miércoles, 25 de agosto de 2010

Yo no a+


Esas campañas de “cambiemos actitudes para mejorar el país” no me gustan. Los cambios verdaderos y a largo plazo son mucho más complejos. Para heredar un mejor país hay que hacer cambios estructurales, es obvio. Pero eso requiere más que una campaña de mupis y correos electrónicos.

La puntualidad, limpieza, orden, cortesía y excelencia en el trabajo (que parecen cosas tan elementales) son cosas deseables, sobre todo para los empleadores y autoridades, pues tendrán una población mucho más productiva y obediente. Es como plantar flores y hacer pasos a desnivel, pura apariencia.

Yo preferiría una campaña para que leamos más, para que tengamos una opinión propia, para que exijamos nuestros derechos, que no nos dejemos engañar cada 4 años. Una campaña para dejar el miedo y el servilismo de lado, para no dejar las decisiones importantes en manos de otros.

Si el guatemalteco es impuntual, sucio, desordenado, descortés y no rinde en el trabajo (no da “la milla extra” como dicen los preppies de esta campaña), es porque está desnutrido, extorsionado, vapuleado, asaltado, mal educado y mal informado. Es tratado como ganado en el transporte público, le pagan un sueldo de hambre, las autoridades que eligió le roban el dinero para la salud y la seguridad. Lo último que tiene en su mente es quedar bien y verse bonito.

!Revolución!

You have to figth for your right to party

La vida nocturna es parte de toda cultura. No es algo negativo, es algo que simplemente ocurre en todas las urbes. En muchas de ellas se puede salir a beber, comer, bailar o simplemente platicar todas las noches incluso hasta que sale el sol.

Pero aquí… somos un país conservador a todo nivel. Salir de noche es mal visto por muchos, que sueñan con un país que se acueste y se levante temprano, que vaya como borrego a la iglesia y al trabajo.

Me pregunto por qué relacionan la noche y la fiesta con el crimen y la violencia. Creo que con más diversión, esparcimiento, recreación, seríamos un país más relajado.

Es que hay gente noctámbula, gente a la que la noche los embruja, que funciona mejor luego de las horas hábiles. Así se cultivan amistades, se comparten ideas, se planean proyectos, se conciben obras de arte.

A los extranjeros les cuesta acostumbrarse a esta característica nuestra. Con el tiempo aprenden que hay que salir temprano o hacer las fiestas en casa. Todos, toditos, los extranjeros que he conocido a lo largo de mi vida han sido personas muy educadas, no vienen con la idea de darse en la madre, sino a conocer nuestra cultura. Si eso quisieran, se irían a ciudades más proclives a eso.

En nuestra desafortunada situación actual, en lugar de que la cosa mejore (y quiten la ley seca) la han emprendido contra los trasnochadores, tanto locales como extranjeros, en La Antigua y en San Pedro la Laguna que, después de todo, tampoco eran la gran cosa. Quieren hacer creer que por culpa de los parranderos había venta de drogas en cada esquina, que era una Sodoma y Gomorra. Nada que ver. Comparar un pequeño pueblo con Ámsterdam es una exageración, ya quisieran. La acciones ahuyentarán a los visitantes y afectarán a la economía. Todo sea por la voluntad de dios y las buenas costumbres.

A este paso, Guatemala será considerada un destino para ancianos, jubilados y religiosos (y mojigatos).

Un respiro es viajar

Cuando un guatemalteco va a un país más civilizado, le sorprenden muchas cosas. Por ejemplo, que la gente no solo pueda caminar por las calles, sino que disfruten hacerlo. Deambular por Barcelona para mí fue increíble, ver familias enteras por las calles disfrutando de un día martes soleado. Mientras yo abría la bocota, casi me atropella una niña que venía a toda velocidad por la ciclovía. Para ellos ha de ser lo más normal, son dueños de sus calles, plazas, jardines, que usan para convivir. Qué envidia. En lugar de encerrarse en condominios con garitas, tienen una vida más allá de su casa y el centro comercial.

En Bruselas me asombró cómo los conductores, tan pálidos y serios, detenían sus carros cuando veían a un peatón en la esquina, aunque tuvieran verde en el semáforo. Causé gracia por andar cuidando mi mac como si me la fueran a robar, mientras los demás sacaban sus laptops en el tren que nos llevó a Brujas sin ninguna pena para aprovechar el tiempo.

Y no es cuestión solamente de Europa. En la primera noche en Cuba nos enfrentamos a los cortes de luz por economía. Fue todo un reto caminar por una calle oscura por la noche, yo miraba para todos lados y casi corría para llegar más rápido. En cambio, los lugareños disfrutaban la noche caribeña con tranquilidad y sin temor.

