viernes, 26 de noviembre de 2010

La sexta


El tema de la sexta y su transformación está en el candelero. Lo curioso es que todos se creen con derecho a decidir qué debería ser esa legendaria arteria. El comercio informal, la municipalidad, los bohemios, los empresarios, los urbanistas, los aplanadores de calles, todos quieren dar su opinión. Que sí, que no, todos contra todos, siempre haciendo gala de nuestras divisiones.

El pasado miércoles 24 de noviembre cientos pusieron pie en esa calle. Aunque algunos vamos regularmente por allí, la vimos con otros ojos. No digamos los que tenían 5, 10, 15, 20 o 30 años de no ir por esos rumbos (o nunca habían ido).
Todos tenían algo que contar. Una amiga casi llora al ver que el Cairo todavía estaba allí, recordó su infancia cuando llegaba con su mamá a comprar bellas telas. Los más viejitos recordaron almacenes lujosos que ya no existen. Los ochentenos casi vieron otra vez sus actividades pubertas en la Plaza Vivar, sus citas en un Burger Shop que ya no existe. Otros más ociosos recordaron esas largas tardes jugando “maquinitas”.

¿Yo? Sentí que algo me faltaba en la cabeza, mi capucha. Por una década recorrí de cabo a rabo esa avenida, varias veces al año, a veces de norte a sur, a veces de sur a norte. La primera vez iba vestida con un hábito religioso acompañando al Rey Feo de mi Facultad. Un cura se asomó por la puerta de la iglesia que está en la 12 calle, me vio con ternura, debí haberle parecido una ishta que no sabía lo que hacía. Me echó la bendición justo antes de volver a cerrar la puerta.

Apenas unos metros después, luego de hacer pintas y gritar improperios en el palacio de la policía (que hedía a mierda), tuvimos que salir corriendo pues los tiras se enojaron. La sotana que llevaba tocaba el suelo y era pesada. Tuve que recogerla hasta la cintura, dejando ver mi coqueta pantaloneta de lona y mis blancas piernas, para poder salir corriendo junto a los demás. Lección aprendida y usada hasta hoy: no más atuendos que dificulten la huída y siempre siempre pero siempre depilarse la piernas.

Cada vez que enfilaba hacia la sexta avenida, ya sea por la 18 calle o por el portal del comercio, se dejaba ver larga y poderosa, brillante y bulliciosa. Poblada por seres maravillosos y auténticos, gente que trabaja duro, mendigos simpáticos, charas legendarios. Gente desamparada que todavía tenía para dar lo poco que tenía a esos patojos malcriados que salíamos a protestar por cualquier cosa.

Muchas muchas veces tuve que pedir permiso para ir el baño a medio desfile o manifestación y nunca me dijeron que no. Nos daban agua, comida, aliento, una carcajada de buena gana. Allí mismo, en esas calles, me enamoré de mi pueblo.
Además de la parada de rigor enfrente de la policía (que hedía a mierda), había que parar en el infame lugar donde acribillaron a Oliverio Castañeda de León, siempre. En medio habían bailes, gritos, abrazos, putazos, huídas y hasta balazos. Paradas técnicas y etílicas en Peñalba, en Bar Europa, en Fu lo sho, en el Portalito.

Llegar al final, deshidratada, insolada, muchas veces borracha, era como terminar una maratón, una carrera, el deporte del sancarlista, del bochinchero, del que está cultivando su conciencia.

Tengo que admitir que ahora, tan linda y aseada ella, me pareció un poco ajena. Claro, ya no la recorro más con el puño en alto, pero pienso en las nuevas generaciones. ¿Querrán pasar como un huracán de consignas y pintas en una calle tan bonita? No sé, hay que esperar a que llegue el desfile de la elección de Rey Feo del año que viene para saberlo.

Para mientras, no puedo dejar ir a visitar a mi vieja amiga. La había tenido abandonada y pasaba saludando de pasada, rumbo a mac o a sus bares aledaños. Ahora la estoy recorriendo de cabo a rabo otra vez. Creo que ella también se está preguntando cuál será su destino, pero mientras muestra su vestido nuevo y sus brillantes rulos.

miércoles, 13 de octubre de 2010

Se busca bar



Where everybody knows your name,
and they're always glad you came.
You wanna be where you can see,
our troubles are all the same
You wanna be where everybody knows
Your name

El anhelo del tema musical de la vieja serie de televisión Cheers es cierto: ir a un lugar donde todos sepan tu nombre, qué trago prefieres, te escuchen si así lo quieres y te dejen solo si lo necesitas. Las características de este lugar de ensueño no son precisamente las de un lugar de 5 estrellas, o 5 tenedores o 5 tarros. Son detalles, sutilezas.

Las discotecas y antros para bailar quedan descontados de entrada, pues allí simplemente no se puede hablar ni pensar con claridad entre tanta bulla y luces, por no hablar de la dificultad de encontrar una mesa y de los precios. También se descartan los restaurantes, donde beber es no solamente caro sino también aburrido. También quitaría cualquier chupadero de poca monta, por los pleitos, el mal servicio, los baños sucios (o ausencia de ellos) y las sillas incómodas.

Cuando era pequeña, la palabra “bar” la escuchaba con tono de desprecio, como asociándola con personas de mala reputación, pero según el DRAE, en su primera acepción, es un local en que se despachan bebidas que suelen tomarse de pie, ante el mostrador. Y la segunda dice: cierto tipo de cervecerías.

Para mí, es ese lugar donde olvidar la rutina del día, donde hablar de algo importante o simplemente chismear algo novedoso. Incluso puede servir para pensar o leer (cuando se va en horas de la tarde). Puede ser marco de citas amorosas, celebraciones, reencuentros, desengaños o para buscar amigos nuevos. Pueden cerrarse negocios, planearse revoluciones o tramar conspiraciones.

Tener uno al que siempre ir y sentirse a gusto es un raro privilegio. La mayoría andamos de bar en bar buscando gente y actividades, sin ser parroquiano asiduo de uno.

