus fuerzas, una combinación de modestia ante los gigantes y de arrogancia ante los imbéciles, una necesidad de afecto y una valentía para estar solo, para rehuir la tentación pero también el peligro de los grupitos, de las galerías de espejos”.


¿Para qué sirven los críticos?

En nuestro medio criticar al artista nacional es mal visto. Y es comprensible, a pesar de todos los obstáculos con los que se enfrentan ellos logran producir sus obras. En estas circunstancias, cuando uno lanza al mundo una obra literaria, o de cualquier otra disciplina, puede ponerse sensible ante lo que se diga de nuestra criatura.


Pero es de reconocer que aquí hay pocos profesionales que ejercen como críticos. Quizá porque personas que no lo son han ocupado su lugar. Porque hay una cosa es criticar con rigor un libro, y otra muy distinta reseñarlo o comentarlo superficialmente.


El trabajo del crítico va mucho más allá. Generalmente, es alguien que ha estudiado una carrera que le ayuda a manejar los métodos para analizar una obra, también tiene un amplio panorama histórico y estético con conocimientos de filología y literatura comparada.


Por terrorífico que pueda parecer, en realidad una valoración de parte de experto no es para destrozar una obra. A me daba pánico una revisión seria de mi obra, pero luego vi que ser analizada académicamente es una experiencia muy edificante. Estos estudios explican a los lectores, y a uno mismo, elementos importantes para la compresión de la tradición literaria.


Según el teórico Enrique Anderson Imbert, un crítico debe contestar preguntas como ¿cuál fue la intención del escritor? ¿logró expresarla? ¿Qué significado permanente tiene su obra en la historia de la literatura? Anderson considera que, al llegar a una vista más panorámica, el juicio es más comprensivo. Quizá no haya que temerles tanto.


Los enemigos de los críticos piensan que alguien que nunca ha escrito nada no puede criticar a un escritor. Creo que son cosas diferentes, dos profesiones que se complementan. Es más, considero que no es conveniente que un artista que produce sus propias obras analice o critique a un colega.  Por muy académico y preparado que sea, lo hará desde su propia postura estética, incluso podría desdeñar los estilos que son diferentes u opuestos al suyo.


Hay quienes acercan la labor del crítico a la del periodista, pues debe cuidar mucho su integridad y ética. A la primera mentira o favoritismo, pierden su credibilidad y lo que sea que diga después ya no es tomado en serio.


Estudiantes y profesionales de Letras: necesitamos más críticos profesionales que le quiten el mal nombre que a la profesión en nuestro país.
 

Larga vida a los buenos editores

La relación del escritor con su editor debería ser estrecha pues es crucial. Sin embargo, en la práctica, al literato muchas veces le falta esa importante figura. Apenas hay quienes leen la obra y hacen apuntes al margen, o alguien que le revisa la redacción y la ortografía.


El papel del editor literario va mucho más allá. Para empezar, es un amante de la literatura y conoce lo mejor que ha dado. Gracias a ese gran conocimiento, es capaz de reconocer un diamante en bruto en un costal lleno de carbón. Aunque esté sucio y todavía sin brillo, reconoce su inmenso valor y logra que sea reconocido por todos.


No se trata de volver a escribir la obra que edita, sino de entender qué es lo que el escritor quiere decir y guiarlo para que pueda lograrlo de la mejor manera. Sucede que después de mucho tiempo trabajando un texto, a veces años, se pierde de vista cosas obvias y también de fondo que solo alguien con ojos frescos puede ver.


Es un oficio complicado, se necesitan requisitos bastante específicos para desempeñar este papel a veces tan poco reconocido. No obstante, muchas obras no hubieran sido posibles sin los buenos oficios de estos maestros de la edición.


La relación con el escritor es importante, porque a veces también intervienen antes que la obra esté terminada. A veces el editor es el único confidente del autor bloqueado o del que no sabe qué rumbo darle a la historia y cómo terminarla.