Por eso viajar constituye también un descanso de las restricciones en las que vivimos, del miedo, de la desconfianza y, por qué no decirlo, de la ley seca. Países como Colombia y República Dominicana me enseñaron que no hay mal día y tampoco mala hora para la fiesta. Si tu vuelo sale muy temprano en la mañana y tienes que levantarte digamos a las 3 de la mañana para llegar a tiempo al aeropuerto, mejor no te acuestas y pasas toda la noche en la rumba. Malaya...

miércoles, 18 de agosto de 2010

Una historia de amor-odio



Encontré este texto por allí, lo escribí para participar en un conversatorio sobre la diversidad sexual en el Centro de Formación de la Cooperación Española en Antigua, organizado por la Fundación Marco Antonio y Rednads (Red Nacional de la Diversidad Sexual). Debía hablar sobre lo que me inspiraba esta fotografía que tomó Andrea Aragón.

Ese día, 3 de octubre 2002, Gwen se puso la blusa campesina de su madre, de esas que estaban tan de moda, para ir a una fiesta. Según testigos, lucía muy sexy con una falda corta, también prestada. Sin embargo su mamá le advirtió que no le gustaba que saliera vestida así. En lugar de confiar en el instinto maternal, Gwen se enojó pensando que su propia madre le tenía envidia. Pero Silvia Guerrero, una latina entre millones que trabajan y viven en Estados Unidos, no había sido más que una madre comprensiva que la apoyaba sin dudarlo.

Ella era la más linda del grupo. Sus rasgos latinos la hacían más deseable y exótica a los ojos de los chicos. Además, tenía una forma de ser mujer que resaltaba entre sus amigas, emos y rockeras. Coqueta, femenina hasta el último detalle. Dos chicos que estaban en la fiesta a la que asistió ese 3 de octubre alardeaban que ya habían tenido relaciones sexuales con Gwen, lo cual provocó celos en la novia de uno de ellos. La joven celosa, luego de espiar a Gwen en el baño, regresó a la sala y declaró en voz alta algo que dejó fríos a todos. Temblando de la cólera dijo que Gwen era en realidad un hombre, un travestido.

Solo puedo imaginar la cara de los que minutos antes alardeaban de haber tenido a Gwen entre sus brazos. Supongo que pasó de una mueca presumida, a una incredulidad muda, que poco a poco se fue transformando en ira incontrolable.

Uno de ellos fue a buscarla y comenzó a estrangularla, en este momento se fueron varios invitados de la fiesta, pero dos se quedaron para ayudar a golpear a Gwen. Uno le pegó en la cabeza con una sartén y luego otra vez con una lata de tomates, causando una herida profunda, otro le pegó con una mancuerna. Además recibió un rodillazo en la cabeza contra la pared. El golpe fue tan fuerte que causó una abolladura en el muro de yeso. Después fue llevada al garaje de la casa, donde fue estrangulada con una cuerda. Luego le ataron los pies y las piernas, la envolvieron en una manta y la subieron en la parte trasera de una camioneta. Los tres agresores llevaron su cuerpo a un parque donde fue finalmente enterrada en una sepultura muy poco profunda. No está claro en qué punto durante los sucesos ocurrió la muerte de Araujo.

¿Cuántos jóvenes estaban en esa fiesta y vieron el ataque? ¿por qué nadie la ayudó? ¿por qué optaron por irse y callar? Así Gwen se unió otros que han sido asesinados por ser diferentes, asesinados por odio.

De entrada, la fotografía me hizo pensar en dos cosas. La primera era que la foto no era como yo me la imaginaba. No era una foto de fotorreportaje, que retratara el entorno real de quien es fotografiado (siguiendo el estilo de las fotos que ha hecho Andrea sobre las sexoservidoras). No era la típica fotografía cliché del travesti en la calle. Es una foto estilizada de estudio, digna de una revista de moda. Una mujer sonríe mientras posa coqueta.

La segunda idea que tuve fue que la modelo se parece, en mi opinión, bastante a Gwen Araujo, travesti de 17 años que fue asesinada en esa fiesta del 2002 en Estados Unidos.
Desde pequeña dio indicios de que se consideraba una niña, a pesar de haber nacido con aparato reproductor masculino y ser bautizado como Eduardo. Siguiendo la idea de que nuestra identidad es la que elegimos, Eduardo se convirtió en Gwen y apenas empezaba a vivir una vida normal de adolescente, la cual fue truncada demasiado pronto.

Este crimen de odio, que al final no fue ni juzgado ni sancionado como tal, se sumó muchos otros que han conmovido a la opinión pública. Llamó mi atención porque ella no dudó en participar de los rituales y costumbres heterosexuales de su edad, convencida, erróneamente, de que quienes la invitaban eran tolerantes. Quizá por su juventud, quizá por pertenecer a una nueva generación que ha visto a gays famosos pasear su homosexualidad por el mundo, no había desarrollado ni desconfianza ni mecanismos de defensa. En su cabeza, no cabía el miedo hacia los otros.

Se habla del pánico gay o de estado de emoción violenta cuando se quiere justificar este tipo de ataques. Eso fue lo que alegaron los asesinos de Gwen, buscando reducir sus penas en la cárcel, dijeron que la reacción se debía más al engaño que al mismo hecho de que ella era hombre.

Si los asesinos, por cierto mayores que ella, tuvieron o no relaciones sexuales con Gwen, es todavía algo no muy claro. Es posible que se haya tratado de la clásica fanfarronería del hombre machista y que no era cierto. Otra posibilidad es que sí tuvieron sexo pero increíblemente no se dieron cuenta que en realidad era biológicamente un hombre.

Otra posibilidad surge. Sin mucho esfuerzo se deduce que al contacto íntimo ciertas cosas no pueden ocultarse. Quizá en realidad los atacantes sabían que Gwen era hombre, tuvieron sexo con ella y luego perdieron el control cuando otras personas se enteraron. Es decir, el típico comportamiento del hombre de doble moral, ése que se burla y rechaza a los gays, cuando por la noche los busca y disfruta su compañía. Al odiar a los homosexuales, se odian a sí mismos, al agredirlos, se están negando por completo, matándolos quizá quieren desaparecer su propia naturaleza, que tanto odian.

En países como el nuestro, estos prejuicios son considerados hasta normales. Muchos han sido las muertes similares a las de Gwen que ni siquiera son investigadas, mucho menos llevadas a juicio (recuerdo una chica que vivía en un hotel de la zona 1, a cuyo velorio asistí, asesinada para robarle sus ahorros, muy probablemente por alguien que ella conocía).

Que los homosexuales guatemaltecos tuvieran que salir a la calle el pasado 25 de junio no tanto a celebrar su orgullo sino a denunciar las cosas que les aquejan, como la violencia y la falta de empleos, es desmoralizador.

Además de denunciar los hechos, repudiarlos y exigir justicia, creo que es labor de todos apoyar campañas contra los crímenes de odio de todo tipo. La educación en casa es fundamental, debemos criar niños que no solamente toleren al otro, sino que lo acepten y respeten como igual.

martes, 10 de agosto de 2010

Pixar hace su tarea


Me había resistido a escribir sobre estema porque no me considero experta en cine. Sin embargo, la escribo desde el punto de vista de mamá. (A veces pienso agregar en mi currículum, luego de 4 años de arduo entrenamiento, "experta en películas infantiles).

De jovencita, cuando miraba las películas que les tocaba ver a mis sobrinos y otros niños cercanos, me preocupaba. Princesas, príncipes, reyes, sirenitas, magos, brujas y otros personajes aparentemente inocentes parecían sembrar en ellos ideas desafortunadas. Que la belleza física es muy importante, que la felicidad estaba en un palacio y una vida sin esfuerzo y en el amor de pareja, que la magia y los amuletos podrían arreglar cualquier situación, que las mujeres siempre tenían que ser rescatadas, entre muchas otras cosas.

En el caso de mi sobrinita, me preocupaba que pensara que ser mujer tenía que ver con su rol de dama en apuros y que el amor, mágico e intenso, se obtenía instantáneamente al encontrar a un apuesto príncipe. Porque en esas historias el amor surge así nomás, de la nada, mirándose a los ojos por unos segundos se llega a la conclusión de que es el hombre con quien vivirán felices para siempre.

Sabiendo que los niños ven una y otra vez las películas que les gustan, rogaba por que el panorama cambiara para cuando tuviera un hijo. Y para mi suerte, cambió. Películas como Shrek lograron incluso burlarse de ese esquema anticuado, celebrando la fealdad y el amor que surge cuando hay cosas en común. Me encantan esos gordos ogros que viven felices, que en lugar de cantar melosamente a las criaturas del bosque escuchan música pop y eructan sin pudor.

Y así, mi retoño tiene un abanico más amplio de opciones en películas, las cuales, claro, he visto junto a él. Por ejemplo, Dreamworks ofrece un montón de alocados y mucho más entretenidos personajes que a él le encantan. El primer flechazo fue con Kung Fu Panda, la vio más de 20 veces, hasta que el disco se arruinó. Este gordito no me caía mal, pero me chocaba un poco el hecho de que fuera “el elegido” para salvar un pueblo solo porque sí, porque era su destino. Dejando atrás a quienes habían entrenado por años para ser “maestros”, el panda pasado de libras estuvo listo en un par de días. Ok, entiendo, es bueno decirles a los niños que pueden ser lo que quieran, pero también es bueno dejarles claro que todo requiere un arduo esfuerzo.

Luego mi pequeño Manuel encontró las películas Madagascar 1 y 2, sin tener un personaje favorito en especial le encanta verlas y yo las disfruto mucho. A veces creo que está más dirigida a los adultos por ciertos chistes, pero también me parece que eso es un esfuerzo para que las historias sean más familiares que infantiles.

Muchas otras películas le han gustado a mi hijo, por un rato. Hemos visto casi todas, incluso clásicas como Pinocho, Dumbo y Bambi, que le aburrieron un poco. Dos muy recomendables, fuera del circuito de Hollywood, son El viaje de Chihiro y La leyenda de la nahuala.

Pero el verdadero flechazo ha ido con las películas de Pixar. Ambos, mi hijo y yo, somos fans. Yo lloro cada vez que veo Buscando a Nemo, Up y Toy Story 3. Manuel simplemente no puede dejar de ver las 3 de Toy Story y Cars (ya casi me las sé de memoria).

Hay algo especial en las películas de este estudio. Supongo que es el talento combinado de muchos artistas. No son cursis pero emocionan, las historias son más humanas aunque se traten de carros, juguetes, robots o peces. Algo que agradezco es que cuiden todos los detalles, que no confundan a los niños. Por ejemplo, la película Las locuras del emperador (de Disney) me divirtió, pero también me molestó esa actitud tan gringa que en sus películas buscan uniformar a todos los latinoamericanos, cuando nuestras culturas y costumbres son tan diversas. Aquí los incas oían música más bien caribeñan y quebraban piñatas, entre otras cosas.

Up en muchos sentidos me parece una joya del cine, siendo crucial la manera en que fue desarrollada. A diferencia de los creadores de las Locuras del emperador, los de Up investigaron exhaustivamente el lugar al cual querían llegar los protagonistas: las Cataratas Del Paraíso.

Y no me refiero por medio de libros o películas, sino a que hicieron un largo y accidentado viaje hasta ese apartado lugar. Papel y lápiz en mano, los artistas contemplaron de cerca la exuberante belleza de esa geografía venezolana. Así nacieron esos escenarios, esos personajes, esos colores. Ellos afirman que estar tan lejos de todo los inspiró mucho más.

El resultado se nota al ver la película, una oda al amor, a la solidaridad y a la persistencia. Tiene todo lo que quiero que mi hijo vea en una película, sin estereotipos. Los protagonistas son un adulto mayor, pocas veces tomados en cuenta como héroes, y un niño con padres divorciados, un tema muy actual y necesario.

Es por eso que ver La princesa y el sapo (de Disney) me pareció un retroceso, con sus clichés y sus numerosas cancioncitas. Además, aunque al principio se podría creer que la chica negra (aunque con los rasgos de muñeca barbie) era diferente (pensaba obtener su sueño trabajando), al final tiene su final feliz casándose con un tonto y superficial príncipe, convirtiéndose en princesa y obteniendo el dinero de sus suegros...

Afortunadamente no le gustó a Manuel. Larga vida a Pixar.

martes, 3 de agosto de 2010

Yo no tengo ese chip



Hace poco dos compañeras casadas estaban conversando sobre sus problemas domésticos. Señalaban lo complicado que era cumplir con que la comida de sus hogares estuviera lista a tiempo y que fuera del agrado de todos.

Cuando yo hice ojos de “no las entiendo”, una de ellas, cinco años más joven que yo, dijo “es que uno siempre está pendiente de eso, es como un chip que le metieron a uno de niña”. Por unos segundos, hice un examen de conciencia y luego les dije “yo no lo tengo”.

Quizá lo tuve, pero me las ingenié para deshacerme de él. Desde muy joven me caía muy mal que las mujeres tuvieran que “servir” solo porque así debía ser, mientras los demás se dedicaban a disfrutar de la vida.

Antes las cosas eran muy diferentes. El hombre sostenía a todos y la esposa se dedicaba a su casa, se preocupaba de que todos en la familia estuvieran bien, comieran bien, tuvieran ropa limpia y planchada, ése era su chance. Un trabajo sin remuneración económica, pero que era visto como el de una “buena mujer”, abnegada y madre ejemplar.

Ahora que casi todas las mujeres trabajamos, el chip sigue funcionando para deleite de esposos y suegras. Pareciera que a la mujer se le permite trabajar toda vez cumpla también su otro papel, el de esposa. El resultado son mujeres exhaustas con dos jornadas de trabajo. Profesionales que aportan dinero al hogar y trabajan tanto o más que sus esposos, pero se levantan de madrugada para velar que todo quede en orden, durante el día hacen mandados escapándose de su trabajo (para pagar la luz, ir a recoger a los niños, para conseguir un disfraz), y al salir no solo deben hacer compras sino llegar a casa a cocinar, a hacer tareas, a bañar niños, a tener listos los atuendos de todos e incluso a limpiar si no alcanza para una empleada doméstica.

Muchos hombres, debo admitir, ayudan por lo menos en algo. Otros ni se meten, se hacen los ocupados, cansados y preocupados. Está como implícito para ellos que la casa y todo lo que ocurre en ella es responsabilidad de la mujer. Aunque sea joven, si tuvo una mamá con chip muy probablemente le enseñó que la mujer para eso se casa.

Si para una mujer tener una casa perfecta, unos hijos perfectos y un esposo bien atendido es su forma de ser feliz, me alegro, porque no extrañará para nada los libros que no puede leer, las películas de las que todos hablan pero no ha visto, los tragos (o capuchinos) en compañía de amigos, escapadas al spa o a la playa. Ah, porque cada minuto libre debe ser aprovechado para seguir construyendo su castillo encantado de princesa encantada. Cada centavo extra debe ser usado para comprar más adornos y accesorios para esta casa Barbie.

El trabajo para muchas de estas mujeres controladas por el chip es solamente un medio, lo hacen por necesidad económica. No están “casadas” con su profesión, por lo que se desempeñan a medias o de mala gana, cansadas, desveladas.

El problema es para el otro tipo de mujeres, que no tienen chip y realmente quiere destacar en su vida pública y profesional. Para ellas quizá un matrimonio tradicional no es la mejor opción, la sociedad y su familia tratarán de hacerla sentir culpable por llegar tarde, por llevar trabajo a casa, por salir un par de días a la semana para cultivar sus intereses, por no cocinar como lo hacía su mamá. Terminará frustrada ó muy probablemente divorciada.

Por eso, chicas solteras, piénsenlo bien. Si el trabajo o los estudios son solamente un entretenimiento mientras se casan y sueñan con activar su chip y seguir con la tradición, perfecto, vayan derecho al altar. La sociedad conservadora en la que vivimos, y los hombres machistas criados por sus mamis para ser atendidos, las necesitan.

Pero si tienen grandes metas en la vida, fíjense bien cómo es ese candidato a marido. Discretamente hay que averiguar qué piensa, cuáles son sus ideas sobre una buena esposa, luego hay que compararlas con las propias. Puede haber sorpresas, puede que ahora le encante que su novia sea sexy, pero piense que una esposa debe lucir “decente”, por ejemplo. Pueden aparecer ideas como que las esposas no salen solas, no tienen amigos, no deben hacer cosas buenas que parezcan malas. Muchos de ellos serán de los que luego del trabajo llegan cansados, ensimismados, malhumorados, a tirarse en el sofá a ver la televisión mientras esperan a que la cena esté lista. Sus trabajos y problemas serán siempre más importantes que “las tonterías femeninas”. En el peor de los casos, según el modelo de matrimonio de sus padres, pueden incluso creer que el hombre puede ser infiel.

En cambio, si es un muchacho educado por una mujer independiente y fuerte, sin chip, probablemente no solo sepa hacer cosas en la casa (cocinar, lavar ropa, hacer la cama, sembrar flores), sino que apoyará a su mujer para que llegue tan lejos como ella quiera. La animará a que siga con sus intereses propios para tener una compañera estimulante, siempre en desarrollo.

Si la casa está desordenada y la ropa no está planchada, no será el fin del mundo, agarrará la plancha o contratará a alguien. Juntos velarán porque haya comida, y si no hay, tendrá una lista de restaurantes que reparten a domicilio pegada cerca del teléfono y le preguntará a su esposita ¿qué se te antoja hoy?

jueves, 29 de julio de 2010

Sobre la reputación


Cada día vamos evolucionando, sin estar muy concientes de ello. Me he encontrado a dos personas del “ayer”, una de los 90s y otra de los 2000. Ambas me dijeron que he cambiado mucho. No quise preguntar exactamente por qué lo decían, no quería que hablaran de arrugas y libras de más. Esto me puso a pensar. Como me miro cada día (bueno, a cada rato) en el espejo, no me doy cuenta lo diferente que luzco comparada con mi aspecto de antes y, sobretodo, mi comportamiento de antes.

Yo fui terrible, muy muy terrible, y me la pasé muy bien. Quien lo sabe y me mira ahora con marido e hijo y trabajo serio puede que dude antes de reconocerme. Quienes apenas me conocen, no se imaginan lo rebelde que fui en el colegio, lo alocada que fui en mis primeros años universitarios, lo intensa (es un eufemismo) que fui en la segunda mitad y lo oscura que me volví al llegar a los 30.

La que soy, fue naciendo allá por el 2004. Como he dicho antes, me salvé del abismo justo a tiempo, llegué al mismísimo precipicio y en el momento justo de caer pude volver.

No me arrepiento de nada, aunque hay un par de detalles que borraría. Ahora tengo una visión más amplia. Aunque quisiera seguir el mismo ritmo, los años no pasan por gusto, las parrandas diarias y hasta altas horas de la madrugada ya no se aguantan, me he vuelto exigente en cuanto a lugares y horarios, y muchas muchas veces prefiero irme a casa en lugar de ir a ver y que me vean. Es el curso natural de la vida.

Lo que queda es mi reputación. Recuerdo que hace un par de años en Pana, a donde fui con la familia, al entrar en un bar una chava a quien conozco de lejos y que pulula por los vericuetos de la noche (me cae bien, tiene rollo), algo desesperada se acercó pidiéndome sustancias ilegales. Me sorprendí, pero más se sorprendió ella cuando le dije que no tenía. Algo molesta me dijo: “me extraña Masaya, tu reputación te precede”.
La verdad, no me molestó que me dijera eso, al contrario. Prefiero que digan eso al verme entrar, a que digan ¿quién invitó a esta doñita?

lunes, 19 de julio de 2010

En busca de mi jessiquidad


Me pediste que aprovechara estos días que estaré sola.

Cuando no estás, vuelvo a ser un poco como era antes. Curiosamente, retomo mis rituales como si fuera ayer cuando vivía sola. Vi mucha tv, programas sobre asesinos en serie y sobre la independencia de América.

Leí mucho tiempo en el baño, escuché música mientras me desmaquillaba. Me hice un laaaaaaargo pedicure mientras lucía una horrible mascarilla color verde.
Luego vi todo el noticiero de la noche en lugar de solamente los titulares y, sabés qué, tenés razón, no vale la pena hacerlo.

Organizando mi ropa de la semana, me topé con los últimos calcetines que dejaste tirados en tus carreras por empacar. En lugar de enojarme, como suelo hacer, me dio ternura tu resistencia pacífica.

Ocupé toda la cama mientras dormía inquieta. Extrañé tu tibio cuerpo junto a mí. Me levanté tarde porque tú eres mi despertador de lujo, con ese beso que apenas puedo responder. Me cuesta tanto levantarme, no como tú, que te levantás lleno de energía y feliz.

Soy un poco como era antes, pero ya no sé si me gusto. Tú me decís que aproveche estos momentos a solas, pero creo que ya no me hallo, literalmente.

Para empezar, creo que no soy tan simpática sin ti, tú me ayudas a sonreír y a sentirme bien. Tu paz es contagiosa, todo es más sencillo si tú estás.

Hace años no me gustaba la idea de ser la pareja de alguien, de ser la mitad de algo, pero no podemos negar que al amar, al vivir juntos, ocurre un curioso prodigio. Nuestras rutinas están enlazadas, tus gestos y palabras se complementan con las mías. Eres el mejor confidente que he tenido en toda mi vida, me gusta cómo estamos de acuerdo en tantas cosas y cómo me llevas la corriente cuando aparezco con ideas locas y difíciles. Siempre estás de mi lado.

Antes vivía sola y pensaba que estaba bien, que podía hacer lo que me diera la gana siempre. Pensé que al unirnos estaba cediendo, que estaba perdiendo un poco de mi jessiquidad, que había entrado al rebaño.

Pero nada es más alejado de la realidad, porque tú eres una persona fuera de lo común. He ganado tanto, he aprendido tantas cosas, he vivido momentos que no se pueden comparar con la vida gris y monótona que llevaba antes. Eres un gran artista e inundas nuestra casa con tu creatividad y energía. Ahora soy tan feliz.

Es definitivo, no quiero volver a ser como era antes, gracias a ti quiero ser mejor.

viernes, 9 de julio de 2010

si eres fresa, no leas esto


El mundo es un espanto, está acabado. Busco exilio, asilo emocional. Veo una burbuja brillante, aislada, flotante, no se comprende cómo su fragilidad logra sostener tantos productos, tanto plástico, tanto cemento. Me acerco, me deslumbro, la luz me llama, me encandilo.
Llueve, truena, graniza. Veo por la ventana de una casa de suburbio. Mis sucias manos ensucian el vidrio, mi aliento lo empaña. Tiemblo. Adentro, todos sonríen, están bien vestidos, tienen aparatitos para entretenerse, se mandan mensajes, se toman fotos. Me descubren, me asusto, me invitan a entrar. Una vez cruzo la puerta, que parece de madera pero no lo es, todo es demasiado bueno para ser realidad.


(De las tribus urbanas, los fresas o prepies, son los que aspiran a conquistar y regir el mundo tal cual está, sin cambiarlo, quizá, solamente para empeorarlo. Son conservadores, temen al cambio y quizá por eso se quedan en la apariencia, en lo superficial. Son el sueño dorado del marketing y de los centros comerciales. Carecen de manifestación cultural propia, son victimas de cualquier cosa que salga a la venta, lo cual los hace sentir que están de última. Su peor defecto es que discriminan a todas las demás tribus amparados en que ellos son políticamente correctos y son mayoría. Su mejor atributo, son sus buenos modales y su facilidad para vivir en sociedad).

A veces envidio a los fresas, a veces quiero ser fresa. Sus casas con acabados que parecen de lujo, su decoración sacada de De Museo, sus carros del año a plazos, la ropa cuidadosamente seleccionada pero que luce igual en todos. Su forma de expresarse cariño desmedido y la forma en que todo para ellos es relindo y cool. Yo, luciendo un disfraz que ni me queda bien (sufriendo para no ahogarme con la faja), trato de llevar el ritmo, de sonreír hasta que me duelen los músculos de la cara, de aprender sus ritos y símbolos que van cambiando a cada momento. Trato de creer, pero no se trata del dios de mis mayores, sino del dios del sistema, trato de ir llena de gozo a su templo más cercano, o mejor, al templo mayor: Oakland Mall.

Pero todo me sale mal. Mi naturaleza se va revelando y rebelando poco a poco, esa forma maldita de ser. Todo vuela a la mierda, la faja explota. Me veo al espejo desnuda y me asusto, pero me quiero como a un monstruo encerrado en el ático, en mi cabeza.
El caos empieza como un dolor de estómago, luego sube, sube, sube, el diafragma se oprime, los pulmones se desinflan, el corazón se aplasta. El grito está listo para salir, el vómito en la puerta de la garganta para mancharlo todo.
Las paredes blancas, los sillones relucientes, los pisos encerados son el lienzo de mi furia. Quiebro lozas, porcelanas, vidrios y cristales. Mientras un grito ensordecedor sale de mí, me libera. Muerdo, río y lloro a la vez, enloquecida.
Llega seguridad, vestidos de traje oscuro y con discretos radios disimulados, tratan de sacarme sin que nadie se asuste. Me arrastran mientras yo hundo mis uñas, ahora crecidas, deformes, afiladas, en cualquier superficie.
Me lanzan de la burbuja, caigo en el lodo. Me siento mejor, ha parado de llover y observo una pequeña flor silvestre que sale tímida entre piedras.

sábado, 3 de julio de 2010

Alemania por siempre


Para una niña pobre, con terrores nocturnos (imaginarios y también reales), la calle puede ser la salvación. Salir del laberinto fatal, de la oscuridad y del dolor por un rato, tratar de ser normal, de ser feliz, de ser. (Por eso el éxito de la maras y pandillas, a mí me salvó la literatura).

Crecer entre hombres me hizo un poco “marimacho”. Jugaba fut, beis y todos los juegos rudos de los niños. Claro, hasta que llegó la pubertad y con ella el encierro y todas las reglas aplicadas únicamente a las “nenas”. La doble moral que me hizo, y me hace, tanto daño.

Pero antes de eso, me enamoré de la Copa Mundial de Fútbol. No recuerdo todos los partidos de España 82, cuando yo tenía 10 años, pero sí los de la Alemania de Rummenigge (que para mí era igualito a Sting). No soy una fanática del fut en general, pero me gusta la Copa Mundial y tengo 28 años de irle a Alemania. La gente me pregunta qué onda con eso, y no sé, para mí es algo natural. No me hacen ir a un estadio nacional ni seguir a las ligas famosas de América y Europa, pero cuando empieza la Copa me late una vena escondida pero furiosa y caliente.

Esta empezó a hincharse con fuerza el caluroso 8 de julio de 1982 en la casa de una tía en Villa Nueva. En ese entonces era todo un viaje ir allí, era ir a otro pueblo, se sentía lejísimos. Los primos, tíos y hermanos, todos hombres gritones y al tope de la emoción, estaba extasiados frente al televisor viendo la semifinal Alemania contra Francia, mientras mi mamá y mis tías (no tenía primas en ese entonces) se distraían platicando en la cocina y el jardín.

Definitivamente, la emoción estaba en la sala, con el fut, y no en la cháchara de mujeres. Aprendí a vivir el juego, a sufrirlo, a gritarlo, a celebrarlo.
Quisiera creer, como he bromeado con más de alguien, que en mi vida anterior fui alemana (pero no nazi). Pero lo más seguro es que esta tradición me remonte a una época cuando decidí ser ruda, combativa, cuando por medio de las victorias, derrotas y glorias de un poderoso equipo podía evadirme de mi triste infancia.

viernes, 2 de julio de 2010

El arte de amar


Antes quería ser casamentera. Pensaba yo que en este mundo, donde hay tanta gente que sufre por estar sola, sería bueno dedicarse a engancharlos con sus medias naranjas.

Lo intenté en el colegio, con resultados desastrosos. No solamente me convertí en una especie de correo, sino que para las parejas que les fue mal yo era la culpable de todo.

Por experiencia, propia y ajena, ahora me doy cuenta que es mala idea conectar a la gente. Es como recomendar a alguien en un chance, si no cumple, si se porta mal, si no le pagan, si lo explotan, uno termina sintiéndose un poco culpable.

Estar solo está bien si es lo que uno desea. Pero para quienes habían soñado con compartir su vida con su alma gemela, si ésta no aparece por ningún lado puede que sufran mucho. Era un misterio para mí cómo algunas amigas (lindas, inteligentes, exitosas y sensibles) pueden estar solas a pesar de morirse de ganas de casarse.

Ya antes lo sospechaba, pero al hacer un artículo sobre el tema los expertos me confirmaron que nadie nos educa en el arte de amar. Por eso cuentos de hadas, películas, telenovelas y canciones nos dan pautas bastante equivocadas.

Con suerte, a prueba y error aprendemos a vivir en pareja. Con la madurez y la experiencia, nos vamos dando cuenta qué es lo que realmente importa a la hora de amar. En lo personal, me alegro mucho de haber fallado una y otra vez, pues así aprendí muchas cosas y al final pude encontrar el verdadero amor (diría Fiona).

Ahora muchos me consultan por sus males de amores. De casamentera a consejera de parejas, sin tener ningún título en el ramo. Esto es complicado y delicado, pues como dice el dicho, entre casados y hermanos no hay que meter las manos, o algo así.
Uno de mis amigos más queridos tuvo un problema en una red social porque la gente se metió en un asunto bastante personal con consecuencias muy tristes.

Otra cosa que no nos enseñan es el tacto, no el que nos sirve para tocar, sino ese sentido común que no nos deja meter las patotas a la hora de hablar o actuar. Entre amigos muchas veces se dicen las más feas groserías porque “hay confianza”. Pero hay momentos en los que hay que pensar bien en lo que se dice para no herir a nadie. Lo que para otros es una broma, puede ser una daga para quien está pasando un duro momento.

Por experiencia propia, sé que es difícil manejar situaciones donde hay niños de por medio, donde una familia vive un drama mientras una nueva pareja trata de salir adelante. He vivido en carne propia la forma en que se forman bandos, cómo alguien puede ser la bruja malvada y otra la "víctima". Esto es ya bastante complicado como para lidiar con las opiniones de otras personas.

Veo que esta historia se repite, aunque con significativas diferencias, en otras personas. Las decisiones que tomamos son nuestra responsabilidad. A veces uno sabe que habrá dolor si uno toma determinado camino, pero también sabe que solo ese camino se puede tomar.

Es por eso que es mejor no inmiscuirse, no opinar, no tomar bandos y, claro, no bromear con el drama de otros. Quizá la posición más sabia es tomar distancia y ofrecer buena vibra. Hay cosas que solo los involucrados pueden resolver. Simplemente deseémosles lo mejor.

jueves, 24 de junio de 2010

Los rebeldes ¿en el gobierno?

En la universidad eran los críticos, los que protestaban por todo lo malo que hacían “ellos”, los del gobierno. Exigían cambios, respuestas, acción, parecían entender lo que hacía falta para cambiar este país.

Ahora, muchos de esos contestatarios están del otro lado. Desde que empezó el gobierno de la UNE empecé a ver a varios amigos y conocidos convertidos en funcionarios. Aquéllos jóvenes aguerridos y hasta temerarios, ahora forman parte de un gobierno por demás polémico. Se han cambiado los papeles, lo cual me parece bizarro.

Uno de los primeros fue Carlos Barreda, a quien recuerdo como uno de los más inteligentes de la AEU de los noventa. Barreda, Manolo Vela, Ronald Mijangos y Víctor Ayala conformaban un secretariado bien integrado y trabajador. Educados, bien planchados y buenos estudiantes, se les podía vislumbrar un brillante futuro. No eran ni borrachos ni vagos, sino se tomaban en serio su trabajo. Definitivamente, eran otros tiempos (ya parezco viejita, pero es que había disciplina).

En el caso de Barreda pensé que era lógico pensar que gracias a sus conocimientos en su campo trabajara en el Ministerio de Finanzas, luego de hacerlo para organizaciones sociales. Creo que empezó en el gobierno anterior, pero se quedó con el actual llegando a altos puestos, como el de vice ministro.

Pero ahora hay más de aquellos soñadores en el gobierno actual. Esto me produce sentimientos encontrados. No me gusta este gobierno, para nada. Me da rabia que se piense que su populismo es de izquierda. Pero cuando pienso en mis conocidos que están allí creo que quizá están haciendo lo mejor que pueden. ¿Por qué quisieron involucrarse precisamente con este gobierno? ¿por qué incluso algunos de ellos lo defienden a capa y espada? Quizá es el primero que los toma en cuenta, que en lugar de buscar en las filas del empresariado se dio a la tarea de ir con los peludos, con los rebeldes, con los que siempre han estado con ganas de hacer algo.

El caso de los Blanco Lapola es singular. Eran años difíciles cuando los conocí, no se había firmado la paz pero estaba muy cerca. El enfrentamiento era ideológico. Entonces la policía nacional (a secas) y todos los entes de “seguridad” eran nuestros enemigos naturales, habían perseguido y matado a innumerables compañeros, era de tenerles miedo. Ni Orlando ni Gustavo (a quien conocí bien de cerca) dijeron públicamente que su hermana Marlene era parte de dicha institución.

Recuerdo en especial una vez que andábamos con delirio de persecución, creo que había habido ataques, no estoy segura. Entonces cuando aparecieron en la AEU fotografías de actos oficiales de la policía, cundió el pánico. Todos estaban seguros que había infiltrados, orejas, que habían olvidado sus fotografías por un descuido o para asustarnos. Ahora se me hace que eran fotos familiares de los hermanos Blanco.

Lejos estábamos de saber que, según ha declarado la misma Marlene, dicha familia tenía a sus hijos en bandos diferentes, lo cual, asegura, les provocaba más de un conflicto.

Lo cierto es que en tiempos de paz hubo reconciliación entre ellos y ahora trabajan para el mismo gobierno, que al parecer en eso sí son democráticos, acogiendo a todos por igual.

Quizá algunos de estos rebeldes de antes piensan que es mejor estar adentro que afuera para hacer cambios, o quizá cambiaron su forma de pensar. Tal vez fueron sus circunstancias actuales las que les hizo imposible negarse antes una buena plaza y un buen sueldo. Ojalá no tengan que arrepentirse.

¿Dónde quedó todo lo que soñamos?

El plan era hacer una revolución, cambiar todo desde las estructuras y luego desde una sociedad más justa buscar el progreso. Era un sueño, nada más. Qué duro despertar y tener que conformarse con un Gobierno Solidario sin transparencia, que se equivoca una y otra vez, que quiere perpetuarse en el poder haciendo campaña desde ya con el dinero de todos.

Qué desesperanza.