He visto de todo tipo y calaña, desde humildes casetas hasta extraños locales casi secretos. Como he contado antes, mis iniciadores en el mundo nocturno no eran muy melindrosos que digamos, y a falta de fondos iban a saciar su sed a cualquier lugar.
He tenido mis preferidos, a los que les agarrado verdadero amor, aunque yo para ellos haya sido solamente una escandalosa más. Algunos fueron trincheras por años, otros fueron amores fugaces.

En mis años locos salía menos (preferíamos el encierro alrededor de una mesa de juegos), pero había lugares perfectos para algunas escapadas por sus oscuridades. Además, era época de fiestas electrónicas y after parties en casas incluso desconocidas, pero eso es otra historia.

A lo largo de los años algunos amigos intentaron, sin éxito, que me enamorara de otros lugares, pero simplemente no hubo química. He ido a otros con mucha expectación, pero me han desilusionado. Desde los que piden 40% de propina (y tienen meseras en pantalonetas), pasando por los que me parecen deprimentes y sin gracia, hasta los que son simplemente sórdidos y sucios. Hay unos históricos a los que se va como de “excursión”, otros a donde uno termina yendo por compromiso.

Es una cuestión de gustos, supongo. Con el tiempo uno se vuelve más exigente en cuanto a las comodidades (parqueo, seguridad, baños limpios, comida). A esto hay que sumarle los gustos y preferencias de cada quien en cuanto a la música, ambiente y tipo de parroquianos.

Pero lo más importante es la atención de quienes atienden, no pretenden dejarte ni sordo ni pobre. Si llegas muy a menudo, es probable que te llaman por tu nombre y sepan qué es lo que te gusta. No faltan los que te cuidan para que llegues bien a casa, los que te alejan molestos intrusos, los que te obsequian una botella para tu cumpleaños. Incluso, alguna vez y en ocasiones desesperadas, hay quien da crédito.

En cambio, ahora abundan los lugares donde lo único que quieren es tu dinero, los meseros son groseros y presumidos, te avientan las cosas y todavía quieren buenas propinas. No te dan pero ni un par de tortrix de boquitas, te dicen que tu tarjeta no pasó para que pagues en efectivo y si les pides una factura se enojan.

Beber es todo un ritual, como dijo alguna vez el Bolo Flores. Los oficiantes y acólitos merecen un templo digno. ¡Qué viva la bohemia!

La búsqueda sigue…

lunes, 4 de octubre de 2010

El sabor de mis palabras



No tengo ningún problema en comerme mis palabras, lo he hecho antes, saben bien con limón y sal. Estas me las voy a comer con chirmol y chile chiltepe…

Sigo pensando que el pueblo indígena tiene limitaciones en todos los campos, incluido el artístico, debido a factores ancestrales de injusticia y opresión. Por eso admiro tanto a quienes logran destacar en un mundo adverso, a los que dan un paso adelante y combinan su rica cosmovisión con manifestaciones contemporáneas.

Me disculpo con Lisandro Guarcax por lo que dije alguna vez sobre su grupo. Pequé de ignorante, de pinche rata de ciudad, de celosa. Y no me disculpo a causa de su muerte, sino más bien porque a consecuencia de ella pude conocerlo mejor.

Mientras íbamos en camino a El Tablón, su lugar de origen, recordé cómo me entusiasmé cuando oí hablar de Sotz’il, creo que a finales del 2007. Fui a hacer un reportaje sobre las comunidades del lago de Atitlán y quería incluirlos, por lo que los llamé. Hablé con Lisandro pero no pudimos ponernos de acuerdo, estaban ocupados en otras actividades y la cosa quedó pendiente.

Tuvo que pasar algún tiempo, que hizo crecer la expectativa, para que pudiera ver a Sotz’il en acción. Fue en el Festival de Junio del 2008, en una noche fría y con mucho viento. Al final, tomé una bebida espirituosa y bailé con ellos. Sin embargo, su presentación no fue lo que yo esperaba, era muy diferente. ¿Qué sabía yo del enorme trabajo que había detrás? Nada, como la mayoría de periodistas que vemos todo con cierto cinismo, cierta indiferencia.

Cuando se armó lo del viaje a Noruega, hace apenas unos 4 meses, ya lo conocí mejor. Su evolución y la del grupo eran evidentes, todo sonaba mucho mejor. Sin embargo, sin saber todavía las interioridades del trabajo de estos jóvenes mayas, otra vez fui dura.

Pero empecé a comprender el sábado pasado, al bajarme del microbus, caminando torpemente con mis estúpidos tacones corridos, en la oscuridad de los maizales. La sede del grupo Sotz’il queda convenientemente alejada de la carretera. Me imaginé cuántas veces y con qué energía Lisandro caminó ese sendero, seguro de sí, no como yo que iba trastabillando y metiéndome en cada charco.

Al llegar, sentí un calor de hogar, como cuando una casa te abraza. Pero esta casa estaba triste, echaba de menos a su mejor hijo.

El padre de Lisandro, que le habló al grupo reunido junto al fuego, confirmó mis imaginaciones: Lisandro iba a este lugar en busca de paz, de aire puro, de inspiración. Fue imposible no llorar al escuchar a este maravilloso hombre, sencillo y sabio, hablar de su hijo. Entendí que mucho de lo valioso del artista venía de él, que fue su inspiración, su motor. Su voz se entrecortó al verlo en su memoria sentado en medio de la naturaleza, mientras el fuego chisporroteaba y los presentes queríamos salir a esa naturaleza y buscar a Lisandro en el viento, en las nubes, en el rocío… Nos tuvimos que conformar con verlo en fotografías, escuchar sus palabras en boca de sus compañeros.

Al salir de nuevo a la fría y oscura noche, había algo diferente en todos nosotros. El camino fue más amigable, pero yo con cada paso quería también desandar lo dicho. Con cada nuevo detalle que conocía, con cada cosa sorprendente que vi en las actividades de este movimiento maya, me sentí cada vez más pequeñita e injusta.