Para ejemplificar lo anterior, está la historia editorial de El Gran Gatsby, novela inmortal de Francis Scott Fitzgerald. Fuentes fidedignas cuentan que Maxwell Perkins (1884-1947), conocido como el príncipe de los editores estadounidenses del siglo pasado, tuvo mucho que ver para que este libro cuajara como la conocemos.

La anécdota dice que Fitzgerald quería hacer algo parecido a Ulises de James Joyce pero en versión norteamericana, aunque su estilo era opuesto. Perkins se dio a la tarea de convencerlo que no lo hiciera y lo alentó a apegarse a su verdadera forma de escribir. El manuscrito cambió casi por completo y así nació esta famosa novela totalmente original.

No faltan quienes critican a los editores como este, por inmiscuirse tanto en la tarea del escritor. Pero el mismo Perkins explicaba que el editor no debe imponer, sino ofrecer ayuda experta para guiar al escritor hasta llegar exactamente al libro que está buscando crear. 




Escribir no es juntar palabras

Es natural pensar con ilusión en convertirse en escritor, es una de esas profesiones idealizadas en el imaginario popular. Los aspirantes quizá secretamente hasta sueñen con ser ricos y famosos como los escritores que admiran.


Yo era más modesta. De jovencita mi sueño dorado era simplemente entrar en una librería y ver un libro mío en los estantes. Pensaba que en ese momento algo en el universo se alinearía para mí.


Sí fue emocionante, pero no cambió mi vida. Aunque muchos adoren esa sensación de ser el centro de la atención, de firmar libros y dar entrevistas, creo que la esencia del trabajo del escritor es otra.


Publicar es un acto ajeno a la literatura, está más ligado al marketing. Como alguna vez dijo el escritor argentino Julio Cortázar, al terminar de escribir se debe guardar la pluma e irse a beber vino con los amigos. Que otros se encarguen de lo que sigue. Que el libro se venda y sea un éxito la mayoría de veces no está en nuestras manos. No debería estarlo.

Nuestra obra literaria sale al mundo y debe defenderse sola. Ya no hay nada que se pueda hacer. Creo que también Cortázar dijo que el escritor tratando de hacer que la obra triunfe es como que luego de tirar una flecha nos vayamos tras ella tratando de modificar su rumbo. Algo ilógico. El tiro está hecho y dará en el blanco o no.


Tampoco es conveniente escribir pensando en el posible éxito que podamos tener. Ernesto Sabato dijo que el principal problema del escritor tal vez sea evitar la tentación de juntar palabras para hacer una obra. Según él, no fueron las palabras las que hicieron la Odisea, sino al revés.

Aunque hay muchas posturas al respecto, la mayoría de creadores piensan que antes de sentarse a escribir hay que llenar el “pozo” de la creatividad viviendo. Así de simple. Acumulando experiencias, lecturas, sensaciones, música, lágrimas, éxtasis. Hay que salir a buscar triunfos pero también a darse contra el piso, a oler flores, a bailar dando brincos, a dar besos en la madrugada, a llorar como un niño.

Y así un día uno se encuentra con muchas cosas qué decir, un cúmulo atorado en la mente y en los dedos que luego encontrarán cómo salir para darle forma a la obra.
Luego de esta etapa casi mágica, viene un largo trabajo de edición, de “orfebrería”, de revisión y luego más edición. La ayuda de un buen editor es crucial en la vida de un escritor. Lo malo es que no abundan.



jueves, 15 de septiembre de 2016

Me daba miedo tu corazón

Imaginaba tu corazón así de grande, poderoso e incansable, pero nunca sospeché lo que me turbaría sentirlo tan cerca. Sentirlo bombear con tanta energía como si de él dependiera la vida en todo el mundo.


Nunca había pensado que pudiera existir un corazón así, que aun en reposo lata como conteniendo la lava caliente de un volcán. Por eso cuando ya lo vi en ebullición, haciendo erupción violenta, pensé que se rompería, que quedaría sin vida luego de dar tanto. Y te lo dije, ¿recuerdas? Te pregunté si estabas bien, te dije que me daba miedo tu corazón.


