jueves, 13 de noviembre de 2008

Soy bien chillona


Leer el periódico me afecta cada día. La verdad no debería hacerlo, pero es parte del trabajo.
He llorado varias veces con el periódico en la mano. Un par de ocasiones porque me conmovió algún hecho trascendental, todas las demás de rabia, de miedo.
Tengo que reconocer que me afectan principalmente los hechos que tienen que ver con niños. Hubo una semana, el año pasado, que lloré dos veces. La primera fue por aquella familia que se reunió en Metronorte, dos niños y los padres. No se sabe, ni se sabrá, por qué se los llevaron a un lugar apartado. Luego, torturaron a los niños hasta matarlos, supuestamente por algo que habían hechos sus padres, que también murieron. Levante la vista del periódico y lloré casi sin darme cuenta. Me serví un café y traté de ser la misma, pero ya no pude. Unos días después, una familia entera, indígenas trabajadores, fue muerta por no pagar el tributo a las maras. Dormían todos en su abarrotería cercana a la 18 calle de la zona 1. Tocaron la puerta, pensaron que era el pan. Mandaron a uno de los niños a abrir y fue muerto de inmediato, seguido por sus hermanos y padres. Conmocionada todavía por el hecho anterior, quedé estupefacta.
Hoy leí de una mujer que, como cientos de miles, fue a dejar a su hijito para que se lo cuidaran. Se despidió y subió a su carro para ir a trabajar, entonces un adolescente se le acercó y la mató. Así nomás. Se me enchinó la piel y se me aguaron los ojos.
Me recordé de mi amiga Mónica Chinchilla. Recuerdo lo graciosa que era en el colegio, cómo bailé en sus 15 años, cómo era de las más aventadas y tuvo novio antes que la mayoría. Bailaba merengue y soca (de moda en los 80s) como nadie, su madre era bastante joven y andaban juntas hasta en las discotecas. Todas le teníamos mucho afecto.
Le perdí la pista, solo me enteré que se casó y tuvo hijos. Volví a saber de ella una mañana, abruptamente, hace un par de años. Una amiga en común me llamó para contarme que la habían asesinado, frente a su hija y a su mamá.
Supongo que es algo bueno que estos hechos me afecten y no me dejen indiferente, pero a este paso me estoy enfermando de los nervios.
Asturias dijo aquello de que “en Guatemala sólo se puede vivir bolo” hace más de medio siglo. Si le hubiera tocado vivir en nuestros tiempos, quizá hubiera cambiado el guaro por algo más fuerte. Dan ganas de volver a la evasión…

miércoles, 5 de noviembre de 2008

Ojeando libros

Qué días ajetreados. Para los que vivimos escribiendo por adelantado, ya llegaron las fiestas. Es curioso, vivo más de un mes adelantada. Para mí ahorita todo se trata de la Navidad y el año Nuevo y la fiestas y los regalos y los convivios…
Para cuando de veras llegue el fin de año, yo ya andaré pensando en el verano…
Pues, ayer pasé gran parte de mi día en una sesión de fotos en el estudio de PL. Estando un poco aburrida en la penumbra, mientras la cámara fotografiaba a una bella modelo, unos ojos me miraban. En una librera, como agazapado, estaba Julio Cortázar viendo lo que ocurría. Se trataba del magnífico libro con las fotografías que Sara Facio le tomó al venerado escritor. Fue un encuentro gratificante, dadas las circunstancias, pero apenas pude echarle una veloz ojeada pues debía seguir con mi trabajo. Oh Cortázar, cuántas vidas y cuántas plumas has alentado, con los guiños de tus cuentos.
Hoy tuve otro encontronazo con un libro, pero menos afortunado. Resulta que la muy leal y honorable Editorial Santillana lanzará pronto un libro sobre Carlos Peña…
No sé por qué me resulta tan chusco el asunto. El librito es de la mejor calidad, full color, y se llama “Qué onda con Carlos Peña”, según el comunicado de prensa los escribió el papá de Carlos, don Hugo, pero la portada dice The Peña´s family donde debería ir el autor. Luego dice “su familia, sus amigos, sus estudios, sus sueños”.
La edición está a cargo de la división Aguilar/Superación, y ofrece revelar lo que no se conoce sobre el “ídolo”, con la idea de motivar a padres y a jóvenes.
En la primera página, hay un espacio para el autógrafo del cantante, y luego empieza una especie de texto que no había visto jamás. Además de fotos tomadas la mayoría con cámaras caseras, hay variadas caricaturas donde aparecen todos los integrantes de la familia. Se pueden ver a los padres casándose, así como el árbol genealógico del muchacho, y un sinfín de opiniones de seguidores (del tipo de “en el cole mandamos mensajitos todos”) y cursilerías de ese tipo. No lo leí, claro, pero pude darme cuenta que el tono del libro va como “soy un ejemplo, si yo pude tú también”.
No tengo tiempo ni ganas de analizar este fenómeno creado por Hugo Peña, que trata de que no se olvide el único momento de gloria de su hijo a toda costa, pero supongo que no faltará el erudito que lo haga. No sé cómo le fue a Peña con la venta de discos (en una época donde ya no es negocio ni para los más grandes), pero este ya es una desfachatez, un desesperado intento de mercadear al joven. Ya me imagino la estrategia que hará don Hugo para venderlo, incluso en colegios…
Yo que pensaba que Shery y su esposo eran los masters de la autopromoción y el autobombo, pero Carlos Peña y su padre los hace ver como chancletas viejas.
Como me suele pasar, no puedo dejar de pensar en los verdaderos libros que se dejan de publicar por falta de interés de las editoriales. Cuántos autores que se queman las pestañas y la vida creando textos y no pueden ni soñar con una edición tan lujosa como ésta.
¿Lo van a mercadear como el regalo perfecto para Navidad? Seguramente. No se asusten si reciben uno el 24 de diciembre…