Sotz’il no necesita hacer música o teatro sofisticado. Es un grupo de jóvenes en búsqueda de su identidad, no para pasearla por el mundo sino para sentirse orgullosos de ella, para no dejar que muera, para hacer propuestas en una sociedad que los quiere acallar. No quieren confrontación, pero quieren ser oídos y respetados, por los que los han oprimido por siglos, por los que los han ignorado, y por los prepotentes como yo que hablan sin conocer primero.

Espero de todo corazón que el trabajo de este grupo no se detenga jamás, que ese entusiasmo, organización y pasión que vimos en el Festival Tu Corazón Florecerá siga adelante. Y por lo que vi, es seguro que así será pues la vida de Lisandro marcó de manera determinante a quienes pudieron convivir con él.

Quisiera que hubiera un grupo Sotz’il en cada comunidad guatemalteca, no hay nada peor que ir por allí sin saber quiénes somos. Los capitalinos estamos inmersos en un mundo tan artificial, tan impuesto, tan superfluo, no nos caería mal buscarnos debajo de todo esto que nos sepulta.

viernes, 1 de octubre de 2010

Ese círculo no se quiere cerrar



Es un hecho, ando de bajón. No había querido sondear que tan profundo era, hasta que anoche al terminar de ver una película (Crazy Heart para más señas), lloré como un bebé.

Así soy, ya lo he dicho. Emo, bipolar, ciclotímica, inconforme, malagradecida, loca pisada, you name it.


The weary kind

Your heart’s on the loose
You rolled them seven’s with nothing to lose
And this ain’t no place for the weary kind

You called all your shots
Shooting 8 ball at the corner truck stop
Somehow this don’t feel like home anymore

And this ain’t no place for the weary kind
And this ain’t no place to lose your mind
And this ain’t no place to fall behind
Pick up your crazy heart and give it one more try

Your body aches…
Playing your guitar and sweating out the hate
The days and the nights all feel the same

Whiskey has been a thorn in your side
and it doesn’t forget
the highway that calls for your heart inside

And this ain’t no place for the weary kind
And this ain’t no place to lose your mind
And this ain’t no place to fall behind
Pick up your crazy heart and give it one more try

Your lover's won't kiss…
It’s too damn far from your fingertips
You are the man that ruined her world

Your heart’s on the loose
You rolled them seven’s with nothing to lose
And this ain’t no place for the weary kind

martes, 28 de septiembre de 2010

Sobre EPA y la USAC


Me había resistido a escribir sobre EPA y la toma de la USAC, no quería caer en el error de los que hablan a la ligera sobre un tema complejo que les es ajeno. Pero no me resisto más.

Me importa mucho lo que le sucede a la USAC, además de educarme en todo sentido, me dio de comer por 10 años cuando fui parte de su personal administrativo. Era, espero que siga siendo, un excelente patrono, como los que ya no se encuentran ni en otras instituciones educativas. (Además de la jornada corta –de lunes a viernes de 7:30 a 15:00- y el mes y medio de vacaciones, estudiar fue más fácil pues por supuesto que las condiciones eran las mejores).

Eso que se llama vida universitaria es mucho más que ir a clases y ganar cursos para graduarse lo más pronto posible. Yo sé yo sé, padres y maestros es lo que quieren: se va a la universidad a estudiar, punto. Pero todo lo extra curricular es valioso también. Cuando salimos del colegio sin mayor experiencia en la vida, sabemos mucha teoría acerca de vivir pero no lo hemos hecho. Es por eso que estoy en contra de que las universidades sean una extensión del colegio, pero muchos difieren conmigo, sobre todo los patrocinadores de esos años de estudio. Eso lo comprendo.

Dentro de esas valiosas clases donde no se ganan puntos, está la experiencia de hacer política en el mejor sentido de la palabra. Elegir y ser electos para puestos que deben beneficiar a todos deja muchas enseñanzas que se trasladan a la vida adulta posterior.

Un amigo gringo quería conocer la USAC por su legendaria fama de rojilla y revolucionaria, pero se quedó con la boca abierta al presenciar sus elecciones. Los más extremistas, me dijo, eligiendo a sus autoridades y representantes de la manera más democrática que había visto. Yo le dije, no te creas todo lo que dicen de la USAC.

Nuestra universidad estatal es un país pequeño, es una réplica hecha a escala de Guatemala. No esperemos que sea una comunidad diferente a la que pertenecemos. Ha pasado por tantas etapas, como nuestra propia historia. Cada sancarlista vio un alma máter diferente según la década que le tocó vivir.

En la mía había estudiantes que se interesaban no solamente en su propio bienestar, sino que eran solidarios no solamente con sus compañeros sino con el pueblo en general. Éramos otra generación, no cabe duda. En esos tiempos, no había un solo EPA, había muchos, en cada Facultad. Por eso las cosas no se hacían de un plumazo, se escuchaba antes a los estudiantes y se llegaban a acuerdos.

Ahora me cuentan que la cosa está muy diferente. Ante la indiferencia de los estudiantes promedios, que son la razón de ser de toda la institución, los puestos de decisión los han ocupado personas no muy honorables. Sino vean la AEU de ahora, con los Gatos en la dirigencia dándole todo el apoyo al rector. Esos “estudiantes” (yo calculo que llevan unos 18 años en la USAC) no representan a nadie más que así mismos. Empezaron con el negocio de las fotocopias y ahora se están adueñando de muchas otras cosas. Pero no quiero ahondar en eso.

EPA es como un vestigio de lo que un día fue, como ese tizoncito que se resiste a apagarse pero que puede prender cualquier mecha. Yo sé, sus métodos y discursos parecerán trasnochados y extremistas para muchos, pero es gente que quiere hacer algo por su universidad. No quiero decir que tienen toda la razón, pero son los únicos que vieron algo que no convenía a la mayoría y decidieron actuar. Eso requiere valor.

La Universidad de San Carlos no debe estar en manos de políticos partidistas y profesores prepotentes, no se deben perder los espacios que a tantas generaciones de valientes estudiantes les costó ganar. El embrollo legal es complejo, lo sé, y muchos se sienten afectados en sus intereses, también lo sé.

Pero es el precio que se paga por pasar por las aulas con total indiferencia acerca del futuro de la USAC, pensando solamente en ese cartoncito que adorna oficinas y consultorios y no en la universidad que estamos heredando.

Tratando de ser optimista, me doy cuenta que si algo ha logrado este movimiento es que el tema se ponga en el candelero. Que se hable acerca del asunto, aunque los medios de comunicación hayan criminalizado de entradita a los inconformes, poniendo como los buenos de la película a los que se mueren por recibir sus clases.

Es interesante que ahora muchos estudiantes que ni siquiera sabían qué es una junta directiva y quiénes la conforman, ahora se han dado a la tarea de tratar de entender el asunto. Eso ya es una ganancia.

No sé cómo va a terminar el problema, yo espero que pacíficamente y con soluciones positivas para todos. Nuestra querida alma Mater se lo merece.

sábado, 25 de septiembre de 2010

Una triste historia con final feliz y epílogo

(En la foto, el autógrafo que me dio Ranferí en 1988)

Ser adolescente fue duro, pero aprendí mucho. Me tocó una época más polarizada que hoy. Cada quien con su gente, con su clase, en su rollo. Había una forma de ser caquero más agresiva que ahora, eran los burgueses. Muchos de ellos se reunían solamente para humillar, y muchas veces agredir, a los que para ellos eran “choleros”. En medio, quedábamos el resto, sin saber si tomar partido o no. Muchos lo hacían, oh sí, y adoptaban códigos y poses que no eran propios.

En realidad, esta es una historia nada agradable de contar, es más como un desahogo, para sacarlo de mi organismo.

Yo estaba a punto de cumplir 16 años cuando fui al concierto de las Flans, en febrero 1988. Allí vi por primera vez a Ranferí, ya lo he contado, había algo irresistible en él para mí, una ingenua adolescente de flequillo “atizado” y hombreras anchas. Ya conocía su música, sobre todo porque mi hermano la escuchaba a todo volumen.

Después de ese concierto, mis amigas y yo nos olvidamos para siempre de Flans y nos declaramos fans de Alux Nahual. Pero en la pubertad eso no bastaba, ya saben. Uno quiere acercarse, sin sabe muy bien para qué.

Entonces nosotras decidimos salir a buscarlos. Después del colegio, con uniforme y mochilas, buscábamos a dónde podíamos ir a espiarlos. Luego de arduas investigaciones, dimos con su estudio, lugar de ensayo, centro de operaciones en el sótano de un céntrico hotel.

Era un sueño, los habíamos encontrado. Sin embargo, no nos atrevíamos a entrar, estábamos como tontas allí en el parqueo pensando, cuando ellos fueron llegando uno por uno. Si tengo que describirlos de alguna manera, diré que eran serios. Ni destrabados, ni creídos, pero tampoco accesibles. Ya estaban en la cumbre de su éxito, sonaban en todas las radios, salían en la tele y sus conciertos se llenaban a reventar a donde quiera que fueran. Pero ellos llegaban como quien llega al trabajo, sin aspavientos.

Supongo que nos veían allí agazapadas, disimulando la emoción, pero no nos decían nada tampoco. Quizá ya estaban acostumbrados. Vimos que otros músicos también llegaban a ese estudio, solo que éstos eran diferentes, no tan serios y sí más creídos. Eran de otro grupo que estaba surgiendo.

Entonces decidimos, qué vergüenza, mejor hacerles unas tarjetitas y cartitas, más niñas no podíamos ser. Para nosotros era algo importante. Las dejamos bajo la puerta y esperamos que así se enteraran que existíamos.

La próxima vez vimos un cambio, nos saludaron. Aquí me falla un poco la memoria, creo que ellos nos invitaron a entrar, o tal vez nosotras ya nos animamos. La cosa es que entramos, con nuestras calcetas altas y chonguitos. Según Ranferí, nos vieron literalmente como a unas niñas. Sin embargo, yo juraba que estaba enamorada.

Firmaron nuestras libretas y portadas de discos de acetato, nos hicieron unas cuantas preguntas (me preguntaron cuál era mi canción favorita, yo de los nervios me equivoqué y por decir Hombre de maíz dije “Vida”, que es lo que dicen en el coro, se rieron de mí, pero no con mala onda, quizá más con ternura). Mi corazón daba mil vueltas al ver de cerca a Ranferí, quien se portó más bien tímido.

Nuestra visita fue corta, tenían que ensayar. Fueron amables pero nos sacaron, nosotros íbamos con un tesoro en las mochilas, impacientes porque las del colegio se enteraran.

Seguíamos llegando, a veces oíamos el ensayo desde afuera. Alguna vez nos invitaron a oír un par de canciones, que no habían salido todavía, lo cual fue todo un honor. Qué inocencia. Seguimos haciendo tarjetitas y cartas. Lejos estábamos de ser unas verdaderas gruppies.

Los otros músicos que llegaban al estudio estaban al tanto de todo esto. Ellos sí tenían miradas burlonas, pero curiosamente empezaron a hablarnos si los Aluxes no estaban. Parecían de esos que se meten a la música no por amor al arte, sino para sentirse cool y ser populares. Su grupo de rock medio andaba sonando por aquí y allá, era de covers. Sus seguidoras eran de colegios muy exclusivos, rubios y de ojos claros, no parecían de acá, a diferencia de Alux a quienes seguían todo tipo de personas.

Creemos que esos patojos presumidos interceptaron las cartas y las tarjetas. Luego, llamaron a la casa mi amiga H., que había puesto su número en una de sus cartas, haciéndose pasar por Paulo Alvarado. Mi amiga no cabía en su felicidad al escuchar que los Aluxes nos invitaban a salir… sí, cómo no.
Muriendo de la emoción, nos dio las buenas noticias en el colegio. El siguiente sábado tendríamos la cita de nuestras vidas. No me explico cómo me la puede creer, además me pregunto qué pretendía yo con la supuesta cita, mi primera cita.

Cuatro adolescentes ingenuas e ilusionadas llegaron el sábado arregladas a más no poder (cero chongos y calcetas), creo que no pudimos dormir una noche antes, me dolía el estómago de los nervios. ¿A dónde iríamos? ¿qué debía decir para parecer mayor? ¿será que esta vez no me equivocaría con el nombre de las canciones?

Pasaban los minutos, y nada. Llegaron esos otros músicos, nos saludaron supuestamente como si nada, y seguímos esperando, allí en un oscuro y húmedo parqueo.

Cuando al fin llegaron los Aluxes, fue un momento primero emocionante (¡llegaron! ¡no nos dejaron plantadas!), luego desconcertante pues nos saludaron de prisa y entraron a su estudio.

Nos costó asimilar el momento. ¿Qué diablos acababa de pasar? Agarramos nuestras ilusiones y nuestras carteras prestadas a nuestras mamás y nos fuimos a la casa de una de nosotras. Lloramos por horas sin pudor. No comprendíamos, ¿cómo unas personas a las que admirábamos tanto podían hacernos esto?

Para mí era personal, la primera vez que mi corazoncito creía estar enamorado, mi primera ilusión rota de esa cruel manera.

Fue hasta unos días después que una de nosotras, más intuitiva supongo, empezó a sospechar de esos otros atarantados. Entonces caímos en la cuenta, empezamos a imaginar lo que se habrán burlado de nuestras cartas y tarjetas, lo que se habrán reído luego de la llamada y al vernos llegar todas emperifolladas.

De cualquier manera, mandamos otra sentida carta a los aluxes donde les preguntábamos qué había pasado. Aquí otro lapsus, tendría que buscar mi diario de entonces pero ha de estar sepultado en algún recóndito lugar de mi casa. Creo que ahora sí uno de ellos se comunicó con H, esta vez para disculparse y dejar claro que ellos no tuvieron nada que ver.

Ahora que los conozco a todos mucho mejor, me doy cuenta que en realidad no hubieran sido capaces. Al cabo de unas semanas, decidimos perdonarlos y regresamos al estudio. La puerta estaba abierta y en el interior no había nada más que un piano. En la pared había una carta que decía que se habían mudado a la zona 10.
Nos robamos la carta y decidimos dar por concluidas nuestra aventura con rockeros chapines. La vida prosiguió y todo terminó en anécdota. Alux Nahual se convirtió en una leyenda y a esos otros musiquillos nadie los recuerda.

Me volví a encontrar a Ranferí muchos años después, nos enamoramos de verdad (como adultos) y somos muy felices junto a nuestro hijo. Por lo menos para una de nosotras, el sueño se hizo realidad.

Epílogo
Como quien dice nada, 22 años después hoy nos volveremos a ver las caras. Resultó que uno de los susodichos músicos esos trabaja con Alux Nahual hasta la fecha, así que lo he frecuentado unas cuantas veces sin saber quién era y, por supuesto, sin que él supiera quién soy.
Hoy celebrará su cumpleaños y hará un reencuentro con sus compinches, en su casa de La Cañada. Iré con Ranferí y será gracioso volver a ver a toda esa gente junta, ahora como una mujer adulta pero con demasiada memoria.
Escribir esto me ha hecho bien, pero también ha dejado a flor de piel los sentimientos que en su momento provocó el incidente. Quisiera justicia poética para mí y mis amigas. ¿Y si arruinará su fiesta? Mmmmmmm, al mejor estilo de Paquito Méndez, debería dejar salir a su mascota para que lo atropellara un carro, luego aprovechando el drama saquearía su bar llevándome sus mejores botellas…

viernes, 3 de septiembre de 2010

El portal místico


Cada mañana te dejo frente a una gran pared azul que en medio tiene una pequeña puerta que te traga. Parece un gigante devora niños, que van llegando uno por uno. Tú apenas puedes con tu mochila de Lazy Town de rueditas y siempre vas arrastrando tu lonchera. Te dejo al inicio de los tres escalones que te llevan a dentro.

Con una sonrisa nerviosa, me subo a mi carro mientras tú me dices adiós de lejos. Luego te subes a tu vida de niño preescolar, te enfrentas a 4 horas lejos de tus papás, de tu casa, de tus cosas. No vas precisamente feliz, sino inquieto, curioso.

Nunca lloraste para ir al colegio. Yo sí me conmoví la primera vez que te entregué, no tenías ni 3 años. Ese día de octubre, viste un segundo hacia tras y luego entraste seguro. Todavía no ibas al baño pero me pareciste realmente un hombrecito en miniatura enfrentando lo inevitable, el curso de la vida.

A veces creo que soy la peor mamá del mundo. Me imagino que las maestras me tienen por distraída y algo indiferente, que las otras madres me miran sin poder comprender por qué no me quedó más tiempo en el colegio para ver cómo entras, para darle indicaciones a la miss, como ellas. Siempre falto (faltamos) a las actividades por culpa de mi trabajo. Apenas me conocen en el colegio, solo saben que soy la que no mandó las plumas de colores a tiempo para el día de Tecún Uman, la que no logra ponerse al día con la colegiatura, la que no manda regalitos para los otros niños y mamás en ocasiones especiales.

Pero tú, oh sí, tú me amas sin ninguna condición. A pesar de que demasiadas veces llego con cara de pocos amigos y encima me pongo a teclear en la “tototota” (así le dices a mi computadora) mientras tú me explicas con tus divertidas palabras y muchos gestos lo que has jugado, lo que has aprendido. Tú me amas sin importar que a veces te duermas esperándome.

Hace poco estuve segura, cuando al irte a dejar, decidí entrar al colegio para hablar con tu maestra sobre un cartel que hicimos. Tú no lo podías creer, tu carita estaba radiante, con una sonrisa luminosa. Cuando entramos a tu clase, me enseñaste dónde dejas tus cosas y dónde te sientas. Y mientras yo hablaba con la miss, me mirabas orgulloso, como diciéndoles a tus pequeños compañeritos “hey, miren, ¡es mi mami!”.

Nadie me había amado así jamás, a pesar de mis defectos, de mis metidas de pata, siempre, siempre, pero siempre estás feliz de estar conmigo. Tomado de mi mano eres capaz de ir a cualquier lugar sin miedo.

Yo solo espero llenar tus expectativas, hacer un decoroso papel. Gracias a ti, Manu, mi principito, la vida, el mundo, tienen un futuro. A través de tus ojos traviesos todo se ve mejor, nuevo.

miércoles, 25 de agosto de 2010

Yo no a+


Esas campañas de “cambiemos actitudes para mejorar el país” no me gustan. Los cambios verdaderos y a largo plazo son mucho más complejos. Para heredar un mejor país hay que hacer cambios estructurales, es obvio. Pero eso requiere más que una campaña de mupis y correos electrónicos.

La puntualidad, limpieza, orden, cortesía y excelencia en el trabajo (que parecen cosas tan elementales) son cosas deseables, sobre todo para los empleadores y autoridades, pues tendrán una población mucho más productiva y obediente. Es como plantar flores y hacer pasos a desnivel, pura apariencia.

Yo preferiría una campaña para que leamos más, para que tengamos una opinión propia, para que exijamos nuestros derechos, que no nos dejemos engañar cada 4 años. Una campaña para dejar el miedo y el servilismo de lado, para no dejar las decisiones importantes en manos de otros.

Si el guatemalteco es impuntual, sucio, desordenado, descortés y no rinde en el trabajo (no da “la milla extra” como dicen los preppies de esta campaña), es porque está desnutrido, extorsionado, vapuleado, asaltado, mal educado y mal informado. Es tratado como ganado en el transporte público, le pagan un sueldo de hambre, las autoridades que eligió le roban el dinero para la salud y la seguridad. Lo último que tiene en su mente es quedar bien y verse bonito.

!Revolución!

You have to figth for your right to party

La vida nocturna es parte de toda cultura. No es algo negativo, es algo que simplemente ocurre en todas las urbes. En muchas de ellas se puede salir a beber, comer, bailar o simplemente platicar todas las noches incluso hasta que sale el sol.

Pero aquí… somos un país conservador a todo nivel. Salir de noche es mal visto por muchos, que sueñan con un país que se acueste y se levante temprano, que vaya como borrego a la iglesia y al trabajo.

Me pregunto por qué relacionan la noche y la fiesta con el crimen y la violencia. Creo que con más diversión, esparcimiento, recreación, seríamos un país más relajado.

Es que hay gente noctámbula, gente a la que la noche los embruja, que funciona mejor luego de las horas hábiles. Así se cultivan amistades, se comparten ideas, se planean proyectos, se conciben obras de arte.

A los extranjeros les cuesta acostumbrarse a esta característica nuestra. Con el tiempo aprenden que hay que salir temprano o hacer las fiestas en casa. Todos, toditos, los extranjeros que he conocido a lo largo de mi vida han sido personas muy educadas, no vienen con la idea de darse en la madre, sino a conocer nuestra cultura. Si eso quisieran, se irían a ciudades más proclives a eso.

En nuestra desafortunada situación actual, en lugar de que la cosa mejore (y quiten la ley seca) la han emprendido contra los trasnochadores, tanto locales como extranjeros, en La Antigua y en San Pedro la Laguna que, después de todo, tampoco eran la gran cosa. Quieren hacer creer que por culpa de los parranderos había venta de drogas en cada esquina, que era una Sodoma y Gomorra. Nada que ver. Comparar un pequeño pueblo con Ámsterdam es una exageración, ya quisieran. La acciones ahuyentarán a los visitantes y afectarán a la economía. Todo sea por la voluntad de dios y las buenas costumbres.

A este paso, Guatemala será considerada un destino para ancianos, jubilados y religiosos (y mojigatos).

Un respiro es viajar

Cuando un guatemalteco va a un país más civilizado, le sorprenden muchas cosas. Por ejemplo, que la gente no solo pueda caminar por las calles, sino que disfruten hacerlo. Deambular por Barcelona para mí fue increíble, ver familias enteras por las calles disfrutando de un día martes soleado. Mientras yo abría la bocota, casi me atropella una niña que venía a toda velocidad por la ciclovía. Para ellos ha de ser lo más normal, son dueños de sus calles, plazas, jardines, que usan para convivir. Qué envidia. En lugar de encerrarse en condominios con garitas, tienen una vida más allá de su casa y el centro comercial.

En Bruselas me asombró cómo los conductores, tan pálidos y serios, detenían sus carros cuando veían a un peatón en la esquina, aunque tuvieran verde en el semáforo. Causé gracia por andar cuidando mi mac como si me la fueran a robar, mientras los demás sacaban sus laptops en el tren que nos llevó a Brujas sin ninguna pena para aprovechar el tiempo.

Y no es cuestión solamente de Europa. En la primera noche en Cuba nos enfrentamos a los cortes de luz por economía. Fue todo un reto caminar por una calle oscura por la noche, yo miraba para todos lados y casi corría para llegar más rápido. En cambio, los lugareños disfrutaban la noche caribeña con tranquilidad y sin temor.

Por eso viajar constituye también un descanso de las restricciones en las que vivimos, del miedo, de la desconfianza y, por qué no decirlo, de la ley seca. Países como Colombia y República Dominicana me enseñaron que no hay mal día y tampoco mala hora para la fiesta. Si tu vuelo sale muy temprano en la mañana y tienes que levantarte digamos a las 3 de la mañana para llegar a tiempo al aeropuerto, mejor no te acuestas y pasas toda la noche en la rumba. Malaya...

miércoles, 18 de agosto de 2010

Una historia de amor-odio



Encontré este texto por allí, lo escribí para participar en un conversatorio sobre la diversidad sexual en el Centro de Formación de la Cooperación Española en Antigua, organizado por la Fundación Marco Antonio y Rednads (Red Nacional de la Diversidad Sexual). Debía hablar sobre lo que me inspiraba esta fotografía que tomó Andrea Aragón.

Ese día, 3 de octubre 2002, Gwen se puso la blusa campesina de su madre, de esas que estaban tan de moda, para ir a una fiesta. Según testigos, lucía muy sexy con una falda corta, también prestada. Sin embargo su mamá le advirtió que no le gustaba que saliera vestida así. En lugar de confiar en el instinto maternal, Gwen se enojó pensando que su propia madre le tenía envidia. Pero Silvia Guerrero, una latina entre millones que trabajan y viven en Estados Unidos, no había sido más que una madre comprensiva que la apoyaba sin dudarlo.

Ella era la más linda del grupo. Sus rasgos latinos la hacían más deseable y exótica a los ojos de los chicos. Además, tenía una forma de ser mujer que resaltaba entre sus amigas, emos y rockeras. Coqueta, femenina hasta el último detalle. Dos chicos que estaban en la fiesta a la que asistió ese 3 de octubre alardeaban que ya habían tenido relaciones sexuales con Gwen, lo cual provocó celos en la novia de uno de ellos. La joven celosa, luego de espiar a Gwen en el baño, regresó a la sala y declaró en voz alta algo que dejó fríos a todos. Temblando de la cólera dijo que Gwen era en realidad un hombre, un travestido.

Solo puedo imaginar la cara de los que minutos antes alardeaban de haber tenido a Gwen entre sus brazos. Supongo que pasó de una mueca presumida, a una incredulidad muda, que poco a poco se fue transformando en ira incontrolable.

Uno de ellos fue a buscarla y comenzó a estrangularla, en este momento se fueron varios invitados de la fiesta, pero dos se quedaron para ayudar a golpear a Gwen. Uno le pegó en la cabeza con una sartén y luego otra vez con una lata de tomates, causando una herida profunda, otro le pegó con una mancuerna. Además recibió un rodillazo en la cabeza contra la pared. El golpe fue tan fuerte que causó una abolladura en el muro de yeso. Después fue llevada al garaje de la casa, donde fue estrangulada con una cuerda. Luego le ataron los pies y las piernas, la envolvieron en una manta y la subieron en la parte trasera de una camioneta. Los tres agresores llevaron su cuerpo a un parque donde fue finalmente enterrada en una sepultura muy poco profunda. No está claro en qué punto durante los sucesos ocurrió la muerte de Araujo.

¿Cuántos jóvenes estaban en esa fiesta y vieron el ataque? ¿por qué nadie la ayudó? ¿por qué optaron por irse y callar? Así Gwen se unió otros que han sido asesinados por ser diferentes, asesinados por odio.

De entrada, la fotografía me hizo pensar en dos cosas. La primera era que la foto no era como yo me la imaginaba. No era una foto de fotorreportaje, que retratara el entorno real de quien es fotografiado (siguiendo el estilo de las fotos que ha hecho Andrea sobre las sexoservidoras). No era la típica fotografía cliché del travesti en la calle. Es una foto estilizada de estudio, digna de una revista de moda. Una mujer sonríe mientras posa coqueta.

La segunda idea que tuve fue que la modelo se parece, en mi opinión, bastante a Gwen Araujo, travesti de 17 años que fue asesinada en esa fiesta del 2002 en Estados Unidos.
Desde pequeña dio indicios de que se consideraba una niña, a pesar de haber nacido con aparato reproductor masculino y ser bautizado como Eduardo. Siguiendo la idea de que nuestra identidad es la que elegimos, Eduardo se convirtió en Gwen y apenas empezaba a vivir una vida normal de adolescente, la cual fue truncada demasiado pronto.

Este crimen de odio, que al final no fue ni juzgado ni sancionado como tal, se sumó muchos otros que han conmovido a la opinión pública. Llamó mi atención porque ella no dudó en participar de los rituales y costumbres heterosexuales de su edad, convencida, erróneamente, de que quienes la invitaban eran tolerantes. Quizá por su juventud, quizá por pertenecer a una nueva generación que ha visto a gays famosos pasear su homosexualidad por el mundo, no había desarrollado ni desconfianza ni mecanismos de defensa. En su cabeza, no cabía el miedo hacia los otros.

Se habla del pánico gay o de estado de emoción violenta cuando se quiere justificar este tipo de ataques. Eso fue lo que alegaron los asesinos de Gwen, buscando reducir sus penas en la cárcel, dijeron que la reacción se debía más al engaño que al mismo hecho de que ella era hombre.

Si los asesinos, por cierto mayores que ella, tuvieron o no relaciones sexuales con Gwen, es todavía algo no muy claro. Es posible que se haya tratado de la clásica fanfarronería del hombre machista y que no era cierto. Otra posibilidad es que sí tuvieron sexo pero increíblemente no se dieron cuenta que en realidad era biológicamente un hombre.

Otra posibilidad surge. Sin mucho esfuerzo se deduce que al contacto íntimo ciertas cosas no pueden ocultarse. Quizá en realidad los atacantes sabían que Gwen era hombre, tuvieron sexo con ella y luego perdieron el control cuando otras personas se enteraron. Es decir, el típico comportamiento del hombre de doble moral, ése que se burla y rechaza a los gays, cuando por la noche los busca y disfruta su compañía. Al odiar a los homosexuales, se odian a sí mismos, al agredirlos, se están negando por completo, matándolos quizá quieren desaparecer su propia naturaleza, que tanto odian.

En países como el nuestro, estos prejuicios son considerados hasta normales. Muchos han sido las muertes similares a las de Gwen que ni siquiera son investigadas, mucho menos llevadas a juicio (recuerdo una chica que vivía en un hotel de la zona 1, a cuyo velorio asistí, asesinada para robarle sus ahorros, muy probablemente por alguien que ella conocía).

Que los homosexuales guatemaltecos tuvieran que salir a la calle el pasado 25 de junio no tanto a celebrar su orgullo sino a denunciar las cosas que les aquejan, como la violencia y la falta de empleos, es desmoralizador.

Además de denunciar los hechos, repudiarlos y exigir justicia, creo que es labor de todos apoyar campañas contra los crímenes de odio de todo tipo. La educación en casa es fundamental, debemos criar niños que no solamente toleren al otro, sino que lo acepten y respeten como igual.

martes, 10 de agosto de 2010

Pixar hace su tarea


Me había resistido a escribir sobre estema porque no me considero experta en cine. Sin embargo, la escribo desde el punto de vista de mamá. (A veces pienso agregar en mi currículum, luego de 4 años de arduo entrenamiento, "experta en películas infantiles).

De jovencita, cuando miraba las películas que les tocaba ver a mis sobrinos y otros niños cercanos, me preocupaba. Princesas, príncipes, reyes, sirenitas, magos, brujas y otros personajes aparentemente inocentes parecían sembrar en ellos ideas desafortunadas. Que la belleza física es muy importante, que la felicidad estaba en un palacio y una vida sin esfuerzo y en el amor de pareja, que la magia y los amuletos podrían arreglar cualquier situación, que las mujeres siempre tenían que ser rescatadas, entre muchas otras cosas.

En el caso de mi sobrinita, me preocupaba que pensara que ser mujer tenía que ver con su rol de dama en apuros y que el amor, mágico e intenso, se obtenía instantáneamente al encontrar a un apuesto príncipe. Porque en esas historias el amor surge así nomás, de la nada, mirándose a los ojos por unos segundos se llega a la conclusión de que es el hombre con quien vivirán felices para siempre.

Sabiendo que los niños ven una y otra vez las películas que les gustan, rogaba por que el panorama cambiara para cuando tuviera un hijo. Y para mi suerte, cambió. Películas como Shrek lograron incluso burlarse de ese esquema anticuado, celebrando la fealdad y el amor que surge cuando hay cosas en común. Me encantan esos gordos ogros que viven felices, que en lugar de cantar melosamente a las criaturas del bosque escuchan música pop y eructan sin pudor.

Y así, mi retoño tiene un abanico más amplio de opciones en películas, las cuales, claro, he visto junto a él. Por ejemplo, Dreamworks ofrece un montón de alocados y mucho más entretenidos personajes que a él le encantan. El primer flechazo fue con Kung Fu Panda, la vio más de 20 veces, hasta que el disco se arruinó. Este gordito no me caía mal, pero me chocaba un poco el hecho de que fuera “el elegido” para salvar un pueblo solo porque sí, porque era su destino. Dejando atrás a quienes habían entrenado por años para ser “maestros”, el panda pasado de libras estuvo listo en un par de días. Ok, entiendo, es bueno decirles a los niños que pueden ser lo que quieran, pero también es bueno dejarles claro que todo requiere un arduo esfuerzo.

Luego mi pequeño Manuel encontró las películas Madagascar 1 y 2, sin tener un personaje favorito en especial le encanta verlas y yo las disfruto mucho. A veces creo que está más dirigida a los adultos por ciertos chistes, pero también me parece que eso es un esfuerzo para que las historias sean más familiares que infantiles.

Muchas otras películas le han gustado a mi hijo, por un rato. Hemos visto casi todas, incluso clásicas como Pinocho, Dumbo y Bambi, que le aburrieron un poco. Dos muy recomendables, fuera del circuito de Hollywood, son El viaje de Chihiro y La leyenda de la nahuala.

Pero el verdadero flechazo ha ido con las películas de Pixar. Ambos, mi hijo y yo, somos fans. Yo lloro cada vez que veo Buscando a Nemo, Up y Toy Story 3. Manuel simplemente no puede dejar de ver las 3 de Toy Story y Cars (ya casi me las sé de memoria).

Hay algo especial en las películas de este estudio. Supongo que es el talento combinado de muchos artistas. No son cursis pero emocionan, las historias son más humanas aunque se traten de carros, juguetes, robots o peces. Algo que agradezco es que cuiden todos los detalles, que no confundan a los niños. Por ejemplo, la película Las locuras del emperador (de Disney) me divirtió, pero también me molestó esa actitud tan gringa que en sus películas buscan uniformar a todos los latinoamericanos, cuando nuestras culturas y costumbres son tan diversas. Aquí los incas oían música más bien caribeñan y quebraban piñatas, entre otras cosas.

Up en muchos sentidos me parece una joya del cine, siendo crucial la manera en que fue desarrollada. A diferencia de los creadores de las Locuras del emperador, los de Up investigaron exhaustivamente el lugar al cual querían llegar los protagonistas: las Cataratas Del Paraíso.

Y no me refiero por medio de libros o películas, sino a que hicieron un largo y accidentado viaje hasta ese apartado lugar. Papel y lápiz en mano, los artistas contemplaron de cerca la exuberante belleza de esa geografía venezolana. Así nacieron esos escenarios, esos personajes, esos colores. Ellos afirman que estar tan lejos de todo los inspiró mucho más.

El resultado se nota al ver la película, una oda al amor, a la solidaridad y a la persistencia. Tiene todo lo que quiero que mi hijo vea en una película, sin estereotipos. Los protagonistas son un adulto mayor, pocas veces tomados en cuenta como héroes, y un niño con padres divorciados, un tema muy actual y necesario.

Es por eso que ver La princesa y el sapo (de Disney) me pareció un retroceso, con sus clichés y sus numerosas cancioncitas. Además, aunque al principio se podría creer que la chica negra (aunque con los rasgos de muñeca barbie) era diferente (pensaba obtener su sueño trabajando), al final tiene su final feliz casándose con un tonto y superficial príncipe, convirtiéndose en princesa y obteniendo el dinero de sus suegros...

Afortunadamente no le gustó a Manuel. Larga vida a Pixar.