Pero tu sonreíste como nunca vi a nadie, como solo puede hacerlo alguien después de procrear un milagro, exhausto e iluminado. Y entonces vi cómo en lugar de matarte, esta explosión te eleva a un estado donde tu corazón se vuelve cósmico e inmortal, late al ritmo de todo lo bueno que hay en este mundo y que se resiste a desaparecer.


Y su compás tan poderoso y místico me invitó a sincronizarme. Mi pequeño corazón encontró el ritmo que estaba buscando, luego de andar tan errático, a veces como ausente, a veces colérico. Alterado por el dolor y las sustancias.


Tu corazón es un campeón mundial, un atleta de alto rendimiento. El mío un emo desnutrido. Pero igual iniciaron una carrera juntos que a veces se vuelve caminata, a veces un baile descontrolado, a veces manifestación. Con mucho ejercicio y horas bajo el sol, mi remendado corazón recuperó su olvidada vitalidad, pudo seguir.


Pero el recorrido ya se ha hecho largo y a veces va cuesta arriba, parece carrera de obstáculos. En especial en estos últimos meses mi corazón ha vuelto a renegar, a resistirse. Tratando de disimular sufre a veces de arritmia, de taquicardia, de ansiedad. 


Tu bello, tu hermoso, tu heroico corazón no lo ha dejado allí tirado en la lluvia, lo ha sacado del lodo y se lo ha echado a cuestas, muchas veces. ¿Cómo agradecerte esas transfusiones de sangre fresca, esa resucitación salvadora? No podría ni en diez vidas, solo puedo entregarme entera.


Pronto muy pronto encontraremos una planicie, una pradera, donde podremos descansar y volveremos a latir despreocupados. Lo sé, estoy segura. Mientras tanto sigamos dándonos uno al otro respiración de boca a boca, ese soplo de vida que nos damos en cada beso cada día, cada noche.


Acostarse junto a tu corazón es como dormir mientras se oye el mar rugir, inmenso y poderoso pero a la vez bello e infinito. Su oleaje me lleva a lugares y estados que nunca pensé visitar. Me arrulla entera, me hace sentir ligera y libre nadando desnuda bajo la luz de la luna.


‘I CARRY YOUR HEART’ BY E.E. CUMMINGS

 i carry your heart with me (i carry it in 

my heart) i am never without it (anywhere

i go you go, my dear; and whatever is done

by only me is your doing, my darling)

i fear

no fate (for you are my fate, my sweet) i want

no world (for beautiful you are my world, my true)

and it’s you are whatever a moon has always meant

and whatever a sun will always sing is you

here is the deepest secret nobody knows

(here is the root of the root and the bud of the bud

and the sky of the sky of a tree called life; which grows

higher than the soul can hope or mind can hide)

and this is the wonder that’s keeping the stars apart

i carry your heart (i carry it in my heart)


martes, 30 de agosto de 2016

Su majestad: la lengua española


(Columna publicada en el Diario de Centroamérica el 22 de agosto 2016 en el espacio Leitmotiv).

El título es de Miguel de Unamuno, data de 1908 cuando defendía “su augusta majestad” en un texto. Hoy más que nunca estoy de acuerdo.

Hace poco tomé un curso de escritura creativa en inglés. Todo hubiera estado bien si no fuera porque las tareas debían hacerse redactando textos en inglés.

Qué bochorno. Aunque soy un hablante funcional de ese idioma, al tratar de escribir creativamente sentí que perdí todo “mi poder” para expresar lo que realmente quería. Era como tener un chaleco de fuerza cuando lo que yo quería era bailar La Macarena.

La novelista estadounidense Amity Gaige, precisamente en ese curso, explica que escribir es como contarle un sueño a alguien. Ya saben, los sueños son medio locos y enredados, pero la mayoría de veces son fantásticos e incluyen todo tipo de sensaciones y saltos en el tiempo y cambios de locación. Requiere un esfuerzo muy creativo poder plasmar con palabras esa visión para que los demás “sueñen” igual que nosotros.