sábado, 25 de octubre de 2008

Mi humilde opinión acerca de Gasolina


Soy algo rara. Tengo mis manías. Cuando algo me gusta (una canción, un libro, una película, una prenda de vestir) lo guardo para que me siga gustando. Mis canciones favoritas (Sola, Plush, Far behind, Smack my bitch up, por ejemplo) las escucho en ocasiones especiales. Se gastan.
Por esa misma razón no he visto de nuevo Natural Born Killers, Dr. Strangelove, El lado oscuro del corazón, Libertarias ó The virgin suicides, por ejemplo.
El escritor y sus fantasmas, luego de tratar de memorizarlo, tampoco lo he vuelto a leer (en parte porque me lo robaron y ya no lo encontré.
Hay algo sublime en la primera vez que entramos en contacto con algo. Esa primera impresión es perdurable. Te fijas en el conjunto, en las sensaciones que te produce, en la idea global, y no en los detalles, en las fisuras.
De tan extraña práctica, me pasa que me preguntan por determinados pasajes ó frases ó versos, y yo recuerdo todo vagamente. Es como un delicioso sabor de boca que se va borrando poco a poco.
Esta poco elocuente explicación viene a colación por haber visto Gasolina, la película de Julio Hernández, otra vez. Me retorcí de emoción cuando, al presentarla, Julio me agradeció por las lágrimas y alegrías compartidas (nunca esperé estar en su larga lista de agradecimientos).
La primera versión que vi, que según entiendo ya tenía cambios, me gustó mucho más. La película está muy bien, no en vano los premios, pero me hubiera gustado que no le quitara algunas escenas que le daban más coherencia a la historia, la redondeaban como quien dice. Es mi simple y humilde opinión. En especial, el final anterior me gustaba más.
La mayoría de personas la conocerán en una versión más corta, bien planteada y única. No echarán de menos dichas escenas (quizá solamente los actores que aparecían en ellas).
Gasolina es una verdadera obra de arte, la visión del mundo de un verdadero artista.

miércoles, 15 de octubre de 2008

Esclavitud moderna

Crecí en un barrio donde nadie tenía empleadas domésticas. Luego, como resultado de mi militancia de izquierda y de la lectura de Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia, señalé de esclavitud el hecho de tener “sirvienta”.
Ah, pero la vida nos depara insospechadas cosas.
Ingenuamente, la mayoría de modernas mujeres creen que tener un hijo es cosa fácil. Que la vida no cambiará, que podrán seguir siendo las mismas. Ja, ja, ja y más ja.
Como no podía ni quería dejar de trabajar, tenía que decidir qué haría con la criatura durante el día. La guardería era una opción. La otra, tener una niñera en casa.
Me decidí por la segunda porque el pequeño Manuel tenía apenas 3 meses de edad y me daba miedo dejarlo en otro lugar. Además, yo vivía a escasos pasos de mi trabajo, hasta podía ver mi casa por la ventana, y si lo necesitaba, podría ir a ver a mi bebé. Así es que contraté a Margarita (curiosamente recomendada por Margarita Carrera, a quien entrevisté con una panza de 8 meses de embarazo) para que llegara de 8 a 5.
Debo confesar que fue una situación incómoda, no sabía cómo actuar, no sabía cuál era el protocolo o las reglas. De familia indígena que emigró hace muchos años a la capital, Margarita era una mujer con metas, estudiaba los fines de semana. Con una mano mecía la cuna, y con la otra sostenía un libro todo el tiempo. Hacía los deberes mientras Manuel hacía la siesta y salía corriendo el sábado a medio día al instituto.
La verdad a mí me angustiaba pensar que ella pudiera vivir con un sueldo tan bajo. Con su disciplina e inteligencia, pensaba que estaba desperdiciándose en ese trabajo, hasta me sentía culpable.
Margarita cuidaba a Manuel como a un principito, pero hacía los otros quehaceres de mala gana y nunca me ofrecía ni un vaso de agua. Supongo que ella también se sentía mortificada. Yo debía llegar a las 5 en punto o ella se enojaba, y debía suplicarle que se quedara hasta más tarde cuando me mandaban a cubrir algún evento por la noche, que era muy frecuente.
Lejos estaba de ser una patrona abusiva y explotadora. Debido a mi inexperiencia, ella dominaba la situación. Esto llegó a agobiarme.
Por eso, luego de casi un año decidí despedirla. Me aconsejaron que llegara a las 5 de la tarde y que le dijera que al día siguiente ya no llegara. Ya había conseguido a otra muchacha que viviría con nosotros. Llegado el momento, la que lloró fui yo y me dio la impresión que ella sintió como alivio. Le agradecí de todo corazón la forma tan dedicada que cuidó a mi hijito, y le di un sincero abrazo. Ella muy digna también me agradeció y se fue. Espero que pronto se gradúe de perito en algo y consiga un trabajo más acorde con su inteligencia.
La nueva chica, y las cuatro siguientes, no eran como ella. Por ejemplo Elsa era una jovencita de 19 años que nunca había trabajado. Apenas hablaba español, no sabía escribir y medio leía, además no conocía el estilo de vida “capitalino” (no sabía qué era un panqueque ni cómo se preparaba por ejemplo). Tenía un montón de hermanos en su pueblo, remota aldea a la cual se llegaba a pie, a quienes debía ayudar a mantener.
Elsa, por lo tanto, estaba agradecida de que se le diera la oportunidad de tener un sueldo, una oportunidad, una vida productiva. Estudiar era una cosa ajena a su mundo. En su condición, le era casi imposible conseguir otro tipo de empleo.
Sus metas, su cosmovisión, su estilo de vida, eran totalmente diferentes al nuestro. No aspiraba a más que salir el domingo al parque central, comer pollo campero cada quincena y visitar a sus papás cada mes. Aunque no lo crean, la chica era feliz así. Y yo, también. Me empecé a acostumbrar a que me atendieran, a que las cosas estén limpias y ordenadas como por arte de magia, a que alguien haga el trabajo “sucio” (literalmente, como cambiar pañales y lavar baños), mientras yo me dedico a cosas más agradables.
Luego de Elsa llegó otra que también se llamaba Elsa, quien no era indígena. Había tenido una vida muy dura, era una mujer apagada y triste que venía de un asentamiento. No duró ni un mes, me robó unas joyas y la puse de patitas en la calle. No me costó para nada despedirla.
Luego llegó la alegre Edna. Coqueta como ella sola, no era indígena sino más bien una morena de la costa de 21 años. Al ser madre soltera, trabajaba con la ilusión de mandarle dinero a su nena. Me contaba que en su pueblo, otro al que se llegaba luego de caminar por horas, no hay empleos. Trabajar aquí era como un sueño hecho realidad. Toda su felicidad era tener varios enamorados a la vez, hablar por celular y ver la novela por las noches. A pesar de los consejos, estudiar no le llamaba la atención para nada.
Luego llegó Ana, una pesadilla. Ella, tres hermanas más y un hermano (guardia de seguridad) trabajan en la capital para seguir manteniendo a los hermanos más pequeños que siguen viniendo al mundo. Los padres, cuales tiranos, se dedican a recolectar el dinero que estos jóvenes ganan con tanto esfuerzo. Quizá por eso Ana trabajaba sin ganas, odiando cada minuto, odiándonos a nosotros. Luego de 45 días y muchos conflictos, un día decidió ya no regresar a trabajar.
Desde ayer tengo a una nueva, la jovencita Ana María. Cansada de estar cambiando, estoy considerando otras opciones. Sin embargo, casi tres años después, no concibo la vida sin ayuda doméstica. Luego de tener un destartalado apartamento de soltera ahora vivo en una casa “formal”, donde hay miles de cosas que hacer. He llegado al punto en que las horas que no tengo empleada, de 8 a 6 los domingos, me siento desesperada.
Tremendo cambio para una niña pobre de la zona 5.

viernes, 10 de octubre de 2008

Tengo tres capotes


El primero, claro, es el que leo. Es el que me deslumbra con su agilidad narrativa, su ingeniosa forma de describir a las personas, su elegante forma de cotilleo. El que se propuso, y logró, hacer un periodismo diferente.
En general, me bastaban las obras de los escritores para conocerlos. Sobre todo cuando vivieron en siglos pasados, su legado consiste principalmente en su obra.
Pero en tiempos más modernos, muchos también se convirtieron en celebridades de las cuales se sabe más de su vida que de su obra. Capote formó parte de un círculo conformado por gente famosa, por lo que no solamente se dedicó al “chisme”, sino también fue parte de él.
Han llegado a nosotros así innumerables anécdotas en torno a él. Imposible saber si todas las historias son ciertas (como la que me contó José Luis Perdomo el día que probé el vodka), pero todas son fascinantes.
Tenía muchas ganas de ver la película Capote, hace tres años, pues pensé que sería fantástico ver al hombrecillo que tanto me he imaginado hablando y moviéndose. Debo admitir que quizá la anticipación no me dejó disfrutar por completo de la película. Me encantó, claro, la actuación de Philip Seymour Hoffman (uno de mis actores favoritos), tanto, que casi lloré cuando aceptó su merecido Oscar y le agradeció a su mamá, una madre soltera.
Según esta película, Truman era un hombre que jamás perdía la elegancia, siempre nítido con su traje de corbatín y el pelo bien peinado. La voz, aflautada claro, siempre mesurada y elocuente. Un gay reservado, digamos, pero ácido y difícil.
Capote es una película bien hecha, que al estar centrada en la masacre de la familia Clutter y el proceso contra los asesinos, tiene un ambiente sombrío, gris, que contagiaba el horror de semejante crimen. Según me pareció, Truman vio una posibilidad de trascender como escritor gracias a una historia que vio en el periódico, sin imaginar que el proceso sería largo y penoso también para él. Nunca se establece claramente qué tipo de vínculo le une a uno de los asesinos, el de apellido Perry.
Creo que es una joya de aquellas que no entretiene precisamente, que no es fácil de ver, sino que te enfrenta a cierta realidad y permaneces con los músculos tensos esperando que termine. Luego, te quedas pensando largo rato.
Según yo, ese era un retrato acertado de mi admirado chaparro. “Caso cerrado”, pensé.
Sin embargo, un año después salió una película que se basaba exactamente en el mismo período de la vida Capote. Con otro nombre, Infamous, era otra forma de ver el mismo hecho. Vaya confusión, no me cambien el panorama por favor.
No tan famosa como la otra, tuve que esperar a que la pasaran en el cable para verla hace unos días. El actor Toby Jones, muchísimo más parecido físicamente al escritor, nos regala a un simpático gay, no tan planchado que digamos y con una voz escandalosa y chillona con la que anda diciendo indiscreciones a diestra y siniestra. Definitivamente un hombre más mundano y menos intelectual, a punto de caer en la decadencia.
Esta cinta retrata además del proceso de escritura del libro A sangre fría, la frívola actividad social de Capote en Nueva York, con amigas como Diana Vreeland y Babe Paley. Esto le resta solemnidad a la historia, dando a entender a ratos que la compasión e interés del escritor por la historia de los asesinatos era solamente para obtener más información para su libro, y para chismear en fiestas y restaurantes.
Todo cabe dentro de lo posible. Mucho se ha dicho acerca de lo ingratos que somos los periodistas, al fingir muchas cosas (amistad, interés, humildad, sinceridad) con tal de acercarnos a nuestros sujetos, pero una vez terminada la historia, volvemos a ser indiferentes.
Además, dejan bien clarito que entre Perry y Capote hubo una atracción física. Quiero pensar que se basaron en hechos comprobados, y que no se trata de un ardid para hacer más escandalosa la película.
Sin duda, cada persona nos ve de diferente manera. ¿Quién es más fiel? ¿Cuál es el verdadero Capote?
Ante la imposibilidad de saberlo, mejor me quedo con el primero, el que nos guiñe a través de las páginas que escribió. Con ese no hay pierde.

lunes, 29 de septiembre de 2008

Otro triunfo para Julio



Como un homenaje al triunfo de la película Gasolina del guatemalteco Julio Hernández, al ganar la sección Horizontes Latinos 2008 (mejor película latinoamericana), les dejo con una crónica que escribí para Siglo Veintiuno y se publicó exactamente hace un año , cuando ganó en la sección Cine en Construcción del mismo festival.

Buscando su destino en San Sebastián

Cuando el joven cineasta Julio Hernández decidió forjarse una carrera, también decidió que apuntaría algo. Gracias a su buen trabajo, hizo un importante debut en el prestigioso Festival de San Sebastián.

Jessica Masaya

Moverse es ir del punto A al punto B. Cuando Julio Hernádez en 1992 decidió que quería ser cineasta, empezó un difícil viaje para un artista, sobre todo si es de Centroamérica, lugar donde el cine apenas se mueve debido a lo costoso del viaje. Con su rápida caminata, Hernández le ha dado un buen aventón a dicha cinematografía hasta el Festival de San Sebastián.
Así que embarcados los tres, Hernández, el cine guatemalteco y yo, nos dirigimos al Viejo Mundo. A mí me tocó llegar de madrugada a esta ciudad vasca. Sin haber dormido en toda la noche, un malhumorado taxista me dejó en el imponente Centro Kursaal, sede del Festival, donde me quedé impresionada. El agitado mar Cantábrico fue el único que me vio con la boca abierta bajo la lluvia.

Hermano menor
El certamen Cine en Construcción 12 lleva esa cantidad de años dando aportes a quienes tiene alguna película filmada pero que ya no les alcanza para terminarla. Y sobran los interesados. Tantos que este año los organizadores recibieron 129 de 18 países.
Como suele decirse, y a pesar del cliché es cierto, solo llegar ahí era un premio. Si bien las grandes industrias de otros países compiten por los otros premios, las codiciadas Conchas, el cine de Guatemala logró llegar aquí con una obra en progreso.
Los aportes en juego incluían dinero en efectivo, exhibición en cines y asesoría. En el caso de Gasolina, vendrían a dar por concluida una película que se ha hecho en tiempo récord con la ayuda de muchos. Nadie puede decir que los artistas guatemaltecos no son solidarios, pues muchos donaron su trabajo y talento.

Slepless in San Sebastián
Acostumbrados a que oleadas de personas vengan a San Sebastián cada año, sus habitantes siguen sus vidas sin ponerles mucha atención.
Mientras me moría de frío en una pensión donde nunca se encendió la calefacción (y que costaba Q900 la noche), Julio pasaba las noches en blanco en su hotel cinco estrellas por otras razones. El cine depende de muchos factores, no solamente del talento que a él, por cierto, le sobra.
Sus preocupaciones e incertidumbre lo habían tenido en el avispero desde que se enteró que vendría a este festival hace un par de meses. Pero en especial, las noches previas fueron de un contagioso ataque de nervios, que contraje al entrar a aquella sala de proyecciones.

Cine joven
Si bien muchos países tienen cinematografía desde que nació el séptimo arte, Guatemala ha hecho solo algunos escarceos. En contraste, en ciudades como San Sebastián el cine es como el aire frío que se respira frente al mar.
Al ver tantos artistas, luminarias, productores y largas filas de cinéfilos, me di cuenta lo que la participación de la película Gasolina significa. Por primera vez en 55 años que tiene de existir este festival, su público verá algo filmado en la bella Centroamérica.
Al darme cuenta de esto, del paso tan grande que Julio y el cine de la región dará hacia el punto B, me entró el mismo vértigo que a Julio y empecé a comerme las uñas. Sobre todo al pensar que sería la única paisana en presenciar el prodigio.

Mi país en la pantalla
No podría contabilizar la cantidad de películas que he visto, por medio de las cuales he conocido gentes y lugares remotos. Sin embargo, que una sala de San Sebastián se oscureciera para que luego en pantalla apareciera mi pueblo y se escuchara nuestro acento, me puso los pelos de punta. La proyección de Gasolina fue un momento memorable.
Yo era la única persona en el público que miraba por primera vez la película y que además era guatemalteca. De más está decir que la emoción me embargaba. Luego de verla, me di cuenta de que estaba presenciando un momento importante en la historia de nuestro cine.
Las seis películas en competencia tenían algo que no se ve en Hollywood, una textura diferente que sólo se logra sin una visión comprometida.
Los seis directores de las películas estaban nerviosos, la finalización de sus obras, y quizá hasta la continuación de sus carreras, dependía de este premio. Cuando terminaron las proyecciones, que se llevaron a cabo en dos días, parecían tan ansiosos como para esperar las tres horas y media que les tomaría a los jurados llega a su decisión.
Julio estaba nervioso, pero vi en su mirada la seguridad de quien sabe lo que está haciendo. Con curiosidad, me pidió mi opinión. Como los demás en la sala, pensé que era un proyecto arriesgado, pero precisamente por eso algo que no había visto nunca.

De cuando Guatemala tomó la palabra
Estar en San Sebastián durante su festival de cine es glamoroso. El público se reúne emocionado a ver pasar a las estrellas en la alfombra roja. En medio del frío y el viento, Julio pisó esa alfombra y llegó decidido a enfrentar su destino. El punto B estaba ahí enfrente de él, y se acercó con sencillez.
El salón donde se llevaría a cabo la premiación estaba lleno a reventar. Los fotógrafos y reporteros de medios de todo el mundo tomaban su lugar, el cual, por cierto, debe pelearse a empujones.
Durante la espera, no quise pensar en nada. Trataba de concentrarme en la belleza exagerada de aquel salón del Hotel María Cristina, donde un simple café me había costado más de Q40. Al menos me lo tomé mientras veía conversar muy cerca de Diego Luna con Alfonso Cuarón.
Cuando al fin la ceremonia dio inicio, había un silencio tenso. El jurado del Premio de la Confederación Internacional de Arte y Ensayo, CICAE, Thomas Baumgarther, anunció con alegría que apoyarán la película Gasolina en los mil cines de la AFCAE en Francia y en otros países donde operan. La reacción del público fue de júbilo, mientras que un rincón del salón Julio abrazaba a Pamela, su esposa. Sus primeras palabras al acercarse al micrófono, “estoy más que sorprendido”, sonaron totalmente sinceras. Mis fotografías salieron movidas porque mis manos temblaban de la emoción. Por eso, cuando Teresa Toledo de Casa de América anunció que otorgarán a Gasolina 10 mil euros para su pos producción, las lágrimas se asomaron sin que me diera cuenta.
He aquí un poco de justicia para alguien que ha luchado por su obra sin descanso, pensé. Además, me sentí orgullosa de que fuera mi paisano.

En el ojo del huracán
Cuando la Televisión Española anunció que su aporte estaría dividido entre las películas Acné de Federico Veiroj de Uruguay, Argentina, España y México, y la cinta Sol na neblina de Werner Schuman de Brasil, fue un pequeño descanso entre tantas emociones.
Sin embargo, era el último premio el que se esperaba con más emoción. El Premio Cine en Construcción de la Industria que otorga Estudios Exa, Kodak (división de cine profesional), Mediapro, Molinare Madrid, No Problem Sonido, Technicolor Entertainment Services Spain y Titra Film. Unos gritos ahogados se escucharon en el lado derecho del salón cuando Marichu Corugedose anunció que la película favorecida con este galardón fue Gasolina.
El punto B había sido conquistado, pues la producción de la película hasta la copia en 35 mm subtitulada estaba garantizada. Julio, y el cine guatemalteco, alcanzaron así un punto donde muchas otras puertas se abrirían casi de inmediato.
De pronto, Julio era la estrella de la noche, de ser un visitante pasó a formar parte del exclusivo círculo de ganadores del Festival de San Sebastián. La gente se apresuraba a felicitarlo, a ofrecerle ayuda y consejos. Todos querían estar cerca de él.
Tomarle fotografías y entrevistarlo de pronto se volvió difícil para mí. Mi deber, y por lo que estaba ahí, era reportar de inmediato el importante evento a Guatemala.
Sin embargo, sentí como si una marea de gente alejaba al Julio que he conocido por años, y se lo llevaba lejos. Me alegré por él, pero sentí nostalgia. El tumulto se lo llevó con rumbo desconocido, y al querer buscar el sitio de la celebración, luego de haber mandado la información a Guatemala, lo que encontré fue una calle huraña y desierta. Luego de unos minutos bajo la lluvia y el frío más helado que había sentido jamás, desistí en mi intento de celebrar con Julio su triunfo y me fui a dormir.

Gasolina para rato
Cuando al día siguiente me encontré a Julio contestando los correos que le enviaban para felicitarlo, era el mismo de siempre. Yo siempre exagerando. Se levantó y me abrazó para agradecerme la emoción de la noche anterior. Además, me contó que la celebración no fue tal, pues no había nada abierto a la media noche.
Fuimos a tomar un café a la esquina, mientras tratábamos de calentarnos un poco con el sol que al fin se había atrevido a salir. Julio había dormido luego de días de insomnio y su mirada ya no estaba cansada, estaba feliz.
Me habló entusiasta de cómo todos quieren la película. Lo más seguro es que se estrene en Cannes o en Berlín, y por supuesto que estará presente dentro de un año en San Sebastián, esta vez como una obra terminada.
Me pareció curioso cómo Julio, y el cine guatemalteco, tenían que ir tan lejos para encontrar las llaves correctas para abrir la puerta deseada. Cómo el punto B se trataba de una complicada serie de escalas y arribos. Pero todo valió la pena.
Julio debía reunirse con quienes le darán lo que necesita para hacer realidad su sueño de tener una película para cuando tuviera 32 años. Pero antes, se tomó un tiempo para tomar de la mano a Pamela e ir a conocer San Sebastián como cualquier otro visitante.
Por un ratito, pudo relajarse y disfrutar. Lo que viene, como la mayoría de sueños, trae consigo un montón de trabajo y estrés. Pero así es como lo hacen quienes tienen bien definido a dónde quieren ir.

jueves, 25 de septiembre de 2008

Una entrada a lo Adelaida L.


Me cuesta trabajo hablar de ti. Creo que es porque soy supersticiosa y no quiero romper el encanto.
Tú eres el premio mayor, la más grande de mis conquistas. Ese monte Everest (o monte Ararat) al que me costó tanto subir (el albur no es intencional). Aquí estoy, en la cima, quietecita, calladita, con miedo de que si me muevo mucho, ó grito, habrá una avalancha o un derrumbe, y caeré estrepitosamente.
Sin embargo, cuando estás lejos, crees que no te menciono porque algo anda mal. Mi amor, mi cielo, no hago otra cosa que pensar en ti. Estando en el otro lado del mundo, cuando me voy a acostar te imagino levantándote lleno de energía. Me adormezco mientras imagino cómo te bañas, qué te pones, cómo arreglas tu melena…
Cuando despierto, lo primero que hago es abrazar la última camisa que dejaste medio usada y que no lavé para poder olerte.
El tráfico, el corre corre, el inicio de cada día, lo afronto pensando que en algún escenario estarás cantando mientras la gente te ve maravillada. Imagino las notas de tu música, como en las caricaturas, viajando en el viento hacia acá, como un eco lejano, conocido.
En la tarde, cuando la modorra me exige un cafecito, te recuerdo con tu taza de café y tu cigarro, fumando en el jardín.
Ya de vuelta a casa, me dedico a contar los días y las horas que faltan para vernos. Estoy arreglando, cual pajarilla, nuestro nido. Manuelito, nuestra cría, pía preguntando por ti. Le explico que cada año emigras para regalar tu canto a otras culturas, a otras gentes. Parece convencido, pues de inmediato empieza tocar su silbato y a brincar.

jueves, 18 de septiembre de 2008

Otra vez me censuran por ser sincera

Hay cosas que lo desaniman a uno. Me pasa que doy mi opinión muy convencida sobre algo, segura que es mi opinión y que debe respetarse. Luego, resulta que otros me atacan sin misericordia, como si fuera un delito decir lo que uno realmente piensa.
Para mí, el Premio Nacional de Literatura es algo realmente importante, más allá del monto monetario que se otorga, o de las personas que lo eligen.
Según yo, debe ser un escritor o escritora que tenga una carrera literaria hecha, trabajada. Hablar de edades es difícil, pues si bien algunos opinan que debería tener más de 50 años, la edad puede no coincidir con una obra extensa y bien trabajada.
Pero, suponiendo que empezó a publicar en los 20s, el susodicho o susodicha debería tener unos 60 años, lo cual supondría unos 40 años de ser parte de la cultura guatemalteca.
Claro, en esas décadas debe haber estado activo, produciendo, publicando, y quizá dando charlas, criticando y analizando la literatura guatemalteca. Esto último no se aplica a los escritores que se dedican solamente a crear, pero en realidad la mayoría de escritores chapines no solamente escriben sino también son críticos (o columnistas o profesores) e impulsores de la literatura.
Pero no basta la experiencia y la producción, la obra de un Premio Nacional de Literatura debe haber sido relevante para nuestras letras. Es decir, algo innovador, una obra fresca que represente no solamente su tiempo sino también su ingenio.
Los premios y reconocimientos podrían ser una forma de verificar dichos logros, pero también podrían ser engañosos. Hay artistas geniales que no fueron reconocidos por los críticos de su tiempo, por estar adelantados a él.
Por eso, elegir cada año este premio es difícil. Debemos reconocer que ser artista en Guatemala es difícil. Formarse, producir, publicar, promover y seguirse formando puede ser un lujo para quien debe ganarse la vida. Muchos Premios Nacionales de Literatura se han quedado, seguramente, en la sombra, escondidos en modestos empleos con sus manuscritos abandonados por ahí.
¿Debemos darle el premio al que tenga más méritos aunque no llene los zapatos de un Premio Nacional de Literatura? ¿Por qué no mejor incentivar a los que andan en proceso de convertirse en grandes escritores?
Respeto y admiro a mis colegas escritores guatemaltecos, pero creo que debemos ser honestos a la hora de desear el premio, y los Q50 mil que vienen con él. Me entristece decir que me da la impresión que el a partir de este año se hará una especie de lista de espera. Es decir, tarde o temprano todos lo recibirán. Algunos con más méritos que otros, y quizá un par (espero que más) con los requisitos cabales.
Algunos dirán que estoy hablando puras muladas. ¿Será que me equivoco? Quizá. Pero pienso así.
Dignificar el premio es tarea difícil, la cual, he descubierto con más tristeza todavía, nadie quiere asumir. Seguirá siendo un sueño que se promueva la formación, producción y publicación de más escritores de todas las edades, para luego fomentar la lectura de sus obras entre más guatemaltecos. También es una fantasía que el gobierno se comprometa no solamente a llevar a cabo estos programas sino también a premiar el esfuerzo de estos artistas con una honrosa pensión, o por lo menos un premio significativo que le ayude a vivir con más tranquilidad.
Son tiempos difíciles para la literatura. Dicen que los libros son cosa del pasado, todos somos escritores ahora gracias a la Internet y otros medios parecidos.
El Premio Nacional de Literatura le viene guango al guatemalteco común, lo cual es aprovechado por los gobiernos de turno, que año tras año no solo van ignorando las necesidades de los escritores, sino encima le quitan presupuesto al raquítico Ministerio de Cultura, que ve con envidia cómo su mellizo Ministerio de Deportes se mama casi todo.
Admiro a los de Agacine, que con valentía andan promoviendo una ley que busca favorecer la producción de cine en un país que está en pañales en este campo, cuando no se pueden comparar la cantidad de cineastas a la cantidad de escritores que por siglos ha dado importantes obras, la mayoría de veces por su cuenta, sin apoyo, como pueden. Me parecería justo que si esa ley prospera, se haga lo mismo con todas las ramas del arte.
He dicho.

martes, 9 de septiembre de 2008

Baco, no me dejes


Nadie quiere aceptar que tiene un problema con el alcohol, hasta que tiene que hacerlo. Según los expertos que he entrevistado, por asuntos de trabajo, el alcoholismo empieza cuando deja de ser divertido y empiezan los clavos.
Hmmmm….
Uno deja de tener el control. En lugar de pensar “Voy con los cuates a pasarla bien”, solo piensa “guaro guaro guaro”. Luego bebe como coche, hace clavos (se pelea con un extraño, besa a quien no debe, hace streap tease en la mesa, y un largo etcétera) y borra cassett.
Hmmmm…
Y luego, al día siguiente se siente morir, como si tuviera una enfermedad terminal, además la goma moral le ataca, no tanto por lo que se acuerda, sino por lo que se borró de la cinta…
Me consideraba una bebedora social, de aquellas que se emparrandan una vez a la semana pero por algo. Quiero pensar que lo soy, me aferro a esa idea.
No puedo recordar (mala seña) cuándo tomé mi primer trago. Supongo que fue antes de la universidad y seguro que se trató de una cuba libre. Pero fue cuando entré a la USAC que aprendí a tomar cerveza y también ron (en casos extremos con toki, agua o puro). Fue un arduo entrenamiento (pobre mi higadito) hasta que llegó el día en que pude sentarme junto a los grandes…
Pero, la verdad, fue algo hermoso. Déjenme explicar. Alrededor de una mesa (de bohemios dijo el poema) se hablaban las cosas más interesantes que había oído en mi vida. Todos aquellos jóvenes querían cambiar el mundo, como yo. Y me invitaban a ponerme en acción para hacerlo.
Como dijo el Bolo Flores en alguno de sus libros, la bebida se vuelve como un rito casi religioso. Un oficiante sirve los tragos que los devotos reciben con emoción, seguros que irán a un estado (etílico) mejor. La lengua se afloja y fluyen las ideas, hasta el más tímido opina, el tartamudo recita, el feo coquetea, el guapo se siente vulnerable, el creído se vuelve humilde, el cojo feo intenta bailar bonito…
Así fui testiga de grandes conversaciones e intercambios de brillantes mentes, pero también debo admitir que fui testiga (y víctima) de malos tragos y momentos difíciles.
Ya sé, tal comunión se podría hacer también con un café y un cigarro, pero así somos los guatemaltecos, beber es parte de nuestra socialización. Estamos contentos, chupamos, estamos tristes, también. Un triunfo, a brindar, una derrota, más todavía. Para estar con el ser amado, para olvidar los malos amores y para conectar nuevos, un par de tragos vienen bien.
En suma, mi vida con el alcohol ha sido riquísima, no me arrepiento de nada (bueno, un par de cosillas que pasaron hace demasiado tiempo). Tengo un anecdotario digno de un libro, que llevo conmigo como parte de lo que soy, o de lo que era.
Porque últimamente, bueno, digamos unos 2 años, el trago me ha ido cayendo mal. Luego de hacerme un montón de exámenes, la doctora sentenció: “no puede volver a beber nunca más”. Ella, claro, no sabía con quién estaba hablando. Si me conociera mejor, me hubiera dado la noticia con delicadeza y no de sopetón.
La idea no ha querido anidar en la cabeza, anda revoloteando y yo trato de ahuyentarla. Por lo menos ya llevo 3 días sin beber…

jueves, 4 de septiembre de 2008

Me regalaron un dildo


No es que no haya tenido uno antes (llevo dos en mis haberes), sino que me agarró por sorpresa. Cuando entrevisto a alguien que hace pasteles me los da a probar, cuando se trata de perfumes me echa un poquito, cuando es un evento cultural me invitan a asistir.
Así que este señor dueño de una sex shop me ofreció un consolador, con sus respectivas baterías y un tubo de KY.
La primera vez que compré un dildo fui sola y avergonzada. Mis amigas me habían mostrado los de ellas y yo dije: ¿por qué no? Sin embargo, mi presupuesto solo me permitió comprar uno pálido y mal empacado y con olor a hule viejo. Apenas lo usé, fueron los Q350 más desperdiciados de mi vida.
Le oculté a mi novio que tenía uno, no sé por qué. Quizá pensé que era algo que no necesitaba saber, pues apenas había significado algo en mi vida. Lo que no me esperaba, es que él me regalaría uno. Entonces tuve que aparentar ser nueva en la materia. Mea culpa.
Este sí era uno poderoso, rojo, con tres diferentes “capuchas” para darle diferentes formas (lengua, pene y bolitas). Fue una delicia en la alcoba, por aproximadamente 2 días. Luego volvió a su caja y ahora está arrinconado en el clóset, sin querer, lo juro, junto a una virgen de Guadalupe que me regaló mi mamá hace años.
Prefiero a mi novio completo, que también tiene unos labios que besan riquísimo y dicen cosas dulces, y unos brazos que me aprietan después-de. No como ese colorado que yo misma prendo y apago. En este tema sí que difiero con muchas feministas. Es triste hacerlo con una “cosa”.
El regalo en cuestión no es ni siquiera un vibrador con forma anatómica, es de ese tipo “bala”, recto, duro y liso, sin chiste, por lo que ahí se quedó en su caja.
He decidido que voy a regalarlo SIN HABERLO USADO, OJO. ¿Alguien está interesada o interesado?