En el caso de nuestro idioma, las herramientas son maravillosas y nos otorga extensas posibilidades para trasladar al lector a ese lugar en nuestra cabeza. Tratando de escribir en inglés comprobé la frustración de tener muchas ideas, pero no saber cómo plasmarlas.

El idioma es pensamiento, también es identidad y es cultura. No hay unos mejores que otros, cada uno tiene características propias que las personas creativas saben explotar y lograr así tremendas obras.

En el mencionado texto de Unamuno, acerca de los defectos que se le achacan al castellano él decía que son “tonterías de pedantes, que en ninguna parte faltan, y de literatos condenados a no ser cosa alguna ni a encontrar aplauso y eco sino expresándose en la lengua casera, la del comedor y la alcoba”.

Sé que los tiempos han cambiado y con ellos el uso del idioma. Esto no es malo, las lenguas son entes vivos que van evolucionando según las necesidades de quienes los hablan. No soy purista, amo la lengua que hablo pero tampoco creo que debe reducirse a un sinfín de reglas y acepciones.

Sin embargo, es un desperdicio que no se aproveche el potencial que tiene el español. Hay que estudiarlo, sí, pero más que todo conocerlo, poder ver su inmensidad e intentar navegar lo más posible en sus aguas. Amarlo, vivirlo, saborearlo en nuestra propia boca y en la de los demás, dominarlo hasta donde se pueda y después desarmarlo, armarlo otra vez, creando algo nuevo.

¿Duda si tiene talento?

(Columna publicada el 8 de Agosto 2016 en el Diario de Centroamérica en el espacio Letimotiv).

Cuando queremos elogiar a alguien es común decirle que es talentoso, como queriendo decir que tiene un don especial. Tristemente, cuando a alguien a pesar de su entusiasmo no le suena la flauta, se suele decir que “no tiene talento”.

Ante esa lapidaria palabra, no es raro que el escritor, o aspirante a serlo, se pregunte seriamente ¿tengo talento? La noción de esta virtud ha ido cambiando con los tiempos. Aunque se puede resumir como la capacidad para el desempeño de algo, hay mucho más involucrado.

Rosina Cazali, crítica y curadora con especialización en arte contemporáneo, señala que la palabra talento mide habilidades. “Tradicionalmente con ella se asumía que solo algunas personas tienen talento y muchas otras no. Ese ha sido, por muchos siglos, la base del entrenamiento artístico clásico”, dice la experta. Por siglos, este talento de unos cuantos supuso la capacidad de desarrollar y controlar habilidades técnicas que le permitieran alcanzar la maestría e incluso la perfección.

Pero los tiempos han cambiado y el arte ha evolucionado por lo que hoy se enuncia desde dimensiones menos reglamentadas. Basándonos en esto podemos decir que la disciplina, la observación y el pensamiento creativo pueden alcanzar resultados brillantes y no precisamente basados solamente en el talento.

Por esa razón, ahora la producción artística estimula las dudas, la experimentación, la investigación e incluso los errores. Ya no hay artistas infalibles ni perfectos, sino dinámicos y que retan al público.

Ya aterrizando en la literatura, específicamente en el campo de la narrativa que es lo que más conozco, hay narradores naturales que tienen una imaginación desbordada y que pueden inventar mundos con facilidad. Podríamos decir que tienen talento para eso.

Pero a la hora de poner esas historias por escrito algo suele “faltar”. Ha de ser esa falta de disciplina y dedicación para aprender a trabajar con el idioma como lo hace el escultor con el mármol o el bronce, y luego experimentar creativamente con él.

El talento además del deseo y la habilidad de narrar, o hacer poesía, tiene un componente técnico que debe ser dominado para que la obra quede plasmada como la pensamos, como la soñamos, como la adivinamos. El lenguaje es la materia prima, es como un barco mágico que puede llevarnos a donde queramos en el tiempo y en el espacio, pero solo si sabemos tomar el